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Arturo Aldecoa Ruiz
Miércoles, 27 de Mayo de 2026 Tiempo de lectura:

Crónica de Mordor

[Img #30568]El “Señor de las cejillas” pretendía aparentar que era un elfo luminoso, con una permanente sonrisa beatífica acompañada de fraseología de galletas de la suerte.

 

Muchos por ceguera, estupidez  o conveniencia han querido creerlo, aunque los antecedentes parecían indicar otra cosa muy diferente: se trataba de un fatuo irresponsable más peligroso que un orco con un anillo de poder.

 

Cuando nuestro personaje gobernó desde su torre de marfil la tierra media española, así nos lució el pelo: el país casi acaba en la ruina e intervenido por Europa.

 

Conviene hacer memoria de sus antecedentes y las dos legislaturas que estuvo al frente del Gobierno, un periodo que parece que hoy muchos quieren olvidar deliberadamente por partidismo o interés.

 

Elegido mediante el sistema de primarias, del que tantos personajes nefastos han surgido en todas las fuerzas políticas, y envuelto en un aura de “buenismo”  inició su mandato tras la tragedia del 11M, auspiciado por publicistas y coreado como el “aire renovado” que el país demandaba en un momento en el que la sociedad española quería exorcizar la terrible experiencia vivida con los atentados.

 

Nos lo presentaron como el campeón del diálogo y el talante y como el único valedor de políticas sociales y de igualdad.

 

Pero muy pronto, comenzó a enseñar por debajo de la mesa una patita de orco cubierta bajo la capa de un simpático hobbit,  una auténtica garra dispuesta a reinventar nuestra historia por decreto, a propiciar cordones sanitarios contra quien supusiera una alternativa real a su control del poder, a reducir al olvido los consensos de la transición o a modificar las reglas de juego sobre la marcha, según conviniese a sus intereses.

 

En poco tiempo,  nuestro Sauron sonriente convirtió el talante en imposición; la transparencia en bulo y en mentira; la austeridad en despilfarro; el casi pleno empleo, en millones de parados; transmutó la ilusión de los españoles en desánimo y desesperanza. Todo ello sin dejar de hacer brillar su ceja maléfica sobre la torre oscura desde la que nos gobernaba, ayudado por sus orcos mediáticos paniaguados.

 

Aliado poco fiable, cambió nuestro prestigio exterior en descrédito internacional; trocó nuestra soberanía en tutela exterior.

 

Con los años, nuestro señor oscuro fue experimentando sucesivas y profundas transformaciones. Sus teóricamente progresistas políticas sociales se convirtieron en congelación de las pensiones; en más de un millón de familias sin trabajo para ninguno de sus miembros; en la retirada de los 400 euros a los parados sin ningún ingreso; en recortes a la Ley de Dependencia; en bajada de sueldo a los funcionarios; en la retirada del cheque bebé. Todo disfrazado con su verborrea vacía como “avances sociales”.

 

El transmutado elfo luminoso de la propaganda oficial de Mordor subió la luz; los impuestos indirectos; el IVA; el IRPF; los combustibles y penalizó a los españoles ahorradores.

 

Mientras, a la vez, disparó el gasto manteniendo ministerios y organismos inútiles; incrementó su repertorio de asesores; inventó pactos de civilizaciones absurdos para hacerse una foto con los más variados autócratas malignos. Y, como guinda, llenó los pueblos de España de carteles de propaganda caros e inútiles y de aceras que no llevaban a ninguna parte salvo al vacío y la ruina, como toda su política.

 

En su “haber” durante sus largos  años de gobierno destacan la improvisación continua; las contradicciones permanentes; la falta de proyecto; el despilfarro; la nula credibilidad; el comienzo del blanqueamiento de ETA y de su entorno; la creación del llamado problema catalán al prometer lo que no podía cumplir.

 

Como si el balance de su política no fuera suficientemente desolador, terminó con una modificación exprés de la Constitución tras las llamadas de las principales cancillerías mundiales preocupadas por la delicadísima situación económica de España provocada por el riesgo de impago de nuestra deuda y de quiebra al que había llevado a la economía.

 

Y cuando llegó el momento de dar cuenta a los españoles de tantos desastres en su gestión, en unas elecciones generales que lo mandaron a su casa, en el colmo de la desfachatez no dio explicaciones de sus dislates, como si su propia gestión política no fuera con él.

 

Pese a todo, hay quienes hasta hoy en día le han reído las gracias y jaleado como un profundo pensador, en vez de lanzarlo por el sumidero de la historia, que es lo que merece.

 

Ahora que sabemos que nuestro señor oscuro ha seguido gobernando Mordor  en secreto a través de su discípulo predilecto y  que, como Gollum, suspira día y noche por “su tesoro” corroído por la avaricia de los anillos de poder, antes de que lleve a toda la tierra media al desastre conviene recordar a todos los electores que le han apoyado o disculpado, el consejo que Gandalf da a sus compañeros cuando el Balrog le arrastra al abismo en las minas de Moria: «¡Huid, insensatos!».

 

Arturo Aldecoa Ruiz. Apoderado en las Juntas Generales de Bizkaia 1999 - 2019

 

 

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