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La Tribuna del País Vasco
Sábado, 11 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:

Volver a la Luna para no quedarse en la Tierra

[Img #30251]El regreso de la misión Artemis II no es solo un éxito técnico. Es, sobre todo, una declaración de principios. En un tiempo marcado por el cortoplacismo político, la ansiedad económica y la tentación de replegarse sobre lo inmediato, la exploración espacial representa exactamente lo contrario: ambición, visión de futuro y confianza en la capacidad humana para ir más allá de sus límites.

 

Conviene recordarlo con claridad. Cada euro invertido en exploración espacial no es un gasto superfluo ni un lujo propagandístico. Es una inversión directa en conocimiento, innovación y progreso tecnológico. La historia lo demuestra de manera incontestable. El programa Apolo no solo llevó al hombre a la Luna; impulsó avances en informática, telecomunicaciones, materiales, medicina y navegación que hoy forman parte de la vida cotidiana. Lo mismo ocurre ahora. Las tecnologías desarrolladas en el marco de Artemis —desde sistemas de soporte vital hasta nuevos materiales resistentes a condiciones extremas— acabarán permeando sectores civiles, industriales y sanitarios.

 

Pero hay algo más profundo en juego. La exploración espacial no es únicamente una cuestión de utilidad. Es una cuestión de identidad. Las grandes civilizaciones no se han definido solo por su capacidad para sobrevivir, sino por su impulso para descubrir. Desde las rutas oceánicas del siglo XV hasta la conquista del aire en el siglo XX, el progreso humano ha estado ligado a quienes se atrevieron a mirar más allá del horizonte conocido. Hoy, ese horizonte ya no está en los mares ni en los cielos, sino en el espacio.

 

Renunciar a esa vocación exploradora equivaldría a aceptar una forma de decadencia silenciosa. Significaría asumir que la humanidad ha alcanzado su techo, que ya no tiene nada nuevo que descubrir ni conquistar. Y esa es, probablemente, la idea más peligrosa de todas. Porque una sociedad que deja de explorar es una sociedad que empieza a estancarse.

 

Además, la nueva carrera espacial tiene una dimensión geopolítica innegable. Estados Unidos, China y otras potencias compiten no solo por llegar antes o más lejos, sino por establecer las bases de la próxima economía: la que girará en torno a la explotación de recursos extraterrestres, las infraestructuras orbitales y la presencia permanente fuera de la Tierra. Quedarse al margen de este proceso no es una opción neutral; es una forma de quedar relegado.

 

Artemis II simboliza, en este contexto, algo más que un viaje. Es el primer paso hacia una presencia humana sostenida en la Luna y, a medio plazo, hacia Marte. Es la apertura de un nuevo escenario en el que la ciencia, la tecnología y la voluntad política se entrelazan para redefinir el lugar del ser humano en el universo.

 

Frente a quienes cuestionan estas inversiones en nombre de urgencias terrenales, la respuesta debería ser clara: no se trata de elegir entre resolver los problemas de la Tierra o explorar el espacio. Se trata de entender que, históricamente, ha sido precisamente esa voluntad de explorar la que ha permitido resolver muchos de esos problemas.

 

Porque, al final, la cuestión no es si podemos permitirnos explorar el espacio. La verdadera pregunta es si podemos permitirnos dejar de hacerlo.

 

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