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Elena García
Sábado, 27 de Junio de 2026 Tiempo de lectura:

La deconstrucción de la mujer

Vivimos en el universo de la mentira. La mentira se utiliza, se tolera e incluso se celebra. Ahí están los casos recientes de políticos que mintieron sobre sus títulos, hombres y mujeres –en esto sí que parecen iguales– que hablan de “errores”.pero no dicen: “he mentido”. Los errores no necesitan perdón, son simples faltas de conocimiento de las consecuencias. La mentira es hoy un hábito generalizado con un propósito; sí, un habito vicioso según criterios del pasado. Y lo grave es que estamos llegando a unos extremos en que la mentira se oculta detrás de la ciencia, toma la apariencia de cientifismo; la ciencia por encima de la religión o de cualquier otro saber; eso sí, siempre que no vaya en contra de la ideología, pues entonces deja de ser la guía. Los debates están prohibidos en los medios públicos, como quedó muy claro en la época de las “vacunas” contra el Covid. Los expertos, – no muy bien identificados en su “expertitud”– llamaban “terraplanistas” a quienes exigían pruebas sobre sus beneficios. Y lo mismo sucede sobre algo tan importante como es la naturaleza humana y como es la naturaleza de la mujer. La ciencia no sirve, la biología no sirve. Creíamos que vivíamos en la edad de la ciencia, pero la ciencia ya no sirve para los ideólogos si no avala sus fines.

 

Así, nos encontramos que la genética “ya no se lleva” –no está de moda– para establecer la diferenciación de sexos que son dos, ni uno más ni uno menos. Tampoco para determinar la naturaleza de una mujer, diferenciada de la de un hombre; aunque esta naturaleza ciertamente se puede pervertir con la educación, la propaganda, o el amaestramiento adecuados… hasta cierto punto.

 

Por una parte, el feminismo de género afirma que las diferencias entre hombres y mujeres no tienen nada que ver con la biología, sino que están construidas socialmente. Adoptan la teoría de "la tabla rasa" –criticada agudamente por el antropólogo Steve Pinker– y consideran que la mujer tiene las mismas características del hombre en cuanto a sentimientos, destrezas, y gustos, y que las diferencias que se manifiestan son cuestión de educación. Por otra parte, se cree que se puede conseguir que sentimientos, gustos, metas y comportamientos de una mujer sean iguales que los de un hombre; o a la inversa. Aunque la realidad nos muestre lo contrario.

 

En su irracionalidad, y dando un paso más, afirman que todo es cuestión de sentirse “esto o lo otro”. Hemos vuelto sin pudor a la era del lisenkismo soviético. Hemos vuelto al mundo de la magia, de lo inaprensible. Y consecuencias demenciales entre otras serán que si una mujer es igual que un hombre entonces únicamente quedará un “genero” y entonces no se podrá hablar de mujeres oprimidas y hombres opresores. Tampoco de “me siento mujer o me siento hombre” porque todo será lo mismo. Solo cambiará la anatomía: “me gusta más tener estos órganos genitales o los otros”.

 

Y, sin embargo, se sigue estudiando medicina para enfrentarse con la fisiología del hombre o de la mujer. Hormonas, embarazos, menopausia, etc.–que no cambia, por mucho que te sientas lo uno o lo otro– y que descalifica esa “verdad” producto de la fantasía.

 

Así pues, se recurre a la "mutilación" y a la hormonación para conseguir "apariencias" que no realidades. Eso sí apariencias y tratamientos que nos obligan a pagar a todos según "sus deseos inducidos", que supuestamente llevarán a la “felicidad”. Nunca habíamos conocido en el pasado tales niveles de irracionalidad y de inconsistencia en el razonamiento.

 

Lo que queda claro es que todas estas “fantasías” afectan a la reproducción humana, van encaminadas a producir la esterilidad, sin importar consecuencias para la mujer o para la sociedad. ¿Está aquí su racionalidad? ¿Pretenden el control de la natalidad y de la población?

   

 

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