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Patxi Iribarri
Jueves, 30 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:

Y la bandera del Mercadona, ¿para cuándo?

[Img #30385]El otro día salí del caserío para ir a Orio. No por turismo, que uno ya tiene una edad para emociones fuertes, sino porque necesitaba comprar unas cosas y porque, de vez en cuando, conviene bajar al pueblo para comprobar si el mundo sigue igual de raro o ha empeorado un poco más.

 

Y tengo que decir que no me decepcionó.

 

Apenas llegué a la plaza, levanté la vista hacia el Ayuntamiento y aquello parecía el puesto internacional de banderas de unas olimpiadas organizadas por un comité de estudiantes de Sociología. Había pancartas, colores, símbolos, trapos reivindicativos y causas varias colgando de los balcones como si el edificio municipal estuviera participando en un concurso de decoración militante.

 

Yo me quedé mirando un rato, intentando localizar la bandera oficial. Ya saben: esa rareza antigua que suele representar al municipio, a la provincia o incluso al país. Pero aquello era complicado. Había tantos pingajos colgados que el Ayuntamiento parecía una tienda de campaña de ideologías en liquidación.

 

Entonces pensé: “Patxi, esto ya no es un Ayuntamiento. Esto es un tablón de anuncios emocional”.

 

Porque hoy en día los ayuntamientos ya no arreglan aceras, ni se preocupan de si el agua sale limpia, ni de si hay suficiente aparcamiento. Ahora parecen más interesados en comunicar al universo sus estados de ánimo ideológicos. El ciudadano entra para preguntar por una licencia de obra y sale con la sensación de haber asistido a una asamblea universitaria comunistoide de 1968.

 

Y mientras miraba todo aquello, me vino una idea luminosa. Si ya han puesto todas las banderas posibles menos las oficiales… ¿por qué no terminar el trabajo y colgar directamente la bandera del Mercadona?

 

Sería lo más honesto. Es la bandera que más nos une. Porque, al final, medio pueblo vive allí más tiempo que en el propio Ayuntamiento. La gente se cruza más en la sección de yogures que en los plenos municipales. Hay más conversación ciudadana junto a las ofertas de detergente que en las reuniones vecinales. Y, además, Mercadona por lo menos tiene una ventaja: si entras buscando tomates, acabas encontrando tomates. En algunos ayuntamientos, en cambio, entras buscando información municipal y acabas encontrando basura proetarra a raudales.

 

Yo imagino ya la escena. Balcón principal. Bandera gigante de Mercadona ondeando al viento. Debajo, el alcalde inaugurando la “Semana Internacional de las Sensibilidades Variadas”. Y un concejal explicando que la nueva prioridad municipal es declarar el pasillo de los congelados “espacio de convivencia plural”.

 

Que nadie se confunda. Cada uno puede defender la causa que quiera. Incluso las idioteces más grandes. Faltaría más. Pero igual convendría recordar que un Ayuntamiento no es el salón particular ideológico del partido que gobierna ni de los tarados mentales que conforman el equipo municipal. Es la casa de todos. Incluso de los que solo queremos que las farolas funcionen y que no nos cobren el riñón izquierdo por aparcar.

 

Mientras volvía al caserío pensé que quizá soy yo el que se ha quedado antiguo. Tal vez el futuro consiste en esto: edificios públicos convertidos en escaparates permanentes de consignas, mientras los problemas reales esperan turno en una cola invisible.

 

Pero también pensé otra cosa. El día que vea colgada la bandera de Mercadona en un Ayuntamiento, no me sorprenderé demasiado. Y sinceramente, viendo cómo está todo, igual hasta me parecerá de las decisiones más coherentes que han tomado últimamente.

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