The Civil Commission on October 7th Crimes by Hamas Against Women and Children
El trauma de los que sobrevivieron y el silencio del mundo: las dos heridas que dejaron los atentados terroristas del 7 de octubre de Hamas contra Israel
La primera herida fue física. La segunda psicológica. La tercera, quizá la más difícil de explicar para muchas víctimas, llegó después: la sensación de que una parte importante del mundo no quería escuchar.
El informe Silenced No More, elaborado durante dos años por la Civil Commission on October 7th Crimes by Hamas Against Women and Children, no se limita a documentar asesinatos, secuestros y violencia sexual durante los ataques terroristas del 7 de octubre de 2023. También intenta explicar las consecuencias emocionales que esos hechos han dejado en supervivientes, familiares de las víctimas y antiguos rehenes, así como el profundo impacto provocado por la percepción de indiferencia o escepticismo internacional ante sus testimonios.
El segundo ataque: vivir después del horror
Los especialistas en trauma conocen bien un fenómeno recurrente. Muchas víctimas de violencia extrema afirman que el sufrimiento no termina cuando cesa la agresión. A menudo comienza entonces una segunda batalla: reconstruir una vida que ha quedado destrozada.
Los ataques terroristas del 7 de octubre presentaron características especialmente devastadoras desde el punto de vista psicológico. Los agresores de Hamas no se limitaron a matar. Según el informe, numerosas acciones fueron diseñadas para maximizar el sufrimiento emocional de familiares y comunidades enteras.
Muchos supervivientes presenciaron la muerte de amigos, familiares o vecinos. Padres vieron morir a sus hijos. Hijos contemplaron el asesinato de sus padres. Personas refugiadas en habitaciones blindadas escucharon durante horas disparos, gritos y explosiones sin saber si serían los siguientes.
Los expertos consideran que este tipo de exposición directa a la violencia extrema constituye uno de los factores de riesgo más importantes para desarrollar trastorno de estrés postraumático, ansiedad crónica, depresión severa y sentimientos persistentes de culpa del superviviente.
Pero el informe sostiene que el trauma fue incluso más allá.
Cuando las redes sociales se convierten en un arma
Uno de los aspectos más novedosos de la investigación es el análisis de la utilización deliberada de teléfonos móviles, cámaras corporales y redes sociales como herramientas de guerra psicológica.
Los autores afirman que muchos familiares descubrieron que sus seres queridos habían sido asesinados, secuestrados o humillados mediante vídeos difundidos por los propios atacantes. La escena resulta difícil de imaginar. Una madre abre su teléfono móvil y encuentra imágenes de su hija secuestrada. Un hermano descubre el cadáver de un familiar a través de una publicación viral. Un padre contempla en una pantalla los últimos minutos de vida de un hijo.
Según el informe, la violencia no terminaba en el lugar de los hechos. Continuaba en los hogares israelíes, multiplicada por la velocidad de internet y por la difusión masiva de imágenes diseñadas precisamente para producir terror colectivo.
Los investigadores describen este fenómeno como una transformación del terrorismo tradicional en una forma de violencia retransmitida en tiempo real.
Los rehenes y el trauma prolongado
La investigación dedica una atención especial a los rehenes liberados.
Mientras que una víctima de un atentado experimenta un episodio traumático concentrado en el tiempo, muchos secuestrados sufrieron meses de incertidumbre, amenazas, aislamiento y miedo permanente.
La literatura científica sobre secuestros prolongados muestra que estas experiencias suelen dejar secuelas duraderas: hipervigilancia, trastornos del sueño, ataques de pánico, alteraciones de la identidad personal y dificultades para reconstruir relaciones sociales normales.
El informe sostiene que algunos antiguos cautivos continúan necesitando apoyo psicológico intensivo muchos meses después de su liberación.
La herida del descrédito
Sin embargo, uno de los aspectos más llamativos del informe no se refiere a los ataques en sí mismos, sino a lo ocurrido después.
La presidenta de la comisión, la jurista Cochav Elkayam-Levy, sostiene que las víctimas se encontraron con una dificultad inesperada: la necesidad de demostrar que aquello había sucedido realmente.
Para los autores, la negación, la minimización o el cuestionamiento de determinados testimonios constituyeron una fuente adicional de sufrimiento.
La historia de la violencia sexual en conflictos armados ofrece numerosos precedentes. En Bosnia, Ruanda o Sierra Leona, muchas víctimas tardaron años en ser escuchadas. Los expertos en trauma suelen advertir que cuando una víctima percibe que su relato es recibido con incredulidad, el daño psicológico puede agravarse.
El informe sostiene que algo similar ocurrió tras el 7 de octubre.
Las vacilaciones internacionales
Una de las cuestiones más controvertidas ha sido la reacción de determinadas organizaciones internacionales.
Diversos sectores de la sociedad israelí criticaron durante meses la lentitud con la que algunas instituciones internacionales abordaron las denuncias de violencia sexual.
La controversia afectó especialmente a organismos vinculados a Naciones Unidas y a organizaciones internacionales de defensa de los derechos de la mujer, que fueron acusadas por sectores israelíes de reaccionar con una rapidez menor que la mostrada en otros conflictos.
Las organizaciones cuestionadas respondieron que necesitaban verificar cuidadosamente las informaciones antes de emitir conclusiones formales. Sin embargo, para muchas víctimas y familiares, esos tiempos de espera fueron interpretados como indiferencia o desconfianza.
Esa percepción constituye uno de los ejes centrales de Silenced No More.
El propio título del informe —“Silenciadas nunca más”— refleja la convicción de sus autores de que las víctimas sufrieron no solamente la violencia física de los ataques, sino también una batalla posterior por el reconocimiento de su sufrimiento.
Una cuestión que trasciende Oriente Próximo
Más allá del ataque de Hamas a Israel, el debate planteado por el informe tiene implicaciones mucho más amplias.
¿Cómo debe reaccionar la comunidad internacional cuando aparecen denuncias de violencia sexual en escenarios de guerra?
¿Cuánto tiempo debe dedicarse a la verificación antes de pronunciarse públicamente?
¿Existe el riesgo de que las consideraciones políticas condicionen la atención prestada a determinadas víctimas?
Y, sobre todo, ¿qué ocurre cuando quienes han sobrevivido a una atrocidad sienten que también deben luchar para convencer al mundo de que aquello ocurrió?
Las respuestas a estas preguntas no afectan únicamente a Israel o a Gaza. Afectan al modo en que la comunidad internacional afrontará las futuras atrocidades del siglo XXI.
Porque, como recuerdan los autores del informe, la justicia empieza por una condición elemental: escuchar a las víctimas. Y cuando esa escucha se retrasa, vacila o se politiza, la sensación de abandono puede convertirse en una segunda forma de sufrimiento tan profunda como la primera.
La primera herida fue física. La segunda psicológica. La tercera, quizá la más difícil de explicar para muchas víctimas, llegó después: la sensación de que una parte importante del mundo no quería escuchar.
El informe Silenced No More, elaborado durante dos años por la Civil Commission on October 7th Crimes by Hamas Against Women and Children, no se limita a documentar asesinatos, secuestros y violencia sexual durante los ataques terroristas del 7 de octubre de 2023. También intenta explicar las consecuencias emocionales que esos hechos han dejado en supervivientes, familiares de las víctimas y antiguos rehenes, así como el profundo impacto provocado por la percepción de indiferencia o escepticismo internacional ante sus testimonios.
El segundo ataque: vivir después del horror
Los especialistas en trauma conocen bien un fenómeno recurrente. Muchas víctimas de violencia extrema afirman que el sufrimiento no termina cuando cesa la agresión. A menudo comienza entonces una segunda batalla: reconstruir una vida que ha quedado destrozada.
Los ataques terroristas del 7 de octubre presentaron características especialmente devastadoras desde el punto de vista psicológico. Los agresores de Hamas no se limitaron a matar. Según el informe, numerosas acciones fueron diseñadas para maximizar el sufrimiento emocional de familiares y comunidades enteras.
Muchos supervivientes presenciaron la muerte de amigos, familiares o vecinos. Padres vieron morir a sus hijos. Hijos contemplaron el asesinato de sus padres. Personas refugiadas en habitaciones blindadas escucharon durante horas disparos, gritos y explosiones sin saber si serían los siguientes.
Los expertos consideran que este tipo de exposición directa a la violencia extrema constituye uno de los factores de riesgo más importantes para desarrollar trastorno de estrés postraumático, ansiedad crónica, depresión severa y sentimientos persistentes de culpa del superviviente.
Pero el informe sostiene que el trauma fue incluso más allá.
Cuando las redes sociales se convierten en un arma
Uno de los aspectos más novedosos de la investigación es el análisis de la utilización deliberada de teléfonos móviles, cámaras corporales y redes sociales como herramientas de guerra psicológica.
Los autores afirman que muchos familiares descubrieron que sus seres queridos habían sido asesinados, secuestrados o humillados mediante vídeos difundidos por los propios atacantes. La escena resulta difícil de imaginar. Una madre abre su teléfono móvil y encuentra imágenes de su hija secuestrada. Un hermano descubre el cadáver de un familiar a través de una publicación viral. Un padre contempla en una pantalla los últimos minutos de vida de un hijo.
Según el informe, la violencia no terminaba en el lugar de los hechos. Continuaba en los hogares israelíes, multiplicada por la velocidad de internet y por la difusión masiva de imágenes diseñadas precisamente para producir terror colectivo.
Los investigadores describen este fenómeno como una transformación del terrorismo tradicional en una forma de violencia retransmitida en tiempo real.
Los rehenes y el trauma prolongado
La investigación dedica una atención especial a los rehenes liberados.
Mientras que una víctima de un atentado experimenta un episodio traumático concentrado en el tiempo, muchos secuestrados sufrieron meses de incertidumbre, amenazas, aislamiento y miedo permanente.
La literatura científica sobre secuestros prolongados muestra que estas experiencias suelen dejar secuelas duraderas: hipervigilancia, trastornos del sueño, ataques de pánico, alteraciones de la identidad personal y dificultades para reconstruir relaciones sociales normales.
El informe sostiene que algunos antiguos cautivos continúan necesitando apoyo psicológico intensivo muchos meses después de su liberación.
La herida del descrédito
Sin embargo, uno de los aspectos más llamativos del informe no se refiere a los ataques en sí mismos, sino a lo ocurrido después.
La presidenta de la comisión, la jurista Cochav Elkayam-Levy, sostiene que las víctimas se encontraron con una dificultad inesperada: la necesidad de demostrar que aquello había sucedido realmente.
Para los autores, la negación, la minimización o el cuestionamiento de determinados testimonios constituyeron una fuente adicional de sufrimiento.
La historia de la violencia sexual en conflictos armados ofrece numerosos precedentes. En Bosnia, Ruanda o Sierra Leona, muchas víctimas tardaron años en ser escuchadas. Los expertos en trauma suelen advertir que cuando una víctima percibe que su relato es recibido con incredulidad, el daño psicológico puede agravarse.
El informe sostiene que algo similar ocurrió tras el 7 de octubre.
Las vacilaciones internacionales
Una de las cuestiones más controvertidas ha sido la reacción de determinadas organizaciones internacionales.
Diversos sectores de la sociedad israelí criticaron durante meses la lentitud con la que algunas instituciones internacionales abordaron las denuncias de violencia sexual.
La controversia afectó especialmente a organismos vinculados a Naciones Unidas y a organizaciones internacionales de defensa de los derechos de la mujer, que fueron acusadas por sectores israelíes de reaccionar con una rapidez menor que la mostrada en otros conflictos.
Las organizaciones cuestionadas respondieron que necesitaban verificar cuidadosamente las informaciones antes de emitir conclusiones formales. Sin embargo, para muchas víctimas y familiares, esos tiempos de espera fueron interpretados como indiferencia o desconfianza.
Esa percepción constituye uno de los ejes centrales de Silenced No More.
El propio título del informe —“Silenciadas nunca más”— refleja la convicción de sus autores de que las víctimas sufrieron no solamente la violencia física de los ataques, sino también una batalla posterior por el reconocimiento de su sufrimiento.
Una cuestión que trasciende Oriente Próximo
Más allá del ataque de Hamas a Israel, el debate planteado por el informe tiene implicaciones mucho más amplias.
¿Cómo debe reaccionar la comunidad internacional cuando aparecen denuncias de violencia sexual en escenarios de guerra?
¿Cuánto tiempo debe dedicarse a la verificación antes de pronunciarse públicamente?
¿Existe el riesgo de que las consideraciones políticas condicionen la atención prestada a determinadas víctimas?
Y, sobre todo, ¿qué ocurre cuando quienes han sobrevivido a una atrocidad sienten que también deben luchar para convencer al mundo de que aquello ocurrió?
Las respuestas a estas preguntas no afectan únicamente a Israel o a Gaza. Afectan al modo en que la comunidad internacional afrontará las futuras atrocidades del siglo XXI.
Porque, como recuerdan los autores del informe, la justicia empieza por una condición elemental: escuchar a las víctimas. Y cuando esa escucha se retrasa, vacila o se politiza, la sensación de abandono puede convertirse en una segunda forma de sufrimiento tan profunda como la primera.












