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Las iglesias cristianas arden en Europa

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La noche del 2 de septiembre de 2024, en Saint-Omer (Paso de Calais), las llamas treparon por las naves de la iglesia de la Inmaculada Concepción hasta alcanzar el campanario, que se desplomó sobre la madrugada. La imagen —la aguja consumiéndose, el humo sobre el norte de Francia— resultaba inquietantemente familiar: era la misma estampa de Notre-Dame de París en 2019, sólo que en miniatura y, esta vez, sin lugar a dudas, provocada. El autor, un multirreincidente ya condenado por prender fuego a seis iglesias de la región del Boulonnais, fue detenido pocas horas después. El párroco, Sébastien Roussel, alcanzó a rescatar el Santísimo y una veintena de objetos litúrgicos antes de que el fuego lo devorara todo.

 

Saint-Omer no fue un caso aislado, sino el más espectacular de una serie. En los últimos años, Europa asiste a un fenómeno tan real como mal medido: el aumento de los ataques contra iglesias, y en particular de los incendios. Los datos existen, son crecientes y proceden de fuentes que merece la pena tomar en serio.

 

La referencia más completa es el Observatorio sobre la Intolerancia y la Discriminación contra los Cristianos en Europa (OIDAC Europe), una ONG con sede en Viena que cada año triangula estadísticas policiales, datos de la OSCE/ODIHR y su propia investigación. Su recuento documentó 2.444 crímenes de odio anticristianos en 2023 en 35 países europeos, y 2.211 en 2024. El leve descenso es engañoso: obedece sobre todo a un cambio metodológico en la policía británica y a una bajada coyuntural en Francia, no a una distensión del clima contra las creencias cristianas.

 

Donde no hay descenso, sino salto, es en el fuego. OIDAC contabilizó 94 ataques incendiarios contra iglesias y otros enclaves cristianos en 2024, casi el doble que el año anterior. Un tercio de ellos —33— se concentró en Alemania. Los países más afectados en conjunto fueron Francia, el Reino Unido, Alemania, España y Austria.

 

El pulso de 2026 confirma la tendencia. Sólo en enero, OIDAC registró 39 crímenes de odio anticristianos en el continente, de los cuales 10 fueron incendios, repartidos sobre todo entre Alemania e Italia. En mayo, los ataques incendiarios alcanzaron los 13, la cifra mensual más alta del año.

 

Alemania: "todos los tabúes se han roto"

 

Alemania ha pasado en dos años de país periférico a epicentro. Los crímenes de odio anticristianos registrados por la policía crecieron un 105% entre 2022 y 2023 —de 135 a 277— y otro 22% en 2024, hasta 337. Conviene un matiz: la estadística policial alemana sólo recoge los hechos con motivación política expresa, de modo que deja fuera buena parte de los ataques con otros móviles; la cifra real es, casi con seguridad, mayor.

 

Fue en Alemania donde se documentaron los 33 incendios o tentativas de 2024, el mayor número nacional de Europa. Ante incendios en santuarios, excrementos en confesionarios y estatuas de Cristo decapitadas, la Conferencia Episcopal alemana lanzó en 2025 una advertencia sin matices: se vive una "escalada" en la que "todos los tabúes se han roto".

 

Francia, el corazón de la herida

 

Ningún país europeo registra tantos ataques como Francia, y ninguno encarna mejor la paradoja del fenómeno. En 2024, el servicio de inteligencia territorial (DNRT) contabilizó 770 actos anticristianos, un 10 % menos que los 857 de 2023. Pero esa bajada global esconde una excepción alarmante: los incendios y tentativas de incendio de iglesias subieron de 38 a cerca de 50, un alza superior al 30 %. Los robos en edificios cristianos pasaron de 270 a 288, alrededor de cinco a la semana.

 

El Observatoire du Patrimoine Religieux (OPR), que vela por las casi 100.000 iglesias y capillas francesas, lo dimensiona de forma aún más cruda: cifra el aumento de los incendios criminales en un 112,5 % entre 2023 y 2024. Su presidente, Édouard de Lamaze, resume el conjunto del deterioro —incendios, demoliciones, hundimientos, abandono— en una frase que se ha vuelto cita obligada: en Francia desaparece un edificio religioso cada quince días, y dos tercios de los incendios son de origen criminal.

 

La primera mitad de 2025 cerró cualquier esperanza de tregua. Según el Ministerio del Interior, entre enero y junio se registraron 401 actos anticristianos, un 13 % más que en el mismo periodo del año anterior, con las agresiones a personas casi duplicadas. París volvió a ser escenario: la iglesia de Notre-Dame-des-Champs, en Montparnasse, sufrió en julio dos incendios sucesivos, el segundo confirmado como deliberado.

 

Lo que los números dicen —y lo que no—

 

Las cifras describen una tendencia inequívoca al alza, pero no todas las llamas tienen la misma causa ni todos los ataques el mismo móvil, y conviene no fundirlos en un único relato.

 

Primero, la naturaleza de los hechos. El propio Ministerio del Interior francés recuerda que cerca del 90 % de los actos anticristianos son atentados contra bienes, y que "una parte significativa" tiene carácter más crapuloso —robo, deterioro sin motivo— que antirreligioso. No todo lo que se contabiliza como "acto anticristiano" es un ataque a la fe.

 

Segundo, las metodologías no son comparables. OIDAC triangula varias fuentes; la policía alemana sólo cuenta lo políticamente motivado; el OPR mezcla en su recuento patrimonial incendios, demoliciones y hundimientos. Sumar peras y manzanas infla la sensación de catástrofe.

 

Tercero, no todo incendio es un atentado. El fuego que arrasó la iglesia de Saint-Pierre, en Normandía, en abril de 2025 —exactamente dos años después de Notre-Dame— fue considerado accidental. El incendio de la Vondelkerk de Ámsterdam, en la madrugada de Año Nuevo de 2026, se atribuyó con bastante probabilidad a la pirotecnia. Y, pese a los titulares, la destrucción total de un templo sigue siendo rara frente a las decenas de miles de iglesias que salpican el continente: la mayoría de los incidentes causan daños parciales.

 

Cuarto, y en sentido contrario, hay infranotificación. Encuestas de 2025 en Polonia revelan que casi la mitad de los sacerdotes sufrieron alguna agresión en el último año, pero más del 80 % no la denunció a la policía. Lo que se cuenta es, casi siempre, menos de lo que ocurre.

 

Sobre los móviles, cuando se conocen, el cuadro también es plural. De los casos en que OIDAC pudo establecer la autoría —apenas 93—, la mayoría se vinculaban al islamismo radical (35), seguido del extremismo de izquierda (19), además de una quincena con simbología satánica.

 

Una herida que se ha vuelto política

 

El fenómeno ha desbordado las sacristías para instalarse en el debate público. En Francia, la derecha lo ha hecho bandera —Marine Le Pen habla de "violencia exponencial contra los católicos"—, y en septiembre de 2025 ochenta y seis senadores firmaron un llamamiento para reforzar la lucha contra los actos anticristianos. A escala europea, la Comisión de los Episcopados de la Comunidad Europea (COMECE) ha pedido a Bruselas que nombre un coordinador contra el odio anticristiano, equivalente a los que ya existen para las comunidades judía y musulmana. En julio de 2025, la OSCE/ODIHR publicó por primera vez una guía específica sobre crímenes de odio anticristianos, señal de que las instituciones empiezan a tomar nota.

 

Conviene situarlo en proporción. En Francia, los actos anticristianos representan en torno al 31 % de los hechos antirreligiosos; los antisemitas, el 62 %, y los antimusulmanes, el 7 %. El fuego en las iglesias no es, pues, una excepción europea, sino un capítulo de una hostilidad más amplia hacia lo religioso, en un continente cada vez más secular y crispado.

 

Queda, al final, la imagen con la que empezó todo: el campanario de Saint-Omer doblándose sobre sí mismo. Las iglesias arden en Europa, sí, y los datos lo confirman sin necesidad de exagerarlos. Lo que esas llamas revelan —un acto crapuloso, un odio ideológico, una negligencia centenaria o un cortocircuito— es precisamente lo que toca seguir investigando, piedra a piedra, antes de que el patrimonio espiritual del continente, como teme De Lamaze, acabe perdiéndose en la indiferencia general.

 

ESPAÑA: EL SILENCIOSO GOTEO DE LOS ATAQUES A LAS IGLESIAS

 

Mientras Francia concentra los grandes titulares y Alemania registra el mayor crecimiento estadístico, España vive un fenómeno mucho más discreto, pero igualmente persistente. No existe una oleada comparable a la francesa, ni imágenes tan espectaculares como las de Saint-Omer o Notre-Dame, pero los ataques contra iglesias, ermitas y símbolos cristianos forman ya parte del paisaje cotidiano de los informes sobre intolerancia religiosa.

 

El Observatorio para la Libertad Religiosa y de Conciencia (OLRC) lleva años alertando de un incremento sostenido de los delitos de odio y de los actos vandálicos dirigidos contra templos y símbolos cristianos. A ello se suman los registros del Ministerio del Interior y los informes anuales del Observatorio sobre la Intolerancia y la Discriminación contra los Cristianos en Europa (OIDAC Europe), que sitúan regularmente a España entre los cinco países europeos con mayor número de incidentes registrados.

 

La casuística es muy variada. Pintadas ofensivas sobre fachadas y puertas de iglesias, profanaciones de imágenes religiosas, robos sacrílegos, incendios provocados en capillas, ataques contra belenes navideños, interrupciones de celebraciones litúrgicas y daños sobre cementerios o cruces forman parte de un catálogo que, aunque raramente ocupa las portadas, se repite con notable frecuencia.

 

En numerosas ocasiones los autores nunca llegan a ser identificados. Cuando sí se esclarecen los hechos, los móviles son muy diversos: islamistas, vandalismo juvenil, delincuencia común, grupos de extrema izquierda, activistas anticlericales o individuos con trastornos mentales. Precisamente esa diversidad explica la dificultad para interpretar las estadísticas. No todos los ataques responden a un odio explícito hacia el cristianismo, aunque el resultado final sea el mismo: un patrimonio religioso dañado y una creciente sensación de vulnerabilidad entre las comunidades afectadas.

 

El capítulo más grave de los últimos años tuvo lugar en enero de 2023, en Algeciras. Un hombre armado con un machete atacó dos parroquias del centro de Algeciras. El sacerdote Antonio Rodríguez resultó gravemente herido y el sacristán Diego Valencia murió tras intentar detener al agresor. El asalto comenzó en la parroquia de San Isidro y continuó en la iglesia de Nuestra Señora de La Palma, donde fueron destruidos diversos objetos litúrgicos. El caso provocó una fuerte conmoción nacional y reabrió el debate sobre la seguridad de los lugares de culto. 

 

Otro episodio importante fue el incendio de la iglesia de San Martín de Callosa de Segura (Alicante), que sufrió importantes daños, aunque no ha sido el único. También han resultado afectados templos históricos en Andalucía, Castilla y León, Galicia, Cataluña, Madrid o el País Vasco. En algunos casos el fuego ha destruido retablos, imágenes centenarias o archivos parroquiales imposibles de recuperar.

 

Especial preocupación generan los ataques contra el patrimonio histórico. España posee cerca de 23.000 parroquias católicas, además de miles de ermitas, monasterios y edificios religiosos, muchos de ellos declarados Bien de Interés Cultural. Un incendio o una profanación no supone únicamente un ataque contra una comunidad creyente; puede implicar también la pérdida irreversible de obras de arte, documentos históricos o elementos arquitectónicos que forman parte del patrimonio común.

 

Las organizaciones cristianas denuncian además que muchos incidentes apenas reciben cobertura mediática. A diferencia de otros delitos de odio, sostienen que los ataques contra templos cristianos rara vez generan un debate político prolongado ni provocan reacciones institucionales de gran alcance. Esa percepción alimenta la sensación de que existe una cierta normalización del fenómeno.

 

Los datos oficiales muestran, sin embargo, que el problema existe. El Ministerio del Interior incluye desde hace años los delitos por motivos religiosos dentro de sus informes sobre delitos de odio. Aunque las agresiones contra personas representan una parte reducida, los daños contra bienes religiosos constituyen una proporción significativa de los incidentes registrados.

 

España comparte además un fenómeno común al resto de Europa: el progresivo deterioro de muchos templos rurales. Iglesias prácticamente vacías, con escasa vigilancia y recursos limitados para su conservación, se convierten en objetivos especialmente vulnerables para robos, actos vandálicos o incendios. En numerosos municipios pequeños, la iglesia sigue siendo el edificio histórico más importante del pueblo y, al mismo tiempo, uno de los más expuestos.

 

Los expertos coinciden en que conviene evitar simplificaciones. No todos los incendios son intencionados, no todos los actos vandálicos responden a una motivación ideológica y las estadísticas presentan importantes diferencias metodológicas según la fuente utilizada. Sin embargo, también subrayan que la acumulación de incidentes durante los últimos años apunta a una tendencia que merece seguimiento y análisis, especialmente por su impacto sobre el patrimonio histórico y la libertad religiosa.

 

Quizá el mayor riesgo para España no sea una oleada espectacular de iglesias ardiendo, sino algo mucho más silencioso: la normalización de pequeñas agresiones repetidas que, una tras otra, van deteriorando un patrimonio cultural y espiritual construido durante siglos. Porque una pintada puede borrarse, una imagen puede restaurarse y un incendio puede reconstruirse. Lo más difícil de recuperar es la conciencia colectiva de que esos ataques afectan no sólo a una confesión religiosa, sino también a una parte esencial de la historia y de la identidad cultural del país.

 

CRONOLOGÍA | LOS ATAQUES MÁS RELEVANTES CONTRA IGLESIAS EN ESPAÑA

 

Enero 2023 | Algeciras

 

Un hombre armado con un machete atacó dos parroquias del centro de Algeciras. El sacerdote Antonio Rodríguez resultó gravemente herido y el sacristán Diego Valencia murió tras intentar detener al agresor. El asalto comenzó en la parroquia de San Isidro y continuó en la iglesia de Nuestra Señora de La Palma, donde fueron destruidos diversos objetos litúrgicos. El caso provocó una fuerte conmoción nacional y reabrió el debate sobre la seguridad de los lugares de culto. 

 

2023 | Diversas provincias españolas

Durante todo el año continuaron registrándose pintadas ofensivas sobre fachadas de iglesias, ataques contra imágenes religiosas, robos sacrílegos y actos vandálicos en templos de Madrid, Cataluña, Andalucía, Castilla y León, Galicia y la Comunidad Valenciana. El Observatorio para la Libertad Religiosa advirtió de un mantenimiento de la tendencia observada durante los años anteriores. 

 

2024 | España, entre los cinco países europeos con más incidentes

 

El informe anual del Observatorio sobre la Intolerancia y la Discriminación contra los Cristianos en Europa (OIDAC Europe) situó a España entre los cinco países europeos con mayor número de incidentes documentados contra iglesias y comunidades cristianas. El estudio recogía incendios, robos, actos vandálicos y profanaciones registrados a lo largo del año. 

 

2025 | Persistencia del fenómeno

 

Diversas diócesis españolas denunciaron nuevos episodios de vandalismo contra iglesias, imágenes y cementerios religiosos. Aunque la mayoría de los incidentes no provocaron grandes daños estructurales, la reiteración de los ataques llevó a varias organizaciones dedicadas a la defensa de la libertad religiosa a reclamar un mayor seguimiento estadístico y una respuesta institucional más firme.

 

Mayo de 2026 | Òdena (Barcelona)

 

La iglesia de la Verge de la Pau sufrió un ataque en el que fueron dañados el altar y diversos objetos litúrgicos. Los autores quemaron una página de la Biblia y sustrajeron diverso material del templo. El incidente fue incorporado al informe mensual de OIDAC Europe como uno de los casos españoles de delitos de odio anticristiano registrados durante ese mes. 

 

2026 | Un fenómeno de baja intensidad, pero constante

 

España continúa apareciendo en los informes europeos sobre ataques anticristianos, aunque muy por detrás de Francia o Alemania. Los incidentes registrados incluyen incendios, robos, profanaciones, pintadas, daños sobre imágenes religiosas e interrupciones de actos de culto. Los especialistas coinciden en que el problema no presenta una intensidad comparable a la de otros países europeos, pero sí una persistencia suficiente para mantener la vigilancia sobre la protección del patrimonio religioso y la libertad de culto. 

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