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Jueves, 16 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:
Dos policías asesinados y varios heridos

Un doble atentado suicida estremece Argelia durante la visita histórica del papa León XIV

[Img #30287]Llovía sobre Blida cuando los dos hombres caminaban hacia la comisaría.

 

Era una tarde de lunes, la tarde del 13 de abril de 2026, y a cuarenta kilómetros de allí, en Argel, el papa León XIV acababa de visitar la Gran Mezquita de la ciudad, el monumento más alto de África, su minarete alzándose 267 metros hacia un cielo que amenazaba tormenta. El Pontífice —Robert Francis Prevost, el primer papa estadounidense de la historia— llevaba apenas unas horas en suelo argelino, y ya había pronunciado palabras que resonarían mucho más allá de las fronteras del Magreb: "El futuro pertenece a los hombres y mujeres de paz."

 

Los dos hombres de Blida no habían venido a escuchar esas palabras.

 

Una visita histórica, un escenario explosivo

 

Que León XIV eligiera Argelia como primera etapa de su gira africana no era un capricho litúrgico. Era, en sí mismo, un acto político de enorme carga simbólica. Ningún papa había pisado jamás este país de 47 millones de habitantes, donde el islam sunita es la religión oficial y el catolicismo una fe de minorías. Argelia arrastra en su memoria colectiva una relación ambivalente con Occidente —marcada por la guerra de independencia contra Francia (1954-1962) y por la terrible "década negra" de la guerra civil islamista (1992-2002), que dejó entre 100.000 y 200.000 muertos— y recibir al sumo pontífice significaba un gesto de apertura que el presidente Abdelmadjid Tebboune había apostado como una victoria diplomática.

 

El programa era denso y cuidadosamente escenificado. León XIV depositó una ofrenda en el Monumento a los Mártires de la independencia. Estrechó la mano de Tebboune en el Palacio Presidencial. Rezó en privado en la capilla de los 19 "mártires de Argelia", sacerdotes y religiosos asesinados por grupos islamistas durante aquella guerra civil que desangró el país. Visitó la basílica de Nuestra Señora de África, que domina la bahía de Argel como una promesa sobre el mar. Se reunió con el rector de la Gran Mezquita. Proclamó, con ese estilo suyo que mezcla franqueza evangélica y habilidad política, que bajo el manto de la Virgen —llamada aquí "Lalla Meryem"— todos son hermanos, musulmanes y cristianos por igual.

 

No hubo papamóvil recorriendo las calles. No hubo baño de masas. El férreo dispositivo de seguridad argelino lo impedía. Las autoridades sabían, mejor que nadie, que la tierra que pisaban no era territorio completamente pacificado.

 

Los hombres de los cinturones

 

A eso de las cinco de la tarde, en el centro de Blida, una ciudad de provincias con tradición agrícola y una historia marcada por la violencia yihadista, algo salió mal para los atacantes.

 

Según reconstruyó posteriormente el diario Le Monde, los dos individuos portaban cinturones explosivos y tenían como objetivo una de las principales comisarías de la ciudad. Pero un policía los avistó antes de que pudieran penetrar en las instalaciones. Las fuerzas de seguridad abrieron fuego. La detonación fue, según esta versión, accidental, forzada por las circunstancias: los dos hombres murieron en el acto. Varios transeúntes y agentes resultaron heridos. Dos policías perdieron la vida.

 

En cuestión de minutos, las imágenes comenzaron a circular por las redes sociales. Cuerpos en el asfalto mojado. Sábanas blancas improvisadas por manos anónimas. Lluvia ligera. Una escena cercana a los comercios y a la comisaría que nadie, oficialmente, quería confirmar.

 

Un segundo dispositivo explosivo detonó poco después en las inmediaciones de una empresa del sector alimentario, también en la provincia de Blida. Mismo modus operandi, mismo saldo mortal entre los atacantes.

 

El silencio del gobierno y la torpeza de la Unión Africana

 

Lo que ocurrió después del atentado fue casi tan revelador como el atentado mismo.

 

Las autoridades argelinas no dijeron nada. Los medios locales, acostumbrados a una autocensura bien entrenada, tampoco. El gobierno de Tebboune —que había apostado su reputación internacional a esta visita papal— no tenía ningún interés en que el mundo supiera que, mientras el Papa predicaba la paz, a 40 kilómetros de distancia, dos terroristas suicidas habían hecho volar por los aires las calles de Blida.

 

Fue la agencia AFP la que rompió el silencio, al día siguiente, martes 14 de abril, citando a "una fuente bien informada" cuya identidad no reveló. "De forma totalmente categórica, se ha comprobado a través de testigos que hubo dos incidentes de seguridad ayer por la tarde en Blida, incidentes de carácter terrorista", declaró esa fuente. Y añadió, con la precisión seca de quien sabe lo que dice: "Dos kamikazes se inmolaron y murieron."

 

La Unión Africana cometió el error de confirmar los hechos en un comunicado oficial. Horas después, lo retiró. Un portavoz explicó, con la incomodidad visible en cada palabra, que el comunicado "se basaba en informaciones no corroboradas por fuentes oficiales." El organismo continental había preferido la discreción a la verdad. O, al menos, había decidido que la verdad podía esperar.

 

Una fecha que habla sola

 

Los investigadores de antiterrorismo repararán en un detalle que no es baladí: los atentados de Blida se produjeron apenas dos días después del 19º aniversario de los dos atentados suicidas que sacudieron Argel en abril de 2007, cuando el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC) —rebautizado como Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI)— perpetró simultáneamente un ataque contra la sede del Gobierno y contra la comisaría de Bab Ezzouar, dejando más de 30 muertos.

 

La simbología importa en el yihadismo tanto como la logística. Atacar en ese aniversario, y hacerlo mientras el jefe de la Iglesia Católica pisaba suelo argelino por primera vez en la historia, era un mensaje con varios destinatarios a la vez: al gobierno de Tebboune, a la comunidad internacional, y al papa que venía a predicar el diálogo interreligioso.

 

El último atentado suicida registrado en Argelia antes de este episodio se remontaba a febrero de 2020: un ataque contra una base del ejército en el sur del país, reivindicado por el Estado Islámico. Seis años de relativa calma en el norte de África que este lunes quedaron en suspensión.

 

El Papa que no se detuvo

 

León XIV continuó su agenda.

 

Al día siguiente, martes 14, se trasladó a Annaba —la antigua Hipona romana— para caminar entre las ruinas de la basílica donde San Agustín predicó hace dieciséis siglos. Plantó un árbol. Oró en silencio. Visitó un centro para ancianos pobres atendido por monjas católicas. Celebró misa en la Basílica de San Agustín ante fieles llegados de todo el continente africano.

 

No hubo declaraciones sobre los atentados. No hubo drama papal. Sólo esa serenidad que algunos interpretan como fe y otros como cálculo político —o, tal vez, como ambas cosas a la vez.

 

El Vaticano se limitó a expresar "preocupación" y a reiterar el mensaje de paz que motiva el viaje. Un mensaje que, ante lo ocurrido en Blida, sonaba al mismo tiempo más urgente y más frágil.

 

El escenario que viene

 

La gira de León XIV no termina en Argelia. El itinerario lo lleva a Guinea Ecuatorial, que lleva 44 años sin recibir a un pontífice, y después a Camerún —donde visitará una zona de conflicto activo— y a Angola, donde tiene previsto acudir a una iglesia profanada por una secta evangélica extremista.

 

El viaje transcurre también en medio de una tormenta diplomática con Washington. Donald Trump, que acusó al Papa de "jugar con un país que quiere un arma nuclear" —en referencia a la postura vaticana sobre el conflicto con Irán—, ha declarado públicamente que no es "un gran admirador" del Pontífice. León XIV respondió con la concisión de quien no necesita gritar: "No soy político. Hablo del Evangelio. A los líderes del mundo les digo: basta de guerras." Pero esa declaración sonaba un tanto extraña mientras aun reververaba el sonido de las explosiones islamistas.

 

Lo que queda sin responder

 

¿Era el Papa el objetivo simbólico de los terroristas de Blida? Las autoridades argelinas no lo confirman ni lo desmienten. Ninguna organización ha reivindicado los atentados. Los servicios de inteligencia rastrean, según fuentes no oficiales, posibles vínculos de los atacantes con grupos insurgentes del Sahel.

 

Lo que sí es posible afirmar es esto: alguien eligió ese lunes, esa ciudad, esa comisaría. Lo eligió cuando el mundo miraba a Argelia y cuando Argelia intentaba mostrar al mundo su mejor cara. Si el objetivo era envenenar la imagen del país o mandar un aviso al diálogo interreligioso que el Papa encarnaba, el mensaje llegó —aunque las sábanas blancas sobre el asfalto mojado de Blida tardaran un día entero en aparecer en las pantallas del resto del mundo.

 

Porque a veces el terrorismo no necesita matar a sus blancos más visibles. Le basta con recordarles que existe.

 

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