Ladislao Zavala Solchaga o por qué nunca hubo conflicto vasco
Estamos ante un personaje que da mucho que pensar. Y es una historia muy dura la suya. A mí por los apellidos me sonaba bastante. Pero luego, leyendo el libro de Juan José Echevarría sobre Juan María Araluce, lo he acabado de confirmar y me he quedado estupefacto.
El apellido Zavala, escrito así, con “uve”, es el de la ilustre familia que tantos representantes ha dado a lo largo de su historia en el País Vasco, casi siempre relacionados con la historia foral. Y el apellido Solchaga es el del militar que tomó Guipúzcoa al mando de las tropas franquistas en la Guerra Civil.
Vayamos por partes. Ladislao Zavala Solchaga nació en San Sebastián en 1953 y falleció en Madrid en 2015.
Era hijo de José Maria Zavala Alcíbar-Jáuregui y María del Coro (Marichu) Solchaga Lizasoain.
Por su línea paterna podemos reconstruir toda la historia política del País Vasco contemporáneo siguiendo los siguientes hitos.
El tronco originario o la forja del linaje se sitúa en Domingo de Zavala (1535-1614), fundador del apellido y del primer mayorazgo familiar en Ordizia (Guipúzcoa). Fue Secretario de Estado de Felipe II y militar en la batalla de Lepanto.
De ahí pasamos a Manuel José de Zavala y Acedo (1772–1842), liberal-fuerista moderado, III Conde de Villafuertes y Diputado General de Guipúzcoa. Estamos ante el padre del liberal-fuerismo guipuzcoano: defendió la integración foral en el Estado constitucional español apoyando a la monarquía de Isabel II.
El siguiente hito fundamental es la conexión Zavala - Ortés de Velasco. La unión de los títulos del condado de Villafuertes y del marquesado de la Alameda no fue casual, sino el resultado de la íntima cooperación política de dos líderes institucionales contemporáneos que compartían una misma visión para el País Vasco.
Los dos pilares del Liberal-Fuerismo, eran el ya citado Manuel José de Zavala, que lideraba las instituciones en Guipúzcoa, e Íñigo Ortés de Velasco y Esquível (1787–1858), que hacía lo propio en Álava como Diputado General, alcalde de Vitoria y Senador del Reino. Ambas figuras formaban el núcleo duro de los "nobles ilustrados" vascos, pragmáticos y pactistas con Madrid.
Para consolidar este bloque hegemónico interprovincial frente a la amenaza de las insurrecciones carlistas, ambos líderes orquestaron un matrimonio estratégico. En 1836, el hijo primogénito de Manuel José (Ignacio de Zavala y Salazar) contrajo nupcias con la hija de Íñigo Ortés de Velasco (María Josefa Ortés de Velasco y Urbina, futura V Marquesa de la Alameda). Con este enlace, la élite guipuzcoana y alavesa fundieron sus fortunas, sus influencias y su monumental legado documental.
Volvemos de nuevo a Manuel José de Zavala, III Conde de Villafuertes, cuando a su fallecimiento, en 1842, el fracaso de los pactos con los liberales centralistas de Madrid provocó una ruptura ideológica radical entre sus hijos, de donde surgirán dos ramas.
La que podemos denominar rama mayor, fiel al espíritu liberal-fuerista de los padres, estará integrada por el primogénito que ya conocemos, Ignacio de Zavala y Salazar (1804–1879), liberal moderado, IV Conde de Villafuertes y yerno de Íñigo Ortés de Velasco, que continuó a rajatabla la senda liberal moderada de su padre y de su suegro, rechazando la violencia armada de la insurgencia carlista, y el hijo de este, Federico de Zavala y Ortés de Velasco (1845–1899), liberal conservador, que mantuvo a la familia integrada en la aristocracia conservadora institucional de la Restauración borbónica en Madrid. Al fallecer soltero y sin descendencia, la herencia de los títulos recayó en su hermana Pilar.
Hubo también una rama segundona que provocó la ruptura y migración al Tradicionalismo Carlista, integrada por Pío de Zavala y Acedo (1815–1891), carlista de acción, hermano de Manuel José, el III Conde de Villafuertes, que rechazó el constitucionalismo moderado de la familia y abrazó el carlismo insurreccional por la vía de las armas, llegando a ser Jefe de Estado Mayor del ejército carlista en Guipúzcoa durante la Segunda Guerra Carlista. Y Ladislao de Zavala y Salazar (1805–1897), que ejerció de Diputado General dentro del marco liberal de Isabel II, pero al que la progresiva abolición foral provocó en él una honda decepción. Abandonó el ideario liberal de su padre Manuel José, abrazó el tradicionalismo integrista y sufrió el exilio por su militancia contrarrevolucionaria.
Al extinguirse la descendencia directa de varones en la rama primogénita de los Zavala, el legado liberal-fuerista, nobiliario y patrimonial se transmitió por vía femenina, integrándose de forma definitiva en el linaje alavés de los Verástegui.
Y aquí retomamos el personaje ya citado de María del Pilar de Zavala y Bustamante (1881–1970), VI Condesa de Villafuertes y VII Marquesa de la Alameda, que era hermana del soltero Federico de Zavala. Al contraer matrimonio con Antonio de Verástegui y López de Mata, actuó como el nexo que trasladó ambos títulos unificados de la órbita de los Zavala a la familia Verástegui.
Ramón de Verástegui y Zavala (1909–1986), VII Conde de Villafuertes y VIII Marqués de la Alameda era hijo de la anterior. Abogado y juez en Vitoria, mantuvo el espíritu foralista e institucional moderado de sus antepasados, ejerciendo una notable influencia social en Álava a mediados del siglo XX. Contrajo matrimonio en 1940 con Carmen Cobián y Herrera.
Íñigo de Verástegui y Cobián (1943–Presente), VIII Conde de Villafuertes y IX Marqués de la Alameda, es el actual titular de ambas dignidades dinásticas, nacido el 8 de febrero de 1943. Personaje sumamente discreto y alejado del foco mediático (no se le conocen fotos ni apariciones o declaraciones públicas), representa la continuidad de esta dinastía histórica. En 1993, siguiendo la vocación ilustrada y cultural de sus antepasados, firmó el convenio de cesión del masivo Archivo de la Alameda a la Fundación Sancho el Sabio de Vitoria para su libre acceso público e investigación.
Federico Verástegui Cobián (1948–Presente), de un perfil intelectual y foral contemporáneo, es hermano de Íñigo. Ha sido el protagonista de la rama mayor con mayor proyección institucional pública en las últimas décadas en el País Vasco, sirviendo como Diputado Foral de Cultura de Álava e historiador especializado en linajes medievales y modernos de la región.
Mientras la rama mayor se institucionalizaba pacíficamente en Álava, la rama desposeída de los títulos mantuvo la bandera del integrismo católico beligerante en Guipúzcoa, a través de los siguientes personajes: Ursino de Zavala y Larreta (1845–1929), integrista tradicionalista, dirigió y estructuró la Junta Regional Integrista de Guipúzcoa. Ladislao de Zavala y Echaide (1871–1958), integrista tradicionalista, abogado de prestigio y Presidente de la Diputación de Guipúzcoa. Y José María Zabala Alcíbar-Jáuregui (1910–1977), tradicionalista-franquista, vicepresidente de la Diputación de Guipúzcoa bajo la dictadura del general Franco.
En la década de 1970, de la misma generación familiar nacida en la rama segundona integrista tenemos a Federico de Zavala y Alcíbar-Jáuregui (1916–1993), nacionalista (PNV), rompió de raíz con el franquismo y carlismo de su hermano José María y abrazó el nacionalismo vasco. Fue un célebre historiador foral y senador por el PNV en las Cortes Constituyentes de 1977, del que caben citar De los fueros a los estatutos e Historia del pueblo vasco.
Paralelamente a la custodia alavesa de los Verástegui, la inmensa documentación histórica de todas las ramas guipuzcoanas y carlistas de los Zavala fue salvada por otro miembro contemporáneo de la rama aristocrática: Luis María Zavala Fernández de Heredia, quien ordenó de forma científica este legado de más de 50.000 documentos y, al carecer de herederos, firmó su donación definitiva al Archivo Histórico de Euskadi (Gobierno Vasco), preservándolo como patrimonio público en Bilbao.
Y así llegamos a la línea materna de nuestro personaje Ladislao Zavala Solchaga, en la que destaca sobremanera la figura de su abuelo, el Teniente General José Solchaga Zala, que nació el 8 de octubre de 1881 en Muniáin de la Solana (Navarra) y falleció el 26 de septiembre de 1953 en San Sebastián. Su trayectoria unió una dilatada carrera militar —siendo uno de los estrategas más influyentes del bando nacional durante la Guerra Civil— con una posterior presencia en el entramado institucional civil y legislativo de la dictadura franquista.
Ingresó en la Academia de Infantería de Toledo con quince años (1896), graduándose como segundo teniente en 1899. Destinado al norte de África en 1909, participó activamente en los combates en Melilla, Larache y Tetuán. Sus méritos en el frente le valieron tres Cruces al Mérito Militar y el ascenso por méritos de guerra al rango de comandante en 1914.
Ascendió a Teniente Coronel en 1920, siendo destinado a San Sebastián, y posteriormente a Pamplona en 1921 ya con el rango de Coronel. Conoció a la perfección la geografía política y militar de las provincias vasco-navarras. Comandó una de las tres columnas militares enviadas a sofocar la insurrección obrera y minera asturiana en octubre de 1934, teniendo un papel muy destacado al mando del Regimiento América.
Colaboró estrechamente con el general Emilio Mola en la conspiración en Navarra. Tras el alzamiento del 18 de julio, asumió la jefatura de las columnas que operaron en Guipúzcoa, liderando la toma de Irún y la entrada de las tropas sublevadas en San Sebastián en septiembre de 1936.
Se le confió el mando de las Brigadas de Navarra, liderando la ofensiva sobre Vizcaya (caída de Bilbao) y Santander en 1937. Posteriormente, como Jefe del Cuerpo de Ejército de Navarra, dirigió fuerzas determinantes en la Batalla del Ebro y en la consiguiente Ofensiva de Cataluña (toma de Barcelona), logrando la Medalla Militar Individual. Terminó la contienda con el rango de General de División.
Ascendido a Teniente General, ocupó dos de las plazas de mayor poder territorial militar de España: fue Capitán General de la VII Región Militar (Valladolid) y de la IV Región Militar (Cataluña).
En el plano político interno, protagonizó un sonado episodio de discrepancia moderada al ser uno de los generales firmantes de una petición colectiva dirigida a Francisco Franco en septiembre de 1943, en la que se solicitaba discretamente la restauración de la monarquía tradicional en la figura de Don Juan de Borbón.
Ejerció funciones legislativas y civiles en Madrid al ocupar un escaño como Procurador en las Cortes Franquistas debido a su alta jerarquía militar y su estatus institucional. Pasó oficialmente a la reserva en 1949, retirándose a su residencia de San Sebastián, donde falleció cuatro años después a los 71 años de edad a causa de una afección cardíaca.
Ladislao Zavala Solchaga, como dijimos al principio, nació en San Sebastián en 1953 y falleció en Madrid en 2015. En los medios abertzales que hablan de su figura siempre escriben su apellido con “b”. Fue el hijo único de José María Zavala Alcíbar-Jáuregui y María del Coro Solchaga Lizasoain. Pero lo que más caracterizó su vida fue que Ladislao Zavala Solchaga entró en prisión por ser el coautor de siete asesinatos consumados y dos intentos de homicidio frustrados cometidos en Guipúzcoa entre 1979 y 1981, operando como miembro de la organización terrorista de extrema derecha Batallón Vasco Español (BVE).
La Audiencia Nacional le condenó en junio de 1985 a una pena de 231 años de cárcel junto a su compañero de comando, Ignacio María Iturbide (alias Piti). Zavala e Iturbide formaron un comando armado que sembró el terror en las localidades guipuzcoanas de Hernani, Andoain y Urnieta. Elegían a sus víctimas basándose en su supuesta vinculación o simpatía con la izquierda abertzale o el entorno de ETA. Entre las personas asesinadas por las que fue condenado penalmente figuran Francisco Javier Ansa, Tomás Alba (concejal de Herri Batasuna en San Sebastián), Felipe Sagarna, Miguel Arbelaiz, Luis María Elizondo, Joaquín Antimasbere y el periodista del diario Egin Javier Rueda.
Fue arrestado el 4 de marzo de 1981 en San Sebastián. Se le concedió el tercer grado el 6 de mayo de 1992, lo que supuso una estancia en reclusión cerrada continua de poco más de 11 años. Salió físicamente de prisión el 21 de marzo de 1994, completando los 13 años de condena efectiva tras las rejas. Su licenciamiento definitivo y total libertad sin cargos se produjo el 6 de marzo de 1999, extinguiéndose por completo su deuda con la justicia. A pesar de acumular una condena de 231 años de cárcel por siete asesinatos consumados, el Código Penal español de 1973 (el aplicable a sus crímenes) limitaba a 30 años el cumplimiento máximo y facilitaba numerosas redenciones automáticas de pena por buena conducta, trabajo y estudios dentro de la prisión.
Desde que salió de la cárcel definitivamente hasta que falleció en 2015 no se sabe nada de lo que hizo durante todo ese tiempo.
Purgó una pena de menos de dos años por cada asesinato cometido. Aunque en esto no tienen nada que reprocharle otros presos de ETA que cumplieron penas parecidas. Por ejemplo, José Antonio López Ruiz, alias Kubati, estuvo 26 años en la cárcel por 13 asesinatos. Pero el récord lo tiene José María Zabarte Arregui, alias “El carnicero de Mondragón”, con 29 años y medio de cárcel por 17 asesinatos consumados y más de 20 atentados terroristas.
Juan José Echevarría en su libro ya citado al principio sobre Juan María Araluce, dice que “la violencia de Ladis y Piti pusieron al País Vasco al borde de la belfastización, no solo por la gravedad de sus crímenes, sino fundamentalmente porque evidenciaba que había vascos, nacionalistas españoles, dispuestos a emplear las armas, lo que, más allá del apoyo de las estructuras policiales del Estado, encajaba en el concepto de ulsterización, de dos comunidades enfrentadas a tiros” (232, las cursivas son originales del libro de Echevarría). Es lo que desde la izquierda aberchale y desde los sectores afines al terrorismo etarra o partidarios del nacionalismo vasco en general, se ha utilizado siempre para demostrar que existía eso que ellos llamaban el “conflicto vasco”.
Gracias a Dios, lo extremadamente minoritario de este fenómeno de violencia españolista en el País Vasco, y lo extremadamente insólito que representa este personaje de Ladislao Zavala Solchaga, que despilfarró y tiró a la basura todo lo que le había proporcionado la vida para haber desarrollado un sentimiento de identidad español por vasco, basado en la foralidad, es lo que nos demuestra la verdadera cara de la violencia terrorista en el País Vasco, que se desempeñó de modo fundamental y abrumadoramente mayoritario en un solo sentido y que solo se manifestó en otro distinto u opuesto debido a este tipo de episodios extraordinariamente raros.
También desde el terrorismo nacionalista vasco se intentó equiparar las acciones de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado como si fueran la otra violencia contraria que explicaría eso que ellos llamaban “conflicto vasco”. Pero de nuevo hemos podido comprobar lo equivocados que estaban también en este caso, pues en cuanto terminaron las acciones terroristas de ETA y aledaños se acabó todo lo demás.
Estamos ante un personaje que da mucho que pensar. Y es una historia muy dura la suya. A mí por los apellidos me sonaba bastante. Pero luego, leyendo el libro de Juan José Echevarría sobre Juan María Araluce, lo he acabado de confirmar y me he quedado estupefacto.
El apellido Zavala, escrito así, con “uve”, es el de la ilustre familia que tantos representantes ha dado a lo largo de su historia en el País Vasco, casi siempre relacionados con la historia foral. Y el apellido Solchaga es el del militar que tomó Guipúzcoa al mando de las tropas franquistas en la Guerra Civil.
Vayamos por partes. Ladislao Zavala Solchaga nació en San Sebastián en 1953 y falleció en Madrid en 2015.
Era hijo de José Maria Zavala Alcíbar-Jáuregui y María del Coro (Marichu) Solchaga Lizasoain.
Por su línea paterna podemos reconstruir toda la historia política del País Vasco contemporáneo siguiendo los siguientes hitos.
El tronco originario o la forja del linaje se sitúa en Domingo de Zavala (1535-1614), fundador del apellido y del primer mayorazgo familiar en Ordizia (Guipúzcoa). Fue Secretario de Estado de Felipe II y militar en la batalla de Lepanto.
De ahí pasamos a Manuel José de Zavala y Acedo (1772–1842), liberal-fuerista moderado, III Conde de Villafuertes y Diputado General de Guipúzcoa. Estamos ante el padre del liberal-fuerismo guipuzcoano: defendió la integración foral en el Estado constitucional español apoyando a la monarquía de Isabel II.
El siguiente hito fundamental es la conexión Zavala - Ortés de Velasco. La unión de los títulos del condado de Villafuertes y del marquesado de la Alameda no fue casual, sino el resultado de la íntima cooperación política de dos líderes institucionales contemporáneos que compartían una misma visión para el País Vasco.
Los dos pilares del Liberal-Fuerismo, eran el ya citado Manuel José de Zavala, que lideraba las instituciones en Guipúzcoa, e Íñigo Ortés de Velasco y Esquível (1787–1858), que hacía lo propio en Álava como Diputado General, alcalde de Vitoria y Senador del Reino. Ambas figuras formaban el núcleo duro de los "nobles ilustrados" vascos, pragmáticos y pactistas con Madrid.
Para consolidar este bloque hegemónico interprovincial frente a la amenaza de las insurrecciones carlistas, ambos líderes orquestaron un matrimonio estratégico. En 1836, el hijo primogénito de Manuel José (Ignacio de Zavala y Salazar) contrajo nupcias con la hija de Íñigo Ortés de Velasco (María Josefa Ortés de Velasco y Urbina, futura V Marquesa de la Alameda). Con este enlace, la élite guipuzcoana y alavesa fundieron sus fortunas, sus influencias y su monumental legado documental.
Volvemos de nuevo a Manuel José de Zavala, III Conde de Villafuertes, cuando a su fallecimiento, en 1842, el fracaso de los pactos con los liberales centralistas de Madrid provocó una ruptura ideológica radical entre sus hijos, de donde surgirán dos ramas.
La que podemos denominar rama mayor, fiel al espíritu liberal-fuerista de los padres, estará integrada por el primogénito que ya conocemos, Ignacio de Zavala y Salazar (1804–1879), liberal moderado, IV Conde de Villafuertes y yerno de Íñigo Ortés de Velasco, que continuó a rajatabla la senda liberal moderada de su padre y de su suegro, rechazando la violencia armada de la insurgencia carlista, y el hijo de este, Federico de Zavala y Ortés de Velasco (1845–1899), liberal conservador, que mantuvo a la familia integrada en la aristocracia conservadora institucional de la Restauración borbónica en Madrid. Al fallecer soltero y sin descendencia, la herencia de los títulos recayó en su hermana Pilar.
Hubo también una rama segundona que provocó la ruptura y migración al Tradicionalismo Carlista, integrada por Pío de Zavala y Acedo (1815–1891), carlista de acción, hermano de Manuel José, el III Conde de Villafuertes, que rechazó el constitucionalismo moderado de la familia y abrazó el carlismo insurreccional por la vía de las armas, llegando a ser Jefe de Estado Mayor del ejército carlista en Guipúzcoa durante la Segunda Guerra Carlista. Y Ladislao de Zavala y Salazar (1805–1897), que ejerció de Diputado General dentro del marco liberal de Isabel II, pero al que la progresiva abolición foral provocó en él una honda decepción. Abandonó el ideario liberal de su padre Manuel José, abrazó el tradicionalismo integrista y sufrió el exilio por su militancia contrarrevolucionaria.
Al extinguirse la descendencia directa de varones en la rama primogénita de los Zavala, el legado liberal-fuerista, nobiliario y patrimonial se transmitió por vía femenina, integrándose de forma definitiva en el linaje alavés de los Verástegui.
Y aquí retomamos el personaje ya citado de María del Pilar de Zavala y Bustamante (1881–1970), VI Condesa de Villafuertes y VII Marquesa de la Alameda, que era hermana del soltero Federico de Zavala. Al contraer matrimonio con Antonio de Verástegui y López de Mata, actuó como el nexo que trasladó ambos títulos unificados de la órbita de los Zavala a la familia Verástegui.
Ramón de Verástegui y Zavala (1909–1986), VII Conde de Villafuertes y VIII Marqués de la Alameda era hijo de la anterior. Abogado y juez en Vitoria, mantuvo el espíritu foralista e institucional moderado de sus antepasados, ejerciendo una notable influencia social en Álava a mediados del siglo XX. Contrajo matrimonio en 1940 con Carmen Cobián y Herrera.
Íñigo de Verástegui y Cobián (1943–Presente), VIII Conde de Villafuertes y IX Marqués de la Alameda, es el actual titular de ambas dignidades dinásticas, nacido el 8 de febrero de 1943. Personaje sumamente discreto y alejado del foco mediático (no se le conocen fotos ni apariciones o declaraciones públicas), representa la continuidad de esta dinastía histórica. En 1993, siguiendo la vocación ilustrada y cultural de sus antepasados, firmó el convenio de cesión del masivo Archivo de la Alameda a la Fundación Sancho el Sabio de Vitoria para su libre acceso público e investigación.
Federico Verástegui Cobián (1948–Presente), de un perfil intelectual y foral contemporáneo, es hermano de Íñigo. Ha sido el protagonista de la rama mayor con mayor proyección institucional pública en las últimas décadas en el País Vasco, sirviendo como Diputado Foral de Cultura de Álava e historiador especializado en linajes medievales y modernos de la región.
Mientras la rama mayor se institucionalizaba pacíficamente en Álava, la rama desposeída de los títulos mantuvo la bandera del integrismo católico beligerante en Guipúzcoa, a través de los siguientes personajes: Ursino de Zavala y Larreta (1845–1929), integrista tradicionalista, dirigió y estructuró la Junta Regional Integrista de Guipúzcoa. Ladislao de Zavala y Echaide (1871–1958), integrista tradicionalista, abogado de prestigio y Presidente de la Diputación de Guipúzcoa. Y José María Zabala Alcíbar-Jáuregui (1910–1977), tradicionalista-franquista, vicepresidente de la Diputación de Guipúzcoa bajo la dictadura del general Franco.
En la década de 1970, de la misma generación familiar nacida en la rama segundona integrista tenemos a Federico de Zavala y Alcíbar-Jáuregui (1916–1993), nacionalista (PNV), rompió de raíz con el franquismo y carlismo de su hermano José María y abrazó el nacionalismo vasco. Fue un célebre historiador foral y senador por el PNV en las Cortes Constituyentes de 1977, del que caben citar De los fueros a los estatutos e Historia del pueblo vasco.
Paralelamente a la custodia alavesa de los Verástegui, la inmensa documentación histórica de todas las ramas guipuzcoanas y carlistas de los Zavala fue salvada por otro miembro contemporáneo de la rama aristocrática: Luis María Zavala Fernández de Heredia, quien ordenó de forma científica este legado de más de 50.000 documentos y, al carecer de herederos, firmó su donación definitiva al Archivo Histórico de Euskadi (Gobierno Vasco), preservándolo como patrimonio público en Bilbao.
Y así llegamos a la línea materna de nuestro personaje Ladislao Zavala Solchaga, en la que destaca sobremanera la figura de su abuelo, el Teniente General José Solchaga Zala, que nació el 8 de octubre de 1881 en Muniáin de la Solana (Navarra) y falleció el 26 de septiembre de 1953 en San Sebastián. Su trayectoria unió una dilatada carrera militar —siendo uno de los estrategas más influyentes del bando nacional durante la Guerra Civil— con una posterior presencia en el entramado institucional civil y legislativo de la dictadura franquista.
Ingresó en la Academia de Infantería de Toledo con quince años (1896), graduándose como segundo teniente en 1899. Destinado al norte de África en 1909, participó activamente en los combates en Melilla, Larache y Tetuán. Sus méritos en el frente le valieron tres Cruces al Mérito Militar y el ascenso por méritos de guerra al rango de comandante en 1914.
Ascendió a Teniente Coronel en 1920, siendo destinado a San Sebastián, y posteriormente a Pamplona en 1921 ya con el rango de Coronel. Conoció a la perfección la geografía política y militar de las provincias vasco-navarras. Comandó una de las tres columnas militares enviadas a sofocar la insurrección obrera y minera asturiana en octubre de 1934, teniendo un papel muy destacado al mando del Regimiento América.
Colaboró estrechamente con el general Emilio Mola en la conspiración en Navarra. Tras el alzamiento del 18 de julio, asumió la jefatura de las columnas que operaron en Guipúzcoa, liderando la toma de Irún y la entrada de las tropas sublevadas en San Sebastián en septiembre de 1936.
Se le confió el mando de las Brigadas de Navarra, liderando la ofensiva sobre Vizcaya (caída de Bilbao) y Santander en 1937. Posteriormente, como Jefe del Cuerpo de Ejército de Navarra, dirigió fuerzas determinantes en la Batalla del Ebro y en la consiguiente Ofensiva de Cataluña (toma de Barcelona), logrando la Medalla Militar Individual. Terminó la contienda con el rango de General de División.
Ascendido a Teniente General, ocupó dos de las plazas de mayor poder territorial militar de España: fue Capitán General de la VII Región Militar (Valladolid) y de la IV Región Militar (Cataluña).
En el plano político interno, protagonizó un sonado episodio de discrepancia moderada al ser uno de los generales firmantes de una petición colectiva dirigida a Francisco Franco en septiembre de 1943, en la que se solicitaba discretamente la restauración de la monarquía tradicional en la figura de Don Juan de Borbón.
Ejerció funciones legislativas y civiles en Madrid al ocupar un escaño como Procurador en las Cortes Franquistas debido a su alta jerarquía militar y su estatus institucional. Pasó oficialmente a la reserva en 1949, retirándose a su residencia de San Sebastián, donde falleció cuatro años después a los 71 años de edad a causa de una afección cardíaca.
Ladislao Zavala Solchaga, como dijimos al principio, nació en San Sebastián en 1953 y falleció en Madrid en 2015. En los medios abertzales que hablan de su figura siempre escriben su apellido con “b”. Fue el hijo único de José María Zavala Alcíbar-Jáuregui y María del Coro Solchaga Lizasoain. Pero lo que más caracterizó su vida fue que Ladislao Zavala Solchaga entró en prisión por ser el coautor de siete asesinatos consumados y dos intentos de homicidio frustrados cometidos en Guipúzcoa entre 1979 y 1981, operando como miembro de la organización terrorista de extrema derecha Batallón Vasco Español (BVE).
La Audiencia Nacional le condenó en junio de 1985 a una pena de 231 años de cárcel junto a su compañero de comando, Ignacio María Iturbide (alias Piti). Zavala e Iturbide formaron un comando armado que sembró el terror en las localidades guipuzcoanas de Hernani, Andoain y Urnieta. Elegían a sus víctimas basándose en su supuesta vinculación o simpatía con la izquierda abertzale o el entorno de ETA. Entre las personas asesinadas por las que fue condenado penalmente figuran Francisco Javier Ansa, Tomás Alba (concejal de Herri Batasuna en San Sebastián), Felipe Sagarna, Miguel Arbelaiz, Luis María Elizondo, Joaquín Antimasbere y el periodista del diario Egin Javier Rueda.
Fue arrestado el 4 de marzo de 1981 en San Sebastián. Se le concedió el tercer grado el 6 de mayo de 1992, lo que supuso una estancia en reclusión cerrada continua de poco más de 11 años. Salió físicamente de prisión el 21 de marzo de 1994, completando los 13 años de condena efectiva tras las rejas. Su licenciamiento definitivo y total libertad sin cargos se produjo el 6 de marzo de 1999, extinguiéndose por completo su deuda con la justicia. A pesar de acumular una condena de 231 años de cárcel por siete asesinatos consumados, el Código Penal español de 1973 (el aplicable a sus crímenes) limitaba a 30 años el cumplimiento máximo y facilitaba numerosas redenciones automáticas de pena por buena conducta, trabajo y estudios dentro de la prisión.
Desde que salió de la cárcel definitivamente hasta que falleció en 2015 no se sabe nada de lo que hizo durante todo ese tiempo.
Purgó una pena de menos de dos años por cada asesinato cometido. Aunque en esto no tienen nada que reprocharle otros presos de ETA que cumplieron penas parecidas. Por ejemplo, José Antonio López Ruiz, alias Kubati, estuvo 26 años en la cárcel por 13 asesinatos. Pero el récord lo tiene José María Zabarte Arregui, alias “El carnicero de Mondragón”, con 29 años y medio de cárcel por 17 asesinatos consumados y más de 20 atentados terroristas.
Juan José Echevarría en su libro ya citado al principio sobre Juan María Araluce, dice que “la violencia de Ladis y Piti pusieron al País Vasco al borde de la belfastización, no solo por la gravedad de sus crímenes, sino fundamentalmente porque evidenciaba que había vascos, nacionalistas españoles, dispuestos a emplear las armas, lo que, más allá del apoyo de las estructuras policiales del Estado, encajaba en el concepto de ulsterización, de dos comunidades enfrentadas a tiros” (232, las cursivas son originales del libro de Echevarría). Es lo que desde la izquierda aberchale y desde los sectores afines al terrorismo etarra o partidarios del nacionalismo vasco en general, se ha utilizado siempre para demostrar que existía eso que ellos llamaban el “conflicto vasco”.
Gracias a Dios, lo extremadamente minoritario de este fenómeno de violencia españolista en el País Vasco, y lo extremadamente insólito que representa este personaje de Ladislao Zavala Solchaga, que despilfarró y tiró a la basura todo lo que le había proporcionado la vida para haber desarrollado un sentimiento de identidad español por vasco, basado en la foralidad, es lo que nos demuestra la verdadera cara de la violencia terrorista en el País Vasco, que se desempeñó de modo fundamental y abrumadoramente mayoritario en un solo sentido y que solo se manifestó en otro distinto u opuesto debido a este tipo de episodios extraordinariamente raros.
También desde el terrorismo nacionalista vasco se intentó equiparar las acciones de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado como si fueran la otra violencia contraria que explicaría eso que ellos llamaban “conflicto vasco”. Pero de nuevo hemos podido comprobar lo equivocados que estaban también en este caso, pues en cuanto terminaron las acciones terroristas de ETA y aledaños se acabó todo lo demás.


















