Informe FOESSA
El Gobierno de Pedro Sánchez consolida una pobreza estructural en España: uno de cada cinco ciudadanos vive al límite mientras la clase media se descompone
![[Img #30304]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/04_2026/9546_1111111.jpg)
España no logra salir del círculo de la desigualdad. El último informe de Cáritas y la Fundación FOESSA dibuja un país donde la pobreza ya no es una consecuencia de las crisis, sino un rasgo estructural del sistema. En 2023, el 20,2% de la población —uno de cada cinco españoles— vivía en riesgo de pobreza, una cifra que sitúa al país claramente por encima de la media europea y que apenas ha variado en dos décadas.
Lejos de ser coyuntural, el diagnóstico es más profundo: en la España humillada por el extremista Pedro Sánchez, la exclusión social se ha consolidado como una característica permanente del modelo económico y social. El propio informe advierte de que ya no se trata solo de desigualdad o precariedad, sino de una ruptura más grave: sectores enteros de la población quedan directamente fuera del sistema, sin capacidad real de integración. Mientras tanto, el Gobierno socialista de extrema izquierda regulariza la llegada de 500.000 inmigrantes ilegales.
El estudio señala una transformación silenciosa, pero decisiva: la reducción progresiva de la clase media y la aparición de una sociedad dual. Mientras una parte de la población mantiene posiciones estables, otra crece atrapada en la precariedad, con empleos inestables, salarios bajos y dificultades crecientes para acceder a vivienda o formar un proyecto de vida.
El fenómeno tiene un rostro especialmente claro: el de los jóvenes. El informe describe una generación marcada por crisis encadenadas —financiera, sanitaria, inflacionaria— que afronta un futuro más incierto que el de sus padres, con salarios más bajos, menor capacidad de ahorro y acceso cada vez más difícil a la vivienda.
El acceso a la vivienda se ha convertido en uno de los principales factores de exclusión. Según FOESSA, la posesión o no de una vivienda marca hoy una línea divisoria fundamental entre integración y vulnerabilidad. La combinación de precios elevados, precariedad laboral y escasa oferta está bloqueando la movilidad social y condicionando la vida de millones de personas.
El informe advierte de una paradoja: el poco crecimiento que se genera no está reduciendo la desigualdad de forma significativa. La pobreza se mantiene estable desde hace veinte años —en torno al 20%—, lo que evidencia que el sistema económico genera empleo, pero no garantiza condiciones de vida dignas.
Además, factores como la inflación, el encarecimiento energético y las tensiones en el mercado de la vivienda han agravado la vulnerabilidad de los hogares, especialmente los más expuestos.
A esta realidad se suma otro elemento preocupante: el debilitamiento de los lazos sociales. La red tradicional de apoyo —familia, entorno cercano— pierde capacidad para amortiguar las crisis, mientras que los mecanismos públicos no logran compensar ese desgaste. El resultado es una sociedad más frágil, más individualizada y con menor capacidad de respuesta ante situaciones de riesgo.
El mensaje central del informe es claro: España no enfrenta solo problemas sociales, sino un cambio estructural. La pobreza ya no aparece como un fenómeno puntual asociado a crisis, sino como una condición persistente que afecta a capas cada vez más amplias de la población.
En ese contexto, el país avanza hacia una realidad marcada por la fragmentación, donde el crecimiento económico convive con una exclusión que no retrocede y una desigualdad que se cronifica.
![[Img #30304]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/04_2026/9546_1111111.jpg)
España no logra salir del círculo de la desigualdad. El último informe de Cáritas y la Fundación FOESSA dibuja un país donde la pobreza ya no es una consecuencia de las crisis, sino un rasgo estructural del sistema. En 2023, el 20,2% de la población —uno de cada cinco españoles— vivía en riesgo de pobreza, una cifra que sitúa al país claramente por encima de la media europea y que apenas ha variado en dos décadas.
Lejos de ser coyuntural, el diagnóstico es más profundo: en la España humillada por el extremista Pedro Sánchez, la exclusión social se ha consolidado como una característica permanente del modelo económico y social. El propio informe advierte de que ya no se trata solo de desigualdad o precariedad, sino de una ruptura más grave: sectores enteros de la población quedan directamente fuera del sistema, sin capacidad real de integración. Mientras tanto, el Gobierno socialista de extrema izquierda regulariza la llegada de 500.000 inmigrantes ilegales.
El estudio señala una transformación silenciosa, pero decisiva: la reducción progresiva de la clase media y la aparición de una sociedad dual. Mientras una parte de la población mantiene posiciones estables, otra crece atrapada en la precariedad, con empleos inestables, salarios bajos y dificultades crecientes para acceder a vivienda o formar un proyecto de vida.
El fenómeno tiene un rostro especialmente claro: el de los jóvenes. El informe describe una generación marcada por crisis encadenadas —financiera, sanitaria, inflacionaria— que afronta un futuro más incierto que el de sus padres, con salarios más bajos, menor capacidad de ahorro y acceso cada vez más difícil a la vivienda.
El acceso a la vivienda se ha convertido en uno de los principales factores de exclusión. Según FOESSA, la posesión o no de una vivienda marca hoy una línea divisoria fundamental entre integración y vulnerabilidad. La combinación de precios elevados, precariedad laboral y escasa oferta está bloqueando la movilidad social y condicionando la vida de millones de personas.
El informe advierte de una paradoja: el poco crecimiento que se genera no está reduciendo la desigualdad de forma significativa. La pobreza se mantiene estable desde hace veinte años —en torno al 20%—, lo que evidencia que el sistema económico genera empleo, pero no garantiza condiciones de vida dignas.
Además, factores como la inflación, el encarecimiento energético y las tensiones en el mercado de la vivienda han agravado la vulnerabilidad de los hogares, especialmente los más expuestos.
A esta realidad se suma otro elemento preocupante: el debilitamiento de los lazos sociales. La red tradicional de apoyo —familia, entorno cercano— pierde capacidad para amortiguar las crisis, mientras que los mecanismos públicos no logran compensar ese desgaste. El resultado es una sociedad más frágil, más individualizada y con menor capacidad de respuesta ante situaciones de riesgo.
El mensaje central del informe es claro: España no enfrenta solo problemas sociales, sino un cambio estructural. La pobreza ya no aparece como un fenómeno puntual asociado a crisis, sino como una condición persistente que afecta a capas cada vez más amplias de la población.
En ese contexto, el país avanza hacia una realidad marcada por la fragmentación, donde el crecimiento económico convive con una exclusión que no retrocede y una desigualdad que se cronifica.




















