Nicole Junkermann cree que Europa sigue siendo fuerte, aunque se comporte como si no lo fuera
![[Img #30330]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/04_2026/5334_phpfkcdpd69e8cd66c2c2d.jpg)
Durante años, buena parte del debate público ha presentado a Europa como una región atrapada entre crisis sucesivas, crecimiento moderado y pérdida de protagonismo frente a otras potencias. La historia de Europa se ha contado con frecuencia en el lenguaje de la crisis, y esa lectura se ha repetido tanto que ha terminado condicionando la forma en la que el propio continente se observa a sí mismo. La deuda, la migración, la inseguridad energética y la complejidad regulatoria han contribuido a fijar una narrativa de desgaste que muchas veces se ha asumido como si fuera una descripción definitiva.
Nicole Junkermann cuestiona esa conclusión. La inversora internacional sostiene que el principal problema europeo no radica en la ausencia de recursos, sino en la tendencia a infravalorar su propia posición. Europa mantiene peso económico, instituciones consolidadas, capacidad científica y una influencia regulatoria que sigue marcando referencia fuera de sus fronteras. Sin embargo, rara vez proyecta esa fortaleza con la claridad suficiente.
No es una cuestión menor. En política internacional y en economía, la percepción también genera resultados. Cuando una región transmite inseguridad de manera constante, reduce parte de su capacidad de influencia incluso antes de sentarse a la mesa. Desde esta perspectiva, el desafío europeo no sería solo estructural. También sería psicológico.
La ventaja europea no siempre es visible
Europa sigue siendo uno de los bloques económicos más grandes y sofisticados del mundo. Reúne a más de 500 millones de habitantes, dispone de mercados de capital profundos, cuenta con universidades de referencia y conserva una influencia cultural sostenida. Sus instituciones de investigación siguen ocupando posiciones relevantes en el progreso científico, mientras sus estándares regulatorios continúan sirviendo de referencia en ámbitos como la protección de datos o la política de competencia.
El continente posee atributos menos estridentes que otros competidores globales, pero no por ello menos relevantes. La seguridad jurídica, la especialización industrial, las redes empresariales maduras y la capacidad de sostener marcos institucionales complejos forman parte de su base estructural. Lo que a menudo se interpreta como lentitud también puede entenderse como capacidad de resistencia.
La llamada lentitud europea suele citarse como un defecto automático. Sin embargo, muchos de sus procesos responden a la necesidad de coordinar múltiples intereses nacionales sin romper estabilidad interna. Sus estructuras pueden parecer más procedimentales que las de otras potencias, pero fueron diseñadas para acomodar diversidad y reducir volatilidad con el paso del tiempo. Tal vez no siempre resulten las más rápidas en el corto plazo, aunque sí muestran consistencia.
Nicole Junkermann sitúa en la confianza la decisión estratégica de Europa
La perspectiva de Nicole Junkermann también está atravesada por una experiencia europea vivida de forma directa. Nacida en Alemania, criada en España y con dominio de varios idiomas, representa a una generación para la que la integración continental no es una teoría política, sino una experiencia cotidiana. Desde ese punto de vista, Europa no aparece como una potencia agotada, sino como una potencia que duda demasiado de sí misma.
En un contexto global cada vez más fragmentado, competitivo y menos previsible, esa duda pesa más que antes. El poder ya no se concentra en un solo eje, sino que se distribuye entre varios actores con prioridades distintas. En ese escenario, la experiencia europea en negociación, equilibrio institucional y gestión de la complejidad puede funcionar como una ventaja estratégica, no como una limitación.
Durante la última década, esa resiliencia ha sido puesta a prueba y, en muchos casos, reforzada. Europa ha reconstruido parte de su postura en materia de seguridad, ha endurecido la supervisión financiera y ha mejorado la coordinación en energía y defensa. Son avances reales, aunque no siempre se hayan comunicado con la contundencia necesaria. Esa brecha entre percepción y realidad es una de las claves del problema.
Reforzar fortalezas propias en lugar de copiar modelos ajenos
Desde la visión de Nicole Junkermann, el error sería competir intentando imitar modelos externos en lugar de reforzar ventajas propias. Europa tiene margen para ganar relevancia en áreas como la innovación sanitaria, la educación, la infraestructura digital y la resiliencia cibernética. Son ámbitos que a veces se consideran secundarios, aunque en realidad sostienen estabilidad económica, cohesión social y competitividad a largo plazo.
La propia demografía europea convierte la innovación sanitaria y los sistemas preventivos en una prioridad evidente. Sus universidades mantienen prestigio internacional, aunque necesitan evolucionar al ritmo de la transformación digital. El deporte sigue funcionando como una de las fuerzas culturales más cohesionadoras del continente, mientras la resiliencia cibernética se consolida como parte central de la soberanía moderna.
Europa dispone de profundidad institucional, visión de largo plazo y un marco regulatorio que, bien aplicado, puede generar confianza a gran escala. Eso no significa ignorar sus debilidades. La fragmentación política, la burocracia compleja y el rendimiento económico desigual siguen siendo obstáculos reales. La toma de decisiones entre múltiples Estados miembros exige compromisos y eso ralentiza la ejecución. Pero la velocidad, por sí sola, no define el liderazgo.
En un entorno más volátil, la consistencia, la previsibilidad y la coherencia pueden resultar más valiosas que la prisa. Lo que hace falta es una acción más deliberada: invertir con mayor decisión en investigación, reforzar infraestructuras digitales comunes, coordinar seguridad y simplificar procesos allí donde sea posible sin desprenderse de las salvaguardas que sostienen la confianza.
Europa no parece enfrentarse tanto a una falta de capacidad como a un problema de autoestima estratégica. Y en un escenario global cada vez más disputado, esa diferencia puede resultar decisiva. Los activos siguen ahí: escala, capital, influencia regulatoria y alcance cultural. Lo que falta es la convicción necesaria para alinearlos dentro de una estrategia coherente.
Europa no está rota. Pero sí necesita recordar que nunca fue pequeña.
La perspectiva de Nicole Junkermann sobre valor y resiliencia
Nicole Junkermann es la fundadora de NJF Holdings, un grupo internacional de inversión con actividad en venture capital, private equity, real estate, deporte y medios. En todos esos ámbitos, su trabajo se ha orientado cada vez más hacia sistemas de largo plazo, resiliencia institucional y estructuras que condicionan la forma en que se crea valor con el tiempo. Esa perspectiva también informa su visión sobre Europa, donde la confianza estratégica, la infraestructura humana y la coordinación de largo recorrido siguen siendo elementos centrales para la capacidad competitiva del continente.
![[Img #30330]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/04_2026/5334_phpfkcdpd69e8cd66c2c2d.jpg)
Durante años, buena parte del debate público ha presentado a Europa como una región atrapada entre crisis sucesivas, crecimiento moderado y pérdida de protagonismo frente a otras potencias. La historia de Europa se ha contado con frecuencia en el lenguaje de la crisis, y esa lectura se ha repetido tanto que ha terminado condicionando la forma en la que el propio continente se observa a sí mismo. La deuda, la migración, la inseguridad energética y la complejidad regulatoria han contribuido a fijar una narrativa de desgaste que muchas veces se ha asumido como si fuera una descripción definitiva.
Nicole Junkermann cuestiona esa conclusión. La inversora internacional sostiene que el principal problema europeo no radica en la ausencia de recursos, sino en la tendencia a infravalorar su propia posición. Europa mantiene peso económico, instituciones consolidadas, capacidad científica y una influencia regulatoria que sigue marcando referencia fuera de sus fronteras. Sin embargo, rara vez proyecta esa fortaleza con la claridad suficiente.
No es una cuestión menor. En política internacional y en economía, la percepción también genera resultados. Cuando una región transmite inseguridad de manera constante, reduce parte de su capacidad de influencia incluso antes de sentarse a la mesa. Desde esta perspectiva, el desafío europeo no sería solo estructural. También sería psicológico.
La ventaja europea no siempre es visible
Europa sigue siendo uno de los bloques económicos más grandes y sofisticados del mundo. Reúne a más de 500 millones de habitantes, dispone de mercados de capital profundos, cuenta con universidades de referencia y conserva una influencia cultural sostenida. Sus instituciones de investigación siguen ocupando posiciones relevantes en el progreso científico, mientras sus estándares regulatorios continúan sirviendo de referencia en ámbitos como la protección de datos o la política de competencia.
El continente posee atributos menos estridentes que otros competidores globales, pero no por ello menos relevantes. La seguridad jurídica, la especialización industrial, las redes empresariales maduras y la capacidad de sostener marcos institucionales complejos forman parte de su base estructural. Lo que a menudo se interpreta como lentitud también puede entenderse como capacidad de resistencia.
La llamada lentitud europea suele citarse como un defecto automático. Sin embargo, muchos de sus procesos responden a la necesidad de coordinar múltiples intereses nacionales sin romper estabilidad interna. Sus estructuras pueden parecer más procedimentales que las de otras potencias, pero fueron diseñadas para acomodar diversidad y reducir volatilidad con el paso del tiempo. Tal vez no siempre resulten las más rápidas en el corto plazo, aunque sí muestran consistencia.
Nicole Junkermann sitúa en la confianza la decisión estratégica de Europa
La perspectiva de Nicole Junkermann también está atravesada por una experiencia europea vivida de forma directa. Nacida en Alemania, criada en España y con dominio de varios idiomas, representa a una generación para la que la integración continental no es una teoría política, sino una experiencia cotidiana. Desde ese punto de vista, Europa no aparece como una potencia agotada, sino como una potencia que duda demasiado de sí misma.
En un contexto global cada vez más fragmentado, competitivo y menos previsible, esa duda pesa más que antes. El poder ya no se concentra en un solo eje, sino que se distribuye entre varios actores con prioridades distintas. En ese escenario, la experiencia europea en negociación, equilibrio institucional y gestión de la complejidad puede funcionar como una ventaja estratégica, no como una limitación.
Durante la última década, esa resiliencia ha sido puesta a prueba y, en muchos casos, reforzada. Europa ha reconstruido parte de su postura en materia de seguridad, ha endurecido la supervisión financiera y ha mejorado la coordinación en energía y defensa. Son avances reales, aunque no siempre se hayan comunicado con la contundencia necesaria. Esa brecha entre percepción y realidad es una de las claves del problema.
Reforzar fortalezas propias en lugar de copiar modelos ajenos
Desde la visión de Nicole Junkermann, el error sería competir intentando imitar modelos externos en lugar de reforzar ventajas propias. Europa tiene margen para ganar relevancia en áreas como la innovación sanitaria, la educación, la infraestructura digital y la resiliencia cibernética. Son ámbitos que a veces se consideran secundarios, aunque en realidad sostienen estabilidad económica, cohesión social y competitividad a largo plazo.
La propia demografía europea convierte la innovación sanitaria y los sistemas preventivos en una prioridad evidente. Sus universidades mantienen prestigio internacional, aunque necesitan evolucionar al ritmo de la transformación digital. El deporte sigue funcionando como una de las fuerzas culturales más cohesionadoras del continente, mientras la resiliencia cibernética se consolida como parte central de la soberanía moderna.
Europa dispone de profundidad institucional, visión de largo plazo y un marco regulatorio que, bien aplicado, puede generar confianza a gran escala. Eso no significa ignorar sus debilidades. La fragmentación política, la burocracia compleja y el rendimiento económico desigual siguen siendo obstáculos reales. La toma de decisiones entre múltiples Estados miembros exige compromisos y eso ralentiza la ejecución. Pero la velocidad, por sí sola, no define el liderazgo.
En un entorno más volátil, la consistencia, la previsibilidad y la coherencia pueden resultar más valiosas que la prisa. Lo que hace falta es una acción más deliberada: invertir con mayor decisión en investigación, reforzar infraestructuras digitales comunes, coordinar seguridad y simplificar procesos allí donde sea posible sin desprenderse de las salvaguardas que sostienen la confianza.
Europa no parece enfrentarse tanto a una falta de capacidad como a un problema de autoestima estratégica. Y en un escenario global cada vez más disputado, esa diferencia puede resultar decisiva. Los activos siguen ahí: escala, capital, influencia regulatoria y alcance cultural. Lo que falta es la convicción necesaria para alinearlos dentro de una estrategia coherente.
Europa no está rota. Pero sí necesita recordar que nunca fue pequeña.
La perspectiva de Nicole Junkermann sobre valor y resiliencia
Nicole Junkermann es la fundadora de NJF Holdings, un grupo internacional de inversión con actividad en venture capital, private equity, real estate, deporte y medios. En todos esos ámbitos, su trabajo se ha orientado cada vez más hacia sistemas de largo plazo, resiliencia institucional y estructuras que condicionan la forma en que se crea valor con el tiempo. Esa perspectiva también informa su visión sobre Europa, donde la confianza estratégica, la infraestructura humana y la coordinación de largo recorrido siguen siendo elementos centrales para la capacidad competitiva del continente.















