Indecencia: votos por asesinos
Siempre me expreso claro y rotundo. Ni olvido ni perdono. Tanto por los que se dejaron la piel, como por los que fueron amenazados y siguieron luchando por la dignidad de ser españoles en el país de los vascos. Tras varias décadas dónde justificaron los injustificable, se vieron acosados por la comunidad internacional que tras los atentados en Nueva York dieron orden para su identificación y captura. Y así, unos tras otro fueron cayendo en los diferentes operativos de las policías o los servicios de inteligencia de Occidente.
Hube de asistir a las exequias de políticos y trabajadores uniformados que fueron víctimas de los comandos etarras. Hube de salir muchas veces de mi domicilio en Vitoria para mi piso de seguridad en la Mariña Luguesa. Hube de llevar escoltas muy cualificados desde 1990 hasta que regresé a mi tierra natal como médico hospitalario en septiembre de 2002. Hube de leer los informes de los comandos en los que yo era un objetivo constante por mi condición de político dirigente frente a la construcción nacional del Estado vasco. Tuve que soportar cómo a mis hijos los acosaban por pertenecer a una familia española con ideales de libertad y democracia.
Intentaron asesinarme con rifle de mira telescópica, con bomba en el subsuelo a la salida de mi domicilio, con un comando operativo en el hospital Santiago Apóstol dónde desempeñaba mi trabajo como jefe de servicio por oposición. Hube de renunciar a mi plaza de agregado por oposición en la Universidad Pública Vasca en la disciplina de Salud Pública por haberme trasladado del campus en Álava al de Guipúzcoa, lo que representaba un despliegue brutal de la Guardia Civil para que yo pudiera impartir mis clases. Atentaron contra varios de mis compañeros de política constitucionalista, algunos de ellos con resultado de muerte. Asesinaron a uno de mis escoltas de la policía autónoma vasca. Tenía escolta continuada tanto en Euskadi como en Galicia. Mi padre estaba convencido que cualquier día sonaría el teléfono para confirmarle que ETA me había asesinado.
Y todo ello por haberme declarado enemigo del pueblo vasco. Y tal juicio sumarísimo lo hicieron entre otros: Kantauri, Amboto y Txeroki. Esos tres asesinos que han sido puestos en libertad hace poco tiempo gracias a la decisión de una socialista vasca que gestiona las competencias de la política penitenciaria en la Comunidad con cuatros parlamentos y cuatro gobiernos y un Estatuto de Autonomía preñado de competencias, y un régimen financiero que supone privilegios económicos y fiscales para un territorio con algo más de dos millones de habitantes, pero con DERECHOS HISTÓRICOS que están y permanecen en una disposición transitoria de la Constitución Española. Los gallegos nunca tuvimos ni por aproximación tal trato de favor y distinción desde la época del franquismo hasta la actualidad.
Los tres asesinos fueron los jefes de ETA. Quienes aprobaban los operativos de los comandos, quienes señalaban los objetivos, quienes organizaban a las diferentes secciones de ETA -presos, abogados, liberados y legales, así como sectores sindicales, educativos, lingüistas y familiares de presos. Hubo momentos en los que entre el terror establecido y gestionado por estos tres "patriotas y soldados vascos" y la lista diaria de atentados, los españoles rebeldes que seguíamos sacrificando nuestras familias, profesiones y vidas por la democracia, tuvimos motivos para sentirnos perdedores y abandonados.
Pero nunca como ahora. El sanchismo ha cometido la mayor de las infamias, la indecente política de cambiar votos de Bildu en las Cortes por la libertad de los asesinos. Serán recibidos en sus aldeas profundas como héroes. Serán de inmediato dotados de medios laborales y económicos para disfrutar del retiro militante. No pueden disfrutar ni siquiera de paz o de dignidad las familias de aquellos que reposan en los cementerios por haber luchado en el país de los vascos o en el resto de nuestra España por libertad, dignidad y seguridad. Del cementerio no regresa nadie. En las prisiones les prometieron indultos y los han conseguido. Cada vez que Bildu apoya con sus votos al frente sanchista, un cadáver se revuelve en su tumba. Cada vez que Otegui da una soflama y marca el ritmo de la conquista sociocultural en la sociedad vasca para ganar las elecciones próximas, algunos de nosotros, los condenados a muerte por nuestra conducta española militante, nos preguntamos si tanto sacrificio, tanto riesgo, tantas renuncias, merecieron la pena. Hubo más de un erudito que me llegó a preguntar dos cuestiones. ¿Qué hace un gallego luchando en el país de los vascos?. ¿No será mejor darles la independencia de una vez por todas y que se vayan al carajo, pues al día siguiente de haber logrado que les reconozcan su derecho a la autodeterminación, se mataran entre ellos a estilo guerra Carlista?.
A los tres jefes de ETA que hoy disfrutan en sus valles, puertos y playas, les escupo en la cara. Pero todavía lo llevo peor con esos traidores sanchistas que han enterrado a sus compañeros y hoy exoneran sobre sus tumbas.
Siempre me expreso claro y rotundo. Ni olvido ni perdono. Tanto por los que se dejaron la piel, como por los que fueron amenazados y siguieron luchando por la dignidad de ser españoles en el país de los vascos. Tras varias décadas dónde justificaron los injustificable, se vieron acosados por la comunidad internacional que tras los atentados en Nueva York dieron orden para su identificación y captura. Y así, unos tras otro fueron cayendo en los diferentes operativos de las policías o los servicios de inteligencia de Occidente.
Hube de asistir a las exequias de políticos y trabajadores uniformados que fueron víctimas de los comandos etarras. Hube de salir muchas veces de mi domicilio en Vitoria para mi piso de seguridad en la Mariña Luguesa. Hube de llevar escoltas muy cualificados desde 1990 hasta que regresé a mi tierra natal como médico hospitalario en septiembre de 2002. Hube de leer los informes de los comandos en los que yo era un objetivo constante por mi condición de político dirigente frente a la construcción nacional del Estado vasco. Tuve que soportar cómo a mis hijos los acosaban por pertenecer a una familia española con ideales de libertad y democracia.
Intentaron asesinarme con rifle de mira telescópica, con bomba en el subsuelo a la salida de mi domicilio, con un comando operativo en el hospital Santiago Apóstol dónde desempeñaba mi trabajo como jefe de servicio por oposición. Hube de renunciar a mi plaza de agregado por oposición en la Universidad Pública Vasca en la disciplina de Salud Pública por haberme trasladado del campus en Álava al de Guipúzcoa, lo que representaba un despliegue brutal de la Guardia Civil para que yo pudiera impartir mis clases. Atentaron contra varios de mis compañeros de política constitucionalista, algunos de ellos con resultado de muerte. Asesinaron a uno de mis escoltas de la policía autónoma vasca. Tenía escolta continuada tanto en Euskadi como en Galicia. Mi padre estaba convencido que cualquier día sonaría el teléfono para confirmarle que ETA me había asesinado.
Y todo ello por haberme declarado enemigo del pueblo vasco. Y tal juicio sumarísimo lo hicieron entre otros: Kantauri, Amboto y Txeroki. Esos tres asesinos que han sido puestos en libertad hace poco tiempo gracias a la decisión de una socialista vasca que gestiona las competencias de la política penitenciaria en la Comunidad con cuatros parlamentos y cuatro gobiernos y un Estatuto de Autonomía preñado de competencias, y un régimen financiero que supone privilegios económicos y fiscales para un territorio con algo más de dos millones de habitantes, pero con DERECHOS HISTÓRICOS que están y permanecen en una disposición transitoria de la Constitución Española. Los gallegos nunca tuvimos ni por aproximación tal trato de favor y distinción desde la época del franquismo hasta la actualidad.
Los tres asesinos fueron los jefes de ETA. Quienes aprobaban los operativos de los comandos, quienes señalaban los objetivos, quienes organizaban a las diferentes secciones de ETA -presos, abogados, liberados y legales, así como sectores sindicales, educativos, lingüistas y familiares de presos. Hubo momentos en los que entre el terror establecido y gestionado por estos tres "patriotas y soldados vascos" y la lista diaria de atentados, los españoles rebeldes que seguíamos sacrificando nuestras familias, profesiones y vidas por la democracia, tuvimos motivos para sentirnos perdedores y abandonados.
Pero nunca como ahora. El sanchismo ha cometido la mayor de las infamias, la indecente política de cambiar votos de Bildu en las Cortes por la libertad de los asesinos. Serán recibidos en sus aldeas profundas como héroes. Serán de inmediato dotados de medios laborales y económicos para disfrutar del retiro militante. No pueden disfrutar ni siquiera de paz o de dignidad las familias de aquellos que reposan en los cementerios por haber luchado en el país de los vascos o en el resto de nuestra España por libertad, dignidad y seguridad. Del cementerio no regresa nadie. En las prisiones les prometieron indultos y los han conseguido. Cada vez que Bildu apoya con sus votos al frente sanchista, un cadáver se revuelve en su tumba. Cada vez que Otegui da una soflama y marca el ritmo de la conquista sociocultural en la sociedad vasca para ganar las elecciones próximas, algunos de nosotros, los condenados a muerte por nuestra conducta española militante, nos preguntamos si tanto sacrificio, tanto riesgo, tantas renuncias, merecieron la pena. Hubo más de un erudito que me llegó a preguntar dos cuestiones. ¿Qué hace un gallego luchando en el país de los vascos?. ¿No será mejor darles la independencia de una vez por todas y que se vayan al carajo, pues al día siguiente de haber logrado que les reconozcan su derecho a la autodeterminación, se mataran entre ellos a estilo guerra Carlista?.
A los tres jefes de ETA que hoy disfrutan en sus valles, puertos y playas, les escupo en la cara. Pero todavía lo llevo peor con esos traidores sanchistas que han enterrado a sus compañeros y hoy exoneran sobre sus tumbas.
















