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Domingo, 14 de Junio de 2026 Tiempo de lectura:

Washington ya no ve a Europa como el centro de Occidente

La nueva Estrategia de Defensa de Estados Unidos marca un giro histórico: el continente deberá asumir su propia seguridad mientras Washington concentra sus esfuerzos en China

 

[Img #30684]Durante más de ocho décadas, Europa ocupó una posición privilegiada en la estrategia global de Estados Unidos. Desde el desembarco de Normandía hasta la caída del Muro de Berlín, desde la Guerra Fría hasta la invasión rusa de Ucrania, la seguridad europea fue considerada un interés vital para Washington. Sin embargo, la nueva Estrategia Nacional de Defensa de Estados Unidos para 2026 revela que algo profundo está cambiando al otro lado del Atlántico.

 

El documento, elaborado por el Departamento de Guerra de EE.UU. bajo la dirección de Pete Hegseth y alineado con la visión estratégica del presidente Donald Trump, no anuncia una retirada estadounidense de Europa ni cuestiona la continuidad de la OTAN. Pero sí contiene un mensaje inequívoco: Estados Unidos ya no considera a Europa el escenario principal de la política mundial y espera que los europeos asuman la responsabilidad fundamental de su propia defensa.

 

La afirmación aparece de forma explícita en varios apartados del documento. Washington sostiene que la prioridad estratégica del siglo XXI ya no se encuentra en el continente europeo, sino en el Indo-Pacífico, donde se desarrolla la competencia con China. Europa sigue siendo importante, pero ya no constituye el eje central de la seguridad internacional desde la perspectiva norteamericana.

 

La nueva estrategia parte de una premisa que habría resultado impensable para generaciones anteriores de dirigentes estadounidenses: Rusia no representa una amenaza existencial para Europa occidental. El texto describe a Moscú como una amenaza "persistente, pero manejable" y sostiene que Rusia carece de capacidad para aspirar a una hegemonía continental. El documento subraya que los países europeos de la OTAN poseen una economía, una población y un potencial industrial muy superiores a los rusos, por lo que están en condiciones de garantizar su propia defensa convencional.

 

La consecuencia práctica de este diagnóstico es inmediata. Según la estrategia estadounidense, los aliados europeos deben asumir el liderazgo de la defensa del continente y del apoyo a Ucrania. Estados Unidos seguirá proporcionando respaldo, inteligencia, capacidades estratégicas y apoyo político, pero ya no pretende cargar con la mayor parte del esfuerzo militar y financiero.

 

La guerra de Ucrania constituye uno de los ejemplos más claros de este cambio de mentalidad. El documento afirma que la resolución del conflicto y la seguridad futura del continente son, ante todo, una responsabilidad europea. Washington considera que los gobiernos europeos disponen de recursos suficientes para afrontar el desafío, pero que durante demasiado tiempo se han acostumbrado a depender del paraguas militar estadounidense.

 

La crítica es especialmente dura con las últimas décadas de política de defensa europea. El texto sostiene que numerosos aliados redujeron sus presupuestos militares mientras invertían crecientes cantidades de dinero en programas sociales y de bienestar. Según esta interpretación, las élites políticas europeas pudieron hacerlo porque Estados Unidos asumía los costes fundamentales de la seguridad occidental.

 

La nueva Administración considera que ese modelo ha llegado a su fin.

 

De hecho, una de las ideas más repetidas en el documento es la necesidad de un reparto mucho más equilibrado de las cargas dentro de la OTAN. La estrategia celebra los acuerdos alcanzados en la cumbre de La Haya para elevar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB y presenta ese porcentaje como el nuevo estándar internacional. No se trata únicamente de una cuestión presupuestaria. Para Washington, el aumento del gasto militar simboliza una transformación más profunda: el paso de una Europa protegida por Estados Unidos a una Europa responsable de sí misma.

 

Lo más llamativo del documento es quizá aquello que no dice. No habla de una Europa condenada al declive. No describe un continente incapaz de defenderse. Tampoco presenta a los europeos como aliados débiles o irrelevantes. Más bien ocurre lo contrario. Los estrategas norteamericanos consideran que Europa es perfectamente capaz de garantizar su seguridad si decide movilizar sus recursos económicos, industriales y humanos.

 

En otras palabras, el problema no sería la falta de capacidad, sino la falta de voluntad política.

 

Desde esta perspectiva, el documento refleja una profunda revisión del papel histórico de Estados Unidos en Occidente. Durante décadas, Washington actuó como garante último de la estabilidad europea. Ahora empieza a comportarse más como un socio que exige corresponsabilidad. La protección automática deja paso a una relación basada en compromisos recíprocos.

 

El cambio tiene además una dimensión geopolítica mucho más amplia. La estrategia estadounidense identifica claramente a China como el principal desafío estratégico del siglo XXI. El Indo-Pacífico aparece descrito como el futuro centro económico del planeta y como el escenario decisivo para la seguridad y la prosperidad estadounidenses. En consecuencia, recursos militares, capacidades industriales y atención política deberán desplazarse progresivamente hacia Asia.

 

Europa, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, deja de ocupar el primer lugar en la lista de prioridades estratégicas de Washington.

 

Para muchos observadores, esta transformación puede representar uno de los cambios geopolíticos más importantes de las últimas décadas. No implica el abandono de Europa ni el fin de la OTAN. Tampoco supone una ruptura de la alianza atlántica. Pero sí señala el final de una era histórica en la que la seguridad europea descansaba principalmente sobre la voluntad y los recursos de Estados Unidos.

 

La pregunta que sobrevuela ahora las cancillerías europeas es tan sencilla como incómoda: si Washington considera que ha llegado el momento de que Europa se responsabilice de su propio destino, ¿están realmente preparados los gobiernos europeos para asumir esa tarea?

 

La nueva Estrategia Nacional de Defensa de Estados Unidos deja claro que, para la Casa Blanca, esa discusión ya no pertenece al futuro. Ha comenzado.

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