El Papa americano y la España que se arrodilla (II)
Un Congreso mayoritario de extrema izquierda aplaude siete minutos al Papa. No es una buena noticia para él
![[Img #30650]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/06_2026/910_screenshot-2026-06-08-at-14-52-15-papa-en-el-congreso-buscar-con-google.png)
Hay una pregunta que Madrid lleva haciéndose desde el sábado, cuando el avión papal tocó pista en Barajas: ¿qué le dirá el Papa a la España que ya no sabe si cree? Esta mañana, en el Palacio del Congreso de los Diputados, en la Carrera de San Jerónimo, León XIV respondió. Y lo hizo de la única manera que un hombre verdaderamente libre puede responder ante un hemiciclo de políticos: diciéndoles exactamente tanto lo que querían oír como lo que no querían escuchar. Y luego, recibiendo siete minutos de ovación.
I. Sánchez y el Papa: el desayuno más discreto del año
A las nueve y media de la mañana, el tirano socialista Pedro Sánchez llegó a la Nunciatura Apostólica para un encuentro privado con el Pontífice. El presidente del Gobierno y el Papa de Roma, solos —o casi solos, con sus respectivos séquitos aguardando en antesalas de damasco— durante una media hora que nadie va a transcribir jamás. Eso es lo fascinante del poder: los momentos más importantes nunca tienen testigos útiles, aunque, mientros eso ocurría el mandatario socialista había mandado intensificar las catas para emprender el desmantelamiento del Valle de los Caídos.
Lo que sí sabemos es que ambos salieron de la reunión sin declaraciones explosivas, lo cual, en la España de 2026, ya es en sí mismo un logro notable.
II. La Carrera de San Jerónimo: el primer Papa ante las Cortes
El Pontífice se convirtió esta mañana en el primer Papa en pronunciar un discurso en el Congreso de los Diputados, en las nueve visitas papales registradas hasta la fecha en España. Nueve visitas. Ni Juan Pablo II, ni Benedicto XVI, ni Francisco. Ninguno había entrado en este hemiciclo rojo y dorado donde España lleva décadas discutiendo consigo misma.
León XIV fue recibido en pie por todo el hemiciclo con una gran ovación a su llegada, lo que, en sí mismo, no sé si es una buena o una mala señal (me refiero a que te aplauda una Cámara mayoritariamente de extrema izquierda). Todos los grupos políticos estuvieron presentes salvo dos: Podemos y el Bloque Nacionalista Galego, que se ausentaron en señal de protesta. Una ausencia que, en el fondo, honra la democracia: incluso ante el Vicario de Cristo, el disenso tiene asiento reservado.
Y, entonces, el Papa habló.
Habló de paz: "Las armas nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera. Preocupa que el rearme se presente como respuesta al escenario internacional." En un continente que lleva dos años debatiendo si aumentar el gasto militar es una necesidad o una rendición, eso no es una homilía. Es una declaración política de primer orden.
Habló de polarización: "La pluralidad política no debe generar descalificación permanente del adversario. La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos." En ese preciso instante, varios diputados miraron involuntariamente al escaño de enfrente. No todos lo admitirán.
Habló de migrantes con una exigencia sin ambages: una respuesta coordinada que vaya más allá de las fronteras nacionales, porque "ninguna nación puede afrontar por sí sola un desafío de esta magnitud". Curiosamente, en este punto no explicó las razones por las que el propio Vaticano no quiere en su territorio a los inmigrantes que tanto dice amar el Pontífice. Santiago Abascal, líder de Vox, fue muy claro en este tema: "Yo quiero para España la misma política migratoria que tiene el Vaticano. Si uno entra ilegalmente o con violencia, pues tiene multa, tiene cárcel y tiene la prohibición de entrada. A mí me gustaría una política migratoria igual para España".
Habló de inteligencia artificial: "El progreso ofrece posibilidades admirables, y hoy lo vemos de modo singular en el desarrollo de la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías." Un Papa hablando de IA ante el Congreso español. Si alguien lo hubiera predicho hace diez años, le habrían recomendado un buen descanso.
Y al final, antes de despedirse, se dirigió directamente a los políticos con una frase que quedará: "Alzad la mirada, no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para huir."
El hemiciclo extremaizquierdista se puso en pie. Los aplausos duraron casi siete minutos, con gritos de "¡Viva el Papa!" que rebotaban en las columnas del Palacio de las Cortes. Siete minutos. En un parlamento donde los diputados se insultan a diario con una creatividad inversamente proporcional a su utilidad pública, el hombre de blanco consiguió siete minutos de unidad. Habrá que anotarlo.
Aunque luego se hizo el silencio avergonzado. Ocurrió cuando llegó el momento que la izquierda española llevaba días temiendo y la derecha esperando con fruición mal disimulada. León XIV defendió ante las Cortes la vida humana "desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia", golpeando con una sola frase el aborto y la eutanasia, dos leyes aprobadas en esta misma Cámara con mayorías extremistas que ahora escuchaban en silencio. Para la oposición de derecha fue un regalo; para el Gobierno socialista de Sánchez, sentado en primera fila, un momento de concentrada incomodidad que ningún miembro del ejecutivo quiso comentar con demasiado detalle después. El Papa no alzó la voz. No hizo falta. En el hemiciclo más ruidoso de Europa, la doctrina de dos mil años de la Iglesia Católica sonó con la contundencia tranquila de quien no necesita ganar el debate porque lleva siglos teniendo el mismo argumento. Patxi López, portavoz socialista y un perfecto idiota moral, admitió después que esas palabras no le habían gustado. Al menos, no disimula su ética miserable.
A la salida, León XIV rompió el protocolo: estaba previsto que abandonara el Congreso en coche, pero lo hizo a pie para saludar a los trabajadores de la Cámara Baja, que le esperaban con emoción en los pasillos. El gesto más pequeño de la mañana. Y probablemente el más recordado por quienes lo vivieron.
III. Con los obispos: la palabra más dura
De las Cortes, a la sede de la Conferencia Episcopal en la calle Añastro. Y aquí León XIV reservó sus palabras más directas, no para los políticos, sino para los suyos.
Ante los obispos españoles, el Papa calificó de "plaga" los abusos cometidos en el seno de la Iglesia y exigió respuestas concretas: "Cada persona herida debe poder encontrar escucha sincera, acogida, protección y cambios reales de sanación." No fue una declaración de intenciones. Fue una orden. Dicha con la calma de quien sabe que la calma, a veces, es la forma más devastadora de la firmeza.
Pidió a los obispos que respondieran a la plaga de los abusos "con verdad, justicia, reparación y un compromiso cada vez más decidido en la prevención y la cultura del cuidado." Cuatro palabras —verdad, justicia, reparación, prevención— que llevaban años siendo esquivadas en demasiados despachos episcopales. Esta tarde, al menos, quedaron dichas. En voz alta. Ante quienes tenían que escucharlas.
IV. La tarde: las víctimas, la Almudena y el Bernabéu
Mientras escribo esto, León XIV se prepara para la parte más silenciosa y más compleja de su día: el encuentro privado con víctimas de abusos dentro de la Iglesia, lejos de los focos, para escuchar de primera mano sus testimonios. Sin cámaras, sin comunicado previo, sin protocolo que amortigüe el golpe. Solo un hombre sentado frente a personas que llevan años esperando que alguien con suficiente autoridad les mire a los ojos.
Después, a las seis de la tarde, la Catedral de la Almudena, para una oración ante la Virgen patrona de Madrid. Y como remate de una jornada que ya habría bastado para tres, a las siete, el estadio Santiago Bernabéu, donde decenas de miles de fieles le esperan para el encuentro con la comunidad diocesana. Sí, el Bernabéu. El templo laico más importante de España, convertido esta noche en otra cosa. O quizás confirmando lo que siempre fue: un lugar donde la gente va a creer en algo más grande que sí misma.
El Papa terminó su discurso en el Congreso pidiendo que España "jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro", y que su vida pública sepa unir "la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio."
Bonito final, aunque eso no es teología. Es política. Y no de la mejor, creo.
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Hay una pregunta que Madrid lleva haciéndose desde el sábado, cuando el avión papal tocó pista en Barajas: ¿qué le dirá el Papa a la España que ya no sabe si cree? Esta mañana, en el Palacio del Congreso de los Diputados, en la Carrera de San Jerónimo, León XIV respondió. Y lo hizo de la única manera que un hombre verdaderamente libre puede responder ante un hemiciclo de políticos: diciéndoles exactamente tanto lo que querían oír como lo que no querían escuchar. Y luego, recibiendo siete minutos de ovación.
I. Sánchez y el Papa: el desayuno más discreto del año
A las nueve y media de la mañana, el tirano socialista Pedro Sánchez llegó a la Nunciatura Apostólica para un encuentro privado con el Pontífice. El presidente del Gobierno y el Papa de Roma, solos —o casi solos, con sus respectivos séquitos aguardando en antesalas de damasco— durante una media hora que nadie va a transcribir jamás. Eso es lo fascinante del poder: los momentos más importantes nunca tienen testigos útiles, aunque, mientros eso ocurría el mandatario socialista había mandado intensificar las catas para emprender el desmantelamiento del Valle de los Caídos.
Lo que sí sabemos es que ambos salieron de la reunión sin declaraciones explosivas, lo cual, en la España de 2026, ya es en sí mismo un logro notable.
II. La Carrera de San Jerónimo: el primer Papa ante las Cortes
El Pontífice se convirtió esta mañana en el primer Papa en pronunciar un discurso en el Congreso de los Diputados, en las nueve visitas papales registradas hasta la fecha en España. Nueve visitas. Ni Juan Pablo II, ni Benedicto XVI, ni Francisco. Ninguno había entrado en este hemiciclo rojo y dorado donde España lleva décadas discutiendo consigo misma.
León XIV fue recibido en pie por todo el hemiciclo con una gran ovación a su llegada, lo que, en sí mismo, no sé si es una buena o una mala señal (me refiero a que te aplauda una Cámara mayoritariamente de extrema izquierda). Todos los grupos políticos estuvieron presentes salvo dos: Podemos y el Bloque Nacionalista Galego, que se ausentaron en señal de protesta. Una ausencia que, en el fondo, honra la democracia: incluso ante el Vicario de Cristo, el disenso tiene asiento reservado.
Y, entonces, el Papa habló.
Habló de paz: "Las armas nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera. Preocupa que el rearme se presente como respuesta al escenario internacional." En un continente que lleva dos años debatiendo si aumentar el gasto militar es una necesidad o una rendición, eso no es una homilía. Es una declaración política de primer orden.
Habló de polarización: "La pluralidad política no debe generar descalificación permanente del adversario. La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos." En ese preciso instante, varios diputados miraron involuntariamente al escaño de enfrente. No todos lo admitirán.
Habló de migrantes con una exigencia sin ambages: una respuesta coordinada que vaya más allá de las fronteras nacionales, porque "ninguna nación puede afrontar por sí sola un desafío de esta magnitud". Curiosamente, en este punto no explicó las razones por las que el propio Vaticano no quiere en su territorio a los inmigrantes que tanto dice amar el Pontífice. Santiago Abascal, líder de Vox, fue muy claro en este tema: "Yo quiero para España la misma política migratoria que tiene el Vaticano. Si uno entra ilegalmente o con violencia, pues tiene multa, tiene cárcel y tiene la prohibición de entrada. A mí me gustaría una política migratoria igual para España".
Habló de inteligencia artificial: "El progreso ofrece posibilidades admirables, y hoy lo vemos de modo singular en el desarrollo de la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías." Un Papa hablando de IA ante el Congreso español. Si alguien lo hubiera predicho hace diez años, le habrían recomendado un buen descanso.
Y al final, antes de despedirse, se dirigió directamente a los políticos con una frase que quedará: "Alzad la mirada, no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para huir."
El hemiciclo extremaizquierdista se puso en pie. Los aplausos duraron casi siete minutos, con gritos de "¡Viva el Papa!" que rebotaban en las columnas del Palacio de las Cortes. Siete minutos. En un parlamento donde los diputados se insultan a diario con una creatividad inversamente proporcional a su utilidad pública, el hombre de blanco consiguió siete minutos de unidad. Habrá que anotarlo.
Aunque luego se hizo el silencio avergonzado. Ocurrió cuando llegó el momento que la izquierda española llevaba días temiendo y la derecha esperando con fruición mal disimulada. León XIV defendió ante las Cortes la vida humana "desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia", golpeando con una sola frase el aborto y la eutanasia, dos leyes aprobadas en esta misma Cámara con mayorías extremistas que ahora escuchaban en silencio. Para la oposición de derecha fue un regalo; para el Gobierno socialista de Sánchez, sentado en primera fila, un momento de concentrada incomodidad que ningún miembro del ejecutivo quiso comentar con demasiado detalle después. El Papa no alzó la voz. No hizo falta. En el hemiciclo más ruidoso de Europa, la doctrina de dos mil años de la Iglesia Católica sonó con la contundencia tranquila de quien no necesita ganar el debate porque lleva siglos teniendo el mismo argumento. Patxi López, portavoz socialista y un perfecto idiota moral, admitió después que esas palabras no le habían gustado. Al menos, no disimula su ética miserable.
A la salida, León XIV rompió el protocolo: estaba previsto que abandonara el Congreso en coche, pero lo hizo a pie para saludar a los trabajadores de la Cámara Baja, que le esperaban con emoción en los pasillos. El gesto más pequeño de la mañana. Y probablemente el más recordado por quienes lo vivieron.
III. Con los obispos: la palabra más dura
De las Cortes, a la sede de la Conferencia Episcopal en la calle Añastro. Y aquí León XIV reservó sus palabras más directas, no para los políticos, sino para los suyos.
Ante los obispos españoles, el Papa calificó de "plaga" los abusos cometidos en el seno de la Iglesia y exigió respuestas concretas: "Cada persona herida debe poder encontrar escucha sincera, acogida, protección y cambios reales de sanación." No fue una declaración de intenciones. Fue una orden. Dicha con la calma de quien sabe que la calma, a veces, es la forma más devastadora de la firmeza.
Pidió a los obispos que respondieran a la plaga de los abusos "con verdad, justicia, reparación y un compromiso cada vez más decidido en la prevención y la cultura del cuidado." Cuatro palabras —verdad, justicia, reparación, prevención— que llevaban años siendo esquivadas en demasiados despachos episcopales. Esta tarde, al menos, quedaron dichas. En voz alta. Ante quienes tenían que escucharlas.
IV. La tarde: las víctimas, la Almudena y el Bernabéu
Mientras escribo esto, León XIV se prepara para la parte más silenciosa y más compleja de su día: el encuentro privado con víctimas de abusos dentro de la Iglesia, lejos de los focos, para escuchar de primera mano sus testimonios. Sin cámaras, sin comunicado previo, sin protocolo que amortigüe el golpe. Solo un hombre sentado frente a personas que llevan años esperando que alguien con suficiente autoridad les mire a los ojos.
Después, a las seis de la tarde, la Catedral de la Almudena, para una oración ante la Virgen patrona de Madrid. Y como remate de una jornada que ya habría bastado para tres, a las siete, el estadio Santiago Bernabéu, donde decenas de miles de fieles le esperan para el encuentro con la comunidad diocesana. Sí, el Bernabéu. El templo laico más importante de España, convertido esta noche en otra cosa. O quizás confirmando lo que siempre fue: un lugar donde la gente va a creer en algo más grande que sí misma.
El Papa terminó su discurso en el Congreso pidiendo que España "jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro", y que su vida pública sepa unir "la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio."
Bonito final, aunque eso no es teología. Es política. Y no de la mejor, creo.





















