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La Tribuna del País Vasco
Miércoles, 03 de Junio de 2026 Tiempo de lectura:

El precio de la cobardía multicultural

Cuando el miedo a ser señalado de racista pesa más que la vida de un joven que se desangra en el suelo, algo se ha podrido en el corazón del Estado

 

[Img #30616]Hay imágenes que una sociedad no puede permitirse ignorar. No porque sean cómodas sino precisamente porque no lo son. Las grabaciones de las cámaras corporales de la policía de Hampshire, difundidas esta semana con el retraso imperdonable de seis meses, muestran algo que debería avergonzar a cualquier demócrata con independencia de su ideología: un muchacho de 18 años tumbado en el suelo, suplicando «me apuñalaron» y «no puedo respirar», mientras un policía bien adoctrinado le respondía «no creo que haya sido así, amigo» y procedía a ponerle las esposas.

 

Minutos después, Henry Nowak estaba muerto.

 

No murió porque la medicina fuera impotente. No murió porque el crimen sea imprevisible. Murió porque los agentes que llegaron a la escena decidieron, en el instante más crítico de su actuación profesional, creer antes al agresor que a la víctima. ¿Por qué? La respuesta es tan simple como devastadora: el asesino Vickrum Digwa había contado a la policía una «mentira atroz», diciéndoles que había sido víctima de un ataque racista después de apuñalar cinco veces al estudiante. Y la policía le creyó. Sin comprobar. Sin dudar. Con la automaticidad de quien ha sido entrenado, durante años, para responder al activador de la palabra «racismo» antes que a cualquier otra señal, incluyendo un cuerpo ensangrentado en el pavimento.

 

La tiranía de la palabra mágica

 

Esto no es un accidente. Es el resultado predecible de décadas de una cultura institucional que ha elevado la denuncia de racismo a categoría irrefutable, blindándola contra el escrutinio más elemental. «Hoy en día, parece que la reacción instintiva es creer cualquier acusación que mencione el racismo —señaló el analista Alan Mendoza—. En este caso, eso claramente prevaleció sobre el propio asesinato, ya que el señor Nowak, que se estaba muriendo, fue detenido basándose únicamente en la palabra de su agresor, sin que los agentes hubieran comprobado los hechos».

 

¿Cómo se llega a ese punto? Formando durante años a policías en el multiculturalismo más atroz y demencial, para los que la acusación de racismo es el peor resultado posible de una intervención. No el muerto. No el herido. No el error de procedimiento. Lo peor que le puede pasar a un agente británico en 2026 es salir en el estercolero de la BBC acusado de sesgo racial. Esa es la jerarquía de miedos que construyó esta tragedia, ladrillo a ladrillo, decreto a decreto, manual de formación a manual de formación.

 

Varios testigos relataron con horror cómo los policías llegaron incluso a ofrecerle asistencia y agua al agresor antes de percatarse del engaño. Al agresor. Al hombre con el cuchillo. Al que acababa de apuñalar cinco veces a otro ser humano. Agua y asistencia al agresor, esposas a la víctima. Si alguien necesita un resumen de adónde conduce la corrección política progresista llevada a su extremo institucional, aquí lo tiene, en una imagen que no requiere traducción.

 

Lo que hace aún más indignante este caso es la respuesta —o la ausencia de ella— de quienes gobiernan. El primer ministro socialista Keir Starmer, interpelado públicamente, respondió a través de su portavoz que «no hay tal cosa como una política de doble rasero» y que «la ley aplica sin temores ni favoritismos». Una declaración que hubiera sido perfectamente adecuada en un mundo donde un joven no acabara de morir esposado por la negligencia de sus propios protectores. En el mundo británico real suena a insulto.

 

La ministra del Interior, Shabana Mahmood, hizo un llamamiento a la calma en el Parlamento advirtiendo contra quienes buscan «lucro político de la tragedia». Es una táctica conocida: cuando la argumentación falla, se ataca al mensajero. Se convierte el debate legítimo en «instrumentalización». Se sugiere que quienes exigen responsabilidades están actuando de mala fe. Es una forma rastrera y miserable de cerrar bocas sin responder preguntas.

 

Las preguntas, sin embargo, no desaparecen porque resulten incómodas. ¿Por qué tardaron seis meses en publicarse las grabaciones? ¿Quién tomó esa decisión? ¿Qué habría pasado si el vídeo no hubiera existido? ¿Cuántos casos similares permanecen en el anonimato porque no hubo cámara corporal, o porque la cámara no llegó a publicarse?

 

Hay otro elemento que no se puede soslayar, aunque resulte incómodo para ciertos consensos instalados: en Gran Bretaña está prohibido llevar un arma blanca por la calle, salvo que dicha arma forme parte de la religión o cultura étnica del portador. En la práctica, significa que un sij puede ir armado a todas partes y un británico nativo, no.

 

Esta asimetría jurídica, que tiene una explicación histórica y una justificación religiosa que en circunstancias normales merece respeto, se convierte en un problema de proporciones morales cuando el arma en cuestión acaba clavada cinco veces en el cuerpo de un joven de 18 años. La pregunta no es si la excepción religiosa es legítima en abstracto. La pregunta es si una sociedad puede mantener normas de seguridad pública que se aplican de forma diferente según la identidad del portador, sin asumir las consecuencias de esa desigualdad.

 

El caso ha reavivado el debate en el Reino Unido sobre el uso de armas blancas, la actuación policial ante situaciones críticas y la creciente polarización política alrededor de temas de seguridad, racismo y aplicación de la justicia. Ese debate es necesario y urgente. Pretender que puede aplazarse sine die bajo la etiqueta de «lucro político» es otra forma de cobardía.

 

«Estamos destrozados no solo por su asesinato sin motivos, sino por haber visto cómo lo dejaron morir sin dignidad», dijo Mark, el padre de Henry. En esa frase caben dos tragedias distintas: la del crimen, que tiene un culpable ya condenado, y la del abandono institucional, que aún no tiene ninguno.

 

El asesino cumplirá, al menos, 21 años de prisión. Los agentes que esposaron a la víctima mientras agonizaba están siendo "investigados". La distancia entre ambas consecuencias dice mucho sobre qué vidas importan y cuáles se gestionan con formularios que no van a ninguna parte.

 

Una sociedad que construye sus instituciones sobre el miedo —miedo a la acusación, miedo al titular, miedo a la palabra «racismo» pronunciada por cualquier boca— es una sociedad que ha sacrificado el juicio de la libertad en el altar de la apariencia progresista. Y las apariencias, como se ha demostrado en una acera de Southampton un frío diciembre, no salvan vidas.

 

Henry Nowak repitió hasta el final que no podía respirar. El sistema decidió no escucharle y escuchar a su asesino.  

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