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Pedro Chacón
Jueves, 02 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:

Aberrante Aberri Eguna

Decía David Hume que la historia o, mejor dicho en este caso, el paso del tiempo hace que las personas se vayan adaptando a un nuevo régimen impuesto por la fuerza y terminen por aceptarlo. Porque la realidad es que, según el sabio escocés, en la historia todos los nuevos regímenes se han impuesto por la fuerza, por la coacción, por la violencia. Es el paso del tiempo el que hace que las personas se vayan adaptando a la imposición y terminen por aceptarla. Pero lo que nunca dijo Hume fue que el tiempo hiciera que una mentira, repetida constantemente, se convirtiera en verdad. Eso nunca lo dijo.

 

De modo que nos encontramos, como todos los años, una vez más, de nuevo, con un Domingo de Resurrección en el País Vasco contaminado, pervertido por la representación de una auténtica tomadura de pelo como es la del llamado Aberri Eguna, Aberrante Aberri Eguna, que estoy por ponerle Averri Eguna, pero que para no despistar demasiado con el título prefiero mantener así, aunque sí colocarle esta vez el calificativo de “aberrante” por delante, para resaltar la profunda insustancialidad, tanto histórica como conceptual que conlleva esa celebración.

 

En teoría estamos ante la celebración de una inventada nación vasca que nadie formuló hasta que Sabino Arana decidió que los vascos eran mejores que el resto de los españoles. Lo cual solo pudo ocurrir cuando empezaron a llegar al País Vasco españoles necesitados de un trabajo que les sacara de la miseria en la que vivían. Ante semejante necesidad primaria, ancestral, tremendamente humana, a Sabino Arana no se le ocurrió otra cosa que despreciar a sus semejantes, a sus compatriotas, creyéndose, por alguna manía persecutoria que le dio al hombre, que venían aquí para verle a él, tal vez. Ese es todo el origen de eso que se llama hoy nacionalismo vasco en todas sus ramas, no hay otro. Porque la reivindicación y defensa de la singularidad vasca en España ya la hacía el fuerismo, tanto el liberal como el carlista.

 

Pero vayamos al grano y expliquemos de la manera más sintética posible en qué consiste la superchería del Averri Eguna. Esta festividad nacionalista se celebró por primera vez en plena Segunda República Española (cuándo, si no, podía haber surgido un engendro semejante, sino en un régimen tan dañino para la convivencia entre españoles como fue aquel), en 1932, cuando se les ocurrió conmemorar el cincuenta aniversario de la llamada “revelación” de Sabino Arana, según la cual su hermano Luis, en 1882, le comunicó por primera vez, en el jardín de su casa de Abando, la buena nueva de la nación vasca. Y de 1882 a 1932 van eso, cincuenta años.

 

La llamada “revelación” de 1882 que, de haber sido verdad, habría consistido en un hecho nimio sucedido en la intimidad del hogar de los Arana, la convirtió el fundador del nacionalismo vasco en acontecimiento de rango histórico, legendario, por primera vez en 1892, diez años después de que supuestamente sucediera, al recordarla en la dedicatoria a su hermano del primer libro que publicó, “Bizkaya [así lo escribía él] por su independencia”. Es importante retener esta cadencia de años para arriba y para abajo. En 1892 Sabino Arana se refirió por primera vez a algo “trascendental” que le había ocurrido diez años antes, en 1882, y de lo que hasta entonces nadie, ni él mismo, había tenido o dado noticia.

 

Que se lo creyeran todos los nacionalistas es comprensible hasta cierto punto, puesto que se ideologizaron con el tema. Pero que todos los estudiosos del nacionalismo vasco, incluso ya de rango universitario, pensaran también que Sabino Arana decía la verdad con esto de su revelación, es algo difícil de entender. De alguna manera se convirtieron también ellos, así, en seguidores nacionalistas, dando fe de que aquella ocurrencia había sido cierta.

 

No se trata de pensar porque sí, con ojeriza o con animadversión premeditadas, que alguien no dice la verdad. Basta solamente con leer las obras de Sabino Arana para apreciar qué clase de personaje tenemos delante, con qué desprecio habla de semejantes suyos que no tenían apellidos eusquéricos. Como si los apellidos hubieran servido en origen para discriminar a las personas en función de sus características o cualidades humanas. O como si los apellidos se portaran desde la prehistoria tal vez, cuando resulta que se empezaron a utilizar desde hace solo unos pocos siglos atrás. O como si los apellidos eusquéricos tuvieran alguna virtud intrínseca que los distinguiera y los ensalzara respecto de los castellanos. Alguien que sostenga esos principios no puede ser de fiar. Y, sin embargo, se le concedió marchamo de verdad a todo lo que dejó escrito.

 

Que se lo creyera Xabier Arzalluz, presidente del partido durante muchos años, iba de suyo, como buen seguidor nacionalista. Lo mismo que se entiende también que se empeñara, como cuenta él en algún artículo de periódico, en buscar infructuosamente al supuesto jesuita que le transmitió a Luis Arana la buena nueva de la patria vasca, allá en el internado de La Guardia, en Pontevedra, donde estuvo el hermano de Sabino antes de ir a Barcelona. Porque esa fue una más de las muchas fábulas que se contaron entre los seguidores de Sabino Arana en el momento de pensar en hacer el primer Averri Eguna, inventándose historias para intentar explicarse lo que había ocurrido, ya que nadie les daba cuenta de nada. Que los nacionalistas se creyeran todo eso, pues bueno, puede ser comprensible. Pero que observadores externos, estudiosos universitarios de la obra del fundador del nacionalismo vasco, también se lo creyeran, es lo que llama verdaderamente la atención.

 

El primero que no explicó nunca nada, por mucho que le preguntaron, fue el propio Luis Arana, por la cuenta que le traía, ya que él sí que sabía que todo era un cuento chino inventado por su hermano para dar pátina de misterio y de insondabilidad al origen de la ideología que se habían sacado de la manga entre los dos.

 

Luis Arana Goiri nunca le podría haber transmitido a su hermano Sabino la buena nueva de la patria vasca en 1882 porque entonces los dos hermanos todavía seguían siendo lo que habían sido desde su niñez, transmitido por sus padres: tradicionalistas españoles a machamartillo. El tradicionalismo, doctrina de quienes siguieron al pretendiente Carlos María Isidro desde los tiempos de la muerte del hermano de este, el rey Fernando VII en 1833, propugnaba un régimen para España ajeno y contrario al liberalismo. El tradicionalismo se bifurcó en dos ramas en 1888, una la principal, el carlismo, que seguía al pretendiente Carlos VII, nieto del primer Carlos, fundador del carlismo, y otra la que pensaba que Carlos VII estaba perdiendo las esencias del tradicionalismo originario, que se denominó integrista. Y a este integrismo se adscribió desde el principio la familia Arana Goiri en Bilbao. Lo cual se puede apreciar por su participación en el periódico “El Euskaro”, del que quedan bastantes ejemplares microfilmados en la hemeroteca de la Diputación de Vizcaya y que era filial en la capital vizcaína de “El Siglo Futuro”, la cabecera entonces del integrismo para toda España, dirigido en Madrid por los Nocedal, primero el padre, Cándido, y luego el hijo, Ramón.

 

Tanto Sabino Arana Goiri como su hermano Luis participaron de diversos modos (cuestaciones, pronunciamientos) en “El Euskaro” durante el poco tiempo que se publicó, entre 1888 y 1890. Lo cual quiere decir que entonces ambos, como toda la familia Arana Goiri, eran integristas españolistas. Al terminar la publicación de “El Euskaro”, en 1890, el preboste del integrismo vizcaíno, Lorenzo Arrieta-Mascarúa, le ofreció a Sabino Arana dirigir el periódico que venían preparando para sustituir a “El Euskaro” y que acabó denominándose “La Cantabria”. Lo que da idea del protagonismo de Sabino Arana en los ambientes integristas de Bilbao. Fue entonces cuando este declinó la oferta (hecho que él mismo narra en sus obras completas y de lo cual se vanagloria, naturalmente) y se dedicó a partir de entonces a la empresa nacionalista.

 

A partir de ahí Sabino Arana intentó ocultar su pasado integrista español y contarnos la historia de lo que nunca había sido. Para lo cual implicó a su hermano Luis, que le siguió el juego como quien busca una diversión con la que entretenerse un poco, siendo ambos como eran unos rentistas, herederos de la fortuna de su padre, y que jamás supieron lo que era fichar por la mañana para trabajar en una empresa, ni pública ni privada.

 

Además de por esa trayectoria integrista española, al alimón con Sabino, Luis tampoco podría haberle inculcado nunca la ideología nacionalista, ni a su hermano ni a nadie, porque su propia biografía, de haberse conocido en su integridad entonces, le hubiera descartado por completo. Después de la estancia de la madre viuda, doña Pascuala, con los tres hijos pequeños, Luis, Paulina y Sabino en Barcelona, entre 1883 y 1888, año este último del fallecimiento de la señora, Sabino y Paulina se volvieron a Bilbao, pero Luis se quedó en la capital catalana, con la idea de terminar sus estudios de arquitectura, tarea en la que emplearía muchos más años de los que marcaba el plan de estudios. De modo que en 1893 todavía estaba allí estudiando (o haciendo como que estudiaba más bien) cuando tuvo un hijo con una de las criadas de la casa, una aragonesa natural de Urrea de Jalón, provincia de Zaragoza. Pero no se casó con ella hasta finales de 1898. De modo que lo que hizo a partir de entonces fue dejar a su mujer y a su hijo en el pueblo de ella, y volverse a Bilbao para ayudar a su hermano con el partido que este iba a crear, teniendo en cuenta además que había sido nombrado por Sabino, como hemos visto, promotor originario de la ideología. Es todo tan surrealista que asombra la cara dura de ambos protagonistas. Luis Arana ocultó entonces la doble vida que llevaba tanto a su hermano, como a su familia, como al partido y a la sociedad toda del Bilbao de entonces. De haberse sabido lo que hacía, dado el ambiente de la época y el de su propia familia, así como el propio carácter del partido que habían fundado, seguidor fiel de la Iglesia Católica y propugnando la pureza racial como principio político, no habría podido ejercer nunca de vicepresidente del partido y mano derecha de su hermano. Luis Arana vivió durante seis años, entre principios de 1893 y finales de 1898, en concubinato con una aragonesa sin apellidos eusquéricos, mientras el PNV empezaba por entonces a dar sus primeros pasos.

 

Cuando Luis no pudo aguantar más la hipocresía en que vivía, se casó en secreto en la parroquia de Foronda, cerca de Vitoria (de lo que existe constancia documental), y acto seguido se fue con su mujer y su hijo, que ya tenía casi seis años, a vivir al sur de Francia, lejos de todos los que le habían conocido en Bilbao. Ni siquiera cuando fue nombrado por primera vez presidente del PNV, entre 1908 y 1915, vivió en Bilbao. No volvió a estar domiciliado en la capital vizcaína, cerca de donde vivió su familia en el Ensanche bilbaíno, hasta 1926 (Luis tenía ya entonces 64 años), cuando ya a nadie le importaba lo que hubiera ocurrido treinta años atrás. Poco después, en 1932, de nuevo al frente del PNV, aunque tan solo por un año, Luis Arana Goiri presidió los actos del primer Averri Eguna, asistiendo impertérrito a la glorificación de su nombre y el de su hermano, como fundadores de la ideología y del PNV.

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