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Jueves, 04 de Junio de 2026 Tiempo de lectura:
Un siglo de presidentes, ministros y generales que dijeron en voz alta lo que los demás guardaban como el secreto mejor custodiado del mundo

Altos cargos que se atrevieron a mirar hacia arriba y ver ovnis

Hay preguntas que los poderosos formulan en susurros, en pasillos sin cámaras, o ante micrófonos que creen apagados. La pregunta de si estamos solos en el universo —y si algo, o alguien, ha cruzado ya esa distancia— es una de ellas. Y sin embargo, a lo largo de las últimas décadas, una lista sorprendentemente larga de presidentes, ministros, jefes militares y astronautas ha roto el silencio. Lo hicieron con distintos grados de valentía, de certeza, y de consecuencias. Algunos pagaron un precio político. Otros fueron ignorados. Unos pocos cambiaron la conversación para siempre.

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"Los objetos voladores no identificados han pedido que no se publique que están aquí. La humanidad no está preparada todavía." — Haim Eshed, exjefe del programa espacial del Ministerio de Defensa de Israel, 2020

 

I. El archivo que ardió: los orígenes del secreto

 

El punto de partida no es Paul Hellyer en 2005, ni Haim Eshed en 2020, ni siquiera el famoso incidente de Roswell en 1947. El punto de partida es un documento que nunca debería haber existido, y que por eso mismo fue destruido.

 

En 1948, el Proyecto Sign —el primer programa oficial de la Fuerza Aérea estadounidense para investigar objetos voladores no identificados— concluyó su trabajo con un informe clasificado de extraordinaria audacia. El documento, conocido como el Estimate of the Situation, llegaba a una conclusión que pondría en jaque toda la arquitectura del secreto oficial: los ovnis eran de origen extraterrestre. No hipotéticamente. No como posibilidad a estudiar. Como conclusión.

 

El general Hoyt S. Vandenberg, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Aéreas, leyó el informe y no estuvo de acuerdo. Ordenó que el documento fuera devuelto, desclasificado y quemado. Así, la primera declaración oficial de alto rango sobre la naturaleza extraterrestre de los ovnis no fue un anuncio histórico transmitido en cadena nacional. Fue una hoguera.

 

Lo que vino después —décadas de negaciones oficiales, proyectos clasificados, audiencias parlamentarias y filtraciones controladas— lleva implícita la lógica de aquel fuego. El secreto no nació de la ignorancia, sino de una decisión deliberada tomada en la cima del poder militar en el amanecer de la Guerra Fría. Todo lo que ocurrió después es, en cierto modo, la historia de quienes intentaron —desde dentro del sistema— revertir aquella decisión.

 

El presidente que cubrió Roswell y creó el comité secreto

 

Antes de que se instalara el silencio institucional, el presidente Harry Truman quedó en el centro de la controversia fundacional de toda esta historia. Truman es señalado por investigadores y exoficiales como el responsable de encubrir el incidente de Roswell de 1947, aunque también se le atribuye la creación del comité Majestic 12 —un grupo de trabajo ultraseceto— para estudiar el fenómeno. Nunca hubo una declaración pública. Pero la arquitectura del secreto comenzó en su mandato, y todos los presidentes que vinieron después heredaron sus muros.

 

II. El ala oval y el cosmos: presidentes ante lo inexplicable

 

Si hay un lugar donde la pregunta sobre la existencia de vida extraterrestre adquiere una dimensión completamente distinta, ese lugar es el Despacho Oval. Desde allí, la pregunta no es filosófica ni científica: es estratégica, política, y profundamente humana. A lo largo del siglo XX y lo que llevamos del XXI, al menos media docena de presidentes estadounidenses han tenido encuentros —unos directos, otros indirectos, casi todos incómodos— con el fenómeno ovni.

 

Gerald Ford: el congresista que abrió la primera puerta

 

Antes de ser presidente, Gerald Ford fue el político que obligó por primera vez al Congreso de los Estados Unidos a tomarse en serio el asunto. Corría el año 1966 cuando unos misteriosos destellos sobrevolaron los cielos de Michigan y la Fuerza Aérea, con una frialdad que rayaba en la insolencia, atribuyó los avistamientos al gas de los pantanos. Ford no aceptó la explicación. Presionó para que hubiera una investigación parlamentaria formal y, aunque no llegó a producir grandes revelaciones, desencadenó algo de consecuencias históricas: la primera audiencia oficial sobre ovnis en la historia del Congreso estadounidense.

 

Jimmy Carter: el presidente que vio algo y lo reportó

 

Pocos líderes mundiales pueden presumir —y algunos no querrían— de haber presentado un informe oficial sobre un avistamiento ovni. Jimmy Carter lo hizo antes incluso de llegar a la Casa Blanca. En septiembre de 1973, el futuro presidente presentó un informe ante la Oficina Internacional de ovnis, afirmando haber sido testigo de un fenómeno inexplicable en el cielo de Georgia en octubre de 1969. No estaba solo: junto a él había entre diez y doce testigos.

 

Su descripción fue detallada y desprovista de adornos dramáticos: un objeto muy brillante, de colores cambiantes, que se aproximó, se detuvo y luego desapareció. Durante la campaña presidencial de 1976, Carter prometió que, de ser elegido, impulsaría la divulgación de toda la información gubernamental sobre ovnis a los científicos y al público. Era una promesa que resonaba como un compromiso genuino de un hombre que había visto algo que no sabía explicar.

 

La promesa, una vez en el poder, se disolvió con la misma discreción con que suelen disolverse las promesas de campaña. El argumento invocado fue, casi inevitablemente, la seguridad nacional. Y sin embargo, Carter dejó un legado sin precedentes: es el presidente estadounidense responsable de haber publicado aproximadamente la mitad de los archivos gubernamentales sobre ovnis, la mayor apertura documental que se recuerda hasta la fecha.

 

"Vi un objeto volador no identificado. Allí estábamos unos veinticinco hombres, y de repente uno de ellos miró al cielo y dijo: '¡Mirad, allá al oeste!' Era una luz brillante, cambiaba de colores. Se acercó a nosotros, se detuvo más allá de los pinos, y después desapareció." — Jimmy Carter, entrevista con GQ Magazine, 2005

 

Ronald Reagan: el hombre que le preguntó a Gorbachov por los alienígenas

 

Si Carter fue el testigo, Ronald Reagan fue el soñador obsesionado. En 1987, Reagan causó un gran revuelo cuando aludió a fuerzas extraterrestres nada menos que en cinco ocasiones distintas durante un discurso pronunciado ante las Naciones Unidas. Preguntó, con la cadencia calculada de quien sabe que está dejando caer algo importante, si todos los pueblos de la Tierra no olvidarían sus diferencias si descubrieran que una amenaza venida del espacio los amenazaba por igual. No era una metáfora retórica: era el leit motiv de alguien que llevaba años rumiando esa posibilidad.

 

El historial de Reagan con el fenómeno es llamativamente consistente. Había reportado ver un objeto extraño mientras volaba en California durante los años setenta. Ya como presidente, llegó a preguntar directamente al líder soviético Mijail Gorbachov si la Unión Soviética ayudaría a Estados Unidos en caso de una invasión alienígena. Diplomacia de la Guerra Fría en su versión más cósmica, sin duda, pero también el retrato de un hombre que no consideraba la pregunta ridícula.

 

Bill Clinton: la doble pregunta de un presidente curioso

 

Cuando Bill Clinton llegó a la Casa Blanca, una de las primeras cosas que encargó a un colaborador de confianza fue investigar dos asuntos. El primero: quién mató realmente a John F. Kennedy. El segundo: si los extraterrestres existían. Una combinación que dice más sobre la psicología presidencial —y sobre qué preguntas considera pendientes el poder cuando nadie lo observa— que cualquier discurso oficial.

 

Clinton nunca llegó a declarar nada concluyente en público. Reconoció haber buscado información activamente y no haberla encontrado, lo cual puede interpretarse de dos maneras radicalmente distintas según la confianza que uno deposite en las instituciones.

 

Barack Obama: "Son reales"

 

La declaración más reciente y más mediática de un expresidente estadounidense llegó en febrero de 2026, durante una entrevista en el podcast No Lie con Brian Tyler Cohen. Obama fue preguntado directamente: "¿Son reales los alienígenas?" Su respuesta fue escueta, casi casual, y sacudió los titulares de medio mundo: "Son reales. Pero yo no los he visto. Y no están siendo retenidos en el Área 51."

 

La respuesta de Donald Trump fue inmediata y reveladora en su propia manera. Acusó a Obama de haber revelado información clasificada: "No se supone que deba hacer eso. Cometió un gran error." Pocas horas después, el propio Trump publicó que ordenaría a los departamentos gubernamentales pertinentes iniciar el proceso de identificar y publicar los archivos relacionados con vida alienígena, fenómenos aéreos no identificados y ovnis. El guardián del secreto, exigiéndole al divulgador que se callara, y acto seguido prometiendo divulgar él mismo. La paradoja perfecta.

 

III. Canadá, 2005: el ministro que rompió todos los protocolos

 

Entre todos los testimonios que pueblan este reportaje, el de Paul Hellyer ocupa un lugar singular. No por ser el primero ni el mejor documentado, sino por ser el más explícito de todos los que han provenido de alguien con acceso real a los niveles más altos del poder occidental.

 

Hellyer había sido ministro de Defensa de Canadá entre 1963 y 1967, en los años más tensos de la Guerra Fría. Había tenido acceso a los informes más reservados sobre defensa continental. Cuando en 2005 tomó la palabra en una conferencia de ex altos cargos en la Universidad de Toronto, nadie esperaba lo que vino a continuación.

 

Hellyer no se limitó a sugerir, a insinuar ni a formular preguntas retóricas. Afirmó categóricamente que los ovnis son reales —tan reales como los aviones que sobrevuelan cualquier ciudad—, que múltiples especies de inteligencia no humana llevan milenios visitando la Tierra, y que los gobiernos de las principales potencias mundiales lo saben y han construido, durante décadas, una arquitectura deliberada de silencio para ocultarlo.

 

Era la primera vez que un miembro de pleno derecho de un gabinete del G-7 hacía una declaración de ese calibre con nombre, apellido, cargo y fecha. No en una entrevista de madrugada ni en las páginas de una publicación marginal. En una conferencia universitaria, ante un auditorio, con su nombre completo firmando cada palabra. A diferencia de Reagan preguntando en privado o de Carter describiendo una luz en el cielo, Hellyer estaba afirmando una realidad establecida que los gobiernos habían decidido ocultar.

 

"Los OVNIs son tan reales como los aviones que vuelan sobre nuestras cabezas. Han estado entre nosotros durante miles de años. Y la evidencia de su existencia ha sido ocultada de manera metódica." — Paul Hellyer, exministro de Defensa de Canadá, Universidad de Toronto, 2005

 

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IV. Japón: cuando el portavoz del gobierno contradijoal gobierno

 

En 2007, el gobierno japonés tuvo que hacer algo que los ejecutivos de todo el mundo evitan como la plaga: desmentirse a sí mismo en cuestión de días. El primer ministro Fukuda, respondiendo a una interpelación parlamentaria, emitió una declaración oficial señalando que Japón no había confirmado la existencia de ovnis de origen extraterrestre y que no había elaborado ningún plan de contingencia al respecto. La postura era clara, ordenada y coherente con décadas de política de silencio institucional.

 

Lo que ocurrió en los días siguientes fue más extraordinario que cualquier avistamiento registrado. Varios ministros en activo contradijeron públicamente la postura oficial de su propio gobierno. El ministro de Defensa, Shigeru Ishiba —hoy primer ministro de Japón—, declaró ante la prensa que no existían fundamentos para negar la existencia de objetos voladores no identificados y las formas de vida que los controlan. Aclaró, con cuidado jurídico, que era su opinión personal y no la del ministerio. Pero la aclaración llegó demasiado tarde para borrar el titular.

 

El portavoz del gabinete, Nobutaka Machimura, fue aún más contundente. Cuando los periodistas le preguntaron su opinión personal, respondió sin vacilar: "Definitivamente creo que existen." Las cámaras captaron las carcajadas de los reporteros. Machimura no se inmutó. Era el portavoz del ejecutivo japonés contradiciéndose a sí mismo en rueda de prensa, y lo hacía con la serenidad de alguien que lleva tiempo esperando que alguien le haga esa pregunta.

 

El episodio japonés no fue un accidente ni una distracción. En años posteriores, Japón crearía en su parlamento el Grupo Parlamentario para la Clarificación de los Fenómenos Aéreos No Identificados orientados a la Seguridad Nacional, con el propio Ishiba como asesor. Dos legisladores asistentes a la rueda de prensa fundacional del grupo afirmaron haber visto ovnis con sus propios ojos. El país que había negado su existencia de forma oficial estaba, sistemáticamente, construyendo una arquitectura institucional para estudiarlos.

 

V. Rusia: el micrófono que no se apagó

 

Hay una categoría especial de revelación política: la que se produce cuando alguien cree que nadie está escuchando. Diciembre de 2012. Dmitri Medvedev, primer ministro de Rusia y expresidente de la Federación, acaba de concluir una entrevista para la cadena de televisión Ren TV. Las cámaras, en teoría, han dejado de grabar. El micrófono, sin que él lo sepa, sigue encendido.

 

Lo que dice a continuación daría la vuelta al mundo en cuestión de horas. Medvedev afirma que cada nuevo presidente ruso recibe, junto con el maletín nuclear, dos carpetas de alto secreto con información sobre extraterrestres que llegaron a la Tierra y nunca se marcharon, acompañadas de un informe de un servicio especial que ejerce control sobre los alienígenas en territorio ruso. Al terminar, recomienda a la periodista que vea Men in Black para más detalles, y añade que no puede decir cuántos de ellos hay entre nosotros porque podría causar pánico.

 

¿Era una broma? El portavoz del Kremlin se apresuró a decir que sí. Medvedev, en entrevistas posteriores, no desmintió sus palabras sino que las envolvió en ambigüedad. Lo que quedó fue la imagen de un hombre que ejerció la presidencia de Rusia durante cuatro años, con acceso a los más altos niveles de inteligencia del Estado, describiendo con detalle —ante una cámara que no sabía activa— algo que ningún portavoz del Kremlin estaba en condiciones de confirmar ni de desmentir del todo.

 

El gobernador que fue abducido

 

El caso ruso tiene un episodio adicional, tan surrealista que resulta difícil encuadrarlo en ninguna categoría convencional. Kirsan Ilyumzhinov, gobernador de la república rusa de Kalmukia y expresidente de la Federación Mundial de Ajedrez, declaró en televisión haber sido abducido por alienígenas el 18 de septiembre de 1997. No lo dijo como metáfora ni como especulación: afirmó haberlos visto, haberles hablado mediante telepatía —porque no había suficiente oxígeno— y haber visitado su nave espacial. Dijo contar con tres testigos: su chófer, su ministro y su asistente.

 

El asunto llegó hasta la Duma estatal. Un diputado ruso exigió formalmente que el presidente Medvedev interrogara al gobernador, por temor a que hubiera revelado información secreta a las entidades extraterrestres. No era una comedia: era el parlamento de una potencia nuclear deliberando en sesión sobre la posibilidad de que uno de sus altos cargos hubiera pasado información clasificada a seres de otro planeta.

 

VI. Israel, 2020: el general que habló de la Federación Galáctica

 

Si Paul Hellyer fue el más explícito de los ministros occidentales, el israelí Haim Eshed fue, sin duda, el que llegaba con más credenciales para ser tomado en serio. Y también el que construyó el relato más elaborado, estructurado y cinematográfico de cuantos han emergido desde el interior del aparato de seguridad de cualquier Estado.

 

General de brigada retirado de la Inteligencia Militar israelí, Eshed dirigió los programas espaciales del Ministerio de Defensa de Israel durante casi treinta años. A lo largo de su carrera recibió tres veces el Premio de Defensa de Israel —el mayor honor civil en materia de seguridad del Estado hebreo—, aunque los motivos de cada distinción permanecen clasificados. Fue miembro del comité directivo de la Agencia Espacial de Israel y presidió el Comité Espacial del Consejo Nacional de Investigación. Es ampliamente reconocido como el padre del programa espacial israelí, responsable del lanzamiento de veinte satélites de fabricación propia. No era, en suma, un entusiasta de la ufología de salón. Era alguien que había pasado décadas en el corazón del aparato de seguridad de uno de los Estados más vigilantes del mundo.

 

En diciembre de 2020, con 87 años y sin cargo que perder, Eshed concedió una entrevista al diario israelí Yediot Aharonot que sacudió las redacciones de medio mundo. Le dijo al periódico que los seres humanos han estado en contacto con extraterrestres de lo que denominó una Federación Galáctica, y que los objetos voladores no identificados han pedido expresamente que no se publique que están aquí, porque la humanidad todavía no está preparada. Los definió como igualmente curiosos por la humanidad, interesados en comprender, en sus palabras, el tejido del universo.

 

Pero Eshed no se detuvo ahí. Afirmó que se han firmado acuerdos de cooperación entre especies, y que existe una base subterránea en las profundidades de Marte donde hay astronautas estadounidenses y representantes extraterrestres trabajando conjuntamente. Y añadió un detalle de una audacia política notable: declaró que el presidente Donald Trump estaba al tanto de la existencia de los extraterrestres y había estado a punto de revelar esa información, pero que las entidades alienígenas le pidieron que no lo hiciera para no provocar una histeria masiva.

 

El relato no quedó en una sola entrevista. Eshed amplió sus afirmaciones en un libro publicado poco después, titulado El universo más allá del horizonte: conversaciones con el profesor Haim Eshed. No era el delirio de un anciano frágil: era un general condecorado, con décadas de acceso a los más altos niveles de inteligencia militar, que elegía sus últimos años públicos para decir, con nombre, apellido y rango, que la humanidad no está sola y que quienes lo saben han decidido, por ahora, callar.

 

"Han estado esperando hasta hoy para que la humanidad se desarrolle y alcance una etapa en que podamos entender, en general, qué son el espacio y las naves espaciales." — Haim Eshed, Yediot Aharonot, diciembre de 2020

 

VII. El astronauta que caminó en la Luna y habló de encubrimientos

 

No todos los testimonios relevantes provienen de políticos o militares. Algunos de los más impactantes han llegado de personas que han estado donde ningún ser humano había estado antes y que, a su regreso, desarrollaron una visión del cosmos radicalmente distinta a la que les habían enseñado.

 

Edgar Mitchell fue el sexto ser humano en pisar la superficie de la Luna, como piloto del módulo lunar de la misión Apolo 14 en 1971. Doctor en Ciencias Aeronáuticas y Astronáuticas por el MIT, oficial naval condecorado, Mitchell pasó sus últimas décadas haciendo algo que ningún astronauta de su generación se atrevió a hacer públicamente: argumentar, con su nombre y su trayectoria como aval, que las visitas extraterrestres a la Tierra han sido encubiertas por los gobiernos durante más de sesenta años.

 

En 2008, en una entrevista concedida a la radio británica Kerrang, Mitchell declaró: "Tengo el privilegio de conocer el hecho de que hemos sido visitados en este planeta, y el fenómeno ovni es real, aunque ha sido encubierto por los gobiernos durante bastante tiempo." Sus afirmaciones, reconocía él mismo, no se basaban en su experiencia directa como astronauta de la NASA, sino en conversaciones con fuentes militares, testigos del incidente de Roswell y oficiales de la Fuerza Aérea. Pero provenían de alguien que había visto la Tierra desde la Luna, y esa perspectiva confería a sus palabras un peso que el escéptico más acérrimo tenía dificultades para desestimar por completo.

 

Mitchell fue aún más lejos en declaraciones posteriores, afirmando que entidades extraterrestres habían intervenido activamente para evitar una guerra nuclear durante la Guerra Fría, desactivando misiles en bases militares estadounidenses. "Querían saber sobre nuestras capacidades militares", dijo. "Han estado intentando mantenernos alejados de la guerra y ayudar a crear la paz en la Tierra." Era una narrativa que superaba con creces el lenguaje cauteloso del establishment científico. Era también el testimonio de alguien que, por su historial, había podido acceder a conversaciones a las que el resto de los mortales no llegan.

 

VIII. El patrón del silencio: lo que une todos estos testimonios

 

Reunidos todos estos testimonios —tan distintos en su contexto geográfico, en su cultura política, en su grado de credibilidad y en la audacia de sus afirmaciones— emerge algo más revelador que cualquier detalle concreto sobre razas alienígenas o tecnologías ocultas. Emerge la estructura del silencio que los rodea. Y esa estructura, una vez vista, resulta difícil de no ver.

 

Presidentes que prometieron transparencia y luego se retractaron invocando la seguridad nacional. Ministros que contradijeron en rueda de prensa la postura oficial de su propio gobierno. Generales que esperaron a jubilarse para hablar. Micrófonos que captaron lo que las declaraciones formales nunca dirían. Un astronauta que caminó en la Luna y que pasó el resto de su vida intentando que alguien en el poder hiciera lo que él no podía hacer solo.

 

El patrón no es la conspiración en el sentido pulp del término: un grupo de hombres en una sala oscura coordinando activamente el engaño del siglo. El patrón es algo más mundano y, precisamente por eso, más inquietante: es la inercia del secreto institucional, la tendencia natural de los aparatos de Estado a retener lo que no saben cómo explicar, a gestionar la incertidumbre con silencio porque el silencio, al menos, no crea pánico.

 

Lo que Haim Eshed dijo con más claridad que nadie es precisamente eso: los propios visitantes, según él, habrían pedido discreción. No porque el secreto les beneficiara, sino porque consideraban que la humanidad no estaba preparada. Es una forma de paternalismo cósmico que resulta, cuando menos, curiosamente coherente con la psicología de todos los gobiernos que aparecen en este reportaje: la idea de que hay verdades que la gente no puede manejar, y que protegerla de ellas es una responsabilidad del poder.

 

La pregunta que queda flotando —como lleva décadas flotando en este asunto— es si lo que hay detrás de todos estos testimonios merece el escándalo que provoca, o si el verdadero escándalo es que sigamos, casi ochenta años después del vuelo inaugural de la era ovni, sin saberlo.

 

"Es tiempo de guardar el embargo de verdad sobre la presencia alienígena. Llamo a nuestro gobierno a abrirse y convertirse en parte de esa comunidad planetaria que ahora intenta asumir su papel como civilización espacial." — Edgar Mitchell, astronauta del Apolo 14, conferencia en Gaithersburg, Maryland, 2015

 

Epílogo: el miedo al ridículo como guardián del secreto

 

Hay una razón por la que la mayoría de los líderes políticos que aparecen en estas páginas esperaron a dejar el cargo para hablar. La razón no es la clasificación de los documentos, aunque eso también juega su papel. La razón es más sencilla y más poderosa: el miedo al ridículo.

 

En la política y en el periodismo, el miedo al ridículo suele ser el guardián más eficaz de todos los secretos. Más eficaz que las leyes de secretos oficiales, que los juicios por filtración de información clasificada, que las advertencias de los servicios de inteligencia. Porque el ridículo no necesita un juez. Se ejerce de forma difusa, colectiva, cotidiana, en las risas de los periodistas cuando un portavoz del gabinete japonés dice que definitivamente cree en los ovnis, en el tono burlón con que se refieren los columnistas a quienes plantean estas preguntas en serio.

 

Paul Hellyer fue el que menos miedo tuvo. Haim Eshed habló cuando ya no tenía nada que demostrar. Jimmy Carter archivó la mitad de los documentos clasificados y guardó silencio sobre la otra mitad. Edgar Mitchell gastó sus últimos años intentando que alguien con poder hiciera lo que él, solo, no podía. Y en algún lugar entre todos ellos, en las carpetas que cada nuevo presidente ruso recibe junto al maletín nuclear, o en las sesiones a puerta cerrada del Congreso estadounidense sobre fenómenos aéreos no identificados, o en el libro de un general israelí que nadie en el establishment se atrevió a responder públicamente, se asienta la misma pregunta sin respuesta.

 

No es si los ovnis existen. Esa pregunta, a estas alturas, la han respondido afirmativamente demasiadas personas con demasiadas credenciales como para seguir descartándola con una sonrisa. La pregunta es otra, y es más difícil: ¿qué haremos cuando la respuesta llegue oficialmente, cuando ya no pueda ser descartada ni con el fuego que quemó el Estimate of the Situation en 1948, ni con las risas de ninguna rueda de prensa? ¿Estamos preparados?

 

Haim Eshed, al menos, ya tiene su respuesta: no.

 

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