La gran revelación
"Preparen a sus congregaciones para la revelación ovni": el día que el Gobierno de EE.UU. llamó a los pastores evangélicos
![[Img #30430]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/05_2026/9260_screenshot-2026-05-06-at-16-25-23-perry-stone-buscar-con-google.png)
En algún lugar de Estados Unidos —el estado exacto se mantiene deliberadamente en el anonimato— un puñado de pastores evangélicos recibió, según sus propios testimonios, una convocatoria inusual: funcionarios vinculados al Gobierno y a los servicios de inteligencia querían hablar con ellos. El mensaje que salió de esa reunión, si es que ocurrió tal como se narra, es de los que quitan el sueño: la revelación sobre los objetos voladores no identificados es inminente, y la sociedad necesitará que las iglesias amortigüen el golpe. "Id y decidle a la iglesia que no está preparada para lo que viene."
Esa frase, atribuida a una voz gubernamental sin nombre ni cargo, circula ahora mismo por los circuitos del evangelismo estadounidense con la velocidad de un rumor y el peso de una profecía. La difunde Perry Stone, un conocido evangelista pentecostal de Tennessee y fundador de Perry Stone Ministries, quien asegura habérsela escuchado a un amigo cercano que habría estado presente en el encuentro. Stone no dice haber asistido él mismo. Su fuente es su fuente, y eso importa.
Al relato de Stone se suma el del pastor Alan Didio, quien afirma haber sido informado personalmente en febrero, junto con una docena de otros líderes religiosos, sobre la inminencia de una divulgación oficial en materia ovni. A diferencia de Stone, Didio se sitúa dentro de la sala. Es, hasta ahora, el único en hacerlo con nombre y apellido. Lo que supuestamente se les transmitió en ese encuentro va mucho más allá de la diplomacia institucional. Según diversas fuentes que han recogido los testimonios, los funcionarios describieron entidades de aspecto reptiliano, pero forma humanoide, vinculadas no a planetas distantes sino a otras dimensiones. Algunos relatos van todavía más lejos: esos seres habrían influido, o incluso participado, en el origen de la civilización humana.
La advertencia central, sin embargo, tenía una lógica más terrenal: la gente se va a volcar sobre las iglesias buscando respuestas, y los pastores más vale que las tengan.
Sería fácil despachar todo esto como la última excentricidad del ecosistema conspirativo americano. Pero el momento en que emerge la historia no es inocente. Desde que presuntamente Donald Trump firmó en febrero la orden de desclasificación de archivos relacionados con los fenómenos aéreos no identificados, Washington ha desarrollado una habilidad peculiar para generar expectativa sin ofrecer sustancia. El congresista Tim Burchett, miembro del subcomité de supervisión que investiga estos fenómenos, llegó a declarar que había sido informado de algo que «pondría la Tierra en llamas» si se hiciera público. El excongresista Matt Gaetz, por su parte, habló de supuestos programas de hibridación entre humanos y extraterrestres. Las afirmaciones se acumulan; las pruebas, no.
Es en ese caldo de cultivo donde la historia de los pastores cobra temperatura. No porque sus afirmaciones sean más sólidas que las anteriores, sino porque conecta dos grandes ansiedades del momento: la revelación OVNI y el futuro de la fe religiosa en un mundo que podría descubrir, de golpe, que no está solo en el universo.
Quien busque grietas en este relato no tendrá que cavar muy hondo. Toda la cadena de testimonios descansa en declaraciones de segunda o tercera mano. El estado donde se celebró la reunión es secreto. Los funcionarios involucrados no tienen nombre. Eric Burlison, figura política que habría estado vinculada a uno de los encuentros según algunas versiones, no ha hecho ninguna declaración pública al respecto. Y las descripciones más extravagantes —los seres reptilianos, los creadores de la humanidad— llevan la marca inconfundible de la mitología ufológica de los años noventa, no de una revelación gubernamental calibrada. Hay además un detalle que los medios anglosajones han pasado por alto y que conviene precisar: los clérigos de esta historia no son sacerdotes católicos, como se ha repetido en algunas traducciones y resúmenes virales. Son pastores del ámbito evangélico y pentecostal. La distinción no es menor: la Iglesia Católica tiene una tradición teológica propia sobre la posibilidad de vida extraterrestre —el Vaticano cuenta incluso con astrónomos— y su eventual postura ante una divulgación sería, casi con certeza, radicalmente distinta a la de un predicador de televisión.
Estamos, por ahora, ante una historia que merece seguimiento pero no crédito acrítico. Los ingredientes son poderosos: el momento político es propicio, los testimonios son vívidos y los miedos que toca —el fin de las certezas, el colapso de la cosmovisión religiosa, lo desconocido irrumpiendo en lo cotidiano— son perfectamente reales. Pero una historia no se vuelve verdadera por ser oportuna. Y el hecho de que nadie, ni un solo funcionario identificable, haya confirmado que esa reunión existió es, a estas alturas, el dato más relevante de todos.
La divulgación, si llega, será el mayor acontecimiento de la historia humana. Mientras tanto, lo único que puede confirmarse es esto: alguien está sembrando la expectativa con mucha habilidad, y los pastores —reales o no— están siendo convocados a la primera fila del escenario.
![[Img #30429]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/05_2026/6168_colapso.jpg)
![[Img #30430]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/05_2026/9260_screenshot-2026-05-06-at-16-25-23-perry-stone-buscar-con-google.png)
En algún lugar de Estados Unidos —el estado exacto se mantiene deliberadamente en el anonimato— un puñado de pastores evangélicos recibió, según sus propios testimonios, una convocatoria inusual: funcionarios vinculados al Gobierno y a los servicios de inteligencia querían hablar con ellos. El mensaje que salió de esa reunión, si es que ocurrió tal como se narra, es de los que quitan el sueño: la revelación sobre los objetos voladores no identificados es inminente, y la sociedad necesitará que las iglesias amortigüen el golpe. "Id y decidle a la iglesia que no está preparada para lo que viene."
Esa frase, atribuida a una voz gubernamental sin nombre ni cargo, circula ahora mismo por los circuitos del evangelismo estadounidense con la velocidad de un rumor y el peso de una profecía. La difunde Perry Stone, un conocido evangelista pentecostal de Tennessee y fundador de Perry Stone Ministries, quien asegura habérsela escuchado a un amigo cercano que habría estado presente en el encuentro. Stone no dice haber asistido él mismo. Su fuente es su fuente, y eso importa.
Al relato de Stone se suma el del pastor Alan Didio, quien afirma haber sido informado personalmente en febrero, junto con una docena de otros líderes religiosos, sobre la inminencia de una divulgación oficial en materia ovni. A diferencia de Stone, Didio se sitúa dentro de la sala. Es, hasta ahora, el único en hacerlo con nombre y apellido. Lo que supuestamente se les transmitió en ese encuentro va mucho más allá de la diplomacia institucional. Según diversas fuentes que han recogido los testimonios, los funcionarios describieron entidades de aspecto reptiliano, pero forma humanoide, vinculadas no a planetas distantes sino a otras dimensiones. Algunos relatos van todavía más lejos: esos seres habrían influido, o incluso participado, en el origen de la civilización humana.
La advertencia central, sin embargo, tenía una lógica más terrenal: la gente se va a volcar sobre las iglesias buscando respuestas, y los pastores más vale que las tengan.
Sería fácil despachar todo esto como la última excentricidad del ecosistema conspirativo americano. Pero el momento en que emerge la historia no es inocente. Desde que presuntamente Donald Trump firmó en febrero la orden de desclasificación de archivos relacionados con los fenómenos aéreos no identificados, Washington ha desarrollado una habilidad peculiar para generar expectativa sin ofrecer sustancia. El congresista Tim Burchett, miembro del subcomité de supervisión que investiga estos fenómenos, llegó a declarar que había sido informado de algo que «pondría la Tierra en llamas» si se hiciera público. El excongresista Matt Gaetz, por su parte, habló de supuestos programas de hibridación entre humanos y extraterrestres. Las afirmaciones se acumulan; las pruebas, no.
Es en ese caldo de cultivo donde la historia de los pastores cobra temperatura. No porque sus afirmaciones sean más sólidas que las anteriores, sino porque conecta dos grandes ansiedades del momento: la revelación OVNI y el futuro de la fe religiosa en un mundo que podría descubrir, de golpe, que no está solo en el universo.
Quien busque grietas en este relato no tendrá que cavar muy hondo. Toda la cadena de testimonios descansa en declaraciones de segunda o tercera mano. El estado donde se celebró la reunión es secreto. Los funcionarios involucrados no tienen nombre. Eric Burlison, figura política que habría estado vinculada a uno de los encuentros según algunas versiones, no ha hecho ninguna declaración pública al respecto. Y las descripciones más extravagantes —los seres reptilianos, los creadores de la humanidad— llevan la marca inconfundible de la mitología ufológica de los años noventa, no de una revelación gubernamental calibrada. Hay además un detalle que los medios anglosajones han pasado por alto y que conviene precisar: los clérigos de esta historia no son sacerdotes católicos, como se ha repetido en algunas traducciones y resúmenes virales. Son pastores del ámbito evangélico y pentecostal. La distinción no es menor: la Iglesia Católica tiene una tradición teológica propia sobre la posibilidad de vida extraterrestre —el Vaticano cuenta incluso con astrónomos— y su eventual postura ante una divulgación sería, casi con certeza, radicalmente distinta a la de un predicador de televisión.
Estamos, por ahora, ante una historia que merece seguimiento pero no crédito acrítico. Los ingredientes son poderosos: el momento político es propicio, los testimonios son vívidos y los miedos que toca —el fin de las certezas, el colapso de la cosmovisión religiosa, lo desconocido irrumpiendo en lo cotidiano— son perfectamente reales. Pero una historia no se vuelve verdadera por ser oportuna. Y el hecho de que nadie, ni un solo funcionario identificable, haya confirmado que esa reunión existió es, a estas alturas, el dato más relevante de todos.
La divulgación, si llega, será el mayor acontecimiento de la historia humana. Mientras tanto, lo único que puede confirmarse es esto: alguien está sembrando la expectativa con mucha habilidad, y los pastores —reales o no— están siendo convocados a la primera fila del escenario.
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