Jueves, 02 de Julio de 2026

Actualizada Jueves, 02 de Julio de 2026 a las 10:40:53 horas

Tienes activado un bloqueador de publicidad

Intentamos presentarte publicidad respectuosa con el lector, que además ayuda a mantener este medio de comunicación y ofrecerte información de calidad.

Por eso te pedimos que nos apoyes y desactives el bloqueador de anuncios. Gracias.

Continuar...

Jueves, 02 de Julio de 2026 Tiempo de lectura:
El gran olvido de Occidente

Cómo la clase trabajadora blanca pasó de ser el corazón de la democracia a convertirse en el gran olvidado del sistema

[Img #30792]

 

Hubo un tiempo en que la clase trabajadora constituía el centro de gravedad de las democracias occidentales. Sobre sus hombros se levantó la reconstrucción de Europa tras la Segunda Guerra Mundial, prosperó la gran industria norteamericana y se consolidó el Estado del bienestar que marcó buena parte del siglo XX. Mineros, metalúrgicos, trabajadores del automóvil, estibadores, ferroviarios o empleados de las grandes fábricas no eran únicamente una categoría económica; representaban una identidad colectiva, una cultura compartida y una pieza esencial del pacto social que garantizaba estabilidad política y crecimiento económico. Durante décadas, la promesa era sencilla y comprensible: aunque el trabajo fuera duro, la siguiente generación viviría mejor. La educación pública, el empleo estable y la movilidad social formaban parte de un mismo contrato implícito entre el ciudadano y el Estado.

 

Ese contrato comenzó a resquebrajarse hace décadas, aunque sus consecuencias sólo se perciben hoy con toda su intensidad. La globalización trasladó millones de empleos industriales hacia economías con costes laborales mucho menores. La automatización redujo la necesidad de mano de obra en sectores tradicionales. Muchas ciudades construidas alrededor de una fábrica o de una mina fueron perdiendo lentamente su razón de ser. Al mismo tiempo, las nuevas economías del conocimiento concentraron las oportunidades en grandes áreas metropolitanas, mientras numerosas regiones industriales quedaron atrapadas en un proceso de declive económico, envejecimiento demográfico y pérdida progresiva de expectativas. Allí donde antes existía un horizonte relativamente previsible, comenzó a instalarse una sensación de incertidumbre permanente.

 

Precisamente ese paisaje es el que describe el informe británico The Independent Inquiry into White Working Class Educational Outcomes, publicado en junio de 2026 tras un año de trabajo en el que participaron miles de alumnos, familias, docentes, investigadores y responsables educativos de toda Inglaterra. Aparentemente se trata de un estudio sobre educación. En realidad, constituye una radiografía mucho más amplia de una fractura social que atraviesa hoy buena parte del mundo occidental. Sus autores sostienen que los alumnos blancos pertenecientes a familias obreras desfavorecidas obtienen algunos de los peores resultados educativos del país y, sobre todo, que una parte creciente de estos jóvenes siente que el sistema educativo ya no está pensado para personas como ellos.

 

Las cifras son contundentes. Al finalizar la enseñanza secundaria, únicamente el 36 % de los alumnos blancos beneficiarios de ayudas escolares consigue aprobar Inglés y Matemáticas, frente al 72 % de quienes no pertenecen a familias desfavorecidas. Pero el informe insiste en que limitar el análisis a las calificaciones sería interpretar sólo la superficie del problema. Los investigadores describen una trayectoria de desconexión que comienza incluso antes de la escolarización, continúa con dificultades crecientes de lectura y aprendizaje, se agrava durante la adolescencia mediante el absentismo, la pérdida de motivación y los problemas de salud mental, y termina desembocando en una profunda desconfianza hacia las oportunidades que ofrece la sociedad.

 

Quizá la aportación más novedosa del estudio sea precisamente aquello que rechaza. Sus autores afirman que este fenómeno no puede explicarse simplemente por la pobreza. La pobreza continúa siendo un factor determinante para cualquier grupo social, pero no basta para comprender por qué este colectivo presenta resultados significativamente peores que otros grupos igualmente desfavorecidos. En su análisis confluyen factores económicos, culturales, territoriales e identitarios: el declive prolongado de determinadas regiones, la desaparición de industrias tradicionales, la erosión de los vínculos comunitarios, la pérdida de confianza en las instituciones y una percepción cada vez más extendida de que el éxito educativo responde a códigos culturales alejados de su propia experiencia vital.

 

Es precisamente aquí donde el informe trasciende el ámbito educativo para entrar de lleno en uno de los debates políticos más delicados de nuestro tiempo. Durante las últimas décadas, las democracias occidentales han dedicado un enorme esfuerzo político, legislativo y académico a corregir desigualdades que afectaban a mujeres, minorías étnicas, inmigrantes o colectivos históricamente discriminados. Ese proceso ha respondido, en muchos casos, a discriminaciones reales y documentadas. Sin embargo, paralelamente, la cuestión de la clase social fue perdiendo protagonismo en buena parte del discurso público. La vieja política basada en la desigualdad económica cedió espacio a debates centrados en la identidad, la diversidad o el reconocimiento cultural.

 

El informe británico no cuestiona la legitimidad de esas políticas. Lo que plantea es otra pregunta distinta: ¿qué sucede cuando un grupo social empieza a percibir que sus propios problemas apenas encuentran espacio en el debate público? La sensación de invisibilidad aparece repetidamente en los testimonios recogidos por la comisión. Numerosos alumnos afirman que la escuela parece diseñada para otros; muchos padres consideran que las instituciones educativas valoran formas de éxito que poco tienen que ver con la realidad de sus comunidades; y bastantes docentes reconocen sentirse desbordados ante problemas cuya raíz se encuentra fuera del aula.

 

Esta percepción resulta especialmente relevante porque coincide con una transformación política observable en numerosos países occidentales. En el Reino Unido, muchas de las regiones que protagonizaron el Brexit coinciden con antiguos territorios industriales afectados por décadas de desinversión. En Estados Unidos, buena parte del voto que impulsó el regreso de Donald Trump procede también de condados marcados por la pérdida de empleo manufacturero y el deterioro económico. En Francia, Italia, Alemania o los países nórdicos pueden identificarse procesos similares en los que determinados sectores de la población expresan una creciente distancia respecto a las élites políticas, académicas y culturales. Sería simplista atribuir estos cambios exclusivamente a la situación descrita por el informe, pero éste sí ofrece un marco útil para comprender cómo determinadas experiencias de exclusión pueden alimentar nuevas formas de desconfianza política.

 

Uno de los aspectos más interesantes del documento es que evita caer tanto en el fatalismo como en la victimización. Sus autores insisten en que el fracaso educativo no constituye un destino inevitable. Durante la investigación visitaron numerosos colegios capaces de obtener excelentes resultados precisamente en comunidades obreras especialmente desfavorecidas. En todos ellos aparecían elementos comunes: liderazgo estable, altas expectativas, fuerte implicación con las familias, apoyo personalizado, abundantes actividades extracurriculares y una clara voluntad de conectar el aprendizaje con las oportunidades reales del entorno. En otras palabras, el informe sostiene que el problema no reside en una supuesta incapacidad de estos alumnos, sino en la acumulación de barreras que terminan alejándolos progresivamente del sistema educativo.

 

También resulta especialmente reveladora la secuencia que describen los investigadores. Todo comienza mucho antes del fracaso escolar visible. Primero aparecen retrasos en el desarrollo del lenguaje y la lectura. Después disminuye la confianza en el aprendizaje. Más tarde muchos alumnos dejan de percibir utilidad en lo que estudian. A continuación aumentan el absentismo y los problemas emocionales. Finalmente, cuando llega el momento de decidir entre continuar estudiando o incorporarse al mercado laboral, una parte importante de estos jóvenes ya no cree que la educación pueda cambiar realmente su futuro. Esa pérdida de expectativas constituye, probablemente, el verdadero núcleo del problema.

 

Aunque el informe se limita al caso inglés, resulta inevitable preguntarse hasta qué punto procesos semejantes pueden estar desarrollándose en otros países europeos. España presenta diferencias evidentes respecto al Reino Unido, tanto en su estructura económica como en la composición de su población. Sin embargo, también ha experimentado una intensa desindustrialización en determinadas regiones, un creciente desequilibrio entre áreas metropolitanas y territorios periféricos, y dificultades persistentes para garantizar la movilidad social mediante la educación. Determinar si existe un fenómeno equivalente exigiría investigaciones específicas, pero la experiencia británica constituye un recordatorio de que las transformaciones económicas y territoriales pueden acabar reflejándose, años después, en las aulas.

 

Quizá la mayor enseñanza de este informe consista precisamente en recuperar una vieja intuición de la sociología clásica: las sociedades no se fracturan únicamente cuando aumenta la pobreza, sino también cuando una parte significativa de sus ciudadanos deja de creer que las instituciones trabajan para ellos. La educación constituye uno de los primeros lugares donde esa pérdida de confianza se hace visible, pero difícilmente puede ser su única explicación. Cuando desaparecen las oportunidades laborales, se debilitan las comunidades locales, se erosionan los vínculos familiares y disminuye la expectativa de progreso, la escuela termina soportando una carga que ninguna institución educativa puede asumir por sí sola.

 

En ese sentido, el informe británico trasciende ampliamente el debate sobre las políticas educativas. Su verdadero objeto de estudio es la cohesión de las democracias occidentales. Y su principal advertencia resulta difícil de ignorar: ninguna sociedad puede permitirse que millones de jóvenes crezcan convencidos de que el futuro pertenece siempre a otros. Porque cuando esa convicción se instala de manera duradera, el problema deja de ser educativo y pasa a convertirse, inevitablemente, en un desafío político, social y democrático de primer orden.

 

https://amzn.to/3PjwgAZ

 

Portada

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.