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Los inmigrantes perciben cerca del 40% de la RGI en el País Vasco pese a representar solamente el 10% de la población

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Los ciudadanos extranjeros reciben cerca del 40% de las prestaciones de la Renta de Garantía de Ingresos (RGI) en el País Vasco, a pesar de que representan aproximadamente el 10% de la población residente en la comunidad autónoma. El dato ha reabierto el debate político sobre el modelo vasco de ayudas sociales, su capacidad de integración y el posible efecto llamada que denuncian desde hace años diversos sectores políticos y sociales.

 

La RGI constituye la principal prestación asistencial del sistema vasco de protección social. Gestionada por Lanbide, está destinada a garantizar unos ingresos mínimos a las personas y familias que carecen de recursos suficientes para cubrir sus necesidades básicas. La cuantía máxima puede superar actualmente los 1.700 euros mensuales en determinadas unidades familiares, tras la actualización aprobada para 2026.

 

Según los datos oficiales disponibles y diversas estadísticas analizadas en los últimos años, los beneficiarios extranjeros presentan un peso muy superior a su representación demográfica. Ya en 2024 diferentes verificaciones estadísticas situaban en torno al 34% la proporción de perceptores extranjeros de la RGI, mientras que informes posteriores elevan esa presencia hasta niveles próximos al 40% en determinados colectivos de beneficiarios.

 

El fenómeno se produce en un contexto de creciente presión migratoria sobre Europa y de aumento sostenido de la población extranjera en Euskadi. Los defensores del actual sistema argumentan que las personas inmigrantes presentan tasas de pobreza y vulnerabilidad superiores a la media, por lo que resulta lógico que estén sobrerrepresentadas entre los receptores de ayudas sociales. Además, recuerdan que el acceso a la prestación exige cumplir requisitos de residencia, empadronamiento y acreditación de insuficiencia de recursos económicos, aunque estos requistos son fácilmente manipulables.

 

Sin embargo, las formaciones críticas con la política social vasca sostienen que la diferencia entre el peso demográfico de la población extranjera y su participación en las prestaciones evidencia un problema estructural. El Partido Popular vasco ha llegado a afirmar que el actual modelo de RGI genera un "efecto llamada" y presenta dificultades para cumplir uno de sus principales objetivos: facilitar la integración laboral de los perceptores. Según datos citados por esta formación, más de cuatro de cada diez perceptores no jubilados de la prestación son extranjeros.

 

La discusión se produce además en un momento de transformación del propio sistema. La Ley Vasca de Garantía de Ingresos e Inclusión Social amplió el acceso a nuevos colectivos vulnerables y flexibilizó determinados requisitos, lo que permitió la incorporación de miles de nuevos beneficiarios. Entre ellos destacan las personas refugiadas y solicitantes de protección internacional, que han protagonizado una parte significativa del crecimiento reciente de perceptores.

 

Las cifras globales muestran que la RGI continúa siendo una de las herramientas centrales de la política social vasca, avalada por el PNV, socialistas y proetarras de Bildu. A finales de 2025 el número de perceptores se situaba en torno a las 57.000 personas, mientras que distintas evaluaciones señalan que estas prestaciones permiten reducir significativamente las tasas de pobreza en Euskadi y sacar de situaciones de exclusión a decenas de miles de ciudadanos.

 

No obstante, el debate político está lejos de cerrarse. Mientras unos consideran que la RGI constituye un elemento esencial de cohesión social y lucha contra la pobreza, otros reclaman una revisión profunda de los criterios de acceso, mayores controles contra el fraude y una vinculación más estrecha entre la percepción de ayudas y la incorporación efectiva al mercado laboral. La controversia se ha intensificado además tras la puesta en marcha de nuevos mecanismos de control y denuncia de posibles irregularidades en el cobro de prestaciones gestionadas por Lanbide.

 

La cuestión de fondo sigue siendo una de las más sensibles para la sociedad vasca: hasta qué punto el sistema de protección social debe adaptarse a una realidad demográfica cada vez más diversa y cómo compatibilizar la atención a las personas en situación de vulnerabilidad con la sostenibilidad financiera de unas prestaciones que absorben centenares de millones de euros del presupuesto público cada año.

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