El vasco que hacía que uno sacara pecho
Esta mañana he leído que ha muerto José Ignacio López de Arriortúa. Y confieso que me he quedado unos minutos mirando la noticia sin pasar de página. A cierta edad uno empieza a descubrir que los obituarios ya no hablan de gente lejana. Hablan de una época que se va apagando.
Yo no conocí personalmente a López de Arriortúa. Ni compartí mesa con él, ni tomé un café con él, ni discutí sobre motores alemanes o cadenas de montaje. Pero hubo un tiempo en que su nombre aparecía constantemente en las conversaciones.
Lo recuerdo perfectamente.
Era yo bastante joven y andaba haciendo un curso de creación de empresas. Entonces todavía creíamos que las empresas servían para producir cosas, crear riqueza y dar trabajo. Ya sé que hoy eso parece una opinión radical, pero en aquellos años era lo normal.
Y allí salía continuamente aquel nombre.
José Ignacio López de Arriortúa.
El hombre que había revolucionado General Motors. El hombre que Volkswagen se disputó casi como si fuera un delantero centro. El hombre que negociaba con proveedores de medio mundo. El hombre que parecía capaz de ahorrar cientos de millones de euros simplemente entrando en una sala de reuniones.
Y lo curioso es que cuando alguien pronunciaba su nombre siempre añadía otra cosa.
—Y además es vasco.
Hoy puede sonar extraño, pero entonces eso tenía importancia.
Por lo menos para mí.
Porque hubo una época en la que ver triunfar a un vasco en el mundo significaba algo especial. No porque uno creyera que los vascos somos mejores que nadie. Bastante trabajo tenemos ya con nuestras propias manías. Pero existía cierto orgullo sano al comprobar que alguien nacido en esta pequeña esquina del Cantábrico podía sentarse en las mesas donde se tomaban decisiones que afectaban a millones de personas.
Era una sensación difícil de explicar.
Como cuando ves a un chaval del pueblo jugar una final internacional.
Sabes que no has tenido nada que ver con el asunto, pero sonríes igualmente.
López de Arriortúa pertenecía a una generación peculiar. Una generación que no se hizo famosa en redes sociales porque las redes sociales no existían. No acumuló seguidores en TikTok. No grababa vídeos explicando cómo hacerse millonario en cinco pasos. No impartía cursos sobre liderazgo emocional.
Simplemente trabajaba.
Y mucho.
Aquellos hombres creían que la excelencia consistía en saber más que los demás, esforzarse más que los demás y resolver problemas que los demás eran incapaces de resolver.
Una idea peligrosamente anticuada.
Hoy parece que admiramos más a quienes hacen ruido que a quienes hacen cosas.
Por eso me llama la atención que la muerte de López de Arriortúa haya pasado relativamente desapercibida para muchos jóvenes. No les culpo. Apenas han oído hablar de él.
Y sin embargo, durante años fue probablemente uno de los ejecutivos españoles más influyentes del planeta.
En aquellos tiempos los héroes industriales todavía existían.
Hoy abundan los influencers.
Antes admirábamos a quien levantaba fábricas.
Ahora admiramos a quien levanta polémicas.
Quizá sea injusto comparar épocas. Cada generación tiene sus referencias. Pero no puedo evitar cierta nostalgia.
Porque hombres como López de Arriortúa representaban una idea muy concreta del éxito: competencia, disciplina, ambición y trabajo.
Nada glamuroso.
Nada viral.
Nada subvencionable.
Simplemente eficacia.
Mientras leía la noticia de su fallecimiento me acordé también de algo más. Cuando yo era joven, ser vasco todavía significaba para muchos una cultura del esfuerzo. Una reputación ligada a la industria, a la empresa, a la palabra dada y al trabajo bien hecho.
No digo que aquello fuera perfecto. Ni mucho menos.
Pero existía.
Y quizá por eso la figura de López de Arriortúa despertaba tanta admiración. Porque simbolizaba precisamente esa imagen.
La de un hombre salido de aquí que había conquistado el mundo sin pedir permiso a nadie.
Al final cerré el periódico y me quedé pensando que la muerte de determinadas personas no sólo marca el final de una vida. Marca también el final de una época.
La época en la que los ingenieros ocupaban portadas.
La época en la que los empresarios exitosos eran motivo de orgullo colectivo.
La época en la que un chaval vasco podía escuchar el nombre de José Ignacio López de Arriortúa y pensar:
—Caray. Uno de los nuestros ha llegado muy lejos.
Y la verdad es que, aunque no le conociera personalmente, todavía hoy sigo pensando exactamente lo mismo.
Esta mañana he leído que ha muerto José Ignacio López de Arriortúa. Y confieso que me he quedado unos minutos mirando la noticia sin pasar de página. A cierta edad uno empieza a descubrir que los obituarios ya no hablan de gente lejana. Hablan de una época que se va apagando.
Yo no conocí personalmente a López de Arriortúa. Ni compartí mesa con él, ni tomé un café con él, ni discutí sobre motores alemanes o cadenas de montaje. Pero hubo un tiempo en que su nombre aparecía constantemente en las conversaciones.
Lo recuerdo perfectamente.
Era yo bastante joven y andaba haciendo un curso de creación de empresas. Entonces todavía creíamos que las empresas servían para producir cosas, crear riqueza y dar trabajo. Ya sé que hoy eso parece una opinión radical, pero en aquellos años era lo normal.
Y allí salía continuamente aquel nombre.
José Ignacio López de Arriortúa.
El hombre que había revolucionado General Motors. El hombre que Volkswagen se disputó casi como si fuera un delantero centro. El hombre que negociaba con proveedores de medio mundo. El hombre que parecía capaz de ahorrar cientos de millones de euros simplemente entrando en una sala de reuniones.
Y lo curioso es que cuando alguien pronunciaba su nombre siempre añadía otra cosa.
—Y además es vasco.
Hoy puede sonar extraño, pero entonces eso tenía importancia.
Por lo menos para mí.
Porque hubo una época en la que ver triunfar a un vasco en el mundo significaba algo especial. No porque uno creyera que los vascos somos mejores que nadie. Bastante trabajo tenemos ya con nuestras propias manías. Pero existía cierto orgullo sano al comprobar que alguien nacido en esta pequeña esquina del Cantábrico podía sentarse en las mesas donde se tomaban decisiones que afectaban a millones de personas.
Era una sensación difícil de explicar.
Como cuando ves a un chaval del pueblo jugar una final internacional.
Sabes que no has tenido nada que ver con el asunto, pero sonríes igualmente.
López de Arriortúa pertenecía a una generación peculiar. Una generación que no se hizo famosa en redes sociales porque las redes sociales no existían. No acumuló seguidores en TikTok. No grababa vídeos explicando cómo hacerse millonario en cinco pasos. No impartía cursos sobre liderazgo emocional.
Simplemente trabajaba.
Y mucho.
Aquellos hombres creían que la excelencia consistía en saber más que los demás, esforzarse más que los demás y resolver problemas que los demás eran incapaces de resolver.
Una idea peligrosamente anticuada.
Hoy parece que admiramos más a quienes hacen ruido que a quienes hacen cosas.
Por eso me llama la atención que la muerte de López de Arriortúa haya pasado relativamente desapercibida para muchos jóvenes. No les culpo. Apenas han oído hablar de él.
Y sin embargo, durante años fue probablemente uno de los ejecutivos españoles más influyentes del planeta.
En aquellos tiempos los héroes industriales todavía existían.
Hoy abundan los influencers.
Antes admirábamos a quien levantaba fábricas.
Ahora admiramos a quien levanta polémicas.
Quizá sea injusto comparar épocas. Cada generación tiene sus referencias. Pero no puedo evitar cierta nostalgia.
Porque hombres como López de Arriortúa representaban una idea muy concreta del éxito: competencia, disciplina, ambición y trabajo.
Nada glamuroso.
Nada viral.
Nada subvencionable.
Simplemente eficacia.
Mientras leía la noticia de su fallecimiento me acordé también de algo más. Cuando yo era joven, ser vasco todavía significaba para muchos una cultura del esfuerzo. Una reputación ligada a la industria, a la empresa, a la palabra dada y al trabajo bien hecho.
No digo que aquello fuera perfecto. Ni mucho menos.
Pero existía.
Y quizá por eso la figura de López de Arriortúa despertaba tanta admiración. Porque simbolizaba precisamente esa imagen.
La de un hombre salido de aquí que había conquistado el mundo sin pedir permiso a nadie.
Al final cerré el periódico y me quedé pensando que la muerte de determinadas personas no sólo marca el final de una vida. Marca también el final de una época.
La época en la que los ingenieros ocupaban portadas.
La época en la que los empresarios exitosos eran motivo de orgullo colectivo.
La época en la que un chaval vasco podía escuchar el nombre de José Ignacio López de Arriortúa y pensar:
—Caray. Uno de los nuestros ha llegado muy lejos.
Y la verdad es que, aunque no le conociera personalmente, todavía hoy sigo pensando exactamente lo mismo.


















