Jueves, 16 de Abril de 2026

Actualizada Jueves, 16 de Abril de 2026 a las 14:49:33 horas

Tienes activado un bloqueador de publicidad

Intentamos presentarte publicidad respectuosa con el lector, que además ayuda a mantener este medio de comunicación y ofrecerte información de calidad.

Por eso te pedimos que nos apoyes y desactives el bloqueador de anuncios. Gracias.

Continuar...

Jueves, 16 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:

No es libertad: es pobreza

[Img #30290]Hay ideas que no solo son erróneas, sino que resultan profundamente cómodas para quienes no quieren afrontar la realidad. La romantización de la pobreza promovida por la izquierda política y sus aliados progresistas, desde los golpistas catalanes a la reina Letizia, es una de ellas. Convertir la pérdida de poder adquisitivo, el "frenar el progreso", en “nuevo estilo de vida” no es una interpretación inocente: es una forma de desactivar el problema.

 

Izquierdistas aniquilacionistas y progresistas de salón, nos están diciendo que viajar menos es “turismo consciente”, cuando en muchos casos responde a algo mucho más simple: no hay dinero para escapadas. Que los jóvenes renuncien a obtener el carnet de conducir se presenta como un giro cultural, cuando lo que hay detrás son costes prohibitivos, salarios bajos y una incertidumbre que aplaza cualquier decisión de futuro. Que compartir vivienda o alargar indefinidamente la estancia en casa de los padres se venda como una opción moderna de "coliving" no cambia el hecho esencial: es, en gran medida y casi siempre, la imposibilidad económica de obtener una hipoteca disfrazada de elección.

 

Este fenómeno tiene una consecuencia especialmente grave: borra el conflicto. Si no viajar es una decisión ética, si no independizarse es una preferencia vital, si consumir menos es una filosofía personal "ecológica" y "socialmente responsable", entonces ya no hay nada que corregir. La precariedad deja de ser un problema estructural para convertirse en una identidad. Y cuando eso ocurre, la presión social para exigir cambios desaparece. Se diluye. Eso es lo que busca la extrema-izquierda gobernante.

 

La clase media —tradicionalmente el motor económico y el sostén social de las democracias occidentales— está experimentando un proceso de erosión sostenida. No es un fenómeno abrupto, sino progresivo, casi imperceptible, aunque intenso, y por eso mismo más eficaz. Se pierde capacidad de consumo, se estrechan las opciones vitales, se aplazan proyectos personales… pero todo ello envuelto en un discurso amable, "moderno", incluso aspiracional. Se invita a aceptar menos, pero con una narrativa que lo presenta como más.

 

El problema no es el minimalismo, ni la sostenibilidad, ni los cambios de hábitos cuando son reales y voluntarios. El problema es la confusión interesada entre elección y obligación. Porque cuando no existe una alternativa real, hablar de libertad es, sencillamente, una ficción.

 

Nombrar correctamente las cosas no es un ejercicio retórico, es un acto político en el sentido más amplio del término. No viajar porque no se puede pagar el transporte y el alojamiento no es una tendencia. No independizarse porque no se llega ni de lejos a comprar una casa no es un proyecto de vida. No acceder a determinados bienes o experiencias no es una renuncia filosófica si está condicionada por la falta de recursos a la que nos aboca indefectiblemente el Gobierno neocomunista de Pedro Sánchez y sus corifeos.

 

Mientras sigamos aceptando ese lenguaje mentiroso y edulcorado, será difícil exigir responsabilidades. Porque no se puede reclamar soluciones a un problema que, oficialmente, no existe. Y ese es el mayor riesgo: que la pobreza deje de percibirse como tal y pase a considerarse una forma legítima y moderna —incluso deseable— de vivir.

 

Conviene, por tanto, recuperar la claridad. No es liberación. Es limitación. Y solo cuando se reconozca como tal podrá empezar a abordarse con la seriedad que merece.

Portada

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.