El hormigón y los secretos: el final de Jesús Tavira
![[Img #30368]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/04_2026/2471_captura-de-pantalla-2026-04-29-093959.jpg)
Alicante, 28 de abril de 2026. Hay finales que no sorprenden y, sin embargo, hielan la sangre. El de Jesús Tavira era de esos. Un hombre que un día compareció ante un tribunal para contar lo que —según él— habían visto sus ojos, y que acabó sepultado bajo una losa de hormigón en una casa de las afueras de Alicante como si alguien hubiera querido borrarlo del mapa, literalmente.
La Policía Nacional llegó este martes a la pedanía de Bacarot siguiendo un hilo que llevaba más de cuarenta días deshilachándose. La búsqueda del empresario Jesús Tavira había desembocado en un hallazgo estremecedor: un cadáver sepultado bajo hormigón en un piso de la zona, al que los investigadores acudieron siguiendo su pista. El cuerpo estaba allí, mudo y descompuesto, guardando todos los secretos que quizás le costaron la vida.
El último desayuno
Todo empezó —o más bien terminó— el 18 de marzo. Se le perdió el rastro a primera hora de la mañana, tras ser visto desayunando en un bar cercano a su domicilio, un hábito cotidiano que no presagiaba nada extraño. Un café, quizás un bollo, el periódico doblado sobre la barra. La vida normal de un hombre de 63 años con un desguace a las afueras de la ciudad. Y luego, nada. El silencio.
Dos días después, agentes de la Policía localizaron su vehículo particular completamente calcinado en una zona degradada del barrio de las Mil Viviendas, al norte de la ciudad. Un coche quemado no es nunca una buena señal. Menos aún cuando su dueño no aparece.
El hombre que vio algo
Para entender el final hay que regresar al principio. El nombre de Jesús Tavira no era desconocido en Alicante. Fue testigo durante el juicio por el crimen de María del Carmen Martínez, la viuda del expresidente de la extinta Caja Mediterráneo, ocurrido el 9 de diciembre de 2016 en el lavadero del concesionario Novocar. Un asesinato a tiros en plena tarde alicantina que sacudió la ciudad y generó uno de los procesos judiciales más seguidos de la historia reciente de la provincia.
El propietario del desguace situado en los aledaños de Novocar mantenía una relación comercial de años con Miguel López, único acusado por el asesinato de su suegra. Una relación de negocios, insistió siempre Tavira, aunque en los días previos al asesinato había mantenido más de 200 comunicaciones con López. Doscientas llamadas. Un número que pesa.
En el estrado, sin embargo, Tavira no habló de llamadas sino de sombras. Aseguró haber visto a dos desconocidos con actitud sospechosa en el entorno del concesionario el día de los hechos, un testimonio que reforzó la tesis de la defensa sobre la posible presencia de terceras personas. Miguel López fue absuelto. Tavira regresó a su desguace. El caso Sala quedó formalmente cerrado, aunque nunca del todo en la memoria colectiva.
Hormigón y tres detenidos
La vivienda de Bacarot donde apareció el cuerpo estaba habitada. La familia que la ocupaba era de origen magrebí, cuyo progenitor trabajaba para el propio empresario. La ironía macabra de que el empleado de Tavira fuera quien acabara custodiando —involuntariamente o no— su tumba improvisada no ha pasado desapercibida para nadie.
La Policía Nacional detuvo a tres personas: un empleado del negocio de vehículos que regentaba el empresario, su mujer, y un tercer individuo. Tres personas. Una losa de cemento. Y debajo, lo que quedaba de un hombre que un día creyó que declarar ante un jurado era el acto más peligroso de su vida.
La identificación oficial aún no está cerrada debido al avanzado estado de descomposición del cadáver. La Policía prevé confirmar la identidad mediante pruebas de ADN y cotejo de huellas.
Alicante volvió a escuchar esta tarde el sonido sordo de un caso que se cierra mal. Jesús Tavira —si es él, como todo apunta— desapareció un martes de marzo entre el café de un bar y el arranque de su coche. Cuarenta días después, la ciudad le ha encontrado enterrado entre paredes. El caso Sala, que parecía finiquitado con la absolución de Miguel López, ha sacudido de nuevo la tierra. Y bajo esa tierra, las preguntas siguen siendo las mismas de siempre en Alicante: quién sabía qué, quién calló, y cuánto cuesta el silencio.
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Alicante, 28 de abril de 2026. Hay finales que no sorprenden y, sin embargo, hielan la sangre. El de Jesús Tavira era de esos. Un hombre que un día compareció ante un tribunal para contar lo que —según él— habían visto sus ojos, y que acabó sepultado bajo una losa de hormigón en una casa de las afueras de Alicante como si alguien hubiera querido borrarlo del mapa, literalmente.
La Policía Nacional llegó este martes a la pedanía de Bacarot siguiendo un hilo que llevaba más de cuarenta días deshilachándose. La búsqueda del empresario Jesús Tavira había desembocado en un hallazgo estremecedor: un cadáver sepultado bajo hormigón en un piso de la zona, al que los investigadores acudieron siguiendo su pista. El cuerpo estaba allí, mudo y descompuesto, guardando todos los secretos que quizás le costaron la vida.
El último desayuno
Todo empezó —o más bien terminó— el 18 de marzo. Se le perdió el rastro a primera hora de la mañana, tras ser visto desayunando en un bar cercano a su domicilio, un hábito cotidiano que no presagiaba nada extraño. Un café, quizás un bollo, el periódico doblado sobre la barra. La vida normal de un hombre de 63 años con un desguace a las afueras de la ciudad. Y luego, nada. El silencio.
Dos días después, agentes de la Policía localizaron su vehículo particular completamente calcinado en una zona degradada del barrio de las Mil Viviendas, al norte de la ciudad. Un coche quemado no es nunca una buena señal. Menos aún cuando su dueño no aparece.
El hombre que vio algo
Para entender el final hay que regresar al principio. El nombre de Jesús Tavira no era desconocido en Alicante. Fue testigo durante el juicio por el crimen de María del Carmen Martínez, la viuda del expresidente de la extinta Caja Mediterráneo, ocurrido el 9 de diciembre de 2016 en el lavadero del concesionario Novocar. Un asesinato a tiros en plena tarde alicantina que sacudió la ciudad y generó uno de los procesos judiciales más seguidos de la historia reciente de la provincia.
El propietario del desguace situado en los aledaños de Novocar mantenía una relación comercial de años con Miguel López, único acusado por el asesinato de su suegra. Una relación de negocios, insistió siempre Tavira, aunque en los días previos al asesinato había mantenido más de 200 comunicaciones con López. Doscientas llamadas. Un número que pesa.
En el estrado, sin embargo, Tavira no habló de llamadas sino de sombras. Aseguró haber visto a dos desconocidos con actitud sospechosa en el entorno del concesionario el día de los hechos, un testimonio que reforzó la tesis de la defensa sobre la posible presencia de terceras personas. Miguel López fue absuelto. Tavira regresó a su desguace. El caso Sala quedó formalmente cerrado, aunque nunca del todo en la memoria colectiva.
Hormigón y tres detenidos
La vivienda de Bacarot donde apareció el cuerpo estaba habitada. La familia que la ocupaba era de origen magrebí, cuyo progenitor trabajaba para el propio empresario. La ironía macabra de que el empleado de Tavira fuera quien acabara custodiando —involuntariamente o no— su tumba improvisada no ha pasado desapercibida para nadie.
La Policía Nacional detuvo a tres personas: un empleado del negocio de vehículos que regentaba el empresario, su mujer, y un tercer individuo. Tres personas. Una losa de cemento. Y debajo, lo que quedaba de un hombre que un día creyó que declarar ante un jurado era el acto más peligroso de su vida.
La identificación oficial aún no está cerrada debido al avanzado estado de descomposición del cadáver. La Policía prevé confirmar la identidad mediante pruebas de ADN y cotejo de huellas.
Alicante volvió a escuchar esta tarde el sonido sordo de un caso que se cierra mal. Jesús Tavira —si es él, como todo apunta— desapareció un martes de marzo entre el café de un bar y el arranque de su coche. Cuarenta días después, la ciudad le ha encontrado enterrado entre paredes. El caso Sala, que parecía finiquitado con la absolución de Miguel López, ha sacudido de nuevo la tierra. Y bajo esa tierra, las preguntas siguen siendo las mismas de siempre en Alicante: quién sabía qué, quién calló, y cuánto cuesta el silencio.


