A propósito del atentado a Donald Trump
Hace años, en la serie televisiva News Room, se le preguntaba al protagonista en una tertulia que por qué Estados Unidos era el mejor país del mundo. En vez de dar una respuesta positiva, el interpelado enumeró una serie de estadísticas que demostraban que su nación no era ni mucho menos la primera respecto a sus homólogas.
En efecto, una cosa es encabezar el ranking del Producto Interior Bruto y otra muy distinta tener ratios positivas en igualdad social o menor violencia ciudadana, ponemos por caso, donde el país deja mucho que desear. Un ejemplo repetido son los tiroteos de los que no se libran ni el presidente del país ni los chicos de cualquier escuela elemental.
Estamos, pues, ante una nación en el que la vida diaria y la convivencia son bastante difíciles de llevar.
A esto se añaden las políticas erráticas de la actual Administración, que con decisiones extravagantes y contradictorias está llevando al país a la zozobra y que hace que los índices de popularidad de Trump bajen día a día. Nada de esto justifica, Dios me libre, el intento de magnicidio del pasado fin de semana, pero explica el ambiente de deterioro de la convivencia y la proliferación de actitudes extremas en el país.
No sé si en este contexto tendrá razón la treintena de psicólogos que han denunciado que el actual presidente no está en condiciones anímicas ni mentales para continuar en su cargo. La polarización política podría contaminar su manifiesto, buscando un cambio de rumbo político en los Estados Unidos, sin pasar por las urnas. En cualquier caso, su destitución es más que improbable, pues salvo que su renuncia sea voluntaria, como sucedió con Richard Nixon, hace falta que el vicepresidente y la mayoría del Gabinete presidencial la aprueben.
Nos encontramos, pues, ante un callejón sin salida. Mientras, la política norteamericana entra en un laberinto de despropósitos, odios confesos y vaivenes sociales impredecibles. Por eso, sería bueno que Donald Trump se apartase de la primera línea política y dejase su puesto a alguien con menos aristas y enemistades profundas que abren en canal al país. Como eso parece poco probable, como digo, habrá que acostumbrarse a convivir con el personaje con todos sus defectos.
Hace años, en la serie televisiva News Room, se le preguntaba al protagonista en una tertulia que por qué Estados Unidos era el mejor país del mundo. En vez de dar una respuesta positiva, el interpelado enumeró una serie de estadísticas que demostraban que su nación no era ni mucho menos la primera respecto a sus homólogas.
En efecto, una cosa es encabezar el ranking del Producto Interior Bruto y otra muy distinta tener ratios positivas en igualdad social o menor violencia ciudadana, ponemos por caso, donde el país deja mucho que desear. Un ejemplo repetido son los tiroteos de los que no se libran ni el presidente del país ni los chicos de cualquier escuela elemental.
Estamos, pues, ante una nación en el que la vida diaria y la convivencia son bastante difíciles de llevar.
A esto se añaden las políticas erráticas de la actual Administración, que con decisiones extravagantes y contradictorias está llevando al país a la zozobra y que hace que los índices de popularidad de Trump bajen día a día. Nada de esto justifica, Dios me libre, el intento de magnicidio del pasado fin de semana, pero explica el ambiente de deterioro de la convivencia y la proliferación de actitudes extremas en el país.
No sé si en este contexto tendrá razón la treintena de psicólogos que han denunciado que el actual presidente no está en condiciones anímicas ni mentales para continuar en su cargo. La polarización política podría contaminar su manifiesto, buscando un cambio de rumbo político en los Estados Unidos, sin pasar por las urnas. En cualquier caso, su destitución es más que improbable, pues salvo que su renuncia sea voluntaria, como sucedió con Richard Nixon, hace falta que el vicepresidente y la mayoría del Gabinete presidencial la aprueben.
Nos encontramos, pues, ante un callejón sin salida. Mientras, la política norteamericana entra en un laberinto de despropósitos, odios confesos y vaivenes sociales impredecibles. Por eso, sería bueno que Donald Trump se apartase de la primera línea política y dejase su puesto a alguien con menos aristas y enemistades profundas que abren en canal al país. Como eso parece poco probable, como digo, habrá que acostumbrarse a convivir con el personaje con todos sus defectos.
















