Auctoritas praeter potestas ¿Por qué no obedecemos?
El viejo aforismo latino –auctoritas praeter potestas o que la autoridad prevalezca sobre el poder– sigue siendo hoy vigente. Ninguna definición mejor de lo que es el mando. Aunque, en las instituciones públicas, con frecuencia nos vemos tentados a exhibir el poder como virtud de mando, en vez del mando como virtud de poder, que sería lo lógico. Pese a que se suponga que obramos de buena fe (otra cosa sería prevaricar; es decir: delinquir los empleados públicos, dictando o proponiendo, a sabiendas o por ignorancia indebida, una excusable resolución de manifiesta injusticia, generalmente en beneficio propio de quien la dicta o propone, o bien de sus allegados más directos, como familiares, amigos o colegas, tal como viene sucediendo cada vez con más frecuencia) o pese a que busquemos con inocencia un bien superior, porque hay cosas que no se pueden ni se deben hacer.
Sin embargo, esto no lo pensaba el ínclito Ray Liotta, en su papel de Henry Hill –muy bien interpretado en la película UIno de los nuestros– donde su personaje nos decía: “que yo recuerde, desde que tenía uso de razón quería ser un gangster”. Y es que ciertas vocaciones constituyen una mala política de expectativas, pues no basta que a uno le apetezca ser algo para que tenga derecho a serlo.
John Stuart Mill, pensador y economista del siglo XIX, en su obra Sobre la Libertad, nos recuerda la prioridad de lo correcto sobre lo bueno, y no hablemos ya de lo malo. En ese aspecto insiste Ronald Dworkin, de manera que no solo nuestras metas han de ser intachables, sino que también lo han de ser los medios que se empleen para conseguirlas. Pero es que incluso, en otro orden de cosas, según nos decía el Manual completo del hombre fino, editado en Madrid en el año de 1837 y traducido del francés por don Mariano de Rementería y Fica, “un hombre avaro tiene mil expresiones propias que, sin conocerlo, usa para alabar su sórdida pasión”, es decir, que se le ve el plumero, que no engaña a nadie, que es un estereotipo (¡Ah, Molière y su avaro!). El avaro no quiere las cosas para usarlas (dinero incluido), sino para contemplarlas con arrobo: “¡mi tesoro!”. Para el avaro mental, solo es bueno su propio interés y al prójimo que le den dos duros.
El mando, que dimana de la autoridad, ha de ser ejercido con justicia y en forma motivadora, porque sin motivación no es esperable la obediencia, dado que el hecho de obedecer –salvo en el caso del amor– suele ser bastante incómodo siempre, amén de humillante, a no ser que algo nos justifique esa subordinación. Y ese quid es siempre un beneficio esperado por derivación; común y propio, naturalmente. Dicha obediencia es una circunstancia crítica en la constitución de cualquier orden jerárquico. El ejercicio del poder sugiere siempre rebeldía, el ejercicio de la autoridad, admiración y afecto. La perpetuación en el mando es una forma de poder, y ello me recuerda una letrilla satírica:
Mando, que te estoy buscando,
Mando, que te encontraré,
Y si me sigues mandando,
Por el culo te daré.
Con perdón de los homosexuales, que una cosa es ser homosexual y otra bien distinta, maricón, al igual que ser heterosexual, no es lo mismo que ser putón. Y esto me recuerda a un fraile, que se hizo profesor de autoescuela, por ganar unas perrillas para el convento. A todos los alumnos decía: “el secreto para conducir bien está en no pelearse, no discutir, que los demás conductores y viandantes sean tus hermanos; mira ese hermano del Dacia, el hermano del Ford, la hermana del Cupra, el hermano de la moto, etc.” En estas, se les cruzó uno, con una maniobra peligrosa, cuando tales razones el fraile le iba dando a una alumna, de manera que por poco no se arrean un topetazo, obligándoles a dar una tremenda frenada. “¿Y ese?”, dijo la alumna. “El hermano hijo de puta”, le contestó el fraile, quien en ese momento no insultaba: definía.
Recordamos muchos con verdadero cariño al Papa Juan XXIII, del que Yves Congar decía que el secreto de su personalidad era que quería más a las personas que al poder. Un ejemplo de filantropía por omisión –¡qué bien les vendría el ejercerla a muchos políticos!– es hacer lo que le aconsejaba Séneca a Lucilio en una de sus cartas: “en el punto en que te encuentras, olvídate ya de los asuntos de estado y dedícate a ver crecer los trigales y escuchar el trino de las aves canoras”.
La autoridad no ha de ejercerse, por tanto, desde la exclusiva óptica de la potestad. La potestad genera rebeldía. Hasta el Santo Juan Pablo II nos legó aquella frase genial de “no tengáis miedo”. Ese es el fundamento del cristianismo, pero por extensión, también lo es de la autoridad. Parece ridículo tener miedo a quien supuestamente quiere tu bien, como es tu jefe, o sea: la autoridad. Porque un buen jefe ha de sentirse estrechamente ligado a las necesidades de sus subordinados. Y mal asunto es que al jefe se le tenga miedo. En tales casos, el jefe puede y debe considerarse un fracasado.
El secreto de la autoridad está en la motivación del subordinado, es decir, que el subordinado sea lo más feliz posible haciendo lo que debe hacer. Así de claro y así de sencillo. Y esto solamente se puede conseguir de dos maneras: con una retribución digna y justa, y con una promoción profesional adecuada e igualmente justa. En este sentido, uno de mis libros favoritos es una delicia de ensayo escrito por el siempre añorado Bertrand Russell en 1930. Se titula The Conquest of Happiness (La conquista de la felicidad). Existe una reedición del año 2000 en castellano, con un extraordinario prólogo del genial Fernando Savater. Bertrand Russell tiene un capítulo excelente acerca del entusiasmo, como inevitable fuente de felicidad. Nos recuerda que hay que considerar el desencanto como una enfermedad, que requiere tratamiento urgente. Cuando el desencanto es masivo, la epidemia es muy grave. No despreciemos jamás a los seres pequeños, que pueden acabar con nosotros en cualquier momento y con suma facilidad. De esta copla sabemos bastante los microbiólogos. La pérdida del entusiasmo en las sociedades civilizadas, según Bertrand Russell, se debe en gran manera a las restricciones forzadas en nuestro nivel de vida. Por eso hay que cuidar especialmente las retribuciones, evitando en la mayor manera posible los pluses, gratificaciones, sobresueldos y demás addendum de confusa etiología. El salario, si es digno y justo, nos lleva inexorablemente a la exclusividad, como ya sucede en la mayoría de los países civilizados. Si se te obliga a pluriemplearte, te puedes volver un profesional mediocre en todos tus empleos, porque el día solamente tiene 24 horas. Cierto premio Nobel, a quien conozco personalmente, me contó una anécdota hace ya varios años. Un docente aventajado le presentó su curriculum para trabajar con él. Este hombre tenía la costumbre de hablar con todos lo solicitantes de estancias o becas y así lo hizo con el pequeño docente. El solicitante alegaba tener casi cien publicaciones científicas, realizadas en los últimos diez años, permitiéndose hacerle al Nobel el siguiente comentario: “naturalmente, usted tendrá más”, a lo que el Nobel le contestó: “pues no, yo estuve trabajando durante esos años”. Es decir, que la carrera profesional no debe ser como los cupones del regalo, sino más bien un estilo de vida merced al cual puedas profundizar en aquello que te gusta, centrado siempre en el interés social, que viene expresado a través de la profesión ejercitada. Por eso hay que cuidar especialmente las calificaciones innecesarias, las recompensas no venidas a tono (me refiero al “si me sirves bien te pago, con los cuartos del Estado”), las encomiendas apócrifas (“si me ayudas a salir de esta, te arreglo la vida”), de modo que se transparenten las motivaciones, con un criterio decente, fijo y de dominio público. Y no debemos olvidar a las mujeres, no solo tratándolas con igualdad, sino valorando especialmente la función fisiológica tan precisa que es la maternidad, que todavía no se hace en la forma adecuada (aunque sí radical o chapucera y tímidamente, sin un término medio razonable), facilitando la crianza de los hijos (guarderías, horas de lactancia, etc.), porque son el futuro de la especie y quienes nos habrán de pagar las pensiones el día de mañana.
No le demos más vueltas, la cosa es sencilla: es muy importante buscar la calidad del mando a todo trance, dando la opción a quienes estén más y mejor capacitados, en vez de a los amigotes. Es tan importante revisar los criterios de adjudicación de cargos públicos como la promoción de la mujer y de ayuda a la infancia. Y ahora ya esto no es una conveniencia, sino una imperiosidad o no habrá un futuro para España. Pero… ¿existe España...? Como diría Rudyard Kipling: “eso es otra historia”.
El viejo aforismo latino –auctoritas praeter potestas o que la autoridad prevalezca sobre el poder– sigue siendo hoy vigente. Ninguna definición mejor de lo que es el mando. Aunque, en las instituciones públicas, con frecuencia nos vemos tentados a exhibir el poder como virtud de mando, en vez del mando como virtud de poder, que sería lo lógico. Pese a que se suponga que obramos de buena fe (otra cosa sería prevaricar; es decir: delinquir los empleados públicos, dictando o proponiendo, a sabiendas o por ignorancia indebida, una excusable resolución de manifiesta injusticia, generalmente en beneficio propio de quien la dicta o propone, o bien de sus allegados más directos, como familiares, amigos o colegas, tal como viene sucediendo cada vez con más frecuencia) o pese a que busquemos con inocencia un bien superior, porque hay cosas que no se pueden ni se deben hacer.
Sin embargo, esto no lo pensaba el ínclito Ray Liotta, en su papel de Henry Hill –muy bien interpretado en la película UIno de los nuestros– donde su personaje nos decía: “que yo recuerde, desde que tenía uso de razón quería ser un gangster”. Y es que ciertas vocaciones constituyen una mala política de expectativas, pues no basta que a uno le apetezca ser algo para que tenga derecho a serlo.
John Stuart Mill, pensador y economista del siglo XIX, en su obra Sobre la Libertad, nos recuerda la prioridad de lo correcto sobre lo bueno, y no hablemos ya de lo malo. En ese aspecto insiste Ronald Dworkin, de manera que no solo nuestras metas han de ser intachables, sino que también lo han de ser los medios que se empleen para conseguirlas. Pero es que incluso, en otro orden de cosas, según nos decía el Manual completo del hombre fino, editado en Madrid en el año de 1837 y traducido del francés por don Mariano de Rementería y Fica, “un hombre avaro tiene mil expresiones propias que, sin conocerlo, usa para alabar su sórdida pasión”, es decir, que se le ve el plumero, que no engaña a nadie, que es un estereotipo (¡Ah, Molière y su avaro!). El avaro no quiere las cosas para usarlas (dinero incluido), sino para contemplarlas con arrobo: “¡mi tesoro!”. Para el avaro mental, solo es bueno su propio interés y al prójimo que le den dos duros.
El mando, que dimana de la autoridad, ha de ser ejercido con justicia y en forma motivadora, porque sin motivación no es esperable la obediencia, dado que el hecho de obedecer –salvo en el caso del amor– suele ser bastante incómodo siempre, amén de humillante, a no ser que algo nos justifique esa subordinación. Y ese quid es siempre un beneficio esperado por derivación; común y propio, naturalmente. Dicha obediencia es una circunstancia crítica en la constitución de cualquier orden jerárquico. El ejercicio del poder sugiere siempre rebeldía, el ejercicio de la autoridad, admiración y afecto. La perpetuación en el mando es una forma de poder, y ello me recuerda una letrilla satírica:
Mando, que te estoy buscando,
Mando, que te encontraré,
Y si me sigues mandando,
Por el culo te daré.
Con perdón de los homosexuales, que una cosa es ser homosexual y otra bien distinta, maricón, al igual que ser heterosexual, no es lo mismo que ser putón. Y esto me recuerda a un fraile, que se hizo profesor de autoescuela, por ganar unas perrillas para el convento. A todos los alumnos decía: “el secreto para conducir bien está en no pelearse, no discutir, que los demás conductores y viandantes sean tus hermanos; mira ese hermano del Dacia, el hermano del Ford, la hermana del Cupra, el hermano de la moto, etc.” En estas, se les cruzó uno, con una maniobra peligrosa, cuando tales razones el fraile le iba dando a una alumna, de manera que por poco no se arrean un topetazo, obligándoles a dar una tremenda frenada. “¿Y ese?”, dijo la alumna. “El hermano hijo de puta”, le contestó el fraile, quien en ese momento no insultaba: definía.
Recordamos muchos con verdadero cariño al Papa Juan XXIII, del que Yves Congar decía que el secreto de su personalidad era que quería más a las personas que al poder. Un ejemplo de filantropía por omisión –¡qué bien les vendría el ejercerla a muchos políticos!– es hacer lo que le aconsejaba Séneca a Lucilio en una de sus cartas: “en el punto en que te encuentras, olvídate ya de los asuntos de estado y dedícate a ver crecer los trigales y escuchar el trino de las aves canoras”.
La autoridad no ha de ejercerse, por tanto, desde la exclusiva óptica de la potestad. La potestad genera rebeldía. Hasta el Santo Juan Pablo II nos legó aquella frase genial de “no tengáis miedo”. Ese es el fundamento del cristianismo, pero por extensión, también lo es de la autoridad. Parece ridículo tener miedo a quien supuestamente quiere tu bien, como es tu jefe, o sea: la autoridad. Porque un buen jefe ha de sentirse estrechamente ligado a las necesidades de sus subordinados. Y mal asunto es que al jefe se le tenga miedo. En tales casos, el jefe puede y debe considerarse un fracasado.
El secreto de la autoridad está en la motivación del subordinado, es decir, que el subordinado sea lo más feliz posible haciendo lo que debe hacer. Así de claro y así de sencillo. Y esto solamente se puede conseguir de dos maneras: con una retribución digna y justa, y con una promoción profesional adecuada e igualmente justa. En este sentido, uno de mis libros favoritos es una delicia de ensayo escrito por el siempre añorado Bertrand Russell en 1930. Se titula The Conquest of Happiness (La conquista de la felicidad). Existe una reedición del año 2000 en castellano, con un extraordinario prólogo del genial Fernando Savater. Bertrand Russell tiene un capítulo excelente acerca del entusiasmo, como inevitable fuente de felicidad. Nos recuerda que hay que considerar el desencanto como una enfermedad, que requiere tratamiento urgente. Cuando el desencanto es masivo, la epidemia es muy grave. No despreciemos jamás a los seres pequeños, que pueden acabar con nosotros en cualquier momento y con suma facilidad. De esta copla sabemos bastante los microbiólogos. La pérdida del entusiasmo en las sociedades civilizadas, según Bertrand Russell, se debe en gran manera a las restricciones forzadas en nuestro nivel de vida. Por eso hay que cuidar especialmente las retribuciones, evitando en la mayor manera posible los pluses, gratificaciones, sobresueldos y demás addendum de confusa etiología. El salario, si es digno y justo, nos lleva inexorablemente a la exclusividad, como ya sucede en la mayoría de los países civilizados. Si se te obliga a pluriemplearte, te puedes volver un profesional mediocre en todos tus empleos, porque el día solamente tiene 24 horas. Cierto premio Nobel, a quien conozco personalmente, me contó una anécdota hace ya varios años. Un docente aventajado le presentó su curriculum para trabajar con él. Este hombre tenía la costumbre de hablar con todos lo solicitantes de estancias o becas y así lo hizo con el pequeño docente. El solicitante alegaba tener casi cien publicaciones científicas, realizadas en los últimos diez años, permitiéndose hacerle al Nobel el siguiente comentario: “naturalmente, usted tendrá más”, a lo que el Nobel le contestó: “pues no, yo estuve trabajando durante esos años”. Es decir, que la carrera profesional no debe ser como los cupones del regalo, sino más bien un estilo de vida merced al cual puedas profundizar en aquello que te gusta, centrado siempre en el interés social, que viene expresado a través de la profesión ejercitada. Por eso hay que cuidar especialmente las calificaciones innecesarias, las recompensas no venidas a tono (me refiero al “si me sirves bien te pago, con los cuartos del Estado”), las encomiendas apócrifas (“si me ayudas a salir de esta, te arreglo la vida”), de modo que se transparenten las motivaciones, con un criterio decente, fijo y de dominio público. Y no debemos olvidar a las mujeres, no solo tratándolas con igualdad, sino valorando especialmente la función fisiológica tan precisa que es la maternidad, que todavía no se hace en la forma adecuada (aunque sí radical o chapucera y tímidamente, sin un término medio razonable), facilitando la crianza de los hijos (guarderías, horas de lactancia, etc.), porque son el futuro de la especie y quienes nos habrán de pagar las pensiones el día de mañana.
No le demos más vueltas, la cosa es sencilla: es muy importante buscar la calidad del mando a todo trance, dando la opción a quienes estén más y mejor capacitados, en vez de a los amigotes. Es tan importante revisar los criterios de adjudicación de cargos públicos como la promoción de la mujer y de ayuda a la infancia. Y ahora ya esto no es una conveniencia, sino una imperiosidad o no habrá un futuro para España. Pero… ¿existe España...? Como diría Rudyard Kipling: “eso es otra historia”.

















