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Viernes, 12 de Junio de 2026 Tiempo de lectura:

Cementerio sin lápidas

El Papa americano llegó al muelle de la vergüenza, miró al Atlántico y le dijo a Europa lo que, según él, Europa no quiere oír

 

[Img #30675]Hay un momento en este viaje que lo cambia todo. No fue en Cibeles con un millón y medio de personas arrodilladas en el asfalto. No fue en el Congreso con los diputados aplaudiendo siete minutos. No fue ni siquiera en la Sagrada Familia con el rostro de Gaudí dibujado por drones en el cielo de Barcelona. Fue en un muelle de hormigón en el sur de Gran Canaria, ante mil ochocientas personas, muchas de las cuales llegaron hasta allí en cayuco.

 

Arguineguín. Un nombre que el mundo conoce desde 2020, cuando la pandemia convirtió este puerto pesquero en el escenario más incómodo de Europa: tres mil migrantes durmiendo en el suelo, en el muelle, a la intemperie, mientras el resto del continente debatía si había que acogerlos o devolverlos. El muelle de la vergüenza, le llamaron. Y aquí, este jueves, llegó el hombre de blanco.

 

I. Gran Canaria: la promesa que Francisco no pudo cumplir

 

León XIV llegó a la base aérea de Gando a mediodía del jueves 11 de junio, recibido por Pedro Sánchez y el presidente de Canarias, Fernando Clavijo. Era el primer Papa en pisar suelo canario. Francisco lo había prometido en más de una ocasión, conmovido por las travesías mortales de la ruta atlántica. Nunca llegó. León XIV llegó.

 

Acompañado por el inmigracionista Pedro Sánchez, se trasladó al puerto de Arguineguín, a cuarenta y siete kilómetros de Gando. Antes de hablar, visitó el camarín de la Virgen del Carmen, bendijo una cruz construida con madera de una embarcación de migrantes y depositó una corona de flores en memoria de quienes perdieron la vida en el mar. Una cruz hecha con los restos de un cayuco. No hay alegoría más directa ni más honesta que esa.

 

Escuchó los testimonios de un socorrista de Salvamento Marítimo, de una voluntaria de Cáritas, una empresaria latinoamericana, y el de Blessing, una víctima de la trata de seres humanos que intervino sin mostrar su rostro. Blessing. Un nombre que en inglés significa bendición. Una mujer cuyo cuerpo fue comprado y vendido, que habló ante el Papa sin que nadie pudiera ver su cara porque mostrarla todavía le costaría demasiado.

 

León XIV la miró. Y cuando tomó la palabra, le habló directamente: "Si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable. Eres hija, eres hermana, eres bendición." En el muelle más triste de Europa, el Papa americano le devolvió a una mujer su nombre. Literalmente.

 

Y entonces habló de Europa. Y aquí la voz del hombre de blanco adquirió un filo que ningún discurso anterior del viaje había tenido.

 

"Europa no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas." Once palabras que deberían estar grabadas en la entrada de cada parlamento del continente: cementerios sin lápidas. Sin nombre. Sin familia que llore. Sin fecha. Solo el mar, que no lleva registro de sus muertos. Posteriormente, el Pontífice, a través de X - Twitter, repartidó responsabilidades y habló de lo que no quiso hablar en Canarias:  "El drama de los migrantes debe convertirse en un examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante".

 

Efectivamente, el examen de conciencia no eximió a nadie: a los países de origen, llamados a crear condiciones de paz y desarrollo; a los de tránsito, a no entregar a los débiles a las redes criminales; a Europa, a no mirar hacia otro lado; y también a la propia Iglesia, que no puede adorar a Cristo en el altar y luego "pasar de largo ante los cayucos y las pateras". Cuatro acusados. Cuatro culpables. Ninguna escapatoria.

 

Un analista de la agencia ACI Prensa escribió que este fue el mejor discurso de un Papa sobre migración, superando incluso el grito de Francisco en Lampedusa contra "la globalización de la indiferencia". Francisco gritó. León XIV enumeró responsables. Que cada cual decida cuál es más devastador.

 

II. Santa Ana y el estadio: la isla que también reza

 

De Arguineguín, a Las Palmas. León XIV recibió la llave de oro de la ciudad y visitó la Catedral de Santa Ana, donde se reunió con sacerdotes, diáconos y agentes pastorales de la diócesis. La catedral más antigua de Canarias, construida entre los siglos XV y XIX con esa mezcla de gótico tardío y barroco que es la arquitectura del encuentro entre dos mundos.

 

Por la tarde, la misa multitudinaria en el Estadio de Gran Canaria reunió a más de cincuenta mil fieles. Cincuenta mil personas en una isla de novecientas mil habitantes. Una de cada dieciocho. La proporción más alta de todo el viaje. Las islas, que llevan años cargando solas con el peso de una crisis migratoria que el resto de Europa prefiere no ver, recibieron al Papa con la intensidad de quien lleva demasiado tiempo esperando que alguien llegue a mirar.

 

III. Tenerife: Las raíces y los hombres que aprendieron español esperando

 

Esta mañana, el avión papal aterrizó en el aeropuerto Tenerife Norte. Y la última jornada del viaje empezó donde debía empezar: en Las Raíces, el centro de acogida de La Laguna.

 

El centro alberga actualmente a medio millar de personas migrantes. Hombres que cruzaron el Atlántico desde África Occidental en embarcaciones de madera que no deberían navegar en ningún océano, que sobrevivieron cuando otros no sobrevivieron, y que ahora aprenden español en aulas prefabricadas esperando que alguien decida qué hacer con ellos. Esta mañana, mientras esperaban al Papa, el representante de la organización Accem destacó la enorme expectación y emoción que había suscitado la visita entre los setecientos migrantes acogidos en su centro.

 

León XIV pronunció parte de su discurso en francés ante los migrantes presentes, porque muchos venían del África francófona y porque el Papa americano, que habla inglés, español, italiano, portugués y francés, sabe que el idioma en el que te hablan es también una forma de decirte que existes. Después recorrió el espacio estrechando manos, conversando brevemente con algunos. El hombre más poderoso de la Iglesia Católica, dando la mano a los hombres más invisibles de Europa.

 

IV. La Plaza del Cristo y el discurso que nadie esperaba

 

De Las Raíces a la Plaza del Cristo de La Laguna, donde León XIV se reunió con entidades, asociaciones y organizaciones vinculadas a la integración social de personas migrantes y pronunció uno de los discursos más importantes de su visita a Canarias. La Laguna: ciudad universitaria, Patrimonio de la Humanidad, con ese aire de ciudad que ha pensado siempre más de lo que aparenta. La plaza llena, las pantallas retransmitiendo en directo para quienes no cabían.

 

V. El puerto de Santa Cruz: tres cayucos junto al altar

 

Y entonces, la imagen definitiva del viaje. La imagen, absolutamente demagógica, que quedará en la memoria de no pocos. Tres cayucos fondeados junto al altar en la dársena del Puerto de Santa Cruz de Tenerife, con el océano Atlántico de fondo. Los organizadores lo habían pensado durante semanas. Querían que el mar estuviera presente. Querían que las embarcaciones que traen a los vivos y se llevan a los muertos fueran también ornamento litúrgico, testigos mudos de la misa de despedida. Al parecer, no querían que los ciudadanos se enteraran de las consecuencias que tiene la inmigración descontrolada no solamente en quienes la protagonizan sino también en quienes la reciben.

 

Pensad en lo que significa eso. En las iglesias góticas medievales, los constructores ponían figuras de santos en los altares para recordar a los fieles que la santidad era posible. En el puerto de Santa Cruz de Tenerife, en junio de 2026, pusieron tres cayucos de madera desvencijada para recordar -¿a quién?- que la humanidad es urgente.

 

Veinticuatro mil sillas instaladas en la dársena. Desde primera hora de la mañana, fieles haciendo cola para entrar. El Atlántico detrás. Los tres cayucos al lado del altar. El hombre de blanco celebrando la última misa del viaje con esa calma suya que ya nadie intenta explicar.

 

VI. La despedida: Felipe VI en el aeropuerto

 

A las tres de la tarde, la comitiva papal se dirigió al aeropuerto Tenerife Norte, donde el Rey Felipe VI presidió la ceremonia oficial de despedida. El mismo rey vacuo que le recibió en Barajas hace siete días, cerrando el paréntesis con la simetría perfecta de los actos de Estado. El avión despegó a las tres. Llegada prevista a Roma-Fiumicino a las ocho y diez de la tarde.

 

El viaje había terminado.

 

Coda final: lo que España se quedó

 

Siete días. Madrid, Barcelona, Canarias. Un millón y medio en Cibeles, ochenta mil en el Bernabéu, cuarenta mil en Montjuïc, cincuenta mil en Gran Canaria, miles más en el puerto de Santa Cruz. El Congreso en silencio, los obispos interpelados, los presos de Brians cantando Ayúdame a caminar, Blessing hablando sin mostrar su rostro, Gaudí dibujado por drones en el cielo de Barcelona, tres cayucos junto al altar frente al Atlántico.

 

Y un hombre de blanco atravesándolo todo con la misma sotana y la misma calma, diciendo en cada ciudad exactamente lo que esa ciudad necesitaba escuchar y no necesariamente quería oír.

 

España lleva años siendo un país que no sabe exactamente en qué cree. Cree en el fútbol, en la siesta, en la queja y en la fiesta. Cree, con reservas crecientes, en sus instituciones. No sabe muy bien si cree en Dios. Y sin embargo, siete días seguidos, en tres rincones distintos del país, millones de personas salieron a la calle a ver pasar a un hombre que habla en nombre de Dios.

 

Quizás no sea fe. Quizás sea hambre. Hambre de que alguien diga en voz alta que hay cosas que importan más que el PIB, que los muertos del Atlántico tienen nombres y responsables aunque el mar no lo sepa, que no se puede creer en nada que valga la pena y mirar hacia otro lado al mismo tiempo.

 

León XIV volvió a Roma esta noche. España se quedó con los cayucos, con los socialistas ateos en el Gobiernop, con la torre de Gaudí encendida, con la ovación de siete minutos en el Congreso y con esa frase que no se va: cementerio sin lápidas.

 

Algunas frases se quedan. Esta se va a quedar mucho tiempo.

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