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Arturo Aldecoa Ruiz
Lunes, 06 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:

Cicerón y las guerras en Oriente

Como cada día parece más próxima  una invasión norteamericana del Irán, se me ocurrió anoche consultar qué le parece este conflicto a mí fantasma favorito, el viejo y sabio Cicerón, pues en su tiempo las guerras en el Oriente tuvieron mucha importancia para la Republica romana y el posterior nacimiento del Imperio.

 

Así que tras invocarle, le he preguntado su opinión sobre este conflicto teniendo en cuenta su experiencia.

 

En vez de un florido discurso de filosofía política, como le suele gustar responderme en otras ocasiones,  Marco Tulio me ha dado su opinión mediante un  cuento sencillo, que refleja lo mucho qué tiene en común la situación actual de Estados Unidos e Irán con la que Roma vivió con el Imperio Parto y llevó al desastre de Carras en el 53 a.C:

 

-"En mis días, en Roma había tres hombres que dominaban el mundo: Julio César, Pompeyo y Marco Licinio Craso.

 

César tenía conquistas.

 

Pompeyo tenía victorias.

 

Craso tenía riqueza.

 

Y aquello no le bastaba. Había llenado Roma de palacios, comprado voluntades y financiado ejércitos, pero cuando escuchaba a los veteranos hablar de campañas y gloria, sabía que el oro no compra la fama que dan las guerras.

 

Mientras César vencía en la Galia y Pompeyo era recordado como el gran conquistador de Oriente, él solo era llamado el hombre más rico de Roma. Y sentía envidia.

 

Así que Craso decidió comprar también la gloria.

 

Desde su gobierno de Siria anunció una guerra contra el Imperio parto, un enemigo lejano que no había provocado a Roma.

 

Los augures murmuraron presagios funestos.

 

Los senadores protestaron.

 

Incluso sus amigos le aconsejaron prudencia.

 

Craso no escuchó a nadie, sino que tachó a quienes intentaban disuadirle de cobardes.

 

En el mes de mayo del año 701 de la fundación de Roma Craso cruzó el Éufrates al frente de siete legiones.

 

El sol de Mesopotamia caía sobre las armaduras romanas mientras el ejército avanzaba por una llanura infinita hacia la ciudad de Carras.

 

Allí los esperaba el general parto Surena.

 

El parto, no llevaba legiones. Solo arqueros a caballo con una inmensa reserva de flechas en caravanas de camellos y caballería pesada, los temibles catafractos.

 

Primero vieron una nube de polvo en el horizonte. Luego los jinetes. Miles de ellos.

 

Los arqueros partos comenzaron a cabalgar alrededor de las legiones romanas, disparando sin detenerse. Las flechas caían como lluvia negra. Los romanos levantaron sus escudos formando un caparazón de hierro, pero cada minuto traía más proyectiles.

 

Intentaban luchar, pero el enemigo nunca se acercaba.

 

El hijo de Craso, Publio Licinio Craso, cargó con la caballería para romper el cerco, los partos aparentemente se retiraron… y luego lo rodearon.

 

Horas después, el hijo de Craso tuvo que suicidarse para no ser capturado, y su cabeza se mostró clavada en una lanza ante las águilas de Roma.

 

Desde ese momento las legiones comprendieron  que estaban perdidas bajo el implacable sol de las llanuras de Mesopotamia.

 

Al caer la noche los romanos intentaron retirarse hacia Carras. Estaban exhaustos, heridos y desorientados en la llanura. Los partos los acosaban sin descanso.

 

Finalmente los romanos  ofrecieron negociar.

 

Craso acudió al encuentro con los emisarios de Surena. Tal vez esperaba salvar lo que quedaba de su ejército. Tal vez todavía soñaba con una salida honorable, comprando la paz a los partos, no en vano era el hombre más rico de Roma.

 

Pero la reunión se volvió confusa. Hubo empujones, gritos, espadas desenvainadas. Y en medio del caos, Craso murió.

 

Se cuenta que los partos le obligaron a beber oro líquido como castigo por su ambición y por haber pretendido comprarles.

 

Así terminó bañada en oro fundido, la expedición que debía dar gloria eterna a Marco Licinio Craso.

 

Más de veinte mil romanos yacían muertos en el desierto y otros diez mil marcharían al cautiverio en las fronteras de Partía y China en el Asia central.

 

Las orgullosas águilas de las legiones habían caído en manos enemigas. Cuando llegó a Roma  la noticia, algunos dijeron que la causa del desastre  había sido la mala suerte. Otros la atribuyeron a una traición.Pero un viejo y sabio senador nos dijo:

 

-"No os engañéis, Craso no fue derrotado por los partos, sino por su propia ambición, pues creía que la política es solo un negocio y todo se puede comprar."

 

Igual que  un imitador suyo actual, añado yo.

 

Arturo Aldecoa Ruiz. Apoderado en las Juntas Generales de Bizkaia 1999 - 2019

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