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La Tribuna del País Vasco
Domingo, 17 de Mayo de 2026 Tiempo de lectura:

El grito que Occidente ya no puede ignorar

El multitudinario acto soberanista celebrado en Londres y el crecimiento de una nueva derecha internacional no pueden analizarse únicamente, tal y como hace la mayoría de los grandes medios internacionbales, desde la caricatura, el ataque o el insulto. Hacerlo es un gravísimo error político e intelectual. Cuando decenas —o centenares— de miles de personas salen a la calle en el corazón de Occidente para expresar un malestar profundo con las élites gobernantes, conviene preguntarse primero por las causas antes que por las etiquetas. 

 

Durante demasiados años, buena parte de la política occidental ha tendido a considerar ilegítimas determinadas preocupaciones sociales: el impacto de la inmigración masiva, la pérdida de soberanía nacional frente a organismos supranacionales, el deterioro de la seguridad, la sensación de censura cultural, la creciente falta de libertades individuales, el saqueo impositivo o el alejamiento entre gobernantes y ciudadanos. En lugar de debatir estos asuntos con serenidad, se optó a menudo por desacreditar moralmente a quienes los planteaban. Y cuando la política abandona el debate y se refugia únicamente en la descalificación barriobajera y facilona, termina alimentando precisamente aquello que pretende contener.

 

Eso no significa que toda la nueva derecha tenga razón en todos sus diagnósticos ni, mucho menos, en todas sus propuestas. Dentro de ese espacio conviven corrientes muy distintas: desde posiciones conservadoras democráticas perfectamente legítimas hasta movimientos que, en ocasiones, caen en el simplismo, el populismo emocional o la tentación de convertir cualquier adversario político en enemigo existencial. Occidente no necesita reemplazar un dogmatismo por otro. La polarización permanente termina erosionando las instituciones, degradando el debate público y alimentando un clima de confrontación que puede acabar siendo peligroso para todos.

 

Pero tampoco puede ignorarse que este auge soberanista, identitario y conservador refleja un fenómeno real: millones de ciudadanos sienten que las democracias occidentales han dejado de representarles plenamente. La globalización económica ha generado prosperidad, sí, pero también inseguridad cultural y laboral. Las redes sociales han multiplicado la sensación de fragmentación. Y muchas instituciones europeas han transmitido, acertadamente o no, una imagen de burocracia distante y tecnocrática. En ese contexto, el discurso soberanista encuentra terreno fértil porque ofrece algo emocionalmente poderoso: identidad, pertenencia y sensación de control.

 

La cuestión de fondo no es si estas movilizaciones gustan o disgustan a los medios tradicionales, a Bruselas o a determinados gobiernos. La cuestión es si las democracias occidentales serán capaces de absorber este descontento dentro de cauces democráticos y racionales. Porque la alternativa no es el silencio social, sino una fractura cada vez mayor entre una parte importante de la ciudadanía y las estructuras de poder político, mediático y cultural.

 

Occidente atraviesa un cambio de ciclo ideológico evidente. El consenso socialdemócrata dominante de las últimas décadas se está debilitando. Y cuando los consensos se agotan, las sociedades buscan nuevas respuestas. Algunas serán sensatas; otras, peligrosamente emocionales. Precisamente por eso resulta imprescindible recuperar algo que parece escasear cada vez más: un debate público libre, sereno y adulto, donde no todo desacuerdo sea tratado como una amenaza moral.

 

Ni la demonización automática del soberanismo resolverá el problema, ni la exaltación acrítica de la nueva derecha solucionará las profundas tensiones que atraviesan Europa y Estados Unidos. Lo verdaderamente necesario es reconstruir democracias capaces de escuchar, integrar discrepancias y ofrecer horizontes compartidos. Porque cuando una sociedad deja de escucharse a sí misma, acaba gritando. Y Occidente lleva ya demasiado tiempo elevando la voz.

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