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Lunes, 18 de Mayo de 2026 Tiempo de lectura:

Lo que Andalucía le ha dicho a España

El 17M no ha sido solo una elección autonómica. Ha sido un diagnóstico. Y el diagnóstico es severo para casi todos

 

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Hay elecciones que se leen en clave local y elecciones que se leen en clave de época. Las andaluzas del 17 de mayo de 2026 pertenecen con claridad a la segunda categoría. Lo que ocurrió el domingo en los ocho millones de hectáreas de historia, sol y contradicción que es Andalucía no fue simplemente la renovación de un gobierno autonómico. Fue la confirmación estadística de algo que muchos intuían pero que la política española se resistía a aceptar: el mapa de fuerzas que gobernó este país durante cuarenta años ha dejado de existir. En su lugar hay otro, más fragmentado, más volátil y, sobre todo, más honesto en su reflejo de una sociedad que ya no se deja ordenar en dos columnas.

 

El PP se quedó en 53 escaños, el PSOE cayó hasta 28 y Vox subió a 15. Tres números que, leídos fríamente, parecen casi anodinos. Pero detrás de cada uno late una historia diferente, y las tres juntas componen algo que se parece mucho a un cambio de régimen político —no en el sentido dramático del término, sino en el más preciso: el sistema de incentivos, alianzas y equilibrios que definía la competencia electoral española ha cambiado de forma estructural.

 

I. La victoria envenenada

 

Empecemos por el vencedor, porque la victoria de Juanma Moreno merece ser analizada con el bisturí que no siempre se aplica a los ganadores. Moreno logró la más amarga de las goleadas: ganó en las ocho provincias andaluzas con casi 150.000 votos más que en 2022, pero se quedó a tan solo dos escaños de la mayoría absoluta. Dos escaños. La distancia entre la plenitud y la dependencia se mide, en política, en milímetros.

 

El propio Feijóo intentó disimular el sabor amargo del resultado con una declaración que, involuntariamente, lo revelaba todo: "¿Queríamos la absoluta? Sí. Pero 53 escaños en Andalucía es un éxito". Hay en esa frase una derrota mal disfrazada. Cuando el líder de un partido tiene que convencerse a sí mismo de que ganar sin poder gobernar solo es un éxito, algo no cuadra. El PP obtuvo más votos que nunca en Andalucía en términos absolutos. Y aun así no le alcanzó. ¿Por qué?

 

Los populares ganaron en todas las provincias, pero perdieron escaños en cinco de ellas —Córdoba, Málaga, Cádiz, Huelva y Sevilla— y esos escaños fueron a parar principalmente a dos formaciones: Vox y Adelante Andalucía. El PP sangró por los dos flancos al mismo tiempo. Por la derecha, cedió ante un Vox que se ha convertido en el partido de referencia para el votante que quiere abandonar radicalmente las políticas sanchistas. Por la izquierda —o más bien, por el margen de votantes moderados que en 2022 le prestaron su apoyo como voto útil frente a la amenaza socialista— devolvió papeletas a quienes vieron que la mayoría absoluta de Moreno estaba garantizada y prefirieron votar con el corazón.

 

El resultado es que Moreno ganó más votos pero menos escaños útiles. Y eso, en política parlamentaria, es lo que cuenta.

 

II. El hundimiento histórico del PSOE

 

Si la victoria del PP tiene un regusto amargo, la derrota del PSOE tiene el sabor inconfundible de la historia que se cierra. El PSOE firmó su peor resultado histórico en Andalucía. No su peor resultado de los últimos años. No su peor resultado desde la irrupción de nuevas fuerzas. Su peor resultado en toda la historia de la democracia andaluza. Un partido que durante décadas gobernó esta comunidad con mayorías absolutas, que inventó el concepto de feudo como categoría política moderna, que tenía en Andalucía su principal granero de escaños nacionales, se quedó el domingo con 28 diputados. Veintiocho.

 

Los socialistas de María Jesús Montero obtuvieron más de 936.000 votos, el 22,75% del total. Para entender la magnitud del colapso basta con recordar que en 2018 —ya en plena crisis— el PSOE andaluz sacó más de un millón de votos con el 27,94% y 33 escaños. En 2015, siendo segunda fuerza en un parlamento fragmentado, logró 47. La caída en poco más de una década es de vértigo.

 

La respuesta oficial del partido fue la que cabía esperar. La portavoz de la Ejecutiva Federal del PSOE, Montse Mínguez, rechazó hacer una lectura nacional de la derrota y aseguró que el resultado no se iba a "extrapolar" a las elecciones generales. Es una posición comprensible en términos de gestión de crisis, pero difícil de sostener intelectualmente. Andalucía no es una región periférica ni un territorio ideológicamente singular. Es la comunidad más poblada de España, la que aporta más diputados al Congreso, la que durante décadas fue el corazón del socialismo español. Decir que lo que allí ocurre no tiene lectura nacional es como decir que las cosechas de Castilla no dicen nada sobre el campo español.

 

La propia ministra Montero admitió que "no han sido unos buenos resultados", aunque garantizó que el partido "toma nota" para volver a la Junta. Tomar nota. La expresión más elegante de la política española para describir un naufragio del que, por ahora, nadie sabe cómo salir.

 

El problema estructural del PSOE en Andalucía no es de candidatos ni de campaña. Es de relato. El partido que durante décadas se presentó como la fuerza del progreso en el sur ha perdido la capacidad de convencer a las clases trabajadoras andaluzas de que sus intereses siguen representados en Ferraz. La estrategia de Sánchez —gobernar con Bildu, negociar con los independentistas, priorizar las alianzas de la geometría variable sobre la cohesión territorial— ha tenido un coste electoral que en Andalucía se ha hecho definitivamente visible. La fundación FAES llegó a sostener que el PSOE ha quedado reducido a aspirar a ser "la delegación madrileña del secesionismo vasco y catalán". Es una valoración de parte, sin duda, pero contiene un diagnóstico que los propios socialistas no pueden ignorar del todo.

 

III. Vox, de anomalía a estructura

 

Si hay una lección que el sistema político español debería haber aprendido ya —y que se resiste a aprender— es que Vox no es un accidente. No es una protesta pasajera. No es el sarampión de una legislatura. Es una fuerza estructural, y el resultado del 17M lo confirma una vez más: la reelección de Juanma Moreno como presidente de la Junta depende de Vox. Por segunda vez consecutiva. Por segunda vez, el PP de Andalucía no puede gobernar sin el partido de Abascal. Y lo que se repite dos veces deja de ser anécdota para convertirse en regla.

 

Vox exige al gobierno de Moreno "escuchar" tras sumar un escaño más. La palabra "escuchar" es, en el vocabulario político de Abascal, un eufemismo cargado de significado. Escuchar significa condicionar. Significa que cualquier política del gobierno andaluz tendrá que pasar por el filtro de una formación que, sin complejos, defiende la "prioridad nacional", el endurecimiento de la política migratoria y la revisión de las incendiarias leyes de igualdad y memoria democrática.

 

Abascal proclamó a Vox como "el gran triunfador" del 17M y anunció que pone rumbo a las generales con el objetivo de "impedir los propósitos de Sánchez". La retórica es conocida. Pero detrás de ella hay una realidad geopolítica: Vox tiene ya la llave de dos gobiernos autonómicos importantes y ha demostrado que su electorado es fiel, movilizable y capaz de crecer allí donde el PP se muestra insuficiente para los votantes más descontentos con la España actual. En Almería, el dato más revelador de la noche: Vox le dio el sorpasso al PSOE y se convirtió en la segunda fuerza de la provincia, sacando 5.000 votos a los socialistas. Es solo una provincia, pero es también una señal de adónde puede ir el mapa nacional si las tendencias se consolidan.

 

IV. La izquierda que no quiere saber nada de Sánchez

 

La gran sorpresa de la noche —la que nadie terminaba de anticipar aunque los datos la dejaban intuir— llegó desde la izquierda. Adelante Andalucía, la formación andalucista anticapitalista, obtuvo 8 escaños, casi doblando a Por Andalucía, la coalición entre Izquierda Unida, Podemos y Sumar, que cosechó solo cinco.

 

Para entender la magnitud de este resultado hay que recordar de dónde viene Adelante Andalucía. En 2022 obtuvo solo 2 escaños. Cuadruplicar la representación en una sola legislatura, sin recursos, sin aparato mediático y sin el paraguas de ninguna marca nacional, es un logro que merece ser analizado con más atención de la que habitualmente se dedica a las fuerzas que no gobiernan.

 

El ascenso de Adelante Andalucía tiene una explicación que es, al mismo tiempo, un diagnóstico sobre el estado de la izquierda española. La propia FAES, desde la derecha, lo formuló con una brutalidad que resulta ilustrativa: "El crecimiento de Adelante Andalucía confirma que competir por el voto radical impulsa a los radicales". Pero hay una lectura más matizada y más justa. Adelante Andalucía creció precisamente porque se desvinculó de las marcas nacionales, porque apostó por un andalucismo de izquierdas que no pasa por Ferraz ni por ninguna otro partido en Madrid, y porque supo articular el descontento de una parte del electorado progresista que no se reconoce en la política de alianzas de Sánchez pero tampoco estaba dispuesto a abstenerse.

 

Su candidato, José Ignacio García, celebró los ocho diputados con una frase que resume perfectamente el mensaje: "Hemos quitado la mayoría absoluta al PP". Es una afirmación políticamente inteligente —desplaza el foco del triunfo propio al daño causado al adversario— pero enmascara lo que realmente ocurrió: Adelante Andalucía no solo le quitó la mayoría al PP. Le quitó el liderazgo de la izquierda andaluza a Por Andalucía, la coalición que reunía en teoría a todas las fuerzas del espacio progresista. Y eso es una revolución interna en silencio.

 

El fracaso de Por Andalucía —que sobrevivió pero no creció— es también el fracaso de la fórmula de la "unidad de las izquierdas" que Sumar intentó exportar desde Madrid. Antonio Maíllo, su coordinador federal, reivindicó "una izquierda para todo el país, no una izquierda troceada en cada territorio". Pero Andalucía respondió exactamente lo contrario: prefirió la izquierda troceada, enraizada, local, a la izquierda uniforme que llega con instrucciones desde la capital. Es, si se quiere, otro síntoma del mismo fenómeno que alimenta a Vox desde el otro lado del espectro: el rechazo a la política que se fabrica en despachos lejanos.

 

V. El fantasma de Alvise

 

Hay un dato que merece un párrafo propio porque es, a su manera, la historia más inquietante de la noche. Se Acabó la Fiesta, el partido de Luis Alvise Pérez, se quedó como primera fuerza extraparlamentaria con 105.385 votos y el 2,53% del total, sin obtener representación. Sin escaños, pero con más de cien mil votos. En unas elecciones regionales, en las que el voto útil penaliza especialmente a los partidos pequeños, sacar esa cifra sin entrar al parlamento no es un fracaso: es una advertencia.

 

Alvise representa algo que el sistema político español no ha sabido todavía cómo tratar: la radicalidad digital, la política espectáculo, el desprecio deliberado a las convenciones del debate público. Es el populismo de la era del vídeo corto y el insulto viral. No tiene programa ni estructura orgánica en el sentido tradicional, pero tiene una audiencia fiel y creciente que no se reconoce en ninguna de las opciones convencionales. En Andalucía no entró. Pero estuvo a un paso. Y en otras elecciones, en otras circunscripciones, el umbral podría caer de su lado.

 

VI. Lo que el 17M le dice a España

 

Recapitulemos. El PP ganó pero no puede gobernar solo. El PSOE perdió de la forma más severa de su historia en la comunidad que fue su bastión durante décadas. Vox se convirtió en kingmaker por segunda vez consecutiva. Adelante Andalucía cuadruplicó sus escaños fuera de la órbita de los partidos nacionales. Y Alvise está llamando a la puerta.

 

¿Qué dice todo esto sobre España?

 

Dice, en primer lugar, que el bipartidismo no regresará. No porque los analistas lo digan, sino porque los votantes han demostrado reiteradamente que no lo quieren. El bloque formado por PP, Ciudadanos y Vox superó en 2018 por primera vez en democracia al bloque de izquierdas, lo que supuso un giro histórico en el sistema político de la comunidad. Desde entonces, la fragmentación no ha hecho sino consolidarse. Andalucía es hoy un parlamento de cinco fuerzas reales, y esa pluralidad no es una anomalía pasajera: es el nuevo orden.

 

Dice, en segundo lugar, que la cuestión territorial sigue siendo el eje invisible que organiza la política española. El PSOE pierde en Andalucía en parte porque una porción significativa de su electorado histórico percibe que el partido ha cedido demasiado ante las demandas nacionalistas periféricas. Y Adelante Andalucía crece en parte porque articula un andalucismo que reivindica la identidad propia como respuesta a ese mismo desequilibrio, pero desde la izquierda. Son dos respuestas opuestas al mismo estímulo.

 

Dice, en tercer lugar, que hay una nueva brecha en la política española que no es exactamente la de izquierda-derecha: es la brecha entre la política que se hace desde Madrid y la política que se hace desde los territorios. Vox, Adelante Andalucía y, a su manera grotesca, Alvise Pérez, son tres expresiones muy diferentes de la misma desconfianza hacia el establishment político centralizado. La reacción ante esa desconfianza no puede ser el desprecio ni la condescendencia. Tiene que ser, si se quiere frenarla, una política más honesta sobre lo que el Estado central puede y no puede ofrecer.

 

Y dice, finalmente, algo sobre el calendario. Feijóo reunió a su plana mayor en Génova para celebrar la victoria de Moreno y definir los siguientes pasos de cara a las elecciones generales de 2027. El líder del PP ve en el 17M un peldaño más en la escalera que llega a La Moncloa. Puede que tenga razón. Pero debería recordar que en Andalucía también ganó en 2022, también ganó por amplio margen, y tampoco entonces pudo gobernar sin Vox. Ganar sin mayoría propia no es un camino hacia el poder pleno: es un camino hacia la dependencia permanente de quien, en el fondo, tiene los votos que a ti te faltan.

 

La política española está en un momento de extraordinaria fluidez. Los mapas que conocemos ya no sirven. Los partidos que pensábamos permanentes muestran fragilidades inesperadas. Y en ese escenario, Andalucía acaba de hablar. Ha dicho que no quiere más de lo mismo. Que la izquierda sin proyecto propio pierde. Que la derecha sin mayoría propia depende. Y que en los márgenes —en Adelante Andalucía, en Vox, en los cien mil votos sin escaños de Alvise— late algo que los partidos del centro no acaban de escuchar.

 

Escucharlo no significa darle la razón. Significa, al menos, tomarse en serio que existe.

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