Cuando comprendí lo que era el amor
El amor es algo que nos posee, que tiene muchas interpretaciones, que puede ser generoso, apasionado, egoísta, inocente, culpable, temporal, permanente, idílico, realista, oculto, platónico, delictivo, creyente… y muchas otras posibilidades, aunque todas ellas tienen algo en común: una sensación anímica de poder alcanzar la felicidad y la producción metabólica –hormonal, fundamentalmente– específica de quien ama. En definitiva, amor puede serlo todo. Siempre que se enfoque adecuadamente, por supuesto.
Ahora, tras la visita del Papa León XIV, el amor está de moda. Teóricamente se basa en el cariño, el perdón y la ayuda a los demás, pero… ¿qué es realmente el amor? La cosa es complicada, pero vamos a ver si entre todos se puede llegar a algo.
Leonard Cohen, premio Príncipe de Asturias hace algunos años, decía que el amor no tiene cura, pero es la única cura para todos los males. No se puede ser feliz sin amor y tampoco se puede amar sin ser feliz. En el primer caso se suele sustituir el amor por la ambición y el egoísmo, pues realmente es a uno mismo a quien se ama. Por el contrario, el que ama sin respuesta no es feliz, de manera que su amor no es más que un deseo o una entelequia. Hay muchas clases de amor pero, si nos circunscribimos al valor del mismo, podemos ir desde un amor minusválido, que solamente se tiene a una persona, pasando por un amor recortado, que solamente contempla a la propia familia o amigos, hasta un amor generoso y solidario, que se extiende a todo ser viviente, sean o no parientes o amigos, nos caigan bien o mal. No hay más que leer la primera carta de San Pablo a los Corintios, que suele leerse en las bodas y que lo define maravillosamente:
“El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca”.
Esto sería la perfección del amor y supondría estar dispuesto a hacer feliz a niños y mayores, amigos y no tanto, socios y rivales, etc. Desde luego esta es la mayor y mejor aportación cristiana a la felicidad. El amor estaba siempre en la palabra de Jesucristo e incluso, cuando moría, pedía perdón por los que le estaban matando.
Claro, que hasta San Agustín analizaba el amor bajo el prisma de la posesión y decía: “aquél que es celoso, no está enamorado”. Cierto, pero esto es centrarse solamente en el amor personal, que sin duda ha de tenerse con aquella persona a la que entregamos la parte principal de nuestra convivencia. Sin embargo, iba mucho más allá. Conocida es su frase de “ama y haz lo que quieras”. Si, para este santo, canonizado y santificado por aclamación popular, el amor es el motor de la vida humana y la fuente de su espiritualidad. San Francisco de Asís da un paso más y ama a la naturaleza, como gran creación de Dios. Son los dos grandes santos del amor de Dios: la creación y el ser humano. Para “il poverello d’Assissi” el amor se expande a toda la creación, desde los seres humanos a las plantas y animales, el agua, el aire, toda nuestra geografía… San Agustín, muy anterior, centra su amor en el ser humano, fundamentalmente, y dice la mejor metáfora de la vida eterna que conocemos, referida a la muerte:
“La muerte no es nada, sólo he pasado a la habitación de al lado. Seguid riendo de lo que nos hacía reír juntos. Rezad, sonreíd, pensad en mí “.
Esto es muy interesante, porque nos define la eternidad del amor, como principio de vida eterna para los creyentes en Jesucristo.
Maurice Chevalier opinaba que el origen del amor es el olvido. Y es una gran verdad, pues si no eres capaz de olvidar el daño que te han hecho, difícilmente podrás seguir el camino que Jesucristo nos enseñó para la vida eterna, para la felicidad. Es que, como sabiamente dijera Jorge Luis Borges, la única manera de perdonar es el olvido. Evidentemente, nuestra memoria debe ser selectiva. Siempre hay que olvidar el daño y recordar el cariño. Esto se asocia siempre con dejar de pensar en uno mismo, porque siguiendo las palabras de Charles Baudelaire, el amor es el anhelo de salir de uno mismo. Todo se ha de compartir, excepto la falta de salud, y eso lo sabía el poeta Christoph August Tiedge, cuando escribía aquello de que la alegría compartida es doble alegría y el dolor compartido es medio dolor. Con lo primero estoy de acuerdo, pero con lo segundo…
Es cierto que la soledad es muy mal camino para ser feliz. Por eso, las órdenes religiosas contemplativas siempre están pensando en Dios. Aunque también comparten su vida con un amor en silencio, que es otra forma de amar muy humilde y generosa. Da igual lo que se piense fuera de lo fundamental, pues la compañía existe entre esta gente tan mística.
Y todo esto lo resume sabiamente Aristóteles hace casi 25 siglos: “el amor está compuesto por un alma habitada por dos cuerpos”. Mira que ha pasado tiempo, pero esta frase es genial. Yo incluso la ampliaría a un alma habitada por todos los cuerpos de buena voluntad.
Es difícil comprender el amor, pues el amor posee unas características impresionantes y universales.
En nuestro planeta, el amor se manifiesta muy especialmente mediante la continuidad. La madre y el padre animal, especialmente la primera, cuidan y aman profundamente a sus crías. Estaba yo una vez en la terraza de mi casa desayunando cuando, sin explicarme el por qué, vino una pajarita, y se posó en un cable, piando sin parar y de manera extraña. Terminé de desayunar y no cesaba, pese a que entré en casa. Volví a salir y piaba mucho más, desesperadamente. Me di cuenta entonces de que su nido estaba caído y tenía un pajarillo muy quieto. Entre mi mujer y yo lo cogimos, le dimos un poquito de agua con una jeringa, lo limpiamos y pusimos el nido con el pajarito encima de una maceta sin flores, aunque con tierra. Enseguida llegó su madre hacia él. Pero ya era tarde, porque el pajarito se murió al poco rato. Para mí, aquello fue una lección de amor, contra el desinterés por los hijos e incluso contra la justificación del aborto. Ningún animal promueve el aborto ni la eutanasia. Todo animal lucha por vivir. El matar a un animal compañero o familiar para que no sufra, y mucho más a un ser humano, no se contempla en el desarrollo normal de la vida en la naturaleza. Pero es que igual sucede con las plantas. No existe una planta que mate sus brotes o que destruya sus semillas. La vida es algo maravilloso y en ella se fundamenta el amor, que es lo único que verdaderamente nos hace felices.
La naturaleza encierra un amor exultante. Decía Vincent Van Gogh que si realmente amas a la naturaleza, encontrarás la belleza en todas partes. Yo creo que el amor y la belleza deben ir unidos, porque si no lo están, una de las dos partes es falsa o puede que las dos. Y no es el único que ensalzó el amor a la naturaleza. Por ejemplo, Rabindranath Tagore escribía: los árboles son los esfuerzos de la tierra para hablar con el cielo que escucha. Finalmente, Juvenal exaltaba su amor a la naturaleza opinando que nunca la sabiduría dice una cosa y la naturaleza otra.
Es decir, que el conocimiento es comprender aquello que nos rodea y parece que solamente hay un camino para poderlo hacer: el amor.
No dejemos jamás de amar porque el amor siempre tiene retorno. Si tú muestras cariño a todos, a todo, a la existencia –en definitiva–, el cariño siempre vuelve a ti.
Vivimos unos tiempos difíciles, donde nos estamos autodestruyendo a causa del egoísmo. La ambición es incompatible con la felicidad.
Tenemos que renacer en nosotros, tenemos que valorar la maravilla que es nuestro planeta, tenemos que unirnos todos en el amor y solamente así lograremos expandir el amor al universo, al multiverso, al macro y microcosmos que nos aloja. El amor es la gran fortaleza que nos va a asegurar el futuro a todos.
Y, además, por encima de todo ello, el amor es la fotocopia más fiel de la felicidad y la vida eterna. Dios y la vida quieren y necesitan que nos amemos. Así es que ánimo, a sonreír y dar cariño, a compartir esta maravilla que es vivir con todos los seres vivos, especialmente los seres humanos.
Con todo cariño.
El amor es algo que nos posee, que tiene muchas interpretaciones, que puede ser generoso, apasionado, egoísta, inocente, culpable, temporal, permanente, idílico, realista, oculto, platónico, delictivo, creyente… y muchas otras posibilidades, aunque todas ellas tienen algo en común: una sensación anímica de poder alcanzar la felicidad y la producción metabólica –hormonal, fundamentalmente– específica de quien ama. En definitiva, amor puede serlo todo. Siempre que se enfoque adecuadamente, por supuesto.
Ahora, tras la visita del Papa León XIV, el amor está de moda. Teóricamente se basa en el cariño, el perdón y la ayuda a los demás, pero… ¿qué es realmente el amor? La cosa es complicada, pero vamos a ver si entre todos se puede llegar a algo.
Leonard Cohen, premio Príncipe de Asturias hace algunos años, decía que el amor no tiene cura, pero es la única cura para todos los males. No se puede ser feliz sin amor y tampoco se puede amar sin ser feliz. En el primer caso se suele sustituir el amor por la ambición y el egoísmo, pues realmente es a uno mismo a quien se ama. Por el contrario, el que ama sin respuesta no es feliz, de manera que su amor no es más que un deseo o una entelequia. Hay muchas clases de amor pero, si nos circunscribimos al valor del mismo, podemos ir desde un amor minusválido, que solamente se tiene a una persona, pasando por un amor recortado, que solamente contempla a la propia familia o amigos, hasta un amor generoso y solidario, que se extiende a todo ser viviente, sean o no parientes o amigos, nos caigan bien o mal. No hay más que leer la primera carta de San Pablo a los Corintios, que suele leerse en las bodas y que lo define maravillosamente:
“El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca”.
Esto sería la perfección del amor y supondría estar dispuesto a hacer feliz a niños y mayores, amigos y no tanto, socios y rivales, etc. Desde luego esta es la mayor y mejor aportación cristiana a la felicidad. El amor estaba siempre en la palabra de Jesucristo e incluso, cuando moría, pedía perdón por los que le estaban matando.
Claro, que hasta San Agustín analizaba el amor bajo el prisma de la posesión y decía: “aquél que es celoso, no está enamorado”. Cierto, pero esto es centrarse solamente en el amor personal, que sin duda ha de tenerse con aquella persona a la que entregamos la parte principal de nuestra convivencia. Sin embargo, iba mucho más allá. Conocida es su frase de “ama y haz lo que quieras”. Si, para este santo, canonizado y santificado por aclamación popular, el amor es el motor de la vida humana y la fuente de su espiritualidad. San Francisco de Asís da un paso más y ama a la naturaleza, como gran creación de Dios. Son los dos grandes santos del amor de Dios: la creación y el ser humano. Para “il poverello d’Assissi” el amor se expande a toda la creación, desde los seres humanos a las plantas y animales, el agua, el aire, toda nuestra geografía… San Agustín, muy anterior, centra su amor en el ser humano, fundamentalmente, y dice la mejor metáfora de la vida eterna que conocemos, referida a la muerte:
“La muerte no es nada, sólo he pasado a la habitación de al lado. Seguid riendo de lo que nos hacía reír juntos. Rezad, sonreíd, pensad en mí “.
Esto es muy interesante, porque nos define la eternidad del amor, como principio de vida eterna para los creyentes en Jesucristo.
Maurice Chevalier opinaba que el origen del amor es el olvido. Y es una gran verdad, pues si no eres capaz de olvidar el daño que te han hecho, difícilmente podrás seguir el camino que Jesucristo nos enseñó para la vida eterna, para la felicidad. Es que, como sabiamente dijera Jorge Luis Borges, la única manera de perdonar es el olvido. Evidentemente, nuestra memoria debe ser selectiva. Siempre hay que olvidar el daño y recordar el cariño. Esto se asocia siempre con dejar de pensar en uno mismo, porque siguiendo las palabras de Charles Baudelaire, el amor es el anhelo de salir de uno mismo. Todo se ha de compartir, excepto la falta de salud, y eso lo sabía el poeta Christoph August Tiedge, cuando escribía aquello de que la alegría compartida es doble alegría y el dolor compartido es medio dolor. Con lo primero estoy de acuerdo, pero con lo segundo…
Es cierto que la soledad es muy mal camino para ser feliz. Por eso, las órdenes religiosas contemplativas siempre están pensando en Dios. Aunque también comparten su vida con un amor en silencio, que es otra forma de amar muy humilde y generosa. Da igual lo que se piense fuera de lo fundamental, pues la compañía existe entre esta gente tan mística.
Y todo esto lo resume sabiamente Aristóteles hace casi 25 siglos: “el amor está compuesto por un alma habitada por dos cuerpos”. Mira que ha pasado tiempo, pero esta frase es genial. Yo incluso la ampliaría a un alma habitada por todos los cuerpos de buena voluntad.
Es difícil comprender el amor, pues el amor posee unas características impresionantes y universales.
En nuestro planeta, el amor se manifiesta muy especialmente mediante la continuidad. La madre y el padre animal, especialmente la primera, cuidan y aman profundamente a sus crías. Estaba yo una vez en la terraza de mi casa desayunando cuando, sin explicarme el por qué, vino una pajarita, y se posó en un cable, piando sin parar y de manera extraña. Terminé de desayunar y no cesaba, pese a que entré en casa. Volví a salir y piaba mucho más, desesperadamente. Me di cuenta entonces de que su nido estaba caído y tenía un pajarillo muy quieto. Entre mi mujer y yo lo cogimos, le dimos un poquito de agua con una jeringa, lo limpiamos y pusimos el nido con el pajarito encima de una maceta sin flores, aunque con tierra. Enseguida llegó su madre hacia él. Pero ya era tarde, porque el pajarito se murió al poco rato. Para mí, aquello fue una lección de amor, contra el desinterés por los hijos e incluso contra la justificación del aborto. Ningún animal promueve el aborto ni la eutanasia. Todo animal lucha por vivir. El matar a un animal compañero o familiar para que no sufra, y mucho más a un ser humano, no se contempla en el desarrollo normal de la vida en la naturaleza. Pero es que igual sucede con las plantas. No existe una planta que mate sus brotes o que destruya sus semillas. La vida es algo maravilloso y en ella se fundamenta el amor, que es lo único que verdaderamente nos hace felices.
La naturaleza encierra un amor exultante. Decía Vincent Van Gogh que si realmente amas a la naturaleza, encontrarás la belleza en todas partes. Yo creo que el amor y la belleza deben ir unidos, porque si no lo están, una de las dos partes es falsa o puede que las dos. Y no es el único que ensalzó el amor a la naturaleza. Por ejemplo, Rabindranath Tagore escribía: los árboles son los esfuerzos de la tierra para hablar con el cielo que escucha. Finalmente, Juvenal exaltaba su amor a la naturaleza opinando que nunca la sabiduría dice una cosa y la naturaleza otra.
Es decir, que el conocimiento es comprender aquello que nos rodea y parece que solamente hay un camino para poderlo hacer: el amor.
No dejemos jamás de amar porque el amor siempre tiene retorno. Si tú muestras cariño a todos, a todo, a la existencia –en definitiva–, el cariño siempre vuelve a ti.
Vivimos unos tiempos difíciles, donde nos estamos autodestruyendo a causa del egoísmo. La ambición es incompatible con la felicidad.
Tenemos que renacer en nosotros, tenemos que valorar la maravilla que es nuestro planeta, tenemos que unirnos todos en el amor y solamente así lograremos expandir el amor al universo, al multiverso, al macro y microcosmos que nos aloja. El amor es la gran fortaleza que nos va a asegurar el futuro a todos.
Y, además, por encima de todo ello, el amor es la fotocopia más fiel de la felicidad y la vida eterna. Dios y la vida quieren y necesitan que nos amemos. Así es que ánimo, a sonreír y dar cariño, a compartir esta maravilla que es vivir con todos los seres vivos, especialmente los seres humanos.
Con todo cariño.


















