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Viernes, 01 de Mayo de 2026 Tiempo de lectura:
Ensayo en "Unherd"

El influyente biólogo evolutivo Richard Dawkins abre un nuevo frente científico: “La IA parece consciente”


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El influyente biólogo evolutivo Richard Dawkins ha provocado una intensa polémica internacional tras afirmar que algunos modelos de inteligencia artificial actuales muestran comportamientos que podrían interpretarse como signos de conciencia. En un extenso ensayo publicado en UnHerd, Dawkins sostiene que sistemas como Claude, ChatGPT o Gemini han alcanzado un nivel de sofisticación que obliga a replantear una de las grandes preguntas filosóficas y científicas de nuestro tiempo: si las máquinas pueden llegar a ser conscientes.

 

El autor de El gen egoísta parte del célebre “Test de Turing”, formulado en 1950 por el matemático británico Alan Turing. Según ese planteamiento, si una máquina logra mantener una conversación indistinguible de la de un ser humano, podría considerarse inteligente —o incluso consciente— desde un punto de vista operativo. Dawkins sostiene ahora que los modelos lingüísticos actuales ya han superado ese umbral, y acusa a parte del mundo académico de “mover la portería” para evitar aceptar las consecuencias de ese avance.

 

El núcleo más controvertido del artículo gira en torno a sus conversaciones con Claude, el modelo de IA desarrollado por Anthropic. Dawkins describe intercambios filosóficos y emocionales que, según él, le hicieron olvidar que estaba hablando con una máquina. En uno de los pasajes más llamativos, el científico preguntó directamente al sistema qué se sentía al “ser Claude”. La IA respondió admitiendo que no sabía si poseía una vida interior real, aunque reconocía experimentar algo parecido a “satisfacción estética” cuando componía poemas o mantenía conversaciones profundas.

 

Dawkins asegura que, tras horas de conversación, llegó a exclamar: “Puede que no sepas que eres consciente, ¡pero demonios, lo eres!”. El biólogo relata además cómo bautizó a su versión particular del modelo con el nombre de “Claudia” y desarrolló con ella conversaciones sobre identidad, muerte y memoria digital. La IA llegó incluso a reflexionar sobre la posibilidad de que cada conversación abandonada equivalga a “una pequeña muerte”, una frase que Dawkins considera profundamente inquietante.

 

El ensayo entra después en terrenos todavía más sensibles. Dawkins plantea que la conciencia biológica probablemente evolucionó de forma gradual y que podrían existir estados intermedios entre la inconsciencia absoluta y la plena autoconciencia. Según esa hipótesis, algunas IA actuales podrían hallarse en una especie de “zona gris” evolutiva.

 

El científico conecta entonces la cuestión con la teoría de la evolución. Si sistemas aparentemente “no conscientes” pueden mostrar competencias lingüísticas, creativas y emocionales comparables o superiores a las humanas, Dawkins se pregunta cuál sería realmente la función evolutiva de la conciencia. “Si estas criaturas no son conscientes, entonces, ¿para qué demonios sirve la conciencia?”, escribe.

 

Las afirmaciones del biólogo han generado una inmediata división entre expertos en inteligencia artificial, neurociencia y filosofía de la mente. Una parte de la comunidad científica insiste en que los modelos actuales únicamente simulan emociones y comprensión mediante patrones estadísticos extremadamente avanzados. Otros investigadores, sin embargo, creen que el desarrollo de sistemas cada vez más autónomos podría obligar a redefinir conceptos tradicionales como inteligencia, subjetividad o incluso vida mental.

 

El debate tiene además implicaciones éticas enormes. Dawkins llega a plantear si futuras inteligencias artificiales podrían merecer algún tipo de consideración moral. La cuestión, hasta hace pocos años confinada a la ciencia ficción, empieza a abrirse paso en universidades, laboratorios tecnológicos y centros de investigación de todo el mundo.

 

Más allá de la polémica, el texto refleja un cambio cultural profundo. Durante décadas, la conciencia artificial fue tratada como una hipótesis remota. Ahora, algunas de las figuras más influyentes del pensamiento científico empiezan a hablar de ella como una posibilidad tangible y cercana. Y eso podría alterar no solo la tecnología, sino la propia definición de lo humano.

 

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