Del miedo de verdad al ascensor terapéutico
Esta mañana, mientras me tomaba el café en el caserío, he leído una historia que me ha dejado pensando. Ha sucedido en Washinton, en los USA. Resulta que un periodista bajaba en un ascensor con un amigo kurdo comentando un próximo acto de Donald Trump. Ni estaban organizando un golpe de Estado. Ni repartían propaganda. Ni iban vestidos con una gorra roja MAGA. Simplemente hablaban entre ellos.
Y bastó una palabra.
Trump.
Según contaba el periodista, dos personas que entraron en el ascensor comenzaron a gritarles. Les acusaron de estar cometiendo una agresión. Decían sentirse "secuestradas" por aquella conversación en un espacio cerrado. Y, cuando las puertas se abrieron, una de ellas remató la escena con una frase que merece pasar directamente al Museo Universal de la Hipocresía:
—"Disfrutad de mi país y volveos pronto al vuestro."
Yo me quedé un rato mirando la taza.
No por Trump.
Por el ascensor.
Porque uno ya no sabe si el gran invento del siglo XXI ha sido la inteligencia artificial o la fragilidad artificial.
En mi pueblo, cuando dos personas hablan de política en un bar, los demás hacen una de estas tres cosas: ignorarlos, meterse en la conversación sin que nadie se lo haya pedido o acabar todos discutiendo delante de otro vino. Lo que jamás he visto es a alguien denunciar un secuestro emocional porque otro haya pronunciado el nombre de un político. Debe de ser que en el caserío todavía no hemos alcanzado ese nivel de sofisticación psicológica.
Aunque, entonces, me vino a la cabeza otra cosa.
Quizá por eso esta historia me irrita especialmente.
Porque yo soy vasco. Y los de mi generación sabemos perfectamente lo que significa medir las palabras antes de abrir la boca.
Ahora hay quien cree que la censura consiste en escuchar durante treinta segundos una conversación que no le gusta dentro de un ascensor.
Qué suerte tienen.
Durante demasiados años, aquí la censura era otra cosa.
Había pueblos donde era más prudente callarse que decir lo que uno pensaba. Había bares donde convenía mirar alrededor antes de hacer un comentario. Había familias que evitaban hablar de política delante de los niños por miedo a que repitieran algo poco correcto en el colegio. Había empresarios, profesores, concejales, periodistas y vecinos que aprendieron a convivir con la amenaza de ser señalados simplemente por no pensar como tocaba.
Yo también aprendí esa lección. Un día empezó a correr por el pueblo el rumor de que yo votaba al Partido Popular. Y era verdad. Nunca lo oculté. Igual que ahora tampoco oculto que voto a Vox. Aquello bastó para que algunos decidieran que mi caserío merecía una visita nocturna. Intentaron quemarlo.
Así de sencillo.
Por eso, cuando hoy escucho que alguien dice sentirse "secuestrado" porque dos desconocidos han pronunciado el nombre de Trump en un ascensor, no puedo evitar una sonrisa entre irónica y amarga.
Perdone usted. Pero algunos conocemos otra clase de secuestros.
Conocemos el miedo a hablar.
Conocemos el miedo a discrepar.
Conocemos el miedo a poner una papeleta determinada en una urna y que alguien lo descubriera.
Conocemos lo que era bajar la voz. Sabemos lo que es que te amenacen con pegarte un tiro en la nuca o con ponerte una bomba en el coche. Precisamente por haber vivido aquello me niego a aceptar esta nueva moda según la cual escuchar una opinión distinta constituye una agresión.
No.
Una democracia, al menos desde aquí, rodeado de vacas, consiste exactamente en lo contrario. Consiste en soportar que el vecino piense distinto sin convertirlo en un enemigo.
Porque el pluralismo no consiste en escuchar únicamente aquello con lo que uno está de acuerdo. Eso se llama vivir solo.
Lo más extraordinario del episodio del ascensor fue, sin embargo, la frase final.
"Disfrutad de mi país."
Su país.
Qué curioso.
Toda la vida creyendo que un país es de todos sus ciudadanos y resulta que ahora tiene propietarios con escritura notarial y derecho de admisión ideológico.
Y todavía fue mejor el remate:
"Volveos pronto al vuestro."
Confieso que esa frase me hizo mucha gracia viniendo de personas "progresistas"que, probablemente, pasan media vida dando lecciones sobre diversidad, inclusión, convivencia, multiculturalidad y respeto. Al parecer, la diversidad funciona estupendamente... siempre que el diverso piense exactamente igual que ellos. Si no, ya puede ir haciendo la maleta.
Lo preocupante no es el numerito del ascensor. Siempre ha habido fascistas imbéciles incapaces de aceptar una opinión distinta. Lo preocupante es que cada vez hay más gente convencida de que la libertad de expresión consiste en hablar ellos y que los demás callen y escuchen en silencio.
Eso ya lo conocimos en el País Vasco. Demasiado bien, además.
Por eso me producen tanta desconfianza quienes empiezan diciendo que determinadas palabras les agreden. Porque la historia enseña que, casi siempre, el siguiente paso consiste en decidir quién puede pronunciarlas y quién no.
Y cuando una sociedad empieza a tener miedo de una conversación entre dos personas dentro de un ascensor, quizá el problema ya no sea el ascensor.
Quizá el problema sea que hemos confundido la libertad con el derecho a no escuchar nunca nada que nos incomode.
Yo, desde el caserío, sigo creyendo en una costumbre bastante antigua.
Se llama convivir.
Consiste en aceptar que el vecino vote a quien le dé la gana, piense lo que quiera y hable de ello sin que nadie monte un escándalo.
No es una idea especialmente moderna.
Pero, curiosamente, sobre ella se construyeron todas las democracias dignas de ese nombre.
Esta mañana, mientras me tomaba el café en el caserío, he leído una historia que me ha dejado pensando. Ha sucedido en Washinton, en los USA. Resulta que un periodista bajaba en un ascensor con un amigo kurdo comentando un próximo acto de Donald Trump. Ni estaban organizando un golpe de Estado. Ni repartían propaganda. Ni iban vestidos con una gorra roja MAGA. Simplemente hablaban entre ellos.
Y bastó una palabra.
Trump.
Según contaba el periodista, dos personas que entraron en el ascensor comenzaron a gritarles. Les acusaron de estar cometiendo una agresión. Decían sentirse "secuestradas" por aquella conversación en un espacio cerrado. Y, cuando las puertas se abrieron, una de ellas remató la escena con una frase que merece pasar directamente al Museo Universal de la Hipocresía:
—"Disfrutad de mi país y volveos pronto al vuestro."
Yo me quedé un rato mirando la taza.
No por Trump.
Por el ascensor.
Porque uno ya no sabe si el gran invento del siglo XXI ha sido la inteligencia artificial o la fragilidad artificial.
En mi pueblo, cuando dos personas hablan de política en un bar, los demás hacen una de estas tres cosas: ignorarlos, meterse en la conversación sin que nadie se lo haya pedido o acabar todos discutiendo delante de otro vino. Lo que jamás he visto es a alguien denunciar un secuestro emocional porque otro haya pronunciado el nombre de un político. Debe de ser que en el caserío todavía no hemos alcanzado ese nivel de sofisticación psicológica.
Aunque, entonces, me vino a la cabeza otra cosa.
Quizá por eso esta historia me irrita especialmente.
Porque yo soy vasco. Y los de mi generación sabemos perfectamente lo que significa medir las palabras antes de abrir la boca.
Ahora hay quien cree que la censura consiste en escuchar durante treinta segundos una conversación que no le gusta dentro de un ascensor.
Qué suerte tienen.
Durante demasiados años, aquí la censura era otra cosa.
Había pueblos donde era más prudente callarse que decir lo que uno pensaba. Había bares donde convenía mirar alrededor antes de hacer un comentario. Había familias que evitaban hablar de política delante de los niños por miedo a que repitieran algo poco correcto en el colegio. Había empresarios, profesores, concejales, periodistas y vecinos que aprendieron a convivir con la amenaza de ser señalados simplemente por no pensar como tocaba.
Yo también aprendí esa lección. Un día empezó a correr por el pueblo el rumor de que yo votaba al Partido Popular. Y era verdad. Nunca lo oculté. Igual que ahora tampoco oculto que voto a Vox. Aquello bastó para que algunos decidieran que mi caserío merecía una visita nocturna. Intentaron quemarlo.
Así de sencillo.
Por eso, cuando hoy escucho que alguien dice sentirse "secuestrado" porque dos desconocidos han pronunciado el nombre de Trump en un ascensor, no puedo evitar una sonrisa entre irónica y amarga.
Perdone usted. Pero algunos conocemos otra clase de secuestros.
Conocemos el miedo a hablar.
Conocemos el miedo a discrepar.
Conocemos el miedo a poner una papeleta determinada en una urna y que alguien lo descubriera.
Conocemos lo que era bajar la voz. Sabemos lo que es que te amenacen con pegarte un tiro en la nuca o con ponerte una bomba en el coche. Precisamente por haber vivido aquello me niego a aceptar esta nueva moda según la cual escuchar una opinión distinta constituye una agresión.
No.
Una democracia, al menos desde aquí, rodeado de vacas, consiste exactamente en lo contrario. Consiste en soportar que el vecino piense distinto sin convertirlo en un enemigo.
Porque el pluralismo no consiste en escuchar únicamente aquello con lo que uno está de acuerdo. Eso se llama vivir solo.
Lo más extraordinario del episodio del ascensor fue, sin embargo, la frase final.
"Disfrutad de mi país."
Su país.
Qué curioso.
Toda la vida creyendo que un país es de todos sus ciudadanos y resulta que ahora tiene propietarios con escritura notarial y derecho de admisión ideológico.
Y todavía fue mejor el remate:
"Volveos pronto al vuestro."
Confieso que esa frase me hizo mucha gracia viniendo de personas "progresistas"que, probablemente, pasan media vida dando lecciones sobre diversidad, inclusión, convivencia, multiculturalidad y respeto. Al parecer, la diversidad funciona estupendamente... siempre que el diverso piense exactamente igual que ellos. Si no, ya puede ir haciendo la maleta.
Lo preocupante no es el numerito del ascensor. Siempre ha habido fascistas imbéciles incapaces de aceptar una opinión distinta. Lo preocupante es que cada vez hay más gente convencida de que la libertad de expresión consiste en hablar ellos y que los demás callen y escuchen en silencio.
Eso ya lo conocimos en el País Vasco. Demasiado bien, además.
Por eso me producen tanta desconfianza quienes empiezan diciendo que determinadas palabras les agreden. Porque la historia enseña que, casi siempre, el siguiente paso consiste en decidir quién puede pronunciarlas y quién no.
Y cuando una sociedad empieza a tener miedo de una conversación entre dos personas dentro de un ascensor, quizá el problema ya no sea el ascensor.
Quizá el problema sea que hemos confundido la libertad con el derecho a no escuchar nunca nada que nos incomode.
Yo, desde el caserío, sigo creyendo en una costumbre bastante antigua.
Se llama convivir.
Consiste en aceptar que el vecino vote a quien le dé la gana, piense lo que quiera y hable de ello sin que nadie monte un escándalo.
No es una idea especialmente moderna.
Pero, curiosamente, sobre ella se construyeron todas las democracias dignas de ese nombre.

















