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Domingo, 10 de Mayo de 2026 Tiempo de lectura:

El fin del mundo tenía pulgas

De un vertedero en Ushuaia a las costas de Tenerife: la odisea del MV Hondius y el virus que viajó sin pasaporte por cuatro continentes

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I

El amanecer de Granadilla

 

Llegó de madrugada, como suelen llegar las cosas que no quieres ver: sin avisar, sin ruido, deslizándose sobre un mar oscuro y quieto. El MV Hondius —bandera de los Países Bajos, casco azul marino, cuatro estrellas grabadas en el folleto de Oceanwide Expeditions— apareció en el horizonte del puerto de Granadilla, en el sur de Tenerife, en la madrugada del domingo 10 de mayo de 2026. Cuarenta días después de haber zarpado de Ushuaia. Tres muertos a bordo. Un médico evacuado en estado crítico. Y en sus bodegas, aunque nadie quisiera nombrarlo así, el fantasma de un ratón.


En el muelle, trescientos cincuenta y ocho hombres y mujeres uniformados esperaban. Trescientos veinticinco guardias civiles y treinta y tres policías nacionales desplegados en el radio más absurdo de la historia reciente de España: una milla náutica de exclusión alrededor de un barco de crucero con langosta en el menú. El ministro socialista del Interior, Fernando Grande-Marlaska, había llegado en avión la tarde anterior desde Torrejón, junto a la ministra de Sanidad, la "pistolera" Mónica García, y al hombre que no necesita presentación cuando hay un brote: el doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS, que había tuiteado la noche anterior un mensaje a los tinerfeños. "Esto no es otro Covid", les dijo. "Sé que cuando escuchan la palabra brote y ven un barco acercarse a sus costas, afloran recuerdos." Los recuerdos, efectivamente, habían aflorado. Las playas de Granadilla estaban vacías.


Nadie iba a bajar con maletas. Esa fue la norma que lo resumía todo. Cada uno de los ciento cuarenta y siete pasajeros que quedaban a bordo podría llevarse un bolso pequeño —documentación, móvil, cargador, artículos de primera necesidad— cerrado previamente en una bolsa de plástico transparente. El equipaje principal, los trolleys de buena marca llenos de ropa polar y botas de trekking para el fin del mundo, se quedaría en el barco. Junto con el cuerpo de la mujer alemana que había muerto a bordo el 2 de mayo y cuya identidad las autoridades no habían revelado. El barco partiría después hacia los Países Bajos, con sus muertos y sus maletas, como un buque fantasma al revés: uno que devuelve a Europa lo que Europa le había mandado.


II

Ushuaia, 1 de abril: el último puerto del mundo

 

Hay una ciudad en el fin del mundo que se llama a sí misma así, sin modestia. Ushuaia, la ciudad más austral del planeta. Sus calles huelen a madera mojada y cordero asado. Los cruceros de expedición se alinean en su muelle como coches en un aparcamiento de lujo: el Plancius, el Ocean Explorer, el Hondius. Son barcos que llevan a la gente con dinero a los lugares donde la gente con dinero puede ir a decirle a otra gente con dinero que ha estado. La Antártida. Las Georgias del Sur. Santa Elena. El Atlántico Sur profundo, donde el viento corta y los albatros planean sobre olas de ocho metros.


El 1 de abril de 2026 —sí, el día de los Santos Inocentes en el mundo anglosajón, aunque nadie reparó en el presagio— el MV Hondius largó amarras en Ushuaia con ciento cuarenta y nueve personas a bordo. Ciento cuarenta y siete pasajeros y unos setenta tripulantes, según los distintos recuentos que circularon después. Veintitres nacionalidades. Diecisiete estadounidenses, veintitrés británicos, once neerlandeses, catorce españoles, ocho alemanes, cinco franceses, treinta y ocho filipinos en la tripulación. El perfil, en su mayoría: jubilados o prejubilados de clase alta, aventureros de la última etapa, gente que había cumplido todos los sueños convencionales y buscaba ahora los inconvencionales. Gente que viaja con prismáticos.


Entre ellos había una pareja de neerlandeses. Él, setenta años. Ella, algo menos. Entusiastas de la ornitología —la observación científica y apasionada de aves, para quien no lo sepa— con las botas ya gastadas de haberlas usado en demasiados continentes. En los días previos al embarque habían hecho lo que hacen los birdwatchers en Ushuaia: salir a los alrededores con los prismáticos al cuello, madrugando, siguiendo el rastro de especies que solo existen en esas latitudes. La agencia Associated Press, citando a dos investigadores que pedían el anonimato, revelaría semanas después el detalle que da escalofríos: la pareja realizó al menos una excursión cerca de un vertedero municipal en las afueras de la ciudad. Un basurero. El lugar donde los ratones colilargos —Oligoryzomys longicaudatus, el reservorio natural del hantavirus en la Patagonia— campan entre bolsas de basura y restos orgánicos.
Un prismático apuntando al cielo. Un ratón corriendo entre la basura, a diez metros. Partículas de orina seca levantadas por el viento austral. El ser humano no huele el hantavirus. No lo ve. No lo siente en el momento del contagio. Solo lo nota tres semanas después, cuando ya está lejos, cuando ya es demasiado tarde para rastrear el origen, cuando el barco lleva días navegando por el Atlántico Sur y los médicos de a bordo todavía no saben qué buscar.


III

La primera muerte: el 11 de abril
 

El hombre de setenta años empezó con fiebre. Luego dolor de cabeza. Luego diarrea. El médico del barco —un facultativo británico cuyo nombre las autoridades no han revelado, y que con el tiempo se convertiría en protagonista involuntario de esta historia— lo atendió con los medios que tiene un médico de crucero: pastillas, suero, observación. El diagnóstico inicial fue, con toda probabilidad, el de siempre en un barco de expedición: gastroenteritis, quizás algo viral inespecífico, quizás el cansancio de un hombre de setenta años sometido al frío y al bamboleo del Atlántico Sur.


El 11 de abril, diez días después de zarpar de Ushuaia, el hombre murió. Fue el primer muerto. A bordo. En mitad de un océano. Con las Georgias del Sur a pocas millas y el continente más cercano a mil kilómetros de distancia. Su cuerpo fue desembarcado días después en Santa Elena —la isla donde Napoleón murió exiliado en 1821, como si la geografía tuviera memoria— mientras el barco continuaba su ruta. Su esposa, que había embarcado con él, empezaba a sentirse mal.


Lo que nadie sabía en ese momento —ni el médico, ni la tripulación, ni la empresa Oceanwide Expeditions, ni las autoridades sanitarias de ningún país— es que el hombre había muerto de hantavirus. Más concretamente, de la cepa Andes: la única variante conocida del patógeno capaz de transmitirse entre seres humanos. El periodo de incubación, de una a seis semanas, había hecho su trabajo perfecto. El hombre enfermó en el mar, lejos de cualquier laboratorio, en un barco donde nadie había considerado jamás necesario llevar pruebas diagnósticas para hantavirus. ¿Por qué habrían de hacerlo? El hantavirus es una enfermedad de graneros y campos. No de cruceros de lujo.


IV

Santa Elena, 22-24 de abril: treinta personas bajan del barco

 

Santa Elena es una de esas islas que el mundo ha olvidado, lo cual es precisamente lo que la hace interesante para los cruceros de expedición. Roca volcánica en el Atlántico Sur, territorio británico de ultramar, cuatro mil habitantes, una carretera principal y la tumba de Napoleón. El MV Hondius llegó allí el 22 de abril y permaneció hasta el 24. Durante esa escala, treinta pasajeros decidieron desembarcar: habían llegado a su destino, tenían vuelos de conexión reservados, sus casas estaban en Ámsterdam o en Toronto o en Sydney o en Singapur y era hora de volver.


Treinta personas. De doce nacionalidades distintas. Que se dispersaron por el mundo en distintos vuelos. Que llegaron a sus casas sintiéndose perfectamente bien porque el hantavirus, en su elegante crueldad, no avisa de inmediato. Que saludaron a sus familias, abrieron el correo acumulado, durmieron en sus propias camas, quizás fueron al médico a hacerse el chequeo rutinario post-viaje. Y que llevaban, sin saberlo, un pasajero invisible en sus pulmones.


La empresa Oceanwide confirmó después, con estudiada precisión, que entre los treinta desembarcados en Santa Elena estaba incluido el cuerpo del pasajero fallecido el 11 de abril. Detalle macabro que añade al inventario de la tragedia su propio capítulo burocrático: hasta en la logística de los muertos, el virus siguió generando confusión.


El 25 de abril, un vuelo comercial entre Santa Elena y Johannesburgo transportó a una de las víctimas del brote —ya contagiada, aunque nadie lo sabía— junto a decenas de pasajeros que no tenían nada que ver con el Hondius. Ocho ciudadanos franceses iban en ese avión. Uno de ellos era una azafata. El virus voló en clase turista, sin billete, sin mascarilla, sin control sanitario.
 

V

El médico que se convirtió en paciente

 

Mientras todo eso ocurría fuera del barco, dentro del Hondius la situación empeoraba sin que nadie pudiera ponerle nombre. La esposa del primer fallecido enfermó. Otro pasajero, un británico de sesenta y nueve años, empezó a presentar los síntomas el 27 de abril: fiebre, dificultad respiratoria, ese deterioro fulminante que la cepa Andes convierte en emergencia en cuestión de horas. Fue evacuado en helicóptero a Johannesburgo. Se convirtió en el segundo caso confirmado en laboratorio. Vivió, aunque por poco.
Y entonces ocurrió lo que convierte esta historia en algo más que una crónica de epidemia. El médico del barco enfermó. El hombre que durante semanas había diagnosticado, tratado, tranquilizado, el único facultativo a bordo de una embarcación con más de cien pasajeros en mitad del Atlántico, comenzó a presentar síntomas compatibles con hantavirus. El médico se convirtió en paciente.  Lo evacuaron en avión ambulancia en estado muy grave. El barco quedó sin médico titular en el momento en que más lo necesitaba.


Oceanwide Expeditions envió dos especialistas en enfermedades infecciosas desde los Países Bajos para subir al Hondius mientras este permanecía fondeado frente a las costas de Cabo Verde. Pero la imagen ya era inapelable: el hombre que debía proteger al barco había sucumbido al mismo enemigo que intentaba contener. La cepa Andes no distingue entre médicos y turistas. Tampoco entre langosta y rancho.


VI
Cabo Verde dice no. El mundo dice: ¿Y ahora qué?

 

El 3 de mayo, la OMS confirmó oficialmente lo que el Departamento de Salud de Sudáfrica llevaba días sospechando: hantavirus, cepa Andes, al menos seis afectados, tres muertos. El MV Hondius intentó atracar en Praia, capital de Cabo Verde. Las autoridades del archipiélago africano dijeron que no. El barco quedó fondeado a la vista del puerto, sin permiso para tocar tierra, como un leproso medieval esperando ante las puertas de la ciudad.
Ciento cuarenta y nueve personas miraban Praia desde cubierta. Las palmeras eran visibles. Los edificios de colores pastel, también. El muelle estaba a menos de dos kilómetros. Dos kilómetros y un muro invisible construido de miedo justificado, protocolos sanitarios y política internacional. La cena siguió siendo, dicen las fuentes, de cierto nivel. El protocolo de emergencia era nivel máximo.


El barco estuvo fondeado frente a Cabo Verde durante tres días largos e interminables. Tres días en los que la OMS buscaba un puerto dispuesto a recibirlo, en los que los pasajeros llamaban a sus familias desde el camarote y las familias llamaban a sus embajadas y las embajadas llamaban a sus ministerios. España tardó en decir sí. Cuando lo dijo, lo hizo invocando el derecho internacional y el espíritu humanitario. El Gobierno de Canarias tardó en aceptar la imposición del socialista Pedro Sánchez. Cuando lo aceptó, dejó claro que no le había gustado nada.


VII
La guerra política en tierra firme

 

Mientras el virus avanzaba, la política española hacía lo que sabe hacer mejor bajo el Gobierno de extrema izquierda de Pedro Sánchez: convertir una emergencia sanitaria en un campo de batalla electoral. Fernando Clavijo, presidente del Gobierno de Canarias y militante del Partido Popular, declaró que no podía permitir la entrada del barco sin información oficial. "Sin tener información, no puedo permitir que entren en las Islas Canarias." Pedro Sánchez le llamó por teléfono. La conversación fue, según fuentes del Ejecutivo, cordial. Según fuentes de Canarias, insuficiente.


Alberto Núñez Feijóo, líder del PP en Madrid, acusó al Gobierno de Sánchez de "generar confusión" en la gestión de la crisis y reclamó los documentos sanitarios que avalaran cada decisión. El presidente del Cabildo de Gran Canaria calificó la situación de "extraordinariamente mala". La vicepresidenta Yolanda Díaz pedía "tranquilidad y serenidad". El ministro del Interior coordinaba el dispositivo. El director general de la OMS tuiteaba en tres idiomas. 

 

Y en el Hondius, ciento cuarenta y nueve personas esperaban.
Al final, dicen, ganó el derecho internacional —que, convenientemente, obliga a los Estados a colaborar en emergencias sanitarias— y ganó, dicen, el sentido común. El MV Hondius pondría rumbo a Tenerife. No atracaría: fondearía. Los pasajeros bajarían en lanchas. Irían directamente al aeropuerto. No habría maletas. No habría contacto con la población. Y el barco partiría enseguida hacia los Países Bajos, con sus muertos y su equipaje y su historia trágica y terrible.


 

VIII

El virus en doce países
 

Mientras España debatía, el virus hacía su propio trabajo silencioso en cuatro continentes. La OMS había alertado a las autoridades sanitarias de doce países: sus ciudadanos habían estado en el Hondius o habían tenido contacto con alguno de sus pasajeros. El mapa resultante era el mapa del mundo rico que viaja a los confines del planeta para contemplar pingüinos y albatros.

 

Argentina, el país donde nació el viaje y donde probablemente nació el brote, añadió su propia nota discordante. El Gobierno de Javier Milei, que había abandonado la OMS en marzo de 2026 —siguiendo los pasos de la administración Trump en Estados Unidos—, acusó al organismo internacional de "usar" el brote de hantavirus para "condicionar una decisión soberana". Era una acusación certera, aunque formulada en un mal momento: cuando los epidemiólogos de la OMS más necesitaban la colaboración de las autoridades sanitarias argentinas para reconstruir la cadena de contagio.

 

La hipótesis del vertedero de Ushuaia seguía sin poder confirmarse oficialmente.

 

IX

Argentina

 

Argentina, el país donde nació el viaje y donde probablemente nació el brote, añadió su propia nota discordante. El Gobierno de Javier Milei, que había abandonado la OMS en marzo de 2026 —siguiendo los pasos de la administración Trump en Estados Unidos—, acusó al organismo internacional de "usar" el brote de hantavirus para "condicionar una decisión soberana". Era una acusación grave, formulada en el peor momento posible: cuando los epidemiólogos de la OMS más necesitaban la colaboración de las autoridades sanitarias argentinas para reconstruir la cadena de contagio. La hipótesis del vertedero de Ushuaia seguía sin poder confirmarse oficialmente.

 

XX

El desembarco: sin maletas, con mascarilla

 

Bajar de un barco sin maletas es una experiencia que la mayoría de las personas no ha tenido y que espera no tener jamás. Significa que algo ha salido muy mal. Significa que el viaje que pagaste a precio de lujo —un crucero de expedición antártica no es barato, en ningún idioma— ha terminado de una manera que no aparecía en el folleto. Significa que hay alguien, en algún despacho de algún ministerio, que ha decidido que tu trolley de buena marca es un riesgo biológico.


Así bajaron los pasajeros del MV Hondius en la madrugada del 10 de mayo. Por grupos de nacionalidad, coordinados con los vuelos de repatriación que esperaban en el aeropuerto Tenerife Sur. Los españoles —catorce, incluido un tripulante— fueron los primeros, como corresponde al país anfitrión. Mascarilla FFP2. Bolso pequeño en bolsa de plástico transparente. Ningún contacto con el personal del puerto más allá del estrictamente necesario. Ningún contacto con la población de Tenerife, que miraba las noticias desde casa con una mezcla de solidaridad y alivio.


Las lanchas hacían el trayecto entre el barco y el muelle en silencio. El sol todavía no había salido. Las luces del puerto de Granadilla —un puerto industrial, secundario, elegido precisamente por su escasa actividad— dibujaban reflejos amarillos sobre el agua negra. Cuatrocientos metros de agua entre el Hondius y tierra firme. Cuatrocientos metros que habían tardado cuarenta días en recorrerse.


Los españoles llegaron en avión militar al Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla, en Madrid, donde los esperaba un protocolo de cuarentena diseñado para enfermedades infecciosas de alto nivel. Los británicos tomaron vuelos hacia el Reino Unido. Los estadounidenses, hacia distintos destinos en Norteamérica, donde los CDC ya habían alertado a las autoridades estatales. Los neerlandeses, hacia Ámsterdam. Los franceses, hacia París. Los canadienses, hacia Toronto y Montreal. El barco, cuando el último pasajero hubo bajado, puso rumbo al norte. Llevaba en sus bodegas los trolleys, el equipaje de cuarenta días de expedición, la ropa polar, las botas, los prismáticos de la pareja que observó pájaros cerca de un vertedero en el fin del mundo. Y el cuerpo de la mujer alemana que murió el 2 de mayo y que hará en el barco el último tramo del viaje que comenzó llena de vida.


XI
Lo que sabemos. Lo que no sabemos. Lo que deberíamos preguntarnos

 

El hantavirus Andes tiene una tasa de mortalidad de hasta el 40 por ciento. En este brote, de ocho afectados confirmados o sospechosos, tres han muerto. Un 37,5 por ciento. Exactamente dentro del rango esperado por la ciencia. La ciencia, en este caso, no se equivocó. Los que se equivocaron fueron los sistemas: el sistema de vigilancia sanitaria en un puerto donde la provincia había perdido el control de su propio muelle; el sistema de detección a bordo, donde el médico de un crucero de lujo no tenía herramientas para diagnosticar una enfermedad que nunca antes había aparecido en un crucero de lujo; el sistema de alerta temprana, que tardó semanas en identificar lo que estaba pasando mientras treinta pasajeros desembarcaban en Santa Elena y cogían aviones a doce países distintos.


Lo que no sabemos todavía —y puede que tardemos meses en saberlo— es si la hipótesis del vertedero de Ushuaia es correcta. Si una tarde de observación de aves en el fin del mundo fue realmente el punto cero de un brote que activó protocolos sanitarios en cuatro continentes. Si la pareja neerlandesa inhalo el virus en ese momento preciso, en esas coordenadas precisas, entre pájaros y basura y viento patagónico. Es una hipótesis bella y terrible a la vez, con la lógica narrativa de las grandes catástrofes: una causa pequeña, casi invisible, casi absurda, que desencadena consecuencias desproporcionadas.


Lo que sí sabemos es lo que dijo Tedros Adhanom Ghebreyesus antes de volar a Tenerife: esto no es otro Covid. El hantavirus Andes no se propaga por aerosoles. No se contagia sin contacto estrecho. No tiene el potencial de expansión exponencial que convirtió al SARS-CoV-2 en una pandemia global. La OMS espera que el brote sea limitado. Los epidemiólogos confían en que la cadena de transmisión pueda cortarse. El médico del barco mejora. El paciente de Johannesburgo mejora. Hay esperanza.


Pero hay una pregunta que este brote deja abierta y que ningún organismo internacional ha respondido todavía: ¿qué protocolos sanitarios existen para los cruceros de expedición que llevan turistas a ecosistemas salvajes donde conviven con roedores portadores de virus que no tienen cura? La respuesta, a 10 de mayo de 2026, es: ninguno específico. El MV Hondius navegó durante semanas sin que nadie, en ningún puerto, en ningún aeropuerto, en ningún laboratorio de ningún país, supiera lo que llevaba a bordo.


"Cuanto más lejos nos lleva el lujo globalizado, más vulnerables somos a lo que habita en esos lugares remotos. La naturaleza no entiende de suites de cuatro estrellas. Y el virus del ratón, al parecer, tampoco."


Reflexión final

 

El MV Hondius pone rumbo a los Países Bajos. Las corrientes atlánticas lo empujan hacia el norte, hacia los fiordos y los puertos industriales de Holanda, donde lo esperan los equipos de desinfección y los investigadores que querrán saber todo lo que pasó dentro de esas paredes durante cuarenta días. El barco ha sobrevivido. Algunos de sus pasajeros, también. Y en algún lugar de la Patagonia, entre la basura y el viento y la hierba seca, un ratón colilargo sigue haciendo lo que siempre ha hecho: sobrevivir.

 

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