Jueves, 11 de Junio de 2026

Actualizada Jueves, 11 de Junio de 2026 a las 08:31:35 horas

Tienes activado un bloqueador de publicidad

Intentamos presentarte publicidad respectuosa con el lector, que además ayuda a mantener este medio de comunicación y ofrecerte información de calidad.

Por eso te pedimos que nos apoyes y desactives el bloqueador de anuncios. Gracias.

Continuar...

Jueves, 11 de Junio de 2026 Tiempo de lectura:
El Papa americano y la España que se arrodilla (V)

"Primero el amor, luego la técnica"

El Papa americano, un arquitecto muerto hace cien años y la noche más hermosa de todo el viaje

 

[Img #30671]

 

Hay días que no se pueden planear. Se pueden organizar, protocolizar, cronometrar con precisión suiza y rodear de cinco mil quinientos mossos d'esquadra —Albus, el dispositivo se llamaba Albus, blanco en latín, alguien en la policía catalana tiene un sentido poético que merece reconocimiento público—, pero lo que ocurre dentro de esos días, lo que los convierte en memorables, escapa siempre al control de los organizadores. El miércoles 10 de junio de 2026 fue uno de esos días. Empezó en una cárcel y terminó con el rostro de un hombre muerto dibujado por drones en el cielo de Barcelona.

 

En el medio: Montserrat, el Raval y la basílica más larga de construir en la historia de la humanidad.

 

I. Brians 1: la misa que nadie fotografió bien

 

A las diez y cincuenta de la mañana, León XIV llegó a la prisión de Brians 1, en Sant Esteve Sesrovires, donde se reunió con ochenta internos en el teatro-auditorio del centro y celebró una misa en un acto restringido. Le recibieron el presidente Illa y el ministro del Interior. Y le recibieron los presos, cantando  Ayúdame a caminar. Una canción de petición, de dependencia, de reconocimiento de la propia fragilidad. No Hallelujah, no un himno triunfal. Ayúdame a caminar. Ochenta hombres que han perdido la libertad, cantándole al hombre más poderoso de la Iglesia Católica la canción más humilde que conocen. Si esto fuera una película, el director lo habría cortado por exceso de simbolismo. Pero ocurrió. Y el Papa americano, que lleva un año viendo cosas extraordinarias, escuchó en silencio con esa quietud suya que ya es su firma.

 

Un preso se dirigió a él: "Gracias por mirarnos con ojos de misericordia y por decirle al mundo que existimos. Le pedimos su bendición." Que existimos. En dos palabras, la razón entera de la visita a una cárcel.

 

II. Montserrat: la montaña, la Moreneta y el "Germans i germanes"

 

De la prisión a la montaña sagrada de Cataluña. Veinte kilómetros por la C-55 que separan el cemento de Brians del milagro geológico de Montserrat: esa masa de roca vertical e imposible que se eleva sobre la llanura del Llobregat como si Dios hubiera dejado caer los pedazos de algo enorme y hubieran quedado así, caprichosos y sublimes, por voluntad propia.

 

A las doce, León XIV rezó el Rosario con la comunidad benedictina en la Abadía, y la Escolania —el coro de niños más antiguo de Europa, que lleva cantando desde el siglo XIII— interpretó la Salve y el Virolai. Los benedictinos llevan en Montserrat desde el siglo IX. Han visto visigodos, sarracenos, Napoleón, Franco, y ahora al primer Papa americano de la historia, que llegó en coche oficial y comió con ellos en el refectorio como si tal cosa. Hay instituciones que sobreviven a todo porque simplemente deciden no moverse.

 

El Papa salió al balcón de la plaza a saludar a los fieles. "Germans i germanes, bon dia", dijo en catalán. Y añadió, en castellano: "Gracias a Cataluña por haber recibido a tantas personas de tantos países, porque enseña cómo integrar a todos en una misma familia." En el contexto político catalán de los últimos quince años, esa frase sobre la integración y la familia tiene más capas contradictorias de las que caben en una homilía. León XIV lo sabe. Lo dijo igualmente.

 

Al marcharse, todos los frailes salieron al balcón a despedirle. Los benedictinos en el balcón, agitando las manos. Una imagen que tiene algo de medieval y algo de entrañable y mucho de auténtico.

 

III. El Raval: donde la Iglesia se ensucia las manos

 

Simultáneamente al acto de Montserrat, en la Iglesia de Sant Agustí, en el Raval, se celebraba una misa y un encuentro con las comunidades de acción social del barrio. El Raval: el barrio que fue el barrio chino de Barcelona, el de los marineros y las pensiones de mala muerte, y que ahora es el barrio más multicultural, violento y más castigado de la ciudad, el del MACBA y los inmigrantes recién llegados y las familias que viven donde el mercado no llega. La Iglesia en su versión más silenciosa y más necesaria: la que recoge lo que el mundo desecha, sin focos y sin papamóvil.

 

IV. La Sagrada Familia: cien años, ciento cuarenta y cuatro, y una noche que no se olvidará

 

Y entonces llegó la tarde. Y con ella, lo que todo el mundo estaba esperando.

 

Hay que entender la escala de lo que ocurrió. La Sagrada Familia lleva ciento cuarenta y cuatro años en construcción. La Torre de Jesucristo, con sus 172,5 metros, la convierte en la iglesia más alta del mundo. Y este miércoles era exactamente el centenario de la muerte de Antoni Gaudí, el hombre que la soñó y que murió atropellado por un tranvía en la Gran Vía de Barcelona el 10 de junio de 1926 sin verla terminada. Cien años después, al minuto, al día.

 

Antes de la misa, León XIV oró ante el Santísimo y ante la tumba de Gaudí en la cripta. Un hombre vivo arrodillado ante un hombre muerto hace exactamente cien años. La arquitectura como forma de resurrección.

 

Unas ocho mil personas se agolparon dentro y fuera de la basílica. Los Reyes de España en primera fila. El tirano Pedro Sánchez, convertido durante los últimos días en un falsario hombre de fe, también —y aquí viene el detalle que ningún periódico ha sabido resistir: fue a misa por primera vez como presidente del Gobierno. El presidente ateo del Gobierno socialista, sentado en un banco de la Sagrada Familia, recibiendo la comunión de manos del Papa. La imagen del día. Quizás la imagen de la semana. El realizador del evento, con notable discreción, solo le mostró en un instante fugaz durante el intercambio del signo de la paz. Suficiente.

 

León XIV habló. Y habló con una contundencia que dejó el interior de la basílica en silencio absoluto. "No podemos creer en Jesús y promover la guerra. No podemos creer en Jesús y matar al inocente incluso antes de que nazca. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria." Tres frases paralelas, tres golpes sucesivos, tres cosas que la humanidad hace mientras dice que cree. La guerra, el aborto, el abandono del pobre. Todo en un mismo párrafo, sin jerarquía, sin matices partidistas. Un Papa que no les da a los progresistas la satisfacción de ignorar una, ni a los conservadores la de ignorar las otras.

 

Describió a Gaudí como "arquitecto ardiente de fe" que "concibió estos espacios con el deseo de narrar los misterios de la vida del Señor." Y luego, en catalán, desde la fachada del Nacimiento, bendijo la Torre de Jesucristo ante los cuatro mil fieles congregados en el exterior, describiendo la cruz que la corona como "la Creu dels últims que es tornen els primers, dels pecadors que es tornen sants, dels morts que ressusciten": la cruz de los últimos que se vuelven primeros, de los pecadores que se vuelven santos, de los muertos que resucitan.

 

En ese momento, el catalán y el latín y el español y la piedra de Gaudí y el acento americano del Papa se fundieron en algo que ya no era ninguna de esas cosas por separado. Era, simplemente, la noche más hermosa del viaje.

 

 

 

V. El cielo de Barcelona: Gaudí en drones

 

Y entonces, como remate de lo irrepeatable, el espectáculo. La noche cerró con luces y drones que dibujaron el rostro del arquitecto en el cielo de Barcelona. La figura de Gaudí se giró hacia la cruz del pináculo de 172,5 metros, dando paso a la frase que pronunció en vida: "Primero el amor, después la técnica." Un coro infantil salió del interior del templo con lámparas. La fachada del Nacimiento se iluminó por etapas hasta el encendido total. La basílica entera brilló en la noche barcelonesa mientras el rostro de un hombre muerto hace cien años miraba desde el cielo la obra que no pudo ver terminada.

 

Primero el amor, después la técnica. En un mundo que lleva décadas haciendo exactamente lo contrario, la frase sonó como una bofetada suave. El tipo de bofetada que no duele en el momento pero que uno sigue pensando días después.

 

Coda barcelonesa: la ciudad que midió y aplaudió

 

Barcelona le midió, como siempre hace con todo lo que llega de fuera. Le midió en la catedral, cuando habló en catalán. Le midió en Montserrat, cuando dijo que Cataluña sabe integrar. Le midió en la Sagrada Familia, cuando habló de los últimos que se vuelven primeros.

 

Y al final, aplaudió. Como solo Barcelona sabe aplaudir: con entusiasmo real y un punto de sorpresa, como si no esperara que el visitante estuviera a la altura.

 

Esta mañana, el avión papal despegó de El Prat rumbo a Canarias. Barcelona se quedó con el cielo todavía lleno de la última imagen de Gaudí, con la torre más alta del mundo brillando sobre el Eixample, y con la pregunta que siempre queda después de los grandes momentos: ¿cuándo volverá a ocurrir algo así?

 

La respuesta, probablemente, es que no volverá. Algunas noches son únicas precisamente porque no se pueden repetir.

Etiquetada en...

Portada

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.