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Domingo, 14 de Junio de 2026 Tiempo de lectura:
Primer rescate marino llevado a cabo por un dron

Dos hombres en el agua y un barco sin nadie a bordo

El primer rescate marítimo de la historia ejecutado por una embarcación autónoma cuenta, en realidad, dos historias: la de dos aviadores que sobrevivieron a la caída de su Apache en el estrecho de Ormuz, y la de la guerra que viene.

 

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Eran las 11:33 GMT del 8 de junio cuando el helicóptero dejó de ser una máquina y se convirtió en un problema de física. Un AH-64 Apache del Ejército estadounidense patrullaba —rutina, decían los partes— las aguas frente a la costa de Omán, en la boca del estrecho de Ormuz, ese cuello de botella por el que pasa una parte del petróleo del mundo y, con él, buena parte de sus tensiones. Algo falló. O algo lo derribó. A día de hoy nadie de uniforme firma una versión definitiva, y la investigación sigue abierta. El presidente Donald Trump fue rotundo en Truth Social: lo tumbó Irán, dijo, sin precisar si por cálculo o por error. Lo único incontestable es lo que vino después: dos tripulantes en el agua, de noche, en uno de los lugares más hostiles del planeta.

 

En el cálculo clásico del rescate militar, ese instante es el más caro de todos. La doctrina occidental presume de no dejar a nadie atrás, y la presunción tiene un precio medido en hombres: para sacar a un herido del campo hacen falta, como mínimo, dos sanos que dejen de combatir para cargarlo. El Vietcong aprendió hace medio siglo a explotar esa nobleza: bastaba con herir a un soldado estadounidense para detener un asalto entero mientras lo atendían. El cálculo, esta vez, iba a ser distinto.

 

Se activó el dispositivo. El Mando de Fuerzas Navales y la 82ª División Aerotransportada coordinaron la operación, con apoyo de unidades de la Armada y de las Fuerzas Aéreas. Pero la pieza que convierte esta noche en un punto de inflexión no llevaba piloto, ni copiloto, ni timonel, ni nadie. Era un Corsair: un barco-dron de poco más de siete metros, casco bajo, propulsión por chorro de agua, sin hélices que mutilen a quien rescata. Pertenece a la Task Force 59, la unidad que la Quinta Flota estadounidense dedica a integrar inteligencia artificial y sistemas no tripulados en el golfo Pérsico, y que hasta esa noche había servido para vigilar, no para salvar.

 

El Corsair hizo lo que sabe hacer. Con su carga de sensores de 360 grados barriendo la oscuridad, encontró a los dos hombres en el oleaje. Y entonces ocurrió la imagen que define toda la jornada: no hubo una mano tendida desde una cubierta, no hubo voces, no hubo un compañero gritando un nombre. Hubo una máquina que se detuvo junto a ellos y esperó. Los dos tripulantes treparon a bordo, se aferraron a la superestructura de aquel artefacto mudo y se dejaron llevar a través del agua negra hasta un punto seguro, donde un helicóptero —ese sí, con humanos dentro— completó la extracción.

 

«Los pilotos están bien. Nadie herido», zanjó Trump esa misma noche, según los partes, después de haber asistido al tercer partido de las Finales de la NBA en el Madison Square Garden. La frase, dicha entre el baloncesto y la guerra, resume bien la era: el comandante en jefe enterándose de un rescate inédito sin moverse de la pista.

 

Lo inédito conviene subrayarlo, porque es el corazón del asunto. Es la primera vez —lo confirmó el capitán Tim Hawkins, portavoz del Mando Central— que un buque de superficie no tripulado saca con vida a personal estadounidense del mar. La empresa fabricante, Saronic, lo reconoció con la prudencia del que sabe que acaba de vender el futuro: días antes del rescate había exhibido ese mismo Corsair ante mandos militares en una demostración logística. La demostración real llegó sola, y a oscuras.

 

Un piloto veterano de la Armada lo formuló con la franqueza brutal del oficio: mandaron un par de botes robóticos, y eso significa que ninguna vida más quedó expuesta. Si a uno le disparan, dijo, se lanza otro. Hay de sobra. Y nadie, añadió, recibe a cambio un ataúd plegado ni la visita del oficial que notifica las bajas. En esa aritmética se juega buena parte de la guerra del siglo que viene: no la del soldado que muere por rescatar al herido, sino la de la máquina prescindible que va donde el ser humano ya no tiene por qué ir. Evacuación de heridos, la temida «hora dorada» en que un traslado rápido decide entre la vida y la muerte, zonas demasiado peligrosas para un equipo de carne y hueso. Todo ello, delegable.

 

El reverso de la épica llegó deprisa y sin nada de tecnológico. Estados Unidos respondió con ataques aéreos sobre Irán; Irán contraatacó, y se informó de ofensivas que alcanzaron objetivos en Kuwait y Baréin. El frágil alto el fuego entre Israel e Irán pendía de un hilo. El estrecho de Ormuz volvía a ser lo que ha sido siempre: una mecha corta junto a un barril de pólvora.

 

Quedará para el debate si la noche del 8 de junio se recordará por la escalada o por el barco. Pero hay un detalle que se resiste al olvido, y es casi cinematográfico en su frialdad: dos hombres a flote en aguas enemigas se salvaron agarrándose a algo que no podía tener miedo, ni cansarse, ni marearse, ni dudar. Algo que no sabía sus nombres. La próxima vez que alguien grite «¡sanitario!» en mitad de un combate, advierten ya los analistas, puede que responda una cosa con forma de robot y una cruz roja en el pecho.

 

Esta vez respondió un casco de siete metros, sin bandera en el alma y sin nadie a bordo. Y fue suficiente.

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