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La Tribuna del País Vasco
Lunes, 06 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:

Castigar la libertad económica

España ha terminado por consolidar una paradoja que resulta cada vez más difícil de justificar: en un país con tasas estructuralmente altas de paro juvenil, el sistema penaliza precisamente a quienes intentan generar su propio empleo. Lo que debería ser una vía de salida —el emprendimiento— se ha convertido, en la práctica, en una carrera de obstáculos diseñada desde la propia arquitectura institucional.

 

Los datos expuestos por la Fundación para el Avance de la Libertad no describen una anomalía puntual, sino un problema estructural profundamente arraigado. La existencia de cuotas fijas que pueden llegar a absorber hasta el 40% de los ingresos de un autónomo con baja facturación no es solo una disfunción técnica; es una señal política. El mensaje implícito es claro: antes de consolidar un proyecto, el emprendedor debe sostener al sistema, incluso cuando su actividad todavía no es viable. Un mecanismo perverso para limitar la capacidad de emprender en libertad.

 

Este modelo rompe con uno de los principios básicos de cualquier economía dinámica: permitir que el riesgo inicial sea asumible. En países de nuestro entorno, los sistemas de cotización se adaptan a los ingresos reales o incluso desaparecen en fases tempranas de actividad. España, en cambio, mantiene un esquema rígido que no distingue entre consolidación y supervivencia. No se trata de falta de recursos, sino de prioridades: el propio sistema acumula fondos millonarios mientras deniega prestaciones a una mayoría significativa de solicitantes.

 

El resultado es previsible y medible. Jóvenes que no emprenden, proyectos que no nacen y talento que emigra. La economía española pierde capacidad de renovación mientras envejece su tejido productivo. El dato de los más de tres millones de autónomos convive con una realidad incómoda: altas tasas de abandono, rentabilidades frágiles y una creciente ausencia de relevo generacional. No es que falten emprendedores; es que el sistema desincentiva su aparición.

 

Lo más preocupante no es la existencia de cargas, sino su diseño. Un sistema que exige pagos elevados antes de generar beneficios no protege al trabajador por cuenta propia, lo selecciona. Filtra por renta, penaliza el origen humilde y convierte la iniciativa empresarial en una opción reservada para quienes ya cuentan con respaldo económico. Lejos de democratizar oportunidades, consolida desigualdades.

 

En este contexto, el debate ya no debería centrarse en si hay que apoyar al autónomo, sino en si el propio modelo institucional está actuando como freno al desarrollo económico. La negativa a adaptar normativas europeas que aliviarían cargas administrativas o fiscales refuerza la sensación de inmovilismo. No se trata de una cuestión ideológica, sino de eficiencia: un sistema que dificulta la creación de actividad económica termina debilitando su propia base de sostenibilidad.

 

España no enfrenta un déficit de talento ni de iniciativa. Enfrenta, cada vez más claramente, un problema de diseño institucional. Y mientras no se corrija, el coste no será solo económico, sino generacional: una parte significativa de su capital humano seguirá optando por no emprender… o por hacerlo fuera.

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