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La Tribuna del País Vasco
Miércoles, 08 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:

El enigma que no se deja domesticar

Hay objetos que la historia archiva, clasifica y termina explicando. Y hay otros —muy pocos— que se resisten a ser domesticados por el conocimiento. La Sábana Santa de Turín pertenece a esa segunda categoría. Cada generación cree estar más cerca de resolver su misterio, y sin embargo, cada nuevo avance lo reabre con mayor profundidad.

 

Durante décadas, el relato parecía estabilizado. La datación por carbono 14 de 1988 situó el lienzo en plena Edad Media, y para muchos el caso quedó cerrado. Pero la ciencia, cuando es rigurosa, rara vez acepta cierres definitivos. Con el paso del tiempo, las críticas a aquel análisis —posibles contaminaciones, problemas de muestreo, incoherencias estadísticas— fueron erosionando su aparente solidez. No lo suficiente como para invalidarlo por completo, pero sí como para devolver la duda al centro del tablero.

 

Ahora, nuevas investigaciones vuelven a agitar ese equilibrio. Por un lado, experimentos recientes plantean que la imagen del cuerpo impresa en el lienzo podría haber sido generada por una liberación súbita e intensa de energía, difícil de reproducir con tecnologías convencionales. Por otro, estudios basados en la degradación estructural del lino mediante rayos X sugieren una antigüedad mucho mayor de la que se había aceptado durante décadas. Según este enfoque, el tejido presenta características compatibles con materiales del siglo I, en línea con el periodo histórico en el que vivió Jesucristo.

 

Pero el dato, por sí solo, no resuelve el enigma. Lo amplifica.

 

Porque el verdadero problema no es únicamente cronológico. Es ontológico. No se trata solo de cuándo se fabricó el lienzo, sino de qué es exactamente lo que estamos observando. La imagen no es pintura, no es un relieve, no es una quemadura convencional. Está superficialmente inscrita en las fibras, sin penetrar en el tejido, como si hubiera sido “depositada” más que creada. Y esa anomalía, lejos de disiparse con el tiempo, se ha vuelto más evidente a medida que han avanzado las técnicas de análisis.

 

La ciencia moderna ha demostrado una notable capacidad para explicar fenómenos que durante siglos fueron considerados inexplicables. Pero también ha revelado sus propios límites: no todo lo que puede medirse se comprende, y no todo lo que se comprende puede reproducirse. En ese margen —estrecho, incómodo— es donde la Sábana Santa sigue instalada.

 

Conviene, por tanto, evitar dos tentaciones simétricas. La primera, reducir el objeto a una falsificación sin fisuras, cerrando el caso con una certeza que la propia evolución de los datos ha ido debilitando. La segunda, elevar cualquier anomalía a la categoría de prueba concluyente de lo sobrenatural. Ni lo uno ni lo otro responde al estado real de la cuestión.

 

Lo que emerge, en cambio, es algo más inquietante: un objeto que desafía simultáneamente a la credulidad y al escepticismo. Un vestigio que parece situado en la frontera —no entre fe y ciencia, sino entre lo explicable y lo todavía inexplicado.

 

Tal vez ahí reside su persistencia. No en lo que demuestra, sino en lo que obliga a preguntar.

 

Porque, más allá de los datos, de los experimentos y de las hipótesis, la Sábana Santa sigue planteando una cuestión que ninguna técnica ha logrado clausurar: ¿estamos ante un artefacto extraordinario… o ante un fenómeno que aún no sabemos nombrar?

 

Y esa pregunta, por ahora, permanece intacta.

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