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Investigadores de diversas universidades estadounidenses plantean revisar científicamente los mitos sobre “seres venidos del cielo”

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Un grupo de investigadores vinculados a diversas universidades estadounidenses ha publicado un controvertido ensayo académico en el que propone que la ciencia debería estudiar con mayor seriedad la posibilidad de que algunos mitos ancestrales sobre dioses descendidos del cielo, visitantes celestes o incluso un posible origen no terrestre de la humanidad pudieran contener algún tipo de memoria histórica deformada de encuentros reales con inteligencias no humanas.

 

El trabajo, titulado “Celestial (Be)Longing: A Case for Scientific Interest in Humankind’s Yearning for, and Potential Origins in, the Heavens”, ha sido publicado en la revista académica Philosophy and Cosmology y está firmado por el investigador de Harvard Tim Lomas, el antropólogo Michael P. Masters, el filósofo Steven Brown y el historiador de las religiones Brannon M. Wheeler.

 

 

Nota: Los suscriptores de La Tribuna del País Vasco pueden solicitar una copia del estudio por los canales habituales: [email protected] o en el teléfono 650114502

 

Los autores insisten desde el comienzo en que su trabajo no pretende demostrar la existencia de extraterrestres ni validar literalmente las teorías de los llamados “antiguos astronautas”. Sin embargo, sostienen que el contexto científico y político de los últimos años obliga a replantearse algunos supuestos que durante décadas se consideraron prácticamente intocables dentro del mundo académico.

 

El artículo parte de una observación histórica: prácticamente todas las civilizaciones humanas han desarrollado relatos sobre entidades descendidas del cielo, seres luminosos, dioses instructores o ancestros celestes. Tradicionalmente, estas narraciones han sido interpretadas como construcciones simbólicas, religiosas o mitológicas. Pero los investigadores sugieren que quizá algunas de esas historias pudieran contener recuerdos distorsionados de fenómenos reales observados por culturas antiguas.

 

Para alejarse del descrédito asociado al concepto popular de “ancient aliens”, los autores proponen utilizar un nuevo término: ACE (Ancient Celestial Encounters), es decir, “Encuentros Celestes Antiguos”. Bajo esa denominación engloban múltiples hipótesis distintas: desde posibles visitantes extraterrestres biológicos hasta inteligencias interdimensionales, viajeros temporales, entidades ocultas en la propia Tierra o fenómenos relacionados con formas de conciencia todavía desconocidas.

 

Una de las claves del trabajo es el cambio de clima producido en Estados Unidos desde 2017 en torno al fenómeno ovni. Los investigadores recuerdan cómo el asunto permaneció durante décadas asociado al ridículo académico tras el Informe Condon de 1969, que prácticamente clausuró el interés científico oficial sobre los ovnis.

 

Sin embargo, el estudio sostiene que esa situación comenzó a cambiar tras la publicación de vídeos militares estadounidenses que mostraban objetos aéreos anómalos imposibles de identificar con facilidad. A ello se sumaron posteriormente las investigaciones abiertas por el Pentágono, la creación de organismos oficiales como All-domain Anomaly Resolution Office y las declaraciones públicas de altos cargos políticos y militares admitiendo que algunos incidentes continúan sin explicación clara.

 

El ensayo también recoge el impacto generado por el testimonio del denunciante de inteligencia David Grusch, quien afirmó ante el Congreso norteamericano que Estados Unidos habría mantenido durante décadas programas secretos de recuperación de supuestos vehículos no humanos. Los autores no validan esas afirmaciones, pero consideran significativo que figuras con acceso a altos niveles de seguridad estén impulsando públicamente el debate.

 

El texto va incluso más allá y menciona cómo algunos investigadores y antiguos responsables vinculados al mundo de la inteligencia sostienen que el fenómeno podría haber acompañado a la humanidad durante toda su historia. Según el artículo, esta posibilidad obligaría a revisar no solo la cuestión de quiénes serían esas hipotéticas inteligencias no humanas, sino también preguntas mucho más profundas: qué es realmente el ser humano, de dónde procede y cuál es su lugar en el universo.

 

Los autores reconocen abiertamente que muchas de las hipótesis planteadas son altamente especulativas y podrían resultar erróneas. De hecho, el propio estudio incluye una nota aclarando que no se trata de un experimento científico que pruebe ninguna de las ideas discutidas, sino de un “trabajo de reflexión independiente” destinado a defender que ciertas cuestiones no deberían quedar excluidas automáticamente del debate académico.

 

Pese a ello, el ensayo refleja un fenómeno creciente en determinados sectores universitarios estadounidenses: la aparición de investigadores dispuestos a explorar el fenómeno ovni desde perspectivas filosóficas, antropológicas y culturales sin asumir de entrada que todo responde necesariamente a errores de percepción, fraudes o mitología pura. El texto cita incluso trabajos recientes que proponen estudiar los relatos tradicionales y religiosos como posibles “datos observacionales” generados por sociedades antiguas que describían fenómenos para los que no poseían un lenguaje científico moderno.

 

En sus últimas páginas, la investigación se adentra además en cuestiones todavía más fronterizas, relacionadas con teorías contemporáneas sobre la conciencia, la naturaleza de la realidad o incluso hipótesis de simulación. Ahí el trabajo abandona claramente el terreno de la ciencia empírica convencional y entra en el ámbito de la filosofía especulativa y la metafísica.

 

Con todo, el ensayo deja una idea central: que el gran cambio cultural de los próximos años quizá no consista únicamente en discutir si existen inteligencias no humanas, sino en asumir que algunas preguntas que parecían cerradas podrían volver a abrirse dentro de la propia academia.

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