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Miércoles, 13 de Mayo de 2026 Tiempo de lectura:
Descubierta por un pastor beduino

La base fantasma: Israel en el corazón del desierto iraquí

Cómo las Fuerzas de Defensa de Israel levantaron una instalación clandestina en territorio enemigo para librar su guerra contra Irán, y cómo un pastor la descubrió

 

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Febrero de 2026. En algún lugar del desierto occidental de Irak, a más de 1.600 kilómetros de Tel Aviv, una pista de aterrizaje improvisada comenzó a tomar forma en el lecho seco de un antiguo lago. No había anuncio oficial. No había bandera. No había nada que revelara, a ojos de Bagdad, que una potencia extranjera acababa de plantar sus botas en suelo iraquí sin pedir permiso a nadie.

 

Era el preludio de la Operación Roaring Lion —León Rugiente—, la campaña conjunta estadounidense-israelí contra Irán que comenzaría el 28 de febrero de 2026 y sacudiría el orden de Oriente Medio hasta sus cimientos.

 

La pista del lecho seco

 

Los analistas de inteligencia de fuentes abiertas geolocalizaron la instalación en el valle de Himyar, unos 180 kilómetros al suroeste de Karbala. Las imágenes satelitales de finales de febrero mostraban la rápida construcción de una pista de aterrizaje improvisada de 1,5 kilómetros dentro de un uadi —un cauce fluvial seco— para reducir la visibilidad aérea. El lugar incluía también trincheras, tiendas militares, helicópteros y vehículos armados.

 

La elección del enclave no fue casual. Según un experto consultado por The Wall Street Journal, el desierto occidental de Irak es el lugar perfecto para una instalación militar clandestina, dada su escasa población y sus dimensiones descomunales. Un mar de arena y silencio. Un tablero invisible para mover piezas que nadie debería ver.

 

De acuerdo con fuentes conocedoras del asunto, entre ellas altos funcionarios estadounidenses, las FDI (Fuerzas de Defensa de Israel) construyeron la base poco antes del inicio de la Operación Roaring Lion, con conocimiento de Washington. Albergaba fuerzas especiales de la Fuerza Aérea israelí, un centro logístico y equipos de búsqueda y rescate listos para actuar si algún piloto era derribado sobre territorio iraní.

 

Una red de seguridad tendida sobre el vacío.

 

El secreto que guardó un desierto... hasta que llegó un pastor

 

Durante semanas, la base fantasma respiró en silencio. Luego llegó un hombre que no debería haber estado allí.

 

La instalación permaneció oculta hasta que, el 4 de marzo, un pastor local notó una actividad militar inusual: vuelos de helicópteros y disparos en una zona remota. El hombre lo denunció, lo que desencadenó una investigación urgente por parte de las fuerzas iraquíes.

 

Lo que vino después rozó la ciencia ficción operacional. Las FDI lanzaron ataques aéreos contra las tropas iraquíes que se aproximaban a la base, matando a un soldado e hiriendo a otros dos, con el único propósito de evitar que fuera descubierta. El ataque disuadió a las fuerzas iraquíes de seguir investigando.

 

Irak, desconcertado, señaló inicialmente a Estados Unidos. El general Qais al-Mohammadi, subdirector de operaciones del ejército iraquí, declaró que «esta operación temeraria se llevó a cabo sin coordinación ni aprobación». Pero otro alto mando militar iraquí dejó caer una frase que lo decía todo: «Parece que había una cierta fuerza en tierra antes del ataque, apoyada desde el aire, operando más allá de las capacidades de nuestras unidades».

 

Washington sabía. Bagdad, no

 

La geometría del engaño se fue haciendo más nítida con los días. Altos funcionarios iraquíes acusaron a Estados Unidos de haber facilitado la base israelí secreta, calificando la operación de llevada a cabo «con asistencia estadounidense y bajo cobertura americana». Un alto cargo del gabinete del primer ministro iraquí describió el incidente no como una victoria de la inteligencia israelí, sino como «un engaño americano».

 

La Casa Blanca, sin embargo, deslindó su responsabilidad directa: fuentes citadas por The Wall Street Journal declararon que Estados Unidos no participó en las operaciones desde la base, aunque sí tenía conocimiento de su existencia. Una distinción sutil, casi filosófica, en el vocabulario de la guerra encubierta.

 

El propio jefe de la Fuerza Aérea israelí, el general de división Tomer Bar, había lanzado ya una pista en marzo, sin saberlo o sin importarle. En una carta a sus tropas, Bar escribió que las unidades especiales del Ejército del Aire estaban llevando a cabo «misiones extraordinarias capaces de encender la imaginación». Hoy, esas palabras suenan como una confesión cifrada.

 

La lógica de lo imposible

 

Para entender por qué Israel necesitaba esa base, hay que mirar el mapa con frialdad. Israel y los blancos en Irán están separados por más de 1.600 kilómetros de espacio aéreo hostil. La instalación iraquí no era un mero punto de apoyo: era la «arteria logística» que permitió a la Fuerza Aérea israelí sostener miles de salidas de combate contra objetivos en el interior de Irán, superando la barrera de los 1.000 millas desde sus bases en casa.

 

La base nunca tuvo que cumplir su misión más crítica: ningún aviador israelí fue derribado durante la campaña ni requirió extracción. Sí se ofreció ayuda cuando un F-15 estadounidense fue abatido cerca de Isfahán, pero las fuerzas americanas llevaron a cabo el rescate por sí solas.

 

El escudo existió. Solo que nunca hizo falta desplegarlo.

 

Soberanía rota, preguntas sin respuesta

 

Tras cuarenta días de combate sostenido, un alto el fuego entró en vigor el 8 de abril de 2026, cerrando el capítulo bélico pero abriendo una herida diplomática que Bagdad no sabe aún cómo cauterizar.

 

Irak presentó quejas formales ante Naciones Unidas por violación de soberanía. Irán anunció que el asunto sería planteado directamente al gobierno iraquí. Analistas de seguridad iraquíes reclamaron una revisión profunda de los sistemas de inteligencia del país, exigiendo una menor dependencia de Estados Unidos y una mayor inversión en capacidades de defensa aérea avanzada.

 

La pregunta que flota sobre el desierto de Anbar es tan antigua como la guerra misma: ¿hasta dónde llega la soberanía de un Estado cuando las grandes potencias deciden que la geografía es solo un obstáculo?

 

Un pastor que salía a cuidar su rebaño al amanecer encontró la respuesta, sin querer, en un lecho seco del desierto iraquí.

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