23 de abril: Día del Idioma Español también en el País Vasco
El 19 de febrero de 2010 las Naciones Unidas establecieron el 23 de abril como Día del Idioma Español.
El español es uno de los seis idiomas oficiales de las Naciones Unidas, junto con el árabe, el chino, el ruso, el francés y el inglés. Y lo es desde 1946, al año de la fundación de la institución internacional más importante del mundo.
Se trata de la tercera lengua materna más hablada, detrás del chino mandarín y del hindi. Y tiene, según las últimas estadísticas, más de 520 millones de hablantes nativos en todo el mundo.
Que el español surgiera en Valpuesta, término burgalés incrustado en el valle de Valdegovía, en Álava, no es algo que no tenga nada que ver con su realidad sociolingüística. El español se habla tan bien en el País Vasco como en Burgos o Valladolid. Y eso no es una casualidad ni algo que no tenga que ver con el origen de esa lengua.
Manuel Azaña, en sus Memorias, dice, asombrado, que le parecía que José Antonio Aguirre hablaba un español como lo pudiera hablar alguien de Burgos. ¿Por qué le pudo sorprender al presidente de la Segunda República el acento español del primer lendacari, porque era vasco? Razón de más para explicar el español que se habla en Vasconia: se trata de la norma más ortodoxa de esa lengua, exactamente igual a la que se habla en Palencia, Burgos o Valladolid. Porque el origen del español en toda esa zona es el mismo, en la frontera entre el latín y el eusquera.
El español resultó un instrumento más eficaz para el hablante fronterizo que el eusquera o el latín de entonces. Y se llevó de ambas lenguas lo que más interesante le resultó, lo que más le ayudaba a resolver sus necesidades de comunicación. Se dice que las cinco vocales del eusquera son las mismas que las del castellano, a diferencia del francés, que tiene muchas más, aunque sea por combinación de las cinco básicas. Simplificación y eficacia comunicativa, ante todo.
El español resultó así ser un idioma callejero y salvaje, hablado, sobre todo hablado y que luego, al cabo del tiempo y de su depuración lingüística como idioma singular, diferenciado de sus precedentes, mixtificado a más no poder con todos los préstamos que encontró a mano, llegó a la norma escrita, con la Gramática de Nebrija en 1492.
Un idioma así, hecho en la calle, de manera espontánea y febril, no tiene competidor posible ante ninguna norma que se le quiera imponer. Y resultó que era fácil de hablar y de asimilar y de comprender. El latín dejó de usarse y el eusquera siguió usándose donde el castellano no llegaba porque no le interesaba llegar. ¿Qué se le habría perdido al castellano en un valle del Goierri profundo? Hasta tiempos muy recientes, poca cosa, salvo intentar llevar las novedades del mundo a sus naturales.
Cuando el eusquera quiso recuperar el terreno perdido ya era tarde. Quiso competir desde un idioma hecho en un laboratorio, en Aránzazu, por investigadores sesudos y especialistas en gramática y sintaxis, frente un castellano hecho en la calle, a salto de mata, sin normas ni especialistas, por la gente más humilde, por soldados, por comerciantes y por buscavidas.
Un eusquera así concebido nunca tuvo nada que hacer, porque las lenguas se hacen en la calle, no en el laboratorio. Una lengua necesita el pálpito de la espontaneidad y de la maledicencia, de los sobreentendidos y de las emociones, de los susurros y de los gritos. Pero una lengua hecha con un metro, con un alambique, con un diccionario, desde una cátedra, ¿dónde va una lengua así? A ninguna parte. Que es lo que llevamos viendo desde 1968 para acá, año en el que desde Aránzazu se dio el pistoletazo de salida para un eusquera batúa que nunca pasó el filtro de su uso callejero, porque no se hablaba así en ninguna parte ni se ha hablado nunca sí en ninguna parte. Ni se hablará nunca así en ninguna parte.
Y con los dialectos del eusquera ocurre lo mismo. Los que resultaban más aptos para la literatura, como el labortano o el navarro, son los que menos se hablaban (quitando el suletino que es el que menos hablantes tiene de todos los dialectos, no sé si llega a los 10.000). Y en cambio el que más se habla, como es el vizcaíno, es el más alejado de la norma del batúa. Y así como una lengua que no se habla no tiene nada que hacer, una lengua que se aleja de la norma y no es tomada en cuenta por los que la gestionan, como el vizcaíno, tampoco tiene nada que hacer. Así que el eusquera batúa, por muchos apoyos que tenga en los medios de comunicación, en la literatura, en la prensa escrita, en la enseñanza reglada o en la administración, siempre quedará como una norma impuesta, artificial, programada, fría, calculada. Y más que eso, quedará como una norma elitista, repolluda, aristocrática, encerrada en una torre de marfil, alejada de la calle, pagada de sí misma, engreída, presuntuosa, envanecida, jactanciosa, petulante, creída, estirada, altanera y arrogante. Y ahora me pones todos estos adjetivos en eusquera, a ver lo que sale.
El 19 de febrero de 2010 las Naciones Unidas establecieron el 23 de abril como Día del Idioma Español.
El español es uno de los seis idiomas oficiales de las Naciones Unidas, junto con el árabe, el chino, el ruso, el francés y el inglés. Y lo es desde 1946, al año de la fundación de la institución internacional más importante del mundo.
Se trata de la tercera lengua materna más hablada, detrás del chino mandarín y del hindi. Y tiene, según las últimas estadísticas, más de 520 millones de hablantes nativos en todo el mundo.
Que el español surgiera en Valpuesta, término burgalés incrustado en el valle de Valdegovía, en Álava, no es algo que no tenga nada que ver con su realidad sociolingüística. El español se habla tan bien en el País Vasco como en Burgos o Valladolid. Y eso no es una casualidad ni algo que no tenga que ver con el origen de esa lengua.
Manuel Azaña, en sus Memorias, dice, asombrado, que le parecía que José Antonio Aguirre hablaba un español como lo pudiera hablar alguien de Burgos. ¿Por qué le pudo sorprender al presidente de la Segunda República el acento español del primer lendacari, porque era vasco? Razón de más para explicar el español que se habla en Vasconia: se trata de la norma más ortodoxa de esa lengua, exactamente igual a la que se habla en Palencia, Burgos o Valladolid. Porque el origen del español en toda esa zona es el mismo, en la frontera entre el latín y el eusquera.
El español resultó un instrumento más eficaz para el hablante fronterizo que el eusquera o el latín de entonces. Y se llevó de ambas lenguas lo que más interesante le resultó, lo que más le ayudaba a resolver sus necesidades de comunicación. Se dice que las cinco vocales del eusquera son las mismas que las del castellano, a diferencia del francés, que tiene muchas más, aunque sea por combinación de las cinco básicas. Simplificación y eficacia comunicativa, ante todo.
El español resultó así ser un idioma callejero y salvaje, hablado, sobre todo hablado y que luego, al cabo del tiempo y de su depuración lingüística como idioma singular, diferenciado de sus precedentes, mixtificado a más no poder con todos los préstamos que encontró a mano, llegó a la norma escrita, con la Gramática de Nebrija en 1492.
Un idioma así, hecho en la calle, de manera espontánea y febril, no tiene competidor posible ante ninguna norma que se le quiera imponer. Y resultó que era fácil de hablar y de asimilar y de comprender. El latín dejó de usarse y el eusquera siguió usándose donde el castellano no llegaba porque no le interesaba llegar. ¿Qué se le habría perdido al castellano en un valle del Goierri profundo? Hasta tiempos muy recientes, poca cosa, salvo intentar llevar las novedades del mundo a sus naturales.
Cuando el eusquera quiso recuperar el terreno perdido ya era tarde. Quiso competir desde un idioma hecho en un laboratorio, en Aránzazu, por investigadores sesudos y especialistas en gramática y sintaxis, frente un castellano hecho en la calle, a salto de mata, sin normas ni especialistas, por la gente más humilde, por soldados, por comerciantes y por buscavidas.
Un eusquera así concebido nunca tuvo nada que hacer, porque las lenguas se hacen en la calle, no en el laboratorio. Una lengua necesita el pálpito de la espontaneidad y de la maledicencia, de los sobreentendidos y de las emociones, de los susurros y de los gritos. Pero una lengua hecha con un metro, con un alambique, con un diccionario, desde una cátedra, ¿dónde va una lengua así? A ninguna parte. Que es lo que llevamos viendo desde 1968 para acá, año en el que desde Aránzazu se dio el pistoletazo de salida para un eusquera batúa que nunca pasó el filtro de su uso callejero, porque no se hablaba así en ninguna parte ni se ha hablado nunca sí en ninguna parte. Ni se hablará nunca así en ninguna parte.
Y con los dialectos del eusquera ocurre lo mismo. Los que resultaban más aptos para la literatura, como el labortano o el navarro, son los que menos se hablaban (quitando el suletino que es el que menos hablantes tiene de todos los dialectos, no sé si llega a los 10.000). Y en cambio el que más se habla, como es el vizcaíno, es el más alejado de la norma del batúa. Y así como una lengua que no se habla no tiene nada que hacer, una lengua que se aleja de la norma y no es tomada en cuenta por los que la gestionan, como el vizcaíno, tampoco tiene nada que hacer. Así que el eusquera batúa, por muchos apoyos que tenga en los medios de comunicación, en la literatura, en la prensa escrita, en la enseñanza reglada o en la administración, siempre quedará como una norma impuesta, artificial, programada, fría, calculada. Y más que eso, quedará como una norma elitista, repolluda, aristocrática, encerrada en una torre de marfil, alejada de la calle, pagada de sí misma, engreída, presuntuosa, envanecida, jactanciosa, petulante, creída, estirada, altanera y arrogante. Y ahora me pones todos estos adjetivos en eusquera, a ver lo que sale.

















