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Arturo Aldecoa Ruiz
Miércoles, 13 de Mayo de 2026 Tiempo de lectura:

El secreto milenario del brillo eterno

En esta época tan extraña en la que vivimos los dirigentes de algunos países sueñan, como los césares y autócratas de la antigüedad, en ser glorificados con estatuas de oro o en vivir eternamente, escapando del destino humano común.

 

Pero, ¿puede un hombre actual perdurar o ser recordado durante milenios? La historia de estos últimos siglos nos dice que al final no, haga lo que haga, por más que alguien se crea un dios viviente: con el tiempo desaparecerá, su memoria será al final olvidada y sus monumento se convertirán en polvo.

 

Un hombre y sus grandes obras no pueden burlar la degradación a las que les somete el flujo del tiempo. Pero hay excepciones que parecen escapar de las garras de Cronos.

 

Alguna vez les he hablado del hormigón romano, que se autorrepara y cada día es más sólido. Hoy les voy a hablar de otro prodigio técnico que muchos de ustedes habrán visto en los museos sin saber lo que se escondía tras el mismo.

 

Se trata de un objeto aparentemente sencillo que tuvo difusión casi global y que parece inmune al paso del tiempo, por lo que perdurará y seguirá presente dentro de varios milenios.

 

De todas mis experiencias en el mundo de la arqueología, una de las más sorprendentes se produjo mientras dábamos un paseo después de una tarde de lluvia por un antiguo vertedero de época romana situado junto a las ruinas de la antigua Tiermes, a 1.200 metros de altura en los límites sorianos entre el valle del Duero y el Tajo en pleno sistema central.

 

El Director del Museo Numantino, José Luis Argente y un grupo de jóvenes arqueólogos y voluntarios, entre los que me incluía,  aprovechábamos aquel atardecer mientras un precioso arco iris se desplegaba en un cielo límpido tras el chubasco primaveral.

 

Cuando llegamos al lugar,  José Luis nos dijo que miráramos con atención al suelo y enseguida veríamos lo que quería enseñarnos.

 

No tardamos en descubrir cientos de fragmentos de diverso tamaño de barro, brillando como si fueran vidrio rojo en la superficie, recién lavados por la lluvia. Eran la cerámica de lujo que modernamente se llama terra sigillata porque muchas piezas  llevan en su fondo el sello (sigillum) del alfarero romano.

 

Cuando empezamos a recoger algunas, José Luis nos dijo que las mirásemos con atención: “Daros cuenta que su acabado exterior sigue brillando cómo si se hubieran hecho ayer mismo, pero los fragmentos tienen veinte siglos y han estado expuestos a la intemperie dos mil años. Parecen  cubiertos de un barniz indestructible, hoy desconocido. Literalmente, su brillo es eterno.”

 

“¿Cómo lo conseguían?”, pregunté a José Luis. Yo era químico recién licenciado y para mi la existencia en la antigüedad de un barniz inmune al tiempo y al clima era un milagro tecnológico.

 

José Luis me explicó que los alfareros y artesanos romanos eran capaces, mediante una incansable labor empírica de experimentación, de crear objetos tan perfectos que incluso hoy en día resultan sorprendentes y esconden secretos. No conocían la física y química subyacentes a su labor, pero cuando experimentaban y encontraban propiedades nuevas sabían aprovecharlas y sus logros aún resultan increíbles.

 

Una nueva cerámica para un Imperio

 

La terra sigillata fue una cerámica fina de mesa de época romana que apareció a finales de la República y comienzos del Imperio romano, sustituyendo progresivamente en toda la parte occidental del mundo romano a la antigua cerámica campaniense, que hasta entonces había sido la vajilla de lujo más utilizada en su sociedad, caracterizada por su barniz negro brillante y por imitar formas metálicas.

 

La terra sigillata, absolutamente diferente en su aspecto a la campaniense, se distinguía por su color rojo o anaranjado brillante. Además  destacaba por sus paredes finas, por la regularidad de sus formas y por una preciosa decoración realizada frecuentemente mediante moldes.

 

Un producto para la globalización romana

 

Una de las principales novedades de la terra sigillata, aparte de su belleza fue su producción casi industrial. Los talleres romanos desarrollaron sistemas de fabricación en serie que permitieron crear grandes cantidades de vajilla homogénea y de alta calidad. Ello facilitó enormemente el comercio y su difusión por todo el Imperio. La cerámica de lujo dejó de ser un artículo exclusivo  para las clases superiores para convertirse en un objeto ampliamente consumido por amplios sectores de la población urbana y militar.

 

Las primeras producciones importantes fueron las de la llamada terra sigillata aretina o itálica, desarrollada en la ciudad de Arezzo (la antigua Arretium) durante el siglo I a. C. Los talleres aretinos alcanzaron gran prestigio y exportaron sus productos por todo el Mediterráneo occidental.

 

Con el tiempo, la producción se desplazó desde Italia hacia las provincias occidentales. En la Galia surgió la llamada terra sigillata gálica, especialmente importante entre los siglos I y II d. C. Los  talleres de la Galia perfeccionaron las técnicas decorativas y alcanzaron enormes niveles de producción, abasteciendo a gran parte de Europa occidental, incluyendo Germania, Britania e Hispania.

 

En la península ibérica también se desarrolló una importante producción propia: la terra sigillata hispánica. Su auge se produjo entre los siglos I y III d. C. Los principales centros productores estuvieron en el valle del Ebro y otras zonas romanizadas de Hispania.

 

El secreto de un brillo eterno

 

Desde aquella conversación con José Luis Argente, he seguido  con curiosidad las publicaciones científicas sobre las propiedades de la terra sigillata.

 

Las investigaciones modernas han demostrado que su capa brillante no es un barniz (disolución de resinas o aceites en un líquido volátil que se aplica a la pieza), sino un engobe (mezcla líquida de arcilla, agua y pigmentos que se aplica  antes de la cocción) compuesto por arcilla ultrafina ferruginosa sinterizada entre unos 900–1000 °C, de espesor micrométrico, que contiene aluminosilicatos con trazas de hematita (oxido de hierro) y posee una microestructura densificada parcialmente vítrea.

 

Su brillo y durabilidad se deben a su granulometría submicrométrica, a la orientación laminar de partículas y a la sinterización (proceso térmico que, sin llegar a la fusión, forma estructuras resistentes),  lo que genera una superficie muy lisa y químicamente estable.

 

El “secreto tecnológico” real de la terra sigillata romana no es por tanto una composición química extraordinaria, sino un control muy sofisticado de la física coloidal de las arcillas. Dicho de forma moderna: los alfareros romanos manipulaban suspensiones coloidales de aluminosilicatos para obtener una película cerámica extremadamente fina y orientada.

 

Lo que ha sorprendido a muchos investigadores es que al intentar reproducir  la terra sigillata es difícil obtener el mismo brillo que en los vasos antiguos. Esto ha llevado a pensar que los talleres romanos controlaban muy estrictamente (con los limitados medios de su época) varios parámetros fisicoquímicos que, aunque hoy sabemos describir, nos resulta difícil reproducir con la tecnología actual.

 

El brillo excepcional de la terra sigillata es el resultado de una combinación muy precisa de la decantación coloidal de arcillas, de la orientación laminar de partículas, de la formación de hematita nanométrica, de la sinterización y del control de los gradientes químicos por los alfareros durante la cocción.

 

Algunos estudios sugieren que el brillo final se debe también a migración superficial de hierro durante la cocción, que generaría una capa rica en hematita de pocos micrómetros.

 

Los alfareros romanos no conocían la teoría, pero controlaban empíricamente el proceso con gran precisión y resultados prodigiosos.

 

El silencio de la antigüedad

 

Los pocos textos antiguos que aluden a la terra sigillata no utilizan ese término moderno. Los autores clásicos la denominan generalmente: vasa fictilia, aretina o saguntina.

 

Las escasas fuentes literarias antiguas son principalmente Plinio el Viejo  (Naturalis Historia), Marcial (Epigrammata), Persio (Sátiras), Macrobio (Saturnalia) e Isidoro de Sevilla (Etymologiae).

 

Un puñado de citas durante un milenio para un prodigio técnico al que por lo visto no daban excesiva importancia.

 

Una lección para quienes quieren ser eternos

 

Si el lector entra en cualquier museo del occidente romano y ve las piezas de terra sigillata que siguen brillando en las vitrinas dos milenios después, advierta que esos vasos y fragmentos no solo preservan muchas veces para siempre el nombre de sus alfareros y demuestran su habilidad técnica, sino que a la vez dan una lección a los autócratas de nuestros días.

 

El secreto para perdurar en el tiempo no son las estatuas doradas ni las cortes de adoradores, sino el trabajo bien hecho, algo que suele disgustar a quienes se creen dioses por encima de los deberes humanos.

 

Por ello, cuando hasta sus nombres hayan sido olvidados, los humildes fragmentos de terra sigillata seguirán brillando tras la lluvia primaveral de un atardecer soriano, pues ellos si son eternos.

 

Arturo Aldecoa Ruiz. Apoderado en las Juntas Generales de Bizkaia 1999 – 2019. Químico fisico

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