Cómo convencer al nacionalismo vasco de su propio fracaso
El nacionalismo vasco es una ideología completamente fracasada, que lo único que ha conseguido es crear una élite de poder basada en la hipocresía y en la vacuidad y una frustración generalizada en la población.
Esta idea no es nueva pero cada vez cobra más importancia y más realidad para mí. Cada vez lo veo como algo más real, mas incuestionable, más cierto.
El nacionalismo vasco ha fracasado porque su columna vertebral, que es la euscaldunización, ha fracasado. La euscaldunización es un artefacto de frustración, de resentimiento, de antivida. Porque está basada toda ella en presupuestos falsos y aunque estuviera basada en presupuestos ciertos también generaría el mismo malestar que hoy estamos viendo por todas partes alrededor de este tema.
Imaginemos que fuera cierto que el eusquera se hablaba en todo lo que se entiende por Euskal Herria y aun incluso en partes circundantes del norte de Burgos, La Rioja e incluso Huesca. Y que ha ido retrocediendo con el tiempo. Los programas de acogida a inmigrantes, cono Ikasbil y Aisa, que no hacen sino responder a la ideología nacionalista que informa toda la enseñanza pública en el País Vasco, dicen que ese retroceso histórico se debió a causas políticas, económicas y sociales. Que fueron ciertas, sí, no vamos a decir que no: la imposición del Estado español, la imposición de la frontera entre España y Francia y todo lo demás. Pero nada de eso es suficiente ni es motivo para construir un programa de resarcimiento de la lengua vasca basado en la restitución de una realidad previa gloriosa y expandida del eusquera, ni siquiera en el supuesto de que eso hubiera sido así.
Y no es suficiente ni es motivo para nada de eso, porque no se tiene en cuenta que una lengua no es solo un sistema de comunicación entre personas. Una lengua tiene detrás todo un entramado político, social, cultural, administrativo, económico y, sí, también, por qué no decirlo, militar, que hace que unas lenguas sean más poderosas y más efectivas que otras.
Y tampoco es cierto que todas las lenguas sean iguales en el sentido de ser elementos comunicativos. Sí, probablemente en eusquera se puede explicar física cuántica, pero nadie lo haría en su sano juicio cuando resulta que tiene que comunicarse con sus colegas en cuanto a resultados y teorías e hipótesis. El eusquera es un añadido que más bien entorpece que ayuda al desarrollo de esa ciencia y de cualquier otra. El eusquera no sirve como elemento comunicacional en un entorno dominado por el inglés y el español. En absoluto. Todo lo contrario. Porque no es cierto que todas las lenguas sean instrumentos comunicativos por igual. Primero porque no se las puede abstraer de todo el entramado humano, social, político, económico y cultural que las sostiene. Y segundo porque la lengua, por sí misma, el eusquera en este caso, tiene una estructura que resulta superada con creces por la de otras lenguas. El eusquera obliga a pensar toda la frase y a partir de ahí escoger la forma verbal adecuada, que tiene que tener en cuenta la acción del verbo y los complementos que lleva, lo cual resulta enormemente complicado al compararla con lenguas donde la forma verbal apenas se inmuta si cambiamos el tipo de acción y los complementos de la oración, como ocurre con el español, por ejemplo.
Reconocer esta rémora del eusquera es imposible para la ideología nacionalista porque ello conllevaría el reconocimiento de su fracaso histórico.
Entonces lo que tenemos que hacer a partir de ahora es pensar cómo podemos obligar al nacionalismo vasco a reconocer su fracaso.
Nunca lo va a hacer motu proprio, como es lógico, puesto que ello conllevaría su harakiri automático. Me acuerdo ahora de cómo las Cortes orgánicas franquistas dieron paso a la Ley de Reforma Política que acabó con el régimen franquista. Se hizo desde dentro y una vez que Franco falleció.
Aquí no tenemos un Franco que estemos esperando que fallezca para hacer una Transición ni nada parecido.
Hornadas de nacionalistas cada vez más jóvenes y cada vez más fanatizados están prestos a tomar el relevo de sus anteriores generaciones. Viven en un entorno protegido por ser los gestores exclusivos del eusquera, convertido en clave de bóveda de todo el entramado institucional construido a su alrededor. Manejan el poder institucional basado en ese supuesto de que el eusquera es una lengua como cualquier otra y que su minorización se ha debido a factores externos que es preciso contrarrestar.
Lo que no quieren admitir ni por una vida es que llevamos cincuenta años con el cuento y que ese eusquera no levanta cabeza, sino todo lo contrario, hasta en las zonas donde más se hablaba está retrocediendo. Se conoce mejor, la gente conoce la norma plastificada llamada eusquera batua con la que se pretendió salvar lo insalvable, pero no se usa, no se ha convertido nunca en factor de integración popular ni en lengua de uso habitual para todo tipo de personas y de profesionales en ninguna parte del País Vasco.
Pero nadie quiere reconocer la derrota. Todo lo contrario. Ahora se habla de dar un “salto cualitativo” para que el eusquera rompa definitivamente los corsés que lo oprimen. Todo demasiado frustrante, todo demasiado forzado, todo demasiado fingido, todo demasiado inoperante, insatisfactorio, inhumano en definitiva.
Pero nadie quiere reconocer su derrota, nadie quiere bajarse del caballo, nadie quiere admitir el enorme despilfarro en capital humano, en tiempo, en dinero, en energías, en vitalidad que ha supuesto este experimento del eusquera como lengua revivida cuando no está para eso.
Nadie quiere admitir que lo único que le podría esperar al nacionalismo por delante, en el mejor de los supuestos, sería encontrarse con una realidad como la irlandesa. Con un país independiente pero con su lengua nacional convertida en pieza de museo, el gaélico.
La tarea pendiente, como digo, es pensar cómo hay que actuar a partir de ahora. Los que no somos nacionalistas tenemos que tener claro que el nacionalismo vasco es un fracaso pero que se mantiene por la inercia del poder que ha construido en su beneficio. Que todo lo que pase a partir de ahora no es más que una derivada de esa inercia. Que el núcleo de ese proyecto, que es el eusquera, está vacío, no sirve, es inútil. Nadie quiere hablar el eusquera de manera habitual, normal, desprejuiciada. A nadie le gusta, porque frente al castellano resulta un idioma incómodo, incapaz, inflexible, inadaptable, impermeable.
A partir de ahora lo que tenemos que pensar es en cómo ir convenciendo a cada vez más gente de que ese proyecto no lleva a ninguna parte y que el único futuro promisorio para la gente que vivimos aquí y para las generaciones venideras es formar causa común con quienes hemos vivido siempre unidos, que es con el resto de los españoles. Mantener sí, lo que resulta prueba de la singularidad de lo vasco: sus instituciones, su cultura diferenciada en tantos aspectos, su historia gloriosa en relación con todas las empresas que han hecho de España una nación de las más destacadas de la historia universal, con el español como idioma universal de los más hablados en el mundo de manera nativa. Esa realidad del español como lengua universal no puede ser solo porque España obligara a las poblaciones bajo su dominio a hablar una lengua que no era la suya. Si hablaron en español es porque esa lengua les daba más posibilidades comunicativas que la suya propia hasta entonces. No, no hay lenguas impuestas a la fuerza. Qué más quisiera el eusquera que haber sido una lengua impuesta a la fuerza. Pero definitivamente no sirve para eso. Es la pura realidad. Para ser una lengua impuesta tendría que haber sido una lengua que a sus hablantes les gustara hablarla, aunque fuera a la fuerza. Pero el caso es que ya no les gusta hablarla ni siquiera a los que la hablan desde pequeños. Hasta estos prefieren hablar en español.
Cuanto antes se descubra esta evidencia y sea algo generalizado para cada vez más gente, antes acabaremos con la pesadilla política en la que vivimos bajo este régimen nacionalista asfixiante, que tritura nuestra libertad, nuestra ilusión y nuestra alegría de vivir.
No lo vamos a tener nada fácil. No van a dar nunca su brazo a torcer, porque en ello les va el poder político y la vida fácil que llevan teniendo desde hace cincuenta años. Todo un régimen, con al menos dos generaciones completas incluidas.
La cuestión es cómo acabar con esto de manera pacífica, por el convencimiento individualizado. Tenemos a nuestro favor las redes sociales, que hace que todo ahora sea mucho más rápido que lo pudo ser antes a la hora de derribar un régimen que tiene sus fundamentos vacíos, sus argumentos vencidos, su capacidad de convencimiento prácticamente nula.
El nacionalismo vasco es una ideología completamente fracasada, que lo único que ha conseguido es crear una élite de poder basada en la hipocresía y en la vacuidad y una frustración generalizada en la población.
Esta idea no es nueva pero cada vez cobra más importancia y más realidad para mí. Cada vez lo veo como algo más real, mas incuestionable, más cierto.
El nacionalismo vasco ha fracasado porque su columna vertebral, que es la euscaldunización, ha fracasado. La euscaldunización es un artefacto de frustración, de resentimiento, de antivida. Porque está basada toda ella en presupuestos falsos y aunque estuviera basada en presupuestos ciertos también generaría el mismo malestar que hoy estamos viendo por todas partes alrededor de este tema.
Imaginemos que fuera cierto que el eusquera se hablaba en todo lo que se entiende por Euskal Herria y aun incluso en partes circundantes del norte de Burgos, La Rioja e incluso Huesca. Y que ha ido retrocediendo con el tiempo. Los programas de acogida a inmigrantes, cono Ikasbil y Aisa, que no hacen sino responder a la ideología nacionalista que informa toda la enseñanza pública en el País Vasco, dicen que ese retroceso histórico se debió a causas políticas, económicas y sociales. Que fueron ciertas, sí, no vamos a decir que no: la imposición del Estado español, la imposición de la frontera entre España y Francia y todo lo demás. Pero nada de eso es suficiente ni es motivo para construir un programa de resarcimiento de la lengua vasca basado en la restitución de una realidad previa gloriosa y expandida del eusquera, ni siquiera en el supuesto de que eso hubiera sido así.
Y no es suficiente ni es motivo para nada de eso, porque no se tiene en cuenta que una lengua no es solo un sistema de comunicación entre personas. Una lengua tiene detrás todo un entramado político, social, cultural, administrativo, económico y, sí, también, por qué no decirlo, militar, que hace que unas lenguas sean más poderosas y más efectivas que otras.
Y tampoco es cierto que todas las lenguas sean iguales en el sentido de ser elementos comunicativos. Sí, probablemente en eusquera se puede explicar física cuántica, pero nadie lo haría en su sano juicio cuando resulta que tiene que comunicarse con sus colegas en cuanto a resultados y teorías e hipótesis. El eusquera es un añadido que más bien entorpece que ayuda al desarrollo de esa ciencia y de cualquier otra. El eusquera no sirve como elemento comunicacional en un entorno dominado por el inglés y el español. En absoluto. Todo lo contrario. Porque no es cierto que todas las lenguas sean instrumentos comunicativos por igual. Primero porque no se las puede abstraer de todo el entramado humano, social, político, económico y cultural que las sostiene. Y segundo porque la lengua, por sí misma, el eusquera en este caso, tiene una estructura que resulta superada con creces por la de otras lenguas. El eusquera obliga a pensar toda la frase y a partir de ahí escoger la forma verbal adecuada, que tiene que tener en cuenta la acción del verbo y los complementos que lleva, lo cual resulta enormemente complicado al compararla con lenguas donde la forma verbal apenas se inmuta si cambiamos el tipo de acción y los complementos de la oración, como ocurre con el español, por ejemplo.
Reconocer esta rémora del eusquera es imposible para la ideología nacionalista porque ello conllevaría el reconocimiento de su fracaso histórico.
Entonces lo que tenemos que hacer a partir de ahora es pensar cómo podemos obligar al nacionalismo vasco a reconocer su fracaso.
Nunca lo va a hacer motu proprio, como es lógico, puesto que ello conllevaría su harakiri automático. Me acuerdo ahora de cómo las Cortes orgánicas franquistas dieron paso a la Ley de Reforma Política que acabó con el régimen franquista. Se hizo desde dentro y una vez que Franco falleció.
Aquí no tenemos un Franco que estemos esperando que fallezca para hacer una Transición ni nada parecido.
Hornadas de nacionalistas cada vez más jóvenes y cada vez más fanatizados están prestos a tomar el relevo de sus anteriores generaciones. Viven en un entorno protegido por ser los gestores exclusivos del eusquera, convertido en clave de bóveda de todo el entramado institucional construido a su alrededor. Manejan el poder institucional basado en ese supuesto de que el eusquera es una lengua como cualquier otra y que su minorización se ha debido a factores externos que es preciso contrarrestar.
Lo que no quieren admitir ni por una vida es que llevamos cincuenta años con el cuento y que ese eusquera no levanta cabeza, sino todo lo contrario, hasta en las zonas donde más se hablaba está retrocediendo. Se conoce mejor, la gente conoce la norma plastificada llamada eusquera batua con la que se pretendió salvar lo insalvable, pero no se usa, no se ha convertido nunca en factor de integración popular ni en lengua de uso habitual para todo tipo de personas y de profesionales en ninguna parte del País Vasco.
Pero nadie quiere reconocer la derrota. Todo lo contrario. Ahora se habla de dar un “salto cualitativo” para que el eusquera rompa definitivamente los corsés que lo oprimen. Todo demasiado frustrante, todo demasiado forzado, todo demasiado fingido, todo demasiado inoperante, insatisfactorio, inhumano en definitiva.
Pero nadie quiere reconocer su derrota, nadie quiere bajarse del caballo, nadie quiere admitir el enorme despilfarro en capital humano, en tiempo, en dinero, en energías, en vitalidad que ha supuesto este experimento del eusquera como lengua revivida cuando no está para eso.
Nadie quiere admitir que lo único que le podría esperar al nacionalismo por delante, en el mejor de los supuestos, sería encontrarse con una realidad como la irlandesa. Con un país independiente pero con su lengua nacional convertida en pieza de museo, el gaélico.
La tarea pendiente, como digo, es pensar cómo hay que actuar a partir de ahora. Los que no somos nacionalistas tenemos que tener claro que el nacionalismo vasco es un fracaso pero que se mantiene por la inercia del poder que ha construido en su beneficio. Que todo lo que pase a partir de ahora no es más que una derivada de esa inercia. Que el núcleo de ese proyecto, que es el eusquera, está vacío, no sirve, es inútil. Nadie quiere hablar el eusquera de manera habitual, normal, desprejuiciada. A nadie le gusta, porque frente al castellano resulta un idioma incómodo, incapaz, inflexible, inadaptable, impermeable.
A partir de ahora lo que tenemos que pensar es en cómo ir convenciendo a cada vez más gente de que ese proyecto no lleva a ninguna parte y que el único futuro promisorio para la gente que vivimos aquí y para las generaciones venideras es formar causa común con quienes hemos vivido siempre unidos, que es con el resto de los españoles. Mantener sí, lo que resulta prueba de la singularidad de lo vasco: sus instituciones, su cultura diferenciada en tantos aspectos, su historia gloriosa en relación con todas las empresas que han hecho de España una nación de las más destacadas de la historia universal, con el español como idioma universal de los más hablados en el mundo de manera nativa. Esa realidad del español como lengua universal no puede ser solo porque España obligara a las poblaciones bajo su dominio a hablar una lengua que no era la suya. Si hablaron en español es porque esa lengua les daba más posibilidades comunicativas que la suya propia hasta entonces. No, no hay lenguas impuestas a la fuerza. Qué más quisiera el eusquera que haber sido una lengua impuesta a la fuerza. Pero definitivamente no sirve para eso. Es la pura realidad. Para ser una lengua impuesta tendría que haber sido una lengua que a sus hablantes les gustara hablarla, aunque fuera a la fuerza. Pero el caso es que ya no les gusta hablarla ni siquiera a los que la hablan desde pequeños. Hasta estos prefieren hablar en español.
Cuanto antes se descubra esta evidencia y sea algo generalizado para cada vez más gente, antes acabaremos con la pesadilla política en la que vivimos bajo este régimen nacionalista asfixiante, que tritura nuestra libertad, nuestra ilusión y nuestra alegría de vivir.
No lo vamos a tener nada fácil. No van a dar nunca su brazo a torcer, porque en ello les va el poder político y la vida fácil que llevan teniendo desde hace cincuenta años. Todo un régimen, con al menos dos generaciones completas incluidas.
La cuestión es cómo acabar con esto de manera pacífica, por el convencimiento individualizado. Tenemos a nuestro favor las redes sociales, que hace que todo ahora sea mucho más rápido que lo pudo ser antes a la hora de derribar un régimen que tiene sus fundamentos vacíos, sus argumentos vencidos, su capacidad de convencimiento prácticamente nula.

















