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Arturo Aldecoa Ruiz
Sábado, 02 de Mayo de 2026 Tiempo de lectura:

Putin: objetivo, Odesa

Los líderes políticos, lo mismo que cualquier ciudadano, son presos de los mitos e imaginario de su tiempo. Su mente se puebla de las imágenes propias de su época. Por ello para intentar intuirlos conviene saber cuáles son sus fantasías.

 

Dicen que César soñaba ser Alejandro, y conquistar el mundo, mientras que el macedonio durante sus campañas tenía en su mente los belicosos héroes de Homero, cuyas obras leía cada noche, como guías para dominar con la espada el orbe.

 

Napoleón imaginaba ser César y recrear un renovado Imperio de Occidente con capital en París, mientras el zar Alejandro I, en los días en los que ambos acordaron repartirse el mundo, se ilusionaba con reconstruir el imperio de Oriente y reconquistar Constantinopla.

 

Así que las ideas, los mitos de la cultura que nos toca vivir conforman nuestros sueños, que a veces devienen en pesadillas.

 

Hoy griegos y romanos quedan lejos, y ya nadie sueña con emular el valor de los personajes de la Ilíada o la Odisea, ni en restaurar las glorias de la República romana. Por desgracia, al menos en mi opinión, no muchas personas leen a Homero, Heródoto, Tucídides, Salustio, Cicerón o Tito Livio para aprender de ellos. Nuestros tiempos modernos tienen un imaginario visual y auditivo menos literario, ligado sobre todo a partir del siglo XIX al teatro y a la ópera, en los que reinaba la tragedia, y en el siglo XX y XXI al cine y la televisión, en los que reina la comedia y el espectáculo.

 

Cuentan que a los diecisiete años Adolf Hitler escuchó en Viena por primera vez la ópera “Rienzi” de Wagner, una pesada tragedia sobre la historia de Cola de Rienzi, el “último Tribuno del pueblo romano”, un político populista que a fines de la edad media derrotó a los nobles, se apoderó de la ciudad y se propuso restaurar la República romana. Se trataba de un hombre cruel y ambicioso que acabó como el propio Hitler, muerto, quemado y sus cenizas dispersadas.

 

La obertura de esta ópera fue el instante en el que Hitler decidió entrar en política para cambiar su mundo. Escuchar “Rienzi” fue su “caída del caballo” camino de Damasco. Como contó años después a un amigo: “fue entonces cuando empezó todo”. Era tal su adoración por esta música que consiguió hacerse con la partitura original de “Rienzi”, que se quemó con el Führer en el búnker de la cancillería de Berlín en 1945.

 

Consciente del poder de las imágenes para crear mitos, el propio Hitler encargó a la directora Leni Riefenstahl el documental que más ha influido en la visión del poder totalitario, El triunfo de la voluntad, una obra maestra de la propaganda política cuyos ecos llegan hasta la actualidad en los espectáculos que crean con las masas gobiernos como los China, Rusia y Corea del Norte para impresionar a propios y ajenos.

 

Sus primeras imágenes aún estremecen al verlas: el 5 de septiembre de 1934 a bordo de un avión, cruzando cielos iluminados por el sol y bancos de nubes, Hitler vuela hacia Núremberg, donde desciende y aterriza como un Mesías entre multitudes enfervorizadas y desfiles interminables de tropas de las SA y SS, que le esperan allí para celebrar el Congreso del partido, como al Elegido que presuntamente devolvería la gloria a la nación. Once años después toda Alemania y media Europa estaban destruidas.

 

Una década antes el director soviético Serguéi Eisenstein había rodado la considerada en 1925 mejor película de la historia del cine: El acorazado Potemkin, basada teóricamente en hechos sucedidos en la revolución de 1905 en el puerto ucraniano de Odesa, un lugar de actualidad en estos últimos años por la guerra desatada por Putin contra Ucrania. Los marineros del acorazado Potemkin, hartos de los malos tratos y de verse obligados a comer alimentos en mal estado, deciden sublevarse contra sus mandos de la marina zarista. Con imágenes muy expresivas y multitud de planos la película representa un prodigio en cuanto a movimiento de masas y expresión gestual de ideas.

 

Su escena más famosa, es sin duda, “La escalera de Odesa”. Transcurre en la gran escalinata que conecta el casco viejo de Odesa con la zona portuaria del Mar Negro.

 

En la película una masa de ciudadanos vitorea a los marineros sublevados, un hecho que en realidad no sucedió así. En un momento dado aparecen en la parte alta de la escalera tropas zaristas. Los cosacos bajan formando una línea de bayonetas y sombras, y abren fuego contra la multitud: hombres, mujeres y niños intentan huir y muchos caen muertos en medio de una carnicería.

 

Son célebres los planos de la muerte de una mujer con su hijo en brazos, y de una madre joven con un carrito: cuando cae abatida nadie ayuda a su bebé, y el carrito baja traqueteando por gradas llenas de cadáveres hasta su trágico e inevitable final.

 

La genial escena ha sido homenajeada en muchas películas posteriores, por ejemplo, “Los intocables de Eliot Ness”.

 

Una película tan revolucionaria no solo por su contenido político sino por su montaje y realización fue naturalmente un gran éxito en la Unión Soviética, aunque pronto Stalin la censuró para quitar las imágenes que contenía de su adversario Trotsky. Fuera de la URSS la genialidad del filme fue reconocida en todos los ámbitos, incluso fue apreciada por Goebbels en la Alemania nazi para aprender de su técnica, aunque muchos países la prohibieron.

 

Como era previsible dado su éxito, con los años el contenido de la película llegó a sustituir a la verdad histórica, bastante menos gloriosa y heroica, sobre todo en su triste final.

 

Pero los hechos fueron sencillamente ignorados, y la escena de la escalinata se convirtió en una imagen omnipresente en la cultura soviética y rusa de los siglos XX y del XXI. Las apariencias visuales sustituyeron a la realidad.

 

El autócrata mitómano que actualmente domina Rusia, un ex agente del KGB, es heredero de dicha visión cinematográfica en blanco y negro del mundo real, una óptica maniquea y cainita, donde solo cabe ser siervo y obedecer, o discrepante y ser tratado como enemigo, y por tanto merecedor de ser destruido.

 

EL nuevo zar lanzó el 24 de febrero de 2022, un ataque premeditado y no provocado contra Ucrania. Han pasado más de cuatro años y Putin sigue intentando apoderarse del país, al que ha sumido en una guerra de destrucción costosísima a todos los niveles, incluso para la propia Rusia. Ucrania aguanta, por ahora, apoyada sobre todo por la Unión Europea tras ser dejada a su suerte por los Estados Unidos.

 

A Putin, como a todos los autócratas, los costos económicos y humanos propios y ajenos de la guerra no le preocupan.

 

Su visión de la política es elemental y decimonónica: imperios, países serviles y esferas de influencia. No existe derecho internacional ni  soberanía cuando no conviene a sus intereses.

 

Acostumbrado a pensar en Odesa (y en el Donbás y en Kiev) como escalinatas donde desplegar sus  tropas a sangre y fuego para acabar con los desafectos, pretenderá continuar la guerra hasta forzar un falso acuerdo de paz que convierta Ucrania en una nueva Bielorrusia sometida bajo un gobierno títere.

 

Para Putin el paseo militar por la escalinata se trata de un hecho mítico, aunque sea una historia inventada para una película.

 

Escribió Carlos Marx en su obra 18 de brumario de Luis Bonaparte que "La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa".

 

Con Putin los términos de Marx pueden quedar invertidos: la historia de 1905 fue solo una brillante farsa cinematográfica y la de los próximos meses, cuando se pretenda forzar un falso acuerdo de paz, podría ser una tragedia para el futuro de nuestro continente o, al contrario, si la Unión Europea mantiene sus compromisos con Ucrania, ser un escalón  vital hacia la creación de una nueva UE de seguridad, que garantice la integridad y soberanía de sus miembros.

 

(*) Arturo Aldecoa Ruiz. Apoderado en las Juntas Generales de Vizcaya 1999 - 2019

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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