Crónica desde el borde de un mundo que desaparece
Los últimos transhumantes
Por un instante pensé que me había equivocado de siglo.
La carretera se perdía entre los páramos sorianos y el GPS insistía en hablarme de cobertura, satélites y tiempos estimados de llegada mientras, a pocos metros, cientos de ovejas avanzaban exactamente igual que lo habían hecho sus antepasados cuando América ni siquiera existía para los europeos.
El contraste resultaba obsceno.
Vivimos rodeados de inteligencia artificial, redes sociales, drones y algoritmos capaces de anticipar nuestros deseos más íntimos. Sin embargo, allí estaban ellos: hombres de rostro curtido, manos deformadas por décadas de trabajo y una forma de vida que apenas ha cambiado desde la Edad Media.
Los llamaban los últimos trashumantes.
Y, por primera vez en mucho tiempo, aquella expresión no sonaba a tópico periodístico. Sonaba a epitafio.
Los hermanos Pérez, ganaderos de Navabellida, en las Tierras Altas de Soria, han anunciado su despedida después de más de medio siglo dedicados a la trashumancia. Son considerados los últimos grandes ganaderos trashumantes de merino de toda la provincia soriana. Su jubilación amenaza con cerrar una cadena humana que se remonta varios siglos atrás.
Mientras observaba avanzar el rebaño comprendí que no estaba asistiendo a una actividad ganadera.
Estaba contemplando el final de una civilización.
¿Qué demonios es la trashumancia?
La palabra suena antigua porque es antigua. La trashumancia consiste en el desplazamiento estacional del ganado entre pastos de verano y pastos de invierno.
Durante siglos, millones de ovejas atravesaron España utilizando una inmensa red de caminos pecuarios conocidos como cañadas reales.
En verano subían hacia las montañas del norte.
En invierno descendían hacia las dehesas más cálidas de Extremadura, Castilla-La Mancha o Andalucía.
Era un movimiento gigantesco.
Una especie de migración humana y animal perfectamente organizada.
España llegó a construir alrededor de esta actividad buena parte de su riqueza. El poderoso Honrado Concejo de la Mesta, creado por Alfonso X el Sabio en el siglo XIII, convirtió la lana merina en uno de los grandes motores económicos del reino. La lana española vestía media Europa. Las ovejas eran petróleo con patas.
Pero la industrialización, los cambios económicos, el transporte por carretera, la despoblación rural y la falta de relevo generacional fueron arrinconando lentamente aquel universo. Hoy, apenas sobreviven unos pocos. Y en Soria quedan ya muy pocos nombres propios.
Hay dos Españas.
No las que describían los políticos.
No las que aparecen en los debates televisivos.
Hay una España visible y una España invisible.
La visible vive pendiente de los índices bursátiles, del último escándalo político y de los móviles de última generación.
La invisible vive pendiente de si lloverá mañana. Los trashumantes pertenecen a esa segunda España. Son habitantes de un territorio mental que muchos ciudadanos urbanos ni siquiera saben que existe.
Mientras caminaba junto al rebaño imaginaba el recorrido tradicional. Meses enteros de viaje. Miles de animales. Noches a la intemperie. Tormentas. Lobos. Frío. Calor. Soledad.
Y una conversación permanente con las ovejas. Porque los pastores hablan con sus animales. Incluso, conocí a uno que ponía a sus ovejas nombres de presentadores de televisión. Había una que se llama Matías Prats, otra que respondía al apelativo de Lalo Azcona e, incluso, otra que te miraba si alguien pronunciaba su apelativo de Aberasturi.
Como digo, los ganaderos conocen perfectamente a sus animales. Los identifican. Saben cuándo una está enferma. Cuándo otra se ha quedado rezagada. Cuándo una tercera se dispone a parir.
No hay aplicación informática capaz de sustituir eso. Probablemente, no la habrá nunca.
Existe un momento extraño cuando uno acompaña un rebaño. Al principio escucha ruido. Cencerros. Balidos. Pisadas. Voces. Después de un rato deja de percibir sonidos aislados.Todo se convierte en una única respiración colectiva. Es difícil explicarlo. Quizá porque la trashumancia no es solamente una actividad económica. Es una forma distinta de experimentar el tiempo. Nosotros vivimos atrapados por el reloj. Los pastores viven atrapados por las estaciones. Ellos no preguntan qué hora es. Preguntan cuándo llegará el frío. No preguntan qué día es. Preguntan cuándo reverdecerán los pastos. Parece una diferencia pequeña. No lo es. Es la distancia que separa dos formas completamente distintas de entender la existencia.
La tragedia no consiste en que desaparezcan unos cuantos pastores sino en todo lo que desaparece con ellos.
Desaparece un conocimiento acumulado durante generaciones.
Desaparecen palabras.
Desaparecen técnicas.
Desaparecen rutas.
Desaparece una relación con el territorio.
Desaparece una manera de leer las nubes.
De interpretar el viento.
De comprender el comportamiento de los animales.
Cuando un pastor se jubila no desaparece únicamente un trabajador. Desaparece una biblioteca. Y esa biblioteca arde para siempre.
Los periodistas solemos exagerar. Forma parte del oficio. Cada semana parece llegar el fin del mundo. Pero esta vez no hacía falta exagerar nada. La realidad ya era suficientemente poderosa.
Los hermanos Pérez representan una tradición familiar que se remonta varios siglos atrás y gestionan todavía un rebaño de alrededor de 1.500 ovejas merinas. Su retirada marca simbólicamente el final de una época en las Tierras Altas de Soria.
Mientras observaba alejarse al rebaño pensé en algo incómodo. Dentro de unas décadas probablemente seguirá existiendo la inteligencia artificial. Seguirán existiendo las redes sociales. Seguirán existiendo los teléfonos inteligentes. Pero quizá ya no existan hombres capaces de conducir miles de ovejas a través de los antiguos caminos de la Mesta.
Y entonces descubriremos algo inquietante. Que el progreso no siempre consiste en ganar cosas nuevas. A veces consiste en perder cosas viejas. Y algunas pérdidas son irreparables.
Los últimos trashumantes avanzan lentamente por la cañada.
Las ovejas levantan polvo.
Los cencerros resuenan en la distancia.
El paisaje parece inmóvil.
Pero no lo está.
Lo que se mueve realmente es la historia.
Y, por primera vez en muchos siglos, la historia camina en dirección contraria.
Hacia el final.
Por un instante pensé que me había equivocado de siglo.
La carretera se perdía entre los páramos sorianos y el GPS insistía en hablarme de cobertura, satélites y tiempos estimados de llegada mientras, a pocos metros, cientos de ovejas avanzaban exactamente igual que lo habían hecho sus antepasados cuando América ni siquiera existía para los europeos.
El contraste resultaba obsceno.
Vivimos rodeados de inteligencia artificial, redes sociales, drones y algoritmos capaces de anticipar nuestros deseos más íntimos. Sin embargo, allí estaban ellos: hombres de rostro curtido, manos deformadas por décadas de trabajo y una forma de vida que apenas ha cambiado desde la Edad Media.
Los llamaban los últimos trashumantes.
Y, por primera vez en mucho tiempo, aquella expresión no sonaba a tópico periodístico. Sonaba a epitafio.
Los hermanos Pérez, ganaderos de Navabellida, en las Tierras Altas de Soria, han anunciado su despedida después de más de medio siglo dedicados a la trashumancia. Son considerados los últimos grandes ganaderos trashumantes de merino de toda la provincia soriana. Su jubilación amenaza con cerrar una cadena humana que se remonta varios siglos atrás.
Mientras observaba avanzar el rebaño comprendí que no estaba asistiendo a una actividad ganadera.
Estaba contemplando el final de una civilización.
¿Qué demonios es la trashumancia?
La palabra suena antigua porque es antigua. La trashumancia consiste en el desplazamiento estacional del ganado entre pastos de verano y pastos de invierno.
Durante siglos, millones de ovejas atravesaron España utilizando una inmensa red de caminos pecuarios conocidos como cañadas reales.
En verano subían hacia las montañas del norte.
En invierno descendían hacia las dehesas más cálidas de Extremadura, Castilla-La Mancha o Andalucía.
Era un movimiento gigantesco.
Una especie de migración humana y animal perfectamente organizada.
España llegó a construir alrededor de esta actividad buena parte de su riqueza. El poderoso Honrado Concejo de la Mesta, creado por Alfonso X el Sabio en el siglo XIII, convirtió la lana merina en uno de los grandes motores económicos del reino. La lana española vestía media Europa. Las ovejas eran petróleo con patas.
Pero la industrialización, los cambios económicos, el transporte por carretera, la despoblación rural y la falta de relevo generacional fueron arrinconando lentamente aquel universo. Hoy, apenas sobreviven unos pocos. Y en Soria quedan ya muy pocos nombres propios.
Hay dos Españas.
No las que describían los políticos.
No las que aparecen en los debates televisivos.
Hay una España visible y una España invisible.
La visible vive pendiente de los índices bursátiles, del último escándalo político y de los móviles de última generación.
La invisible vive pendiente de si lloverá mañana. Los trashumantes pertenecen a esa segunda España. Son habitantes de un territorio mental que muchos ciudadanos urbanos ni siquiera saben que existe.
Mientras caminaba junto al rebaño imaginaba el recorrido tradicional. Meses enteros de viaje. Miles de animales. Noches a la intemperie. Tormentas. Lobos. Frío. Calor. Soledad.
Y una conversación permanente con las ovejas. Porque los pastores hablan con sus animales. Incluso, conocí a uno que ponía a sus ovejas nombres de presentadores de televisión. Había una que se llama Matías Prats, otra que respondía al apelativo de Lalo Azcona e, incluso, otra que te miraba si alguien pronunciaba su apelativo de Aberasturi.
Como digo, los ganaderos conocen perfectamente a sus animales. Los identifican. Saben cuándo una está enferma. Cuándo otra se ha quedado rezagada. Cuándo una tercera se dispone a parir.
No hay aplicación informática capaz de sustituir eso. Probablemente, no la habrá nunca.
Existe un momento extraño cuando uno acompaña un rebaño. Al principio escucha ruido. Cencerros. Balidos. Pisadas. Voces. Después de un rato deja de percibir sonidos aislados.Todo se convierte en una única respiración colectiva. Es difícil explicarlo. Quizá porque la trashumancia no es solamente una actividad económica. Es una forma distinta de experimentar el tiempo. Nosotros vivimos atrapados por el reloj. Los pastores viven atrapados por las estaciones. Ellos no preguntan qué hora es. Preguntan cuándo llegará el frío. No preguntan qué día es. Preguntan cuándo reverdecerán los pastos. Parece una diferencia pequeña. No lo es. Es la distancia que separa dos formas completamente distintas de entender la existencia.
La tragedia no consiste en que desaparezcan unos cuantos pastores sino en todo lo que desaparece con ellos.
Desaparece un conocimiento acumulado durante generaciones.
Desaparecen palabras.
Desaparecen técnicas.
Desaparecen rutas.
Desaparece una relación con el territorio.
Desaparece una manera de leer las nubes.
De interpretar el viento.
De comprender el comportamiento de los animales.
Cuando un pastor se jubila no desaparece únicamente un trabajador. Desaparece una biblioteca. Y esa biblioteca arde para siempre.
Los periodistas solemos exagerar. Forma parte del oficio. Cada semana parece llegar el fin del mundo. Pero esta vez no hacía falta exagerar nada. La realidad ya era suficientemente poderosa.
Los hermanos Pérez representan una tradición familiar que se remonta varios siglos atrás y gestionan todavía un rebaño de alrededor de 1.500 ovejas merinas. Su retirada marca simbólicamente el final de una época en las Tierras Altas de Soria.
Mientras observaba alejarse al rebaño pensé en algo incómodo. Dentro de unas décadas probablemente seguirá existiendo la inteligencia artificial. Seguirán existiendo las redes sociales. Seguirán existiendo los teléfonos inteligentes. Pero quizá ya no existan hombres capaces de conducir miles de ovejas a través de los antiguos caminos de la Mesta.
Y entonces descubriremos algo inquietante. Que el progreso no siempre consiste en ganar cosas nuevas. A veces consiste en perder cosas viejas. Y algunas pérdidas son irreparables.
Los últimos trashumantes avanzan lentamente por la cañada.
Las ovejas levantan polvo.
Los cencerros resuenan en la distancia.
El paisaje parece inmóvil.
Pero no lo está.
Lo que se mueve realmente es la historia.
Y, por primera vez en muchos siglos, la historia camina en dirección contraria.
Hacia el final.






















