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Elena García
Lunes, 27 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:

Emparejamientos

Hace décadas se distinguía entre solteros y casados, ahora está en ascenso un nuevo estado, el de “emparejado”, el que vive con su pareja, unas veces inscritos en el registro y otras sin vinculo legal alguno. Se juntan en un piso y llegan a sus acuerdos particulares, como amigos, pero, eso sí, con relación sexual. Si se inscriben en el registro tienen derechos como permisos laborales o pensión de viudedad. Y en cuanto a la cuestión económica todo depende de los acuerdos que establezcan entre ellos. Así, hace poco, oí decir a un emparejado que llevaba viviendo cuatro años con su pareja en el piso de él y que ahora se cambiaban a uno que había comprado ella –más grande–, que no sabía si ella le cobraría alquiler si él alquilaba el suyo. Los gastos de la hija que tenían en común eran al 50%, aunque, manifestaba, ella debería pagar el 70% porque ganaba más. ¡Vaya lío! ¿Qué difícil, no? Pero claro las relaciones son tan inseguras que lo que predomina es la desconfianza. Las variantes en las obligaciones que impone la convivencia pueden ser muy diversas.

 

Los matrimonios, con sus regulaciones, estaban orientados a evitar o dirimir los conflictos que surgían. Pueden hacerse en régimen de gananciales, el más habitual, o de separación de bienes. Las leyes tienen como función organizar lo que pueden llegar a ser situaciones conflictivas o caóticas. Pero hoy día parece creerse que sin reglas hay más libertad y todo es más fácil. ¿Para que nos vamos a casar si resulta mucho más sencillo irnos a vivir a un piso sin más? Después resulta que no es tan fácil establecer, en una convivencia sin compromiso, quien ha aportado más en tiempo, dinero y esfuerzo a la vida cotidiana en casos de ruptura y de conflicto.        

 

Así pues, tenemos “emparejamiento”, “matrimonio civil” y “matrimonio religioso-católico”. Cada vez se habla menos de matrimonio y más de emparejamientos. “Porque mi pareja y yo vamos a ir…”, “Mi hija vive con su pareja en…” (y decía ser católica muy devota, claro, era la madre, pero algún tipo de educación habría transmitido a la hija). “Estuve atendiendo a mi pareja hasta que se murió…” (y decía ser católica practicante). Parece que el sacramento del matrimonio se ha caído de la lista. Eso da bastante qué pensar sobre cómo se toma hoy día la religión y qué influencia tiene la educación de los padres frente a la educación “progre” que promueven los administradores del Estado, que todo lo permiten y animan, excepto que dejes de pagar a Hacienda. En fin, este tipo de relación sin compromiso –“vivimos mejor así”, dicen muchos– parece que se está imponiendo en la sociedad.

 

 Así pues, la ruptura con las normas tradicionales –probadas por la experiencia para corregir fracasos o aminorar las consecuencias penosas– es lo que prima. Lo importante es la libertad, la satisfacción del deseo y el egoísmo, palabra muy fea que ahora ya no se usa, se habla de “estar satisfecho con uno mismo”, que es lo que hay que procurar en la vida.

 

Si miramos el porcentaje de casados de las últimas décadas el descenso es notorio. Si en 1977 la tasa de nupcialidad era del 7,14%, en 2002 había bajado al 5,06% y en 2024 al 3,57% (datos Macro). Y atendiendo a las bodas católicas, donde el compromiso es mayor, el descenso ha sido pronunciado, situándose en torno al 16-17%, cuando en el año 2000 el 70% de los enlaces eran católicos, frente al matrimonio civil, que hoy supera ampliamente al religioso. Por otra parte, la tasa de separación es mayor en parejas de hecho y matrimonios civiles que en matrimonios católicos, sobre todo en aquellos que son practicantes.

      

Consecuencia del emparejamiento es la proclividad al aborto o la disminución de hijos. Las parejas de hecho tienden a tener menos hijos que las parejas casadas y a veces con un hijo basta, para que se queden satisfechas las ansias de maternidad de ellas. Por otra parte, parece ser según evidencia demográfica y sociológica que tienen mayor tasa de ruptura, aunque no existen estadísticas al no requerir proceso judicial de divorcio. Además, se produce una mayor inquietud por el futuro, la inestabilidad de la relación lleva con frecuencia a situaciones de ansiedad y soledad con el paso del tiempo. Lo que en principio se ve como una ventaja puede acabar en mayor sufrimiento y por lo general con mayor desventaja para la mujer que suele vincularse más emotivamente.

 

 

 

 

 

 

 

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