Desde el Instituto Max Planck para la Investigación del Sistema Solar (Alemania)
Una investigadora vasca ayuda a explicar cómo nacieron los primeros planetas del Sistema Solar
Un estudio liderado por la guipuzcoana Nerea Gurrutxaga revela el papel decisivo que pudo desempeñar Júpiter en la formación de los cuerpos primitivos que dieron origen a los planetas
![[Img #30617]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/06_2026/9457_screenshot-2026-06-03-at-09-40-12-download-jupiter-space-planet-royalty-free-stock-illustration-image-pixabay.png)
La historia de nuestro Sistema Solar acaba de revelar uno de sus secretos mejor guardados. Un equipo internacional de investigadores liderado por la científica vasca Nerea Gurrutxaga ha presentado una nueva explicación sobre cómo se formaron algunos de los primeros cuerpos sólidos que acabaron dando lugar a los planetas, un hallazgo que podría ayudar a resolver un viejo enigma de la astronomía moderna.
El estudio, publicado en la prestigiosa revista científica The Astrophysical Journal, ha sido desarrollado en el Instituto Max Planck para la Investigación del Sistema Solar, uno de los centros de referencia mundial en ciencias planetarias. Sus conclusiones apuntan a que una gigantesca acumulación de polvo y materiales primitivos situada más allá de la órbita de Júpiter habría actuado durante millones de años como una auténtica fábrica de planetesimales, los bloques de construcción a partir de los cuales se formaron posteriormente los planetas.
La investigación se centra en los llamados meteoritos carbonáceos, considerados por los científicos como algunos de los materiales más antiguos y primitivos conservados desde los orígenes del Sistema Solar. Estos meteoritos contienen información fósil sobre las condiciones que existían hace unos 4.560 millones de años, cuando el Sol apenas acababa de nacer y los planetas todavía no existían.
Durante décadas, los astrónomos se han enfrentado a una incógnita difícil de resolver. Los distintos grupos de meteoritos carbonáceos presentan composiciones químicas diferentes y parecen haberse formado en momentos distintos, separados incluso por varios millones de años. Sin embargo, los modelos tradicionales no conseguían explicar satisfactoriamente cómo podían surgir estas diferencias dentro de una misma región del disco de gas y polvo que rodeaba al joven Sol.
La respuesta propuesta por el equipo de Gurrutxaga apunta directamente hacia Júpiter.
Según los investigadores, cuando el planeta gigante comenzó a crecer, su enorme gravedad habría alterado la estructura del disco protoplanetario, creando una especie de barrera o "trampa de presión" donde se acumulaban partículas de polvo, minerales y pequeños fragmentos sólidos. Durante millones de años, esta región habría actuado como una gigantesca zona de concentración de materiales, favoreciendo la formación continua de nuevos cuerpos planetarios.
Los resultados obtenidos mediante complejas simulaciones informáticas muestran que esta única trampa de polvo sería capaz de explicar la evolución observada en los meteoritos carbonáceos, reproduciendo tanto sus edades como sus diferentes composiciones.
En otras palabras, muchos de los fragmentos meteoríticos que hoy caen sobre la Tierra podrían proceder de cuerpos nacidos en una misma región del Sistema Solar primitivo, situada probablemente más allá de la órbita de Júpiter.
La imagen que emerge del estudio es fascinante. Hace miles de millones de años, mientras el joven Sol brillaba rodeado por un inmenso disco de gas y polvo, Júpiter habría comenzado a ejercer una influencia decisiva sobre su entorno. Su gravedad habría creado una especie de remolino cósmico capaz de atrapar materiales durante larguísimos periodos de tiempo. En aquel gigantesco vivero planetario se habrían formado generaciones sucesivas de pequeños mundos, algunos de cuyos restos siguen llegando hoy a nuestro planeta en forma de meteoritos.
Las implicaciones del trabajo van más allá del origen de los meteoritos. Si las conclusiones son correctas, las llamadas "trampas de polvo" podrían haber sido los lugares fundamentales donde nacieron los planetas, no sólo en nuestro Sistema Solar sino también en muchos de los sistemas planetarios observados alrededor de otras estrellas.
Los autores sostienen además que estas estructuras podrían haber desempeñado un papel dominante durante prácticamente toda la historia de formación planetaria, desde los primeros cuerpos diferenciados hasta los últimos objetos primitivos formados antes de la desaparición definitiva del disco protoplanetario.
Para la comunidad científica, el trabajo representa una nueva pieza en el complejo rompecabezas del origen de los planetas. Para el público general, constituye también un recordatorio de que algunas de las preguntas más profundas sobre nuestros orígenes siguen encontrando respuesta gracias al trabajo de investigadores que, como la vasca Nerea Gurrutxaga, exploran desde laboratorios y observatorios modernos los acontecimientos ocurridos miles de millones de años antes de que existiera la Tierra tal como la conocemos.
Un estudio liderado por la guipuzcoana Nerea Gurrutxaga revela el papel decisivo que pudo desempeñar Júpiter en la formación de los cuerpos primitivos que dieron origen a los planetas
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La historia de nuestro Sistema Solar acaba de revelar uno de sus secretos mejor guardados. Un equipo internacional de investigadores liderado por la científica vasca Nerea Gurrutxaga ha presentado una nueva explicación sobre cómo se formaron algunos de los primeros cuerpos sólidos que acabaron dando lugar a los planetas, un hallazgo que podría ayudar a resolver un viejo enigma de la astronomía moderna.
El estudio, publicado en la prestigiosa revista científica The Astrophysical Journal, ha sido desarrollado en el Instituto Max Planck para la Investigación del Sistema Solar, uno de los centros de referencia mundial en ciencias planetarias. Sus conclusiones apuntan a que una gigantesca acumulación de polvo y materiales primitivos situada más allá de la órbita de Júpiter habría actuado durante millones de años como una auténtica fábrica de planetesimales, los bloques de construcción a partir de los cuales se formaron posteriormente los planetas.
La investigación se centra en los llamados meteoritos carbonáceos, considerados por los científicos como algunos de los materiales más antiguos y primitivos conservados desde los orígenes del Sistema Solar. Estos meteoritos contienen información fósil sobre las condiciones que existían hace unos 4.560 millones de años, cuando el Sol apenas acababa de nacer y los planetas todavía no existían.
Durante décadas, los astrónomos se han enfrentado a una incógnita difícil de resolver. Los distintos grupos de meteoritos carbonáceos presentan composiciones químicas diferentes y parecen haberse formado en momentos distintos, separados incluso por varios millones de años. Sin embargo, los modelos tradicionales no conseguían explicar satisfactoriamente cómo podían surgir estas diferencias dentro de una misma región del disco de gas y polvo que rodeaba al joven Sol.
La respuesta propuesta por el equipo de Gurrutxaga apunta directamente hacia Júpiter.
Según los investigadores, cuando el planeta gigante comenzó a crecer, su enorme gravedad habría alterado la estructura del disco protoplanetario, creando una especie de barrera o "trampa de presión" donde se acumulaban partículas de polvo, minerales y pequeños fragmentos sólidos. Durante millones de años, esta región habría actuado como una gigantesca zona de concentración de materiales, favoreciendo la formación continua de nuevos cuerpos planetarios.
Los resultados obtenidos mediante complejas simulaciones informáticas muestran que esta única trampa de polvo sería capaz de explicar la evolución observada en los meteoritos carbonáceos, reproduciendo tanto sus edades como sus diferentes composiciones.
En otras palabras, muchos de los fragmentos meteoríticos que hoy caen sobre la Tierra podrían proceder de cuerpos nacidos en una misma región del Sistema Solar primitivo, situada probablemente más allá de la órbita de Júpiter.
La imagen que emerge del estudio es fascinante. Hace miles de millones de años, mientras el joven Sol brillaba rodeado por un inmenso disco de gas y polvo, Júpiter habría comenzado a ejercer una influencia decisiva sobre su entorno. Su gravedad habría creado una especie de remolino cósmico capaz de atrapar materiales durante larguísimos periodos de tiempo. En aquel gigantesco vivero planetario se habrían formado generaciones sucesivas de pequeños mundos, algunos de cuyos restos siguen llegando hoy a nuestro planeta en forma de meteoritos.
Las implicaciones del trabajo van más allá del origen de los meteoritos. Si las conclusiones son correctas, las llamadas "trampas de polvo" podrían haber sido los lugares fundamentales donde nacieron los planetas, no sólo en nuestro Sistema Solar sino también en muchos de los sistemas planetarios observados alrededor de otras estrellas.
Los autores sostienen además que estas estructuras podrían haber desempeñado un papel dominante durante prácticamente toda la historia de formación planetaria, desde los primeros cuerpos diferenciados hasta los últimos objetos primitivos formados antes de la desaparición definitiva del disco protoplanetario.
Para la comunidad científica, el trabajo representa una nueva pieza en el complejo rompecabezas del origen de los planetas. Para el público general, constituye también un recordatorio de que algunas de las preguntas más profundas sobre nuestros orígenes siguen encontrando respuesta gracias al trabajo de investigadores que, como la vasca Nerea Gurrutxaga, exploran desde laboratorios y observatorios modernos los acontecimientos ocurridos miles de millones de años antes de que existiera la Tierra tal como la conocemos.




