El supermercado y el misterio de la leche mutante
![[Img #30253]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/04_2026/3385_screenshot.jpg)
En el caserío uno aprende pronto que las cuentas no salen por mucho que uno las mire con cara de concentración. Yo, por ejemplo, llevo semanas intentando entender cómo puede ser que la leche que yo vendo cada vez valga menos… y la que luego aparece en el supermercado cada vez valga más. Debe de haber un momento mágico en el viaje, entre la vaca y la estantería, en el que la leche se ilumina, asciende espiritualmente y decide duplicar su precio como quien sube de categoría social.
Aquí ordeñamos igual que siempre. Las vacas no han hecho un máster en finanzas ni se han afiliado a ningún fondo de inversión. Comen lo que tienen que comer, producen lo que tienen que producir y, si acaso, alguna me mira últimamente con una expresión que yo diría que es de escepticismo económico. Como diciendo: “Patxi, algo no cuadra”.
Y no les falta razón. Porque uno va al supermercado —que ya no es un sitio para comprar, sino una especie de museo del susto— y empieza a recorrer los pasillos como quien entra en una exposición de arte contemporáneo: sin entender muy bien qué está pasando pero sabiendo que va a salir más pobre de lo que ha entrado. El queso, por ejemplo. El queso que antes era comida, ahora es inversión. Te lo llevas a casa con el mismo cuidado que si fuera oro en lingotes. Lo miras, lo cortas en porciones estratégicas y casi le pides permiso antes de comértelo.
Mientras tanto, a mí me siguen pagando por la leche mutante como si estuviéramos en 1998, que fue un año estupendo, sí, pero ya pasó. Yo entrego el producto, hago números, y la conclusión es siempre la misma: trabajo más, cobro menos, y el resto del mundo parece estar celebrando una fiesta a la que no me han invitado.
Dicen que todo ha subido: la energía, el transporte, los envases… Yo no lo discuto. Pero hay una sensación extraña, como si en algún punto de la cadena alguien hubiera decidido que el agricultor y el ganadero son una especie de decoración rural, algo bonito de ver en las campañas publicitarias pero perfectamente prescindible en la cuenta de resultados.
Luego están las ofertas. Eso ya es otro nivel. Vas al supermercado y ves un cartel enorme: “¡Leche al mejor precio!”. Y tú piensas: “¿El mejor precio para quién?”. Porque yo, desde luego, llevo años perdiendo ese combate por KO técnico. Me gustaría ver una etiqueta que dijera: “Esta leche es barata porque a Patxi le han pagado poco”. Sería más honesto, aunque igual menos elegante.
En el caserío hemos empezado a hacer un nuevo cálculo: ya no medimos solo litros, kilos o cabezas de ganado. Medimos paciencia. Y de esa cada vez queda menos. Porque no es solo una cuestión de números, es una cuestión de sentido. Si producir alimentos deja de ser viable para quien los produce, el problema no es solo del caserío. Es de todos.
Así que aquí seguimos, ordeñando, sembrando, recogiendo… y mirando el precio del supermercado como quien observa un fenómeno paranormal. Yo no descarto que un día, al abrir la nevera, la botella de leche me hable. Y me diga: “Patxi, yo tampoco entiendo nada”.
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En el caserío uno aprende pronto que las cuentas no salen por mucho que uno las mire con cara de concentración. Yo, por ejemplo, llevo semanas intentando entender cómo puede ser que la leche que yo vendo cada vez valga menos… y la que luego aparece en el supermercado cada vez valga más. Debe de haber un momento mágico en el viaje, entre la vaca y la estantería, en el que la leche se ilumina, asciende espiritualmente y decide duplicar su precio como quien sube de categoría social.
Aquí ordeñamos igual que siempre. Las vacas no han hecho un máster en finanzas ni se han afiliado a ningún fondo de inversión. Comen lo que tienen que comer, producen lo que tienen que producir y, si acaso, alguna me mira últimamente con una expresión que yo diría que es de escepticismo económico. Como diciendo: “Patxi, algo no cuadra”.
Y no les falta razón. Porque uno va al supermercado —que ya no es un sitio para comprar, sino una especie de museo del susto— y empieza a recorrer los pasillos como quien entra en una exposición de arte contemporáneo: sin entender muy bien qué está pasando pero sabiendo que va a salir más pobre de lo que ha entrado. El queso, por ejemplo. El queso que antes era comida, ahora es inversión. Te lo llevas a casa con el mismo cuidado que si fuera oro en lingotes. Lo miras, lo cortas en porciones estratégicas y casi le pides permiso antes de comértelo.
Mientras tanto, a mí me siguen pagando por la leche mutante como si estuviéramos en 1998, que fue un año estupendo, sí, pero ya pasó. Yo entrego el producto, hago números, y la conclusión es siempre la misma: trabajo más, cobro menos, y el resto del mundo parece estar celebrando una fiesta a la que no me han invitado.
Dicen que todo ha subido: la energía, el transporte, los envases… Yo no lo discuto. Pero hay una sensación extraña, como si en algún punto de la cadena alguien hubiera decidido que el agricultor y el ganadero son una especie de decoración rural, algo bonito de ver en las campañas publicitarias pero perfectamente prescindible en la cuenta de resultados.
Luego están las ofertas. Eso ya es otro nivel. Vas al supermercado y ves un cartel enorme: “¡Leche al mejor precio!”. Y tú piensas: “¿El mejor precio para quién?”. Porque yo, desde luego, llevo años perdiendo ese combate por KO técnico. Me gustaría ver una etiqueta que dijera: “Esta leche es barata porque a Patxi le han pagado poco”. Sería más honesto, aunque igual menos elegante.
En el caserío hemos empezado a hacer un nuevo cálculo: ya no medimos solo litros, kilos o cabezas de ganado. Medimos paciencia. Y de esa cada vez queda menos. Porque no es solo una cuestión de números, es una cuestión de sentido. Si producir alimentos deja de ser viable para quien los produce, el problema no es solo del caserío. Es de todos.
Así que aquí seguimos, ordeñando, sembrando, recogiendo… y mirando el precio del supermercado como quien observa un fenómeno paranormal. Yo no descarto que un día, al abrir la nevera, la botella de leche me hable. Y me diga: “Patxi, yo tampoco entiendo nada”.
















