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Patxi Iribarri
Domingo, 29 de Marzo de 2026 Tiempo de lectura:

Amar la tierra (desde lejos)

[Img #30160]Últimamente escucho mucho eso de que hay que amar la Tierra. Así, con mayúsculas. Lo dicen en la radio, en la tele y en unos vídeos muy bonitos donde sale gente abrazando árboles con cara de haber descubierto algo importante.

 

Yo no digo que esté mal querer la tierra. Al contrario. Aquí llevamos generaciones haciéndolo. Lo que pasa es que nosotros la queremos trabajando, no mirándola.

 

Porque hay una cosa que no termino de entender: cuanto más dicen algunos que aman la Tierra, más empeño ponen en que nadie la toque.

 

Que no se cultive demasiado.
Que no se críe ganado.
Que no se use agua.
Que no se pise fuerte.
Que no se respire hondo.

 

Al final, si por ellos fuera, la tierra sería un museo. Muy limpio, muy ordenado… y completamente inútil.

 

A mí me hace gracia —por no llorar— cuando hablan de la agricultura como si fuera un problema reciente, una especie de error histórico que hemos cometido por ignorancia. Como si la gente hubiera empezado a cultivar ayer por capricho.

 

Aquí llevamos siglos trabajando la tierra. No por ideología, sino por necesidad. Porque si no siembras, no comes. Y eso no lo arregla ningún informe.

 

Luego vienen los discursos. Que si sostenibilidad, que si transición, que si modelos alternativos. Todo muy bien explicado, todo muy razonable… hasta que te das cuenta de que el resultado siempre es el mismo: producir menos.

 

Menos aquí, claro. Porque luego los alimentos vienen de fuera, de sitios donde las vacas no tienen asesor emocional ni el trigo pasa por tres comités antes de crecer.

 

Eso sí: llega con etiqueta verde.

 

A mí me gustaría ver a alguno de estos expertos pasando un mes en el caserío. No en agosto, con sol y vacaciones. En noviembre. Con lluvia, barro y facturas. A ver cuánto amor le queda a la Tierra después de levantarse a las seis de la mañana.

 

Porque amar la tierra no es citarla en una conferencia. Es aguantarla. Aguantar el frío, la sequía, el exceso de agua, la falta de agua, los precios bajos y las normas altas.

 

Aquí la tierra no es un concepto. Es una relación. A veces buena, a veces mala, pero siempre real.

 

Por eso me desconcierta tanto ese amor moderno, tan limpio y tan distante. Un amor sin esfuerzo, sin contradicciones y, sobre todo, sin consecuencias.

 

Como esos que dicen que les gustan mucho los animales… pero solo si no hay que darles de comer.

 

Yo no sé si ellos aman la Tierra.


Pero tengo bastante claro que la Tierra no funciona sin quien la trabaja.

 

Y eso, por mucho que me lo expliquen en inglés y con Powerpoint, sigue siendo así.

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