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Patxi Iribarri
Viernes, 15 de Mayo de 2026 Tiempo de lectura:

El Ayuntamiento de San Sebastián pone rabo a las mujeres (como si fueran vacas)

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Bajé del caserío a San Sebastián para dar un paseo tranquilo, tomar un café y mirar un poco cómo anda el mundo. Uno, a cierta edad, ya no pide grandes emociones. Pero en esta ciudad bajo el poder nacionalsocialista siempre terminan sorprendiéndole a uno.

 

Iba yo circulando bajo la lluvia donostiarra cuando vi delante de mí un camión publicitario del Ayuntamiento del PNV. Una campaña contra la violencia sexual hacia las mujeres. Hasta ahí, perfecto. Faltaría más. Pero según me fui acercando al dibujo casi me atraganto con el pensamiento.

 

Porque los muy cabrones diseñadores y pagadores de la campaña habían hecho que la mujer representada en el cartel apareciera con rabo y con pelos exagerados en las piernas, como una especie de criatura grotesca salida de una reunión creativa entre funcionarios socialistas con exceso de tiempo libre y diseñador gráfico con trauma existencial.

 

Miré otra vez por si había entendido mal.

 

No. Ahí seguía el rabo.

 

Y entonces pensé algo que quizá hoy ya no se puede decir en voz alta sin que te manden a un curso municipal de reeducación emocional: si esto es la manera de defender a las mujeres, algunos han perdido completamente el norte.

 

Yo he conocido mujeres fuertes de verdad. Mi madre. Mi tía Miren. Mujeres del caserío capaces de levantar una familia, cuidar animales, trabajar fuera y todavía sacar tiempo para poner orden en casa mientras algunos iluminados descubrían la opresión patriarcal tomando capuchinos ecológicos.

 

Y jamás necesité verlas con rabo para respetarlas.

 

Porque aquí ya no hablamos solamente de luchar contra la violencia sexual, asunto absolutamente serio. Hablamos de algo distinto: de la obsesión institucional por ridiculizar cualquier imagen reconocible de una mujer normal. Parece que hoy, para ser considerada moderna, la mujer tiene que parecerse a un tío asexuado, aparecer deformada, masculinizada o convertida en una caricatura extraña diseñada para incomodar deliberadamente al ciudadano corriente.

 

Y digo yo: ¿tan difícil es representar a una mujer con dignidad sin necesidad de convertirla en un personaje grotesco?

 

Porque además ocurre una cosa curiosa. Si alguien hiciera un cartel parecido caricaturizando a cualquier otro colectivo protegido, media ciudad progre pediría dimisiones inmediatas. Pero cuando la caricatura afecta a la mujer tradicional o a la feminidad clásica, entonces resulta que es arte urbano, conciencia social y pedagogía institucional.

 

A mí me parece otra cosa. A mí me parece desprecio disfrazado de progreso.

 

Y sospecho que muchas mujeres normales —de esas que trabajan, madrugan, sacan adelante hijos y no viven pendientes de teorías universitarias importadas de California— pensarán exactamente lo mismo aunque luego nadie les pregunte.

 

Porque esa es otra. Estas campañas siempre las diseñan personas que hablan constantemente en nombre de “las mujeres”, pero raramente parecen representar a las mujeres reales.

 

Mientras el camión se alejaba por las calles mojadas de Donostia, me entró una reflexión bastante sencilla. Igual el problema de muchas instituciones modernas no es que quieran educarnos demasiado.

 

Igual el problema es que hace mucho tiempo que dejaron de respetar a la gente normal.

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