¿Para qué sirve un rey?
Aunque de ello hace ya medio siglo, recuerdo bien el momento en que el hoy «emérito» juró su cargo ante un Congreso abarrotado de fracs y señoronas. ¡Era el rey de todos los españoles! Acostumbrado como yo estaba a un jefe del Estado anciano y achacoso, ver allí a un apuesto señor como recién salido de un cuento de hadas me pareció la imagen más seductora del mundo.
¿Para qué sirve un rey? Buena pregunta, que tiene respuestas en cierto modo convincentes, aunque no del todo. Porque lo que chirría por mucho que se engrase es que el cargo sea hereditario. Pero aceptémoslo con alegría: ¡de padre a hijo porque ellos lo valen! Todavía tendría un pase si su oficio tuviera réditos palpables, si hiciera de balance razonable entre la política y la imagen, si el bienestar del pueblo fuera su principal objetivo. Pero por momentos parece que nada de esto sucede, y me refiero a España, pues desconozco la realidad de otros lares. Veo aquí que el monarca bebe los vientos por la Agenda 2030, que se lanza a la piscina con valoraciones políticas que no debería hacer por contrato, que ríe cuando procede rictus de cabreo, que frunce el ceño cuando debería descojonarse, como hace el pueblo, ese al que se debe. ¡Este tío no tiene un pase!
Cierto es que no corren buenos tiempos para la corporación monárquica como concepto institucional y vertebrador de la patria, pero me ha parecido un momento idóneo para bucear en la teoría de la defensa de la misma como idónea estructura en la modernidad que nos ha tocado en suerte.
Según sus defensores, una primera ventaja de dicha institución es su naturaleza apolítica y neutral (imparcial). Es por tanto la figura del rey el resultado de una suerte de árbitro y moderador de los hechos que conforman la cotidianeidad de la nación. Por cuanto a esta primera prueba del algodón, mal la pasa nuestro monarca patrio, creo, pues no desaprovechó ninguna de las ocasiones de se le presentaron para cojear o de una pata o de la otra, y aun se diría que incluso puso en tela de juicio la propia independencia de su país, delegando tal crucial función a estamentos superiores, cuales son la Unión Europea, y quién sabe si veladamente a poderes supranacionales que no conocen fronteras sino masas humanas a las que vaciarles los bolsillos de dinero y la cabeza de ideas propias. Para empezar, suspenso ganado a pulso, Majestad.
Presentan sus acólitos como segunda ventaja la ejemplaridad, que se fortalece con el paso del tiempo, que es su alma y razón de ser. Y subrayan el «saber acumulativo» del monarca, que bebe de su continuidad y de su preparación desde la cuna para tan esencial cargo público. Dicha sapiencia, de hecho, le viene dada por sus antecesores, que se supone tuvieron idénticas obligaciones para con sus compatriotas. Esa herencia aporta músculo en cada monarca, pues asume que es férreo eslabón entre lo que fue y lo que será. No así los políticos de partido ―o aun sin él―, que defienden a machamartillo un ideario concreto, frecuentemente en dramática contraposición que el del oponente. Diríase que los políticos pasan y el monarca permanece, y que esa precisa realidad es la que fortalece la nación como interés común de su beneficiaria de base: la sociedad. No me parece a mí que por cuanto a esta segunda ventaja quede mejor parado nuestro jefe del Estado, pues poco ejemplar me parece la pasividad insulsa que muestra tanto en actos solemnes como en su vida personal, indiscernible de su vida profesional. Otro cate a la buchaca, rey mío.
Aducen los monárquicos que el carácter permanente de la institución preserva el conocimiento acumulado se siglos, esa perspectiva de largo plazo que imprime carácter histórico, con todo lo que ello implica en su favor como institución. Hombre, se me puede acusar a estas alturas de que le tengo cierta manía a don Felipe, pero créanme si les digo que hubo un tiempo en que me hubiera partido la cara por él (asúmase la afirmación como metáfora, no vaya a ser). Pero es que yo carácter, lo que se dice carácter, no le veo a este hombre. Mas diría que es un mandatario pusilánime al que el cargo le viene entre grande y enorme. Veo en él a un tipo que se especializó en apretar manos y acariciar niños rubicundos por la insolación que llevan encima tras dos horas de espera para una foto con la que pasar a la posterioridad familiar. Aprecio en este caballero la vacuidad absoluta, con sonrisa forzada e incólume ante las circunstancias que zarandean un día sí y otro también su patria. Siendo así, o falsifica a la antigua usanza el cuaderno de notas antes de enseñárselo a sus padres, o mucho me temo que se queda sin vacaciones de verano.
Hay más aspectos positivos de la monarquía, cual es su valor simbólico y representativo. Dicho así, queda chulo. Pero representar al país cuando proceda puede hacerlo también el presidente de la república, o incluso el ministro de turno, como de hecho sucede las más de las veces. ¿Y qué decir de la cuestión simbólica? Pues que es un gigante con pies de barro, a mi juicio, algo por completo sobrevalorado. Pero aquí tengo que reconocer que el papel lo borda nuestro Rey Felipe, si nos atenemos al «símbolo» que vemos en sus discursos encorsetados y previsibles. Es así el ciudadano Felipe un símbolo, como podría ser una estatua de cera parlante, y así nos ahorrábamos un pastizal en tan excelentísimo presupuesto.
Cierto es que, por lo analizado hasta aquí, y visto el cuaderno de notas del susodicho, procedería cambiar el título del artículo, pues más procedería un ¿Para qué sirve este rey nuestro? Pero lo dejaré así, pues a lo largo del texto reflexiono sobre el papel de la monarquía en general, para bajar de inmediato a una en particular, cual es esta que padecemos.
Así pues, y si inferimos de lo escrito que cuánto mejor una república, cabe decir que tampoco parece esa la solución sin más, pues hay monarquías de países cuyo bienestar es su mejor tarjeta de visita, mientras conocemos repúblicas totalitarias ―¡hereditarias de facto!― que exprimen al pueblo hasta la última gota de su sangre, empobrecido este para enriquecer a sus insignes próceres.
¿Para qué sirve un rey? Para mucho, si acaso consigue responder con eficacia a su papel institucional. Un rey tiene su gracia, aunque siempre tendrá sobre su cabeza la espada de Damocles que supone la herencia del cargo por ley impuesta, sin que el pueblo pueda elegir otra alternativa generación tras generación.
¿Para qué sirve este rey nuestro? Para poco, intuyo, si nos atenemos al examen superficial al que le acabamos de someter. Tan poco que bien podríamos prescindir de la institución sin que ni orden ni concierto se resquebrajasen un ápice. Aunque, pensándolo mejor, más vale inútil en mano que rojo acechando. O quizá ni eso, llegado el caso. Seguro que ustedes me entienden. Mejor esperamos lo que sea menester, y que sea lo que Dios quiera. Aunque creo recordar que era Dios el que prestaba su cetro de mando al monarca en la época absolutista, ¿no? Con lo cual...
¡Uf, qué lío!
Aunque de ello hace ya medio siglo, recuerdo bien el momento en que el hoy «emérito» juró su cargo ante un Congreso abarrotado de fracs y señoronas. ¡Era el rey de todos los españoles! Acostumbrado como yo estaba a un jefe del Estado anciano y achacoso, ver allí a un apuesto señor como recién salido de un cuento de hadas me pareció la imagen más seductora del mundo.
¿Para qué sirve un rey? Buena pregunta, que tiene respuestas en cierto modo convincentes, aunque no del todo. Porque lo que chirría por mucho que se engrase es que el cargo sea hereditario. Pero aceptémoslo con alegría: ¡de padre a hijo porque ellos lo valen! Todavía tendría un pase si su oficio tuviera réditos palpables, si hiciera de balance razonable entre la política y la imagen, si el bienestar del pueblo fuera su principal objetivo. Pero por momentos parece que nada de esto sucede, y me refiero a España, pues desconozco la realidad de otros lares. Veo aquí que el monarca bebe los vientos por la Agenda 2030, que se lanza a la piscina con valoraciones políticas que no debería hacer por contrato, que ríe cuando procede rictus de cabreo, que frunce el ceño cuando debería descojonarse, como hace el pueblo, ese al que se debe. ¡Este tío no tiene un pase!
Cierto es que no corren buenos tiempos para la corporación monárquica como concepto institucional y vertebrador de la patria, pero me ha parecido un momento idóneo para bucear en la teoría de la defensa de la misma como idónea estructura en la modernidad que nos ha tocado en suerte.
Según sus defensores, una primera ventaja de dicha institución es su naturaleza apolítica y neutral (imparcial). Es por tanto la figura del rey el resultado de una suerte de árbitro y moderador de los hechos que conforman la cotidianeidad de la nación. Por cuanto a esta primera prueba del algodón, mal la pasa nuestro monarca patrio, creo, pues no desaprovechó ninguna de las ocasiones de se le presentaron para cojear o de una pata o de la otra, y aun se diría que incluso puso en tela de juicio la propia independencia de su país, delegando tal crucial función a estamentos superiores, cuales son la Unión Europea, y quién sabe si veladamente a poderes supranacionales que no conocen fronteras sino masas humanas a las que vaciarles los bolsillos de dinero y la cabeza de ideas propias. Para empezar, suspenso ganado a pulso, Majestad.
Presentan sus acólitos como segunda ventaja la ejemplaridad, que se fortalece con el paso del tiempo, que es su alma y razón de ser. Y subrayan el «saber acumulativo» del monarca, que bebe de su continuidad y de su preparación desde la cuna para tan esencial cargo público. Dicha sapiencia, de hecho, le viene dada por sus antecesores, que se supone tuvieron idénticas obligaciones para con sus compatriotas. Esa herencia aporta músculo en cada monarca, pues asume que es férreo eslabón entre lo que fue y lo que será. No así los políticos de partido ―o aun sin él―, que defienden a machamartillo un ideario concreto, frecuentemente en dramática contraposición que el del oponente. Diríase que los políticos pasan y el monarca permanece, y que esa precisa realidad es la que fortalece la nación como interés común de su beneficiaria de base: la sociedad. No me parece a mí que por cuanto a esta segunda ventaja quede mejor parado nuestro jefe del Estado, pues poco ejemplar me parece la pasividad insulsa que muestra tanto en actos solemnes como en su vida personal, indiscernible de su vida profesional. Otro cate a la buchaca, rey mío.
Aducen los monárquicos que el carácter permanente de la institución preserva el conocimiento acumulado se siglos, esa perspectiva de largo plazo que imprime carácter histórico, con todo lo que ello implica en su favor como institución. Hombre, se me puede acusar a estas alturas de que le tengo cierta manía a don Felipe, pero créanme si les digo que hubo un tiempo en que me hubiera partido la cara por él (asúmase la afirmación como metáfora, no vaya a ser). Pero es que yo carácter, lo que se dice carácter, no le veo a este hombre. Mas diría que es un mandatario pusilánime al que el cargo le viene entre grande y enorme. Veo en él a un tipo que se especializó en apretar manos y acariciar niños rubicundos por la insolación que llevan encima tras dos horas de espera para una foto con la que pasar a la posterioridad familiar. Aprecio en este caballero la vacuidad absoluta, con sonrisa forzada e incólume ante las circunstancias que zarandean un día sí y otro también su patria. Siendo así, o falsifica a la antigua usanza el cuaderno de notas antes de enseñárselo a sus padres, o mucho me temo que se queda sin vacaciones de verano.
Hay más aspectos positivos de la monarquía, cual es su valor simbólico y representativo. Dicho así, queda chulo. Pero representar al país cuando proceda puede hacerlo también el presidente de la república, o incluso el ministro de turno, como de hecho sucede las más de las veces. ¿Y qué decir de la cuestión simbólica? Pues que es un gigante con pies de barro, a mi juicio, algo por completo sobrevalorado. Pero aquí tengo que reconocer que el papel lo borda nuestro Rey Felipe, si nos atenemos al «símbolo» que vemos en sus discursos encorsetados y previsibles. Es así el ciudadano Felipe un símbolo, como podría ser una estatua de cera parlante, y así nos ahorrábamos un pastizal en tan excelentísimo presupuesto.
Cierto es que, por lo analizado hasta aquí, y visto el cuaderno de notas del susodicho, procedería cambiar el título del artículo, pues más procedería un ¿Para qué sirve este rey nuestro? Pero lo dejaré así, pues a lo largo del texto reflexiono sobre el papel de la monarquía en general, para bajar de inmediato a una en particular, cual es esta que padecemos.
Así pues, y si inferimos de lo escrito que cuánto mejor una república, cabe decir que tampoco parece esa la solución sin más, pues hay monarquías de países cuyo bienestar es su mejor tarjeta de visita, mientras conocemos repúblicas totalitarias ―¡hereditarias de facto!― que exprimen al pueblo hasta la última gota de su sangre, empobrecido este para enriquecer a sus insignes próceres.
¿Para qué sirve un rey? Para mucho, si acaso consigue responder con eficacia a su papel institucional. Un rey tiene su gracia, aunque siempre tendrá sobre su cabeza la espada de Damocles que supone la herencia del cargo por ley impuesta, sin que el pueblo pueda elegir otra alternativa generación tras generación.
¿Para qué sirve este rey nuestro? Para poco, intuyo, si nos atenemos al examen superficial al que le acabamos de someter. Tan poco que bien podríamos prescindir de la institución sin que ni orden ni concierto se resquebrajasen un ápice. Aunque, pensándolo mejor, más vale inútil en mano que rojo acechando. O quizá ni eso, llegado el caso. Seguro que ustedes me entienden. Mejor esperamos lo que sea menester, y que sea lo que Dios quiera. Aunque creo recordar que era Dios el que prestaba su cetro de mando al monarca en la época absolutista, ¿no? Con lo cual...
¡Uf, qué lío!




















