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Jueves, 02 de Julio de 2026 Tiempo de lectura:

Berlín: La ciudad que no se acaba

[Img #30794]Hay ciudades que se visitan y ciudades que se atraviesan como se atraviesa una convalecencia. Berlín pertenece a la segunda categoría. Uno llega esperando una capital y encuentra, en cambio, un archipiélago: islas de historia flotando en un mar de descampados, grúas y cielos demasiado grandes para Europa. El avión desciende sobre Brandeburgo y lo primero que se ve no es una ciudad sino su ausencia: bosques, lagos, llanura. Berlín aparece después, casi como una disculpa.

 

El peso del aire

 

Dicen los berlineses que su ciudad tiene Berliner Luft, un aire propio, y uno sospecha al principio que es puro folclore de cabaret. Pero basta caminar una mañana de invierno por la Karl-Marx-Allee, esa avenida estalinista donde los edificios parecen tartas de boda diseñadas por un burócrata melancólico, para entender que aquí el aire pesa distinto. Pesa lo que pesan ochenta años de siglo XX concentrados en cuarenta kilómetros cuadrados.

 

En ninguna otra ciudad europea la historia está tan mal enterrada. En París el pasado es un decorado; en Roma, una religión; en Berlín es un vecino incómodo que sigue viviendo en el piso de abajo. Caminas por Mitte y de pronto el adoquinado cambia: una doble hilera de piedras cruza la calzada, indiferente al tráfico. Es la cicatriz del Muro. Nadie la señala, no hace falta. Los berlineses la pisan cada día con la naturalidad de quien convive con su propia radiografía.

 

Topografía de la ausencia

 

Berlín es la única gran ciudad que conozco cuyos monumentos principales conmemoran lo que ya no está. El Monumento al Holocausto, esas 2.711 estelas de hormigón gris junto a la Puerta de Brandeburgo, no representa nada, salvo la memoria: es un campo de vacío organizado, un laberinto donde el suelo se hunde bajo los pies y los bloques crecen hasta tapar el cielo. Los niños juegan al escondite entre las estelas y los guardias ya no los riñen. Quizá sea lo más honesto del monumento: la vida insistiendo en pasar por encima de la memoria, como la hierba entre las vías muertas de la estación de Anhalter, de la que solo queda un pórtico en mitad de un parque, sosteniendo la nada con una dignidad de ruina griega.

 

Hay un término alemán intraducible, Vergangenheitsbewältigung, que significa algo así como "el trabajo de lidiar con el propio pasado". Berlín entera es ese trabajo hecho urbanismo. Hasta los solares vacíos —y hay muchos, todavía, sorprendentemente— parecen deliberados, como si la ciudad hubiera decidido dejar espacios en blanco para lo que no se puede decir.

 

El este dentro del este

 

Cruzo el Oberbaumbrücke, ese puente de ladrillo rojo con torres de cuento gótico que unía —es decir, separaba— Kreuzberg y Friedrichshain, el oeste y el este. Abajo, el Spree arrastra un frío de acero. En Friedrichshain los edificios prefabricados de la RDA, los Plattenbauten, han sido pintados de colores pastel, como si un tono salmón pudiera absolver al hormigón. En los patios interiores sobreviven los tendederos comunales, los columpios oxidados, una cierta lentitud que el capitalismo no ha terminado de facturar.

 

En un café de la Boxhagener Platz, una mujer de unos setenta años me cuenta, sin que yo pregunte, que ella estaba allí la noche del 9 de noviembre de 1989. No lo cuenta con épica. Lo cuenta como quien recuerda una mudanza: el desconcierto, las cajas, la sensación de que la vida entera cambiaba de dirección sin pedir permiso. "Lo raro", dice, "no fue que cayera el Muro. Lo raro fue despertarse al día siguiente y que siguiera sin estar". Treinta y tantos años después, los sociólogos siguen midiendo lo que llaman die Mauer im Kopf, el muro en la cabeza. Los muros de piedra se derriban en una noche; los otros se heredan.

 

La liturgia de la noche

 

Pero sería injusto —y falso— retratar Berlín como un mausoleo. Ninguna ciudad europea está más obscenamente viva. La noche berlinesa no es un horario: es una cosmovisión. En las antiguas centrales eléctricas, en los búnkeres reconvertidos, en las fábricas donde antes se producía jabón o turbinas, ahora se produce ese trance colectivo que los berlineses practican con seriedad teológica. El techno aquí no es música de fondo: es liturgia, y las colas ante ciertos templos de Friedrichshain tienen algo de peregrinación medieval, con su incertidumbre incluida, porque el portero es el último oráculo que queda en Europa.

 

Y sin embargo, lo que a mí me conmueve de la noche berlinesa no son sus catedrales industriales sino sus capillas de barrio: el Späti, esa tienda de ultramarinos abierta hasta la madrugada donde se compra una cerveza por dos euros y se bebe en la acera, en un banco, junto al canal. El Landwehrkanal en una noche de verano, con sus sauces, sus cisnes insomnes y sus centenares de conversaciones en veinte idiomas, es probablemente lo más parecido que existe a un ágora contemporánea. Nadie tiene prisa. En Berlín la prisa está mal vista, como los zapatos de vestir.

 

Elogio de lo inacabado

 

El aeropuerto de Tempelhof cerró en 2008 y la ciudad hizo con él lo más berlinés que se puede hacer con algo: nada. No lo urbanizó, no lo vendió, no lo convirtió en un distrito de oficinas con nombre en inglés. Lo dejó abierto. Hoy las pistas donde aterrizaba el puente aéreo de 1948 son una pradera inmensa donde la gente vuela cometas, planta huertos comunitarios y patina contra un viento que llega directamente de Siberia sin encontrar un solo obstáculo. Al fondo, el edificio de la terminal —una de las construcciones más grandes de Europa, monstruo de piedra del delirio nazi— observa la escena con la perplejidad de un dinosaurio jubilado.

 

Ahí está, me parece, la clave de esta ciudad. Karl Scheffler escribió en 1910 que Berlín estaba condenada a devenir siempre y a no ser nunca, y lo escribió como un reproche. Un siglo después, la frase se lee como un elogio. Berlín es fea a trozos, incoherente, mal cosida; es pobre para lo que fue y desmesurada para lo que es. Pero justamente por eso respira. Las ciudades terminadas —las perfectas, las patrimoniales— solo pueden dedicarse a conservarse, que es una forma educada de morir. Berlín, en cambio, sigue siendo un borrador. Y en un continente que envejece rodeado de sus propias vitrinas, hay algo profundamente esperanzador en una capital que todavía no sabe lo que quiere ser de mayor.

 

Al irme, en el tren hacia el aeropuerto, vuelvo a ver la llanura, los pinos, los lagos color estaño. Berlín queda atrás sin skyline, sin despedida grandiosa, deshaciéndose en huertos y naves industriales. Pienso que es la única gran ciudad que he conocido que no intenta seducir al viajero. No te pide que la ames. Te pide, apenas, que la dejes seguir cambiando. Y uno descubre, ya en el aire, que precisamente por eso la ama.

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